R Barthes - Análisis estructural del relato, 1977 - academia.edu
… Fundamentos y técnicas del análisis literario
C Reis, ÁM de Dios - 1981 - academia.edu
P Santander - Cinta de moebio, 2011 - scielo.conicyt.cl
L Zavala - Cuadernos de literatura, 1999 - dialnet.unirioja.es
Wolfgang Iser - El Proceso de Lectura
El dios alojado. Enseñar a enseñar literatura: notas para una ética de la clase
Barrenechea. Ensayo. de. una tipología de literatura fantástica http://revista-iberoamericana.pitt.edu/ojs/index.php/Iberoamericana/article/view/2727/2911
ANALISIS DEL CONTENIDO
Interpretación, lectura del texto.
Tema, ideas, sentimientos
Formulación de la línea intrepretativa que guiará el comentario.
ANALISIS DE LAS FORMAS: elementos estructurales: Composición interna de textos líricos pdf
Gradación
Repetición
Simetría
Diseminación/Recolección
Oposición
Paralelismo
COMPOSICIÓN U ORGANIZACIÓN:
interna
externa
ASPECTO FÓNICO,
medida
rima
ritmo
ESTILO:
Aspecto semántico, morfológico, sintáctico
recursos predominantes y efectos
CIERRE
Dejate conmover por el texto, entrá en el mundo que propone
Hacé una lectura vertical buscando campos semánticos, tonos, cambios. ¿qué rasgos del contenido y el estilo te llamaron la atención?
Formulá una interpretación que sirva de guía a todo tu comentario. Un faro que ilumine el enfoque de tu argumentación.
Seleccioná las evidencias para sostener tus ideas.
Así es mi vida,
piedra,
como tú. Como tú,
piedra pequeña;
como tú,
piedra ligera;
como tú,
canto que ruedas
por las calzadas
y por las veredas;
como tú,
guijarro humilde de las carreteras;
como tú,
que en días de tormenta
te hundes
en el cieno de la tierra
y luego
centelleas
bajo los cascos
y bajo las ruedas;
como tú, que no has servido
para ser ni piedra
de una lonja,
ni piedra de una audiencia,
ni piedra de un palacio,
ni piedra de una iglesia;
como tú,
piedra aventurera;
como tú,
que tal vez estás hecha
sólo para una honda,
piedra pequeña
y
ligera…
La mañana se pasea en la playa empolvada de sol.
Brazos.
Piernas amputadas.
Cuerpos que se reintegran. Cabezas flotantes de caucho.
Al tornearles los cuerpos a las bañistas, las olas alargan sus virutas sobre el aserrín de la playa.
¡Todo es oro y azul!
La sombra de los toldos. Los ojos de las chicas que se inyectan novelas y horizontes. Mi alegría, de zapatos de goma, que me hace rebotar sobre la arena.
Por ochenta centavos, los fotógrafos venden los cuerpos de las mujeres que se bañan.
Hay quioscos que explotan la dramaticidad de la rompiente. Sirvientas cluecas. Sifones irascibles, con extracto de mar. Rocas con pechos algosos de marinero y corazones pintados de esgrimista. Bandadas de gaviotas, que fingen el vuelo destrozado de un pedazo blanco de papel.
¡Y ante todo está el mar!
¡El mar!... ritmo de divagaciones. ¡El mar! con su baba y con su epilepsia.
¡El mar!... hasta gritar
¡basta!
como en el circo.
Mar del Plata, octubre, 1920. OLIVERIO GIRONDO
El yo lírico funciona como un voyeur que mira pero a la vez crea, transforma.
La fuerza de este poema es su mirada singular sobre una escena habitual.
“Croquis en la Arena” halla su significado central en la identificación del fotógrafo con la cámara misma, y su interacción con los bañistas.
Este poema logra su efecto principal gracias al fragmentarismo.
El significado central pasa por la crítica de hábitos sociales que desnaturalizan la naturaleza con ritos urbanos.
¿qué rasgos del contenido y el estilo te llamaron la atención?
¿Con cuál de esas ideas de interpretación coincidís más? ¿Cuál es tu propia interpertación?
¿Cuáles son tus evidencias? Identificá los rasgos del poema (estilísticos y temáticos) que pondrías en primer plano para sostener esta línea interpretativa en particular.
Curso Español A. Literatura www.onlinepd.ibo.org
PRUEBA 1 . COMENTARIO DE TEXTO DESCONOCIDO "Como tú" de León Felipe.
por Lucrecia Bellora
año 10 2008, Prof. Cecilia Bruzzoni
En el texto “Como tú” de León Felipe, el autor basa su poesía en la vida. Encierra temas como el significado de la vida, la importancia de lo pequeño e insignificante ante los ojos humanos y el ciclo de la vida. De estos se desprenden ideas que llevan al lector a reflexionar sobre su propia vida y a aprender a apreciar todo de ella.
El tema sobre “El significado de la vida” y “La importancia de lo pequeño e insignificante ante los ojo humanos” lo desarrolla mediante el uso de una metáfora extendida, en este caso la piedra para ejemplificar que no importa el tamaño, ubicación, color sino el uso. Comienza escribiendo “ni piedra de audiencia/ ni piedra de una iglesia…” para mostrar lo que sería considerada una piedra grandiosa pero termina con la frase “…tal vez estés hecha/ sólo para una honda…/ piedra pequeña/ y ligera” donde vemos una clara oposición a lo que había escrito previamente. Esta oposición efectivamente transmite cómo cada persona, al igual una “piedra” tiene un propósito y todos, no importa cuán lujosos o duros suenen pueden llegar a ser algo magnífico de gran valor. Al usar el sustantivo “honda”, se lo puede relacionar con la historia Bíblica de David y Goliat, donde un pequeño y débil pastor usó una vieja y gastada honda para matar al enemigo más temible. Esta relación causa en el lector una sensación de satisfacción de saber que por más que no esté ocupando el cargo que quisiera, o no tiene la importancia que desea, puede de todas maneras llegar a encontrar un significado más para importante en su vida que el anhelo de ocupar un lugar ajeno. De este tema, se desprenden la idea de que hasta lo más pequeño e insignificante puede ser algo grandioso y valioso. En este sentido el autor indudablemente logra concientizar al lector de que a veces pretendemos ser famosos e importantes, frustrándonos por no obtener resultados inmediatos, pero que de a poco, dando lo máximo de cada uno, se construye algo grande. También transmite la importancia de saber que cada persona tiene su propósito en la vida.
Escribe sobre el “Ciclo de la vida” usando recursos como la gradación, el encabalgamiento y el ritmo. Por ejemplo, en los versos dos: “piedra”, cuatro:”piedra pequeña”, seis:”piedra ligera”, ocho:”canto que ruedas”, observamos cómo el autor de un objeto construye una gradación descendente pero específica. Esto puede ser interpretado como un paralelismo con la vida: comenzamos queriendo ser superhéroes, luego las fuerzas disminuyen y somos estudiantes de un colegio, luego un universitario o empleado que vive una vida apurada de un lado a otro para finalmente ser la base de una familia, sostener todo lo que cae encima nuestro y mostrarle el camino a otros. No sólo ilustra el ciclo de la vida a nivel etapas y edades, pero a nivel emocional. Al describir cómo la piedra “en días de tormenta/ te hundes / en el cieno de la tierra” hace referencia a como cuando viene una oleada de problemas, la vida parece no tener sentido y pensamos que es el fin del mundo, o nos sentimos estancados en lo más profundo del pozo. Sin embargo, después dice, “y luego centelleas bajo los cascos y bajo las ruedas;” donde al usar la palabra “centellea” que significa despedir rayos de luz, implícitamente está diciendo que después de todo mal momento volvemos a salir a la luz, estar bien y tener fuerzas para seguir adelante. Durante toda esta descripción, el autor interrumpe la estructura que venía utilizando en el poema de poner coma al final de cada verso para acelerar el ritmo, mostrando que la vida emocional es como la economía; sube, está en su máximo apogeo y repentinamente cae en una crisis que parece interminable, y cuando uno se quiere dar cuenta ya está subiendo de nuevo.
El poema está dividido en tres partes principales, si bien hay una sola estrofa. La división se produce a partir del contenido, la métrica y el significado de cada parte. La primera se extiende desde los versos uno a doce, la segunda desde los versos trece a veinte, y la tercera desde los versos veintiuno a treinta y uno.
La primera parte ilustra el ciclo de la vida y sus distintas etapas. Para lograr esto, el autor utiliza varios recursos como la intimidad, gradación, prosopopeya, paralelismo sintáctico, rima y metáfora. Estructura estos versos de manera paralela: el primer verso es una afirmación y el que le sigue “como tú”. En el primero y último verso, no se respeta esta estructura para concluir la idea y para introducir el tema a desarrollar. Comienza con el verso “Así es mi vida” para introducir al “yo” lírico, y la palabra “vida” que en el próximo verso es reemplazada por la palabra “piedra”. De este modo, desde un principio ya establece la metáfora extendida de la vida que utiliza en todo el poema. En el tercer verso escribe “como tú. Como tú,” para incluir al lector en el poema y ya desde el comienzo hacer que reflexiones y comparta los sentimientos con el autor. Utiliza el recurso de repetición para afirmar el “como tú” y dejar en claro que es al lector a quién se está dirigiendo. En los próximos cinco versos comienza a degradar la piedra como explicado en los temas, siempre volviendo a aclarar que es “como tú”, o sea, como el lector. En el verso ocho, dice “canto que ruedas”, donde el autor sabiamente juega con las palabras para concluir la etapa final de la vida. “canto” en la frase significa las piedras del canto rodado, pero en vez de ponerlo con el nombre propio, escribe “canto que ruedas” donde parte del nombre pasa a ser el verbo que caracteriza la acción de la vida. En este verso usa prosopopeya para personificar a la piedra, y hacer énfasis en que está hablando de la vida. Después de este verso crea una imagen visual de la piedra usando rima asonante, donde las terminaciones son iguales, “canto que ruedas / por las calzadas / y por las veredas”. El autor utiliza este recurso para enriquecer la poesía e introducir la metáfora final de la primera parte “guijarro humilde de las carreteras”. Al usar la palabra “guijarro” que es un sinónimo de la palabra “piedra”, enriquece la descripción de la vida y sintetiza el contenido de la primera parte. En conclusión, podemos decir que el autor utiliza su primera parte para transmitir e ilustrar los ciclos de la vida usando variados recursos como rima, prosopopeya, gradación y repetición sintáctica.
En la segunda parte, ilustra los altibajos anímicos en la vida de una persona. Comienza con la frase “como tú” para cerciorarse de que el lector siga sabiendo está en la misma rueda de la vida. Los versos siguientes, rompen la estructura de la primera parte ya que no tienen una coma al final de cada verso. Esto crea un ritmo casi narrado, lleno de encabalgamientos, donde el lector se encuentra que debe seguir leyendo para que la oración tenga sentido pero al llegar al final del verso por costumbre cree tener que hacer una pausa por más que el verso por sí solo no tenga valor alguno. Por ejemplo cuando escribe “que en días de tormenta” se hace la pausa “te hundes” se hace otra pausa “en el cieno de la tierra”, el autor crea pausas donde no las hay, acelerando el ritmo. Esto ayuda a transmitir con más eficiencia y claridad los temas, ya que se puede ver el paralelo con los problemas. Parece que todo se acaba, que hay que detenerse, que no se puede seguir adelante, pero es sólo cuestión de mirar el próximo verso y darse cuenta de que sí se puede seguir por más que parezca que no. De todos modos, en el verso veinte vuelve a utilizar el punto y coma, para comenzar de nuevo con una estructura regular demostrando que es una parte más de un todo, y es habitual que existan los altibajos en la vida. En conclusión, podemos decir que el autor utiliza una segunda parte donde casi narra los ciclos emocionales de la vida usando recursos como encabalgamiento y ritmo acelerado.
La tercera parte, puede a su vez dividirse en dos una siendo los versos veintiuno a veintiocho y la otra veintinueve a treinta y uno. En la primera parte usa lítote, de manera que en vez de usar afirmación + cualidad real utiliza negación + cualidad irreal. Por ejemplo, escribe “ni piedra de audiencia/ ni piedra de un palacio/ ni piedra de una iglesia” donde no afirma lo que es su vida y la del lector, sino lo que no es. Este recurso combinado con la repetición de la palabra “piedra” que metafóricamente es la vida, y la hipérbole al describir usos exclusivos y magníficos de la piedra, logra crear un contraste con los versos concluyentes para eficazmente transmitir la importancia de cada uno en la vida y cómo lo que puede parecer una piedrita de canto rodado frente a un palacio puede llegar a ser una honda en manos de un cuidador de ovejas que salva a una nación. Una vez más, en los versos veintidós y veintitrés, el autor emplea encabalgamiento, “como tú, que no has servido/ para ser ni piedra/ de una lonja” para hacer énfasis en los versos que le siguen. Termina esta serie de negaciones escribiendo “como tú”, donde vuelve a la estructura de la primera parte y “piedra aventurera” donde afirma lo que su vida y la del lector es. Si bien en este caso no cambia de verso, vuelve a la estructura de la primera parte, “como tú + afirmación” utilizando la piedra como símbolo de la vida. En la segunda parte, se ve por primera vez una frase que no sea afirmativa ni de negación, sino dubitativa, “que tal vez estés hecha” donde el autor llega a su punto máximo de reflexión sobre la vida para transmitir al lector la importancia de estar satisfecho y sentirse realizado con lo que sea que uno es, no importa cuán grande o pequeño parezca frente a lo que lo rodea. También observamos una repetición de verso, “piedra pequeña” que aparece anteriormente en el verso cuatro. Esto es para poner énfasis en que el hecho que sea “pequeña” no significa poco valioso. A su vez, sumado al adjetivo “pequeño”, en el verso siguiente y final agrega “y ligera…”. El adjetivo “ligera” es positivo en el sentido que ejemplifica una importante habilidad que ni “una audiencia” ni “una iglesia” pueden tener. Por lo tanto, al mencionar tres palabras correspondientes, “honda”, “pequeña” y “ligera” que están relacionadas entre sí porque aluden al mismo objeto, crea un cuerpo o una totalidad sumamente útil, utilizada para cazar, alimentar familias y como he mencionado previamente, hasta para salvar naciones. Esta última idea sintetiza la importancia de hasta lo más pequeño y como el ojo del hombre puede ser tan engañoso de pensar que porque algo físicamente parece más reducido que otra cosa, no sea valioso y útil.
En conclusión, en el poema “Como tú” escrito por Felipe León, el autor logra que el lector reflexione sobre su vida y se encuentre realizado con lo que tiene y es, empleando una serie de recursos variados como gradación, encabalgamiento, repeticiones y rima.
Comentario de un fragmento de textos en prosa de no ficción
Que me los presenten. Que me presenten a esos 7.000 madrileños que abandonaron a sus perros el verano pasado para irse con toda tranquilidad de vacaciones. Que me presenten a esos 7.000 energúmenos capaces de dejar atrás, con impavidez espeluznante y una pachorra irirnensa, los hocicos temblorosos y las miradas dolientes de sus animales.¿Cómo lo harán? ¿Apearán al perro en mitad de un campo solitario y huirán después a todo rugir de coche, con el pobre bicho galopando espantado detrás del guardabarros hasta que su aliento ya no dé para más? ¿O quizá lo llevarán a algún barrio lejano y escaparán aprovechando algún descuido, un amistoso encuentro con otros perros o un goloso olfatear de algún alcorque? No les importa que luego el animal, al descubrirse solo, repase una vez y otra, con zozobra creciente y morro en tierra, la borrosa huella de sus dueños, intentando encontrar inútilmente el rastro hacia el único niundo que conoce. Son 7.000 sólo en Madrid: el censo estatal de malas bestias puede aumentar bastante.
Que me presenten a esos tipos que tuvieron el cuajo de tumbarse con la barriga al sol en una playa, plácidos y satisfechos tras haber condenado a sus perros, en el mejor de los casos, al exterminio en la. perrera, y, más probablemente, a una atroz y lenta agonía en cualquier cuneta, con el cuerpo roto tras. un atropello. O a servir de cobaya en un laboratorio, o a morir en las peleas de perros, espeluznantes carnicerías que, aunque ilegales, parecen estar en pleno auge como juegos de apuestas. Que me presenten a esos seres de conciencia de piedra. Quiero saber quiénes son, porque me asustan: si han cometido un acto tan miserable e inhumano, ¿cómo no esperar de ellos todo tipo de traiciones y barbaries? Probablemente pululan por la vida disfrazados de gente corriente: es una pena que las canalladas no dejen impresa una marca indeleble.
* Este artículo apareció en la edición impresa del viernes, 15 de junio de 1990.
https://elpais.com/diario/1990/06/16/ultima/645487203_850215.html
TEMAS (en forma general)
IDEAS (oración completa con sujeto y predicado, de modo general, sin mencionar a los personajes)
CONFLICTO: entre individuo y sociedad, razón y pasión, lo apolíneo y lo dionisiaco, etc.
PERSONAJES
AMBITO geográfico, histórico
de acuerdo con la entrada y salida de personajes, o las acotaciones escénicas, o diálogos y monólogos, etc.
Analizar contenido y forma, relaciones entre contenido y forma: cómo las decisiones del autor configuran el significado del texto.
(La adjetivación. Los verbos. Enumeración. Sinonimia. Asíndeton Polisíndeton. Hipérbaton. Quiasmo. Pregunta retórica. Metonimia. Imágenes: visuales, auditivas, táctiles, olfativas, gustativas. Sinestesia. Comparación. Metáfora. Hipérbole. Litote o atenuación. Animización. Personificación. Ironía. Hipálage. Correspondencia. Antítesis)
Tensión, Clímax, Peripecia, punto decisivo, Diálogo, Monólogo, Parlamento, Stichomithia, Catarsis, Terror y piedad, Empatía, Pathos, Anagnórisis, Acotaciones escénicas, Escenario, Falta trágica, Hamartia, Hybris, Ironía dramática, Ironía trágica, Tono
(si hay partes en verso)
Medida Organización estrófica. Rima. Intensificadores sonoros.
Aliteración Encabalgamiento Anáfora. Epifora. Paralelismo sintáctico
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FRAGMENTO 1
YERMA. (Como soñando.)
¡Ay qué prado de pena!
¡Ay qué puerta cerrada a la hermosura,
que pido un hijo que sufrir y el aire
me ofrece dalias de dormida luna!
Estos dos manantiales que yo tengo
de leche tibia, son en la espesura
de mi carne, dos pulsos de caballo,
que hacen latir la rama de mi angustia.
¡Ay pechos ciegos bajo mi vestido!
¡Ay palomas sin ojos ni blancura!
¡Ay qué dolor de sangre prisionera
me está clavando avispas en la nuca!
Pero tú has de venir, ¡amor!, mi niño,
porque el agua da sal, la tierra fruta,
y nuestro vientre guarda tiernos hijos
como la nube lleva dulce lluvia.
(Mira hacia la puerta)
¡María! ¿Por qué pasas tan de prisa por mi puerta?
MARÍA. (Entra con un niño en brazos.) Cuando voy con el niño, lo hago... ¡Como siempre lloras!...
YERMA. Tienes razón. (Coge al niño y se sienta.)
MARÍA. Me da tristeza que tengas envidia. (Se sienta.)
YERMA. No es envidia lo que tengo; es pobreza.
MARÍA. No te quejes.
YERMA. ¡Cómo no me voy a quejar cuando te veo a ti y a las otras mujeres llenas por dentro de flores, y viéndome yo inútil en medio de tanta hermosura!
MARÍA. Pero tienes otras cosas. Si me oyeras, podrías ser feliz.
YERMA. La mujer del campo que no da hijos es inútil como un manojo de espinos ¡y hasta mala!, a pesar de que yo sea este desecho dejado de la mano de Dios. (Maria hace un gesto como para tomar al niño.) Tómalo; contigo está más a gusto. Yo no debo tener manos de madre.
MARÍA. ¿Por qué me dices eso?
YERMA. (Se levanta.) Porque estoy harta, porque estoy harta de tenerlas y no poderlas usar en cosa propia. Que estoy ofendida, ofendida y rebajada hasta lo último, viendo que los trigos apuntan, que las fuentes no cesan de dar agua, y que paren las ovejas cientos de corderos, y las perras, y que parece que todo el campo puesto de pie me enseña sus crías tiernas, adormiladas, mientras yo siento dos golpes de martillo aquí, en lugar de la boca de mi niño.
MARÍA. No me gusta lo que dices.
YERMA. Las mujeres, cuando tenéis hijos, no podéis pensar en las que no los tenemos. Os quedáis frescas, ignorantes, como el que nada en agua dulce no tiene idea de la sed.
MARÍA. No te quiero decir lo que te digo siempre.
YERMA. Cada vez tengo más deseos y menos esperanzas.
MARÍA. Mala cosa.
YERMA. Acabaré creyendo que yo misma soy mi hijo. Muchas noches bajo yo a echar la comida a los bueyes, que antes no lo hacía, porque ninguna mujer lo hace, y cuando paso por lo oscuro del cobertizo mis pasos me suenan a pasos de hombre
COMENTARIO
Qué Temas trata,
Cuáles son las Ideas sobre esos temas, perspectiva.
Cómo son los Personajes. Identidad, voz, mundo interior.
Contexto o ámbito: geográfico, histórico y socio-económico
Los espacios: Caracterización, significado y evolución
El tiempo. Evolución del tiempo: orden cronológico, retrospecciones, prospecciones, elipsis, sumario, escena; relato singulativo, iterativo, repetitivo; consignación precisa, imprecisa, subjetiva.
El tipo de narrador y el punto de vista. Focalización: Narrador protagonista, testigo, omnisciente, cuasi omnisciente y punto de vista.
Trama: Unidades narrativas (resúmenes, escenas) y unidades no narrativas (informes e indicios). Reproducción de palabras y pensamientos de los personajes.
Decisiones del autor en relación con:
Los espacios,
El tiempo,
El tipo de narrador y el punto de vista.
Los segmentos descriptivos y los narrativos
Las unidades narrativas: resúmenes o escenas
La forma de reproducir las palabras y pensamientos de los personajes
Las repeticiones
El estilo: uso de verbos, adjetivos, sustantivos, enumeraciones, preguntas retóricas, imágenes visuales, auditivas, táctiles, olfativas, gustativas comparaciones, metáforas, hipérboles, personificaciones, ironía, correspondencias, antítesis, etc.
Pablo Kurlat
(Y12 - 1998 - Prof. Cecilia Bruzzoni)
Lo que siguió fue una tensión invivible y un silencio absoluto que parecían el preludio de algún prodigio celestial. Un acólito puso al alcance del obispo el acetre del agua bendita. Él agarró el hisopo como un mazo de guerra, se inclinó sobre Sierva María, y la asperjó a lo largo del cuerpo murmurando una oración. De pronto profirió el conjuro que estremeció los fundamentos de la capilla.
«Quienquiera que seas», gritó. «Por orden de Cristo, Dios y Señor de todo lo visible y lo invisible, de todo lo que es, lo que fue y lo que ha de ser, abandona ese cuerpo redimido por el bautismo vuelve a las tinieblas».
Sierva María, fuera de sí por el terror, gritó también. El obispo aumentó la voz para acallarla, pero ella gritó más. El obispo aspiró a fondo y volvió a abrir la boca para continuar el conjuro, pero el aire se le murió dentro del pecho y no pudo expulsarlo. Se derrumbó de bruces, boqueando como un pescado en tierra, y la ceremonia terminó con un estrépito colosal.
Cayetano encontró aquella noche a Sierva María tiritando de fiebre dentro de la camisa de fuerza. Lo que más lo indignó fue el escarnio del cráneo pelado. «Dios del cielo», murmuró con una rabia sorda, mientras la liberaba de las correas. «Cómo es posible que permitas este crimen». Tan pronto como quedó libre, Sierva María le saltó al cuello, y permanecieron abrazados sin hablar mientras ella lloraba. Él la dejó desahogarse. Luego le levantó la cara y le dijo: «No más lágrimas».
Y enlazó con Garcilaso :
«Bastan las que por vos tengo lloradas».
Sierva María le contó la terrible experiencia de la capilla. Le habló del estruendo de los coros que parecían de guerra, de los gritos alucinados del obispo, de su aliento abrasador, de sus hermosos ojos verdes enardecidos por la conmoción.
«Era como el diablo», dijo
Posibles preguntas de orientación:
¿Qué contrastes se plantean entre las perspectivas acerca del diablo o del mal?
¿Qué función desempeñan las imágenes auditivas en la construcción del significado acerca de la violencia?
Temas e ideas de La vida secreta de Walter Mitty de James Thurber
Temas e ideas de El racista de Isaac Asimov
Temas e ideas de La sabana de Ray Bradbury
Temas e ideas de El hombrecito del azulejo de M. Láinez
Temas e ideas de El collar de Maupassant
Nueva York, abril 1973
Has estado una semana en Nueva York y no nos hemos visto. Luché tanto hace años para que vinieras, que ahora resulta extraño saber que has estado aquí. He entendido muy bien que no trataras de encontrarme. No tenemos necesidad de vernos. No lo deseamos. Ni siquiera lo tememos.
Le he dado muchas vueltas al hecho de que, a pesar de todo, continuemos escribiéndonos. He tratado de buscar las razones de este morse*prolongado con el que nos enviamos señales regulares, indicios de que seguimos vivos.
Me parece que esa es la clave de nuestras cartas. Escribimos para comprobar no que está vivo el otro, sino que lo estamos nosotros mismos. Tus cartas me confirman que existo. Quizá la lejanía me agudice esa necesidad de testimonio. Pero no solo en la distancia está el destierro. Tú no te has ido y también reclamas cartas que dan fe de tu vida.
Hay un momento en que creemos poseer el hilo que nos guía hacia un destino. Nuestras cartas demuestran que lo hemos perdido. No es el amor y tiene poco que ver con el amor. Es la continuidad como personas lo que necesitamos, la conciencia de quiénes somos, de lo que hemos sido. Desaparecen los seres que contemplaron nuestra infancia. Irrumpen en escena nuevos seres que enardecen nuestras vidas. Se van. Nos arrebatan trozos de piel, fragmentos de sonrisas; se llevan adheridas partes de nuestra biografía
Nadie recuerda cuándo nací, cómo crecí, nadie registra mis transformaciones sucesivas. Pero yo necesito decírmelo a mí misma y por eso te escribo.
Estaba tan segura de todo... No sólo de lo que yo buscaba, sino también de lo que tú desatendías.
Te atacaba. Quería despertarte, hacerte ver lo que me parecía claro y definitivo. Hace tiempo que ya no te fustigo. Es cierto que ha desaparecido el amor. Pero no es sólo eso. Me asusta ver que no tenía razón alguna para torturarte: haz esto, no lo hagas, ven, quédate, arrepiéntete... Algo que no puedo precisar se me ha escapado entre los dedos. Soy un predicador que ha perdido la fe y te pido perdón. Por lo demás, no me importa lo que haces. Hasta tus rasgos se me escapan. Los veo descolocados, dispersos, como las piezas de un rompecabezas que hay que ordenar.
Pero te escribo. Lanzo al océano mensajes encerrados en botellas con la esperanza de que alguien los lea y me comunique que estoy viva. Ese alguien eres tú, y también me escribes. Eso es todo. No queremos saber nada del otro, sino lo más posible de nosotros mismos. Hemos llegado a hacer de nuestras cartas un tratamiento personal, una terapia, un diario, un testamento. Y un juego. La pelota que nos lanzamos y nos devolvemos apenas rozada con el único fin de recibirla en seguida. Un juego compulsivo y angustioso al que Julián nunca hubiera jugado.
Él sí sabe dónde está. Entonces cuando éramos muy jóvenes, él regresaba ya del entusiasmo y la inocencia que me hacían creer en proyectos brillantes. Tampoco tenía la ambición, el deseo de habitar el mundo de los fuertes como tú. Quizá porque él había tenido siempre todo lo que tú ansiabas, y también puede ser que él se adelantase a todos los naufragios, eligiendo desde un principio esa isla que buscan los que van a la deriva. Julián no hubiera jugado a este juego aséptico de idolatrías...
Comprendo que no me hayas buscado en Nueva York. De haberlo hecho, no me hubieras encontrado. Ya sólo somos dos desconocidos.
Un beso,
Por mi buena conducta me destinaron a una celda individual, me facilitaron una máquina de escribir, papeles a granel y me acortaron la pena.
Yo escribía, escribía todo el tiempo disponible, volcándome en esas cuartillas que en aquel momento eran toda mi vida. No tenía nada más y el revivir mi calvario me destrozó al principio. Volví a sentir lo mismo que entonces, cuando me hirvió la sangre, esa sangre contenida durante tanto tiempo, que estalló súbitamente una tarde de abril.
Después de sufrir todo lo que es posible sin morir, empecé a sentirme bien. Un día me visitó el alcaide y oyó el relato de mis propios labios. Se sentó en mi camastro muy impresionado. Me rogó que hiciera una copia para el gobernador. Éste me llamó a su despacho y con mi permiso envió el manuscrito al concurso literario del año. Fue un error el que cometí y nunca me arrepentiré lo suficiente.
Ya cumplí mi condena y estoy en libertad. También debo decir que ahora soy el escritor de moda, el premio literario más importante del año.
Fue un error el que cometí y nunca me arrepentiré lo suficiente. Porque yo empecé a escribir solamente para mí, para liberarme. Si hubiera adivinado lo que iba a ocurrir, hubiera quemado el relato después de haberlo escrito, bendiciendo a Dios por haberme ayudado con un medio tan sencillo.
Porque yo tomé ese camino sólo para mí, para liberarme. Mi libro estará constantemente conmigo para recordármelo. Y éste será mi verdadero castigo.
Lila Padilla, Entre sombras y maldades (1976)
A pesar de su corta extensión, el fragmento de “Entre sombras y maldades”, escrito por Lila Padilla en 1976, está dotado de una riqueza singular. Su temáticarefleja la realidad de muchos autores latinoamericanos que viven la fama como un castigo, un encierro. Escritores tales como Gabriel García Márquez incluso calificarían como “feliz” aquella etapa de anonimato, cuando escribir era meramente un medio de liberación. El protagonista de este fragmento – un preso, condenado posiblemente por homicidio, que accede a una celda individual por su “buena conducta” (línea 1) – vive en carne propia las consecuencias de la fama cuando se vuelca en la escritura como modo de purgación por sus acciones y posteriormente autoriza el envío de su manuscrito al “concurso literario del año”. En efecto, el narrador gana y se transforma en el “escritor de moda” (línea 13). Empero, este reconocimiento no lo enorgullece, sino que lo encierra: su libro permanecerá a su lado por siempre. De esta forma, el título del texto resulta irónico; la fama no es un “premio” para el narrador, es su “verdadero castigo”. Aquello que inicialmente lo liberó terminó por encerrarlo y condenarlo.
Concretamente, el fragmento incluye temas como la escritura y el oficio del escritor; la fama y el arrepentimiento, el aislamiento. La escritura es un medio catártico que facilita la purga de sentimientos horrorosos. Por esta razón, el narrador revive su calvario y vuelve a sentir “esa sangre contenida durante tanto tiempo” (línea 6). Después sufre “todo lo que es posible sin morir” (línea 7), lo que indica que la escritura no es un oficio simple o fácil. Sin embargo, el protagonista empieza a “sentirse bien” una vez que concluye su labor. Entonces, se desprende la idea de que la escritura es un método efectivo de liberación. El aislamiento que implica el oficio de escritor (pues el narrador sólo escribe en una celda individual, sin contacto alguno con el mundo exterior) es en realidad liberador, más allá del encierro físico. Las palabras curan al protagonista; la escritura sana. De modo algo paradójico, una vez que el narrador “cumple su condena y está en libertad” (línea 12) es cuando realmente experimenta el encierro. La fama trae consigo el arrepentimiento ya que el protagonista añora volver atrás en el tiempo y “quemar el relato después de haberlo escrito” (línea 16). El libro es su “castigo”, pues hace público lo interno, lo privado. El narrador ya no es un prisionero en una celda, pero el lector lo percibe como un hombre atrapado por la fama. La presencia constante de su libro le recordará por siempre su crimen.
Puesto que el texto es relatado por el mismo reo en primera persona, este personaje nos revela toda sus subjetividad, su interioridad. Sus rasgos físicos jamás se revelan pues sus pensamientos y sensaciones son los que le otorgan mayores matices al fragmento. No sabemos el nombre del narrador, aunque conocemos una parte de su pasado: es un hombre condenado a prisión a causa de su comportamiento “una tarde de abril”. Quizás haya cometido un crimen pasional, pues el narrador describe el hervor de una sangre “contenida” que “estalló súbitamente”. Este personaje es sensible porque las emociones juegan un rol primordial en el desarrollo del texto. El narrador no se limita a contar lo que hace, sino lo que siente: él “sufre”, sus sensaciones lo “destrozan”, luego se “arrepiente”.
Por otro lado, personajes secundarios ,como el alcalde y el gobernador de una ciudad desconocida, aparecen brevemente como guías que facilitan la transición del narrador del anonimato al estrellato. Son sus primeros lectores que se conmueven con su relato. Sus intenciones parecen ser buenas y honradas: el alcalde queda “muy impresionado” (línea 9) por el relato del reo e incluso “ruega” (línea 9) que haga una copia al gobernador. El gobernador se muestra más distante pero su acción en el texto es trascendental: envía el manuscrito del narrador al concurso literario del año. El narrador inicialmente acepta, sin prever las consecuencias. Repetirá entonces: “fue un error el que cometí y nunca me arrepentiré lo suficiente” (líneas 10 y 11).
En segundo lugar, resulta interesante examinar la contradicción que representan los espacios en el fragmento. Su descripción es nula, pero predominan dos situaciones contrastantes: el encierro y la libertad. El texto comienza con un lugar cerrado, la prisión. Sin embargo, esta condición no implica que el reo se sienta aislado; al contrario, durante su estadía en la cárcel escribe el libro como modo para liberarse, “sólo para él”. La escritura es para el narrador un proceso privado, íntimo, donde una convulsión de memorias, emociones y sentimientos dan a luz algo nuevo. A pesar del parto doloroso, el encierro físico conlleva la libertad mental y emocional. Luego de escribir, el narrador se “siente bien”. Análogamente, el espacio abierto de la “libertad” (línea 12) es en realidad una condena. La fama de su libro es su “verdadero castigo” (línea 19). Es decir, el espacio sugiere libertad, pero el narrador está atrapado.
En tercer lugar, el tiempo del fragmento es importante para observar el arrepentimiento final del narrador. Se relata repetitivamente: "fue un error el que cometí y nunca me arrepentiré lo suficiente". Su pensamiento vuelve una y otra vez a ese error, el que cometió cuando permitió que el manuscrito compitiera en el concurso, es decir, cuando hizo pública su historia. Al mismo tiempo afirma de forma continua que optó por el camino de la escritura para liberarse (líneas 7, 15 y 18) aunque el acto mismo de escribir haya sucedido una vez. También vemos una retrospección, pues el narrador desde el presente ("estoy en libertad", "ahora soy el escritor de moda") reflexiona sobre su vida pasada de prisionero. La retrospección también evidencia el contraste entre la libertad de la escritura y el encierro de la fama.
Hay repeticiones de dos frases que reflejan esta dicotomía entre la libertad del anonimato y el arrepentimiento de haber alcanzado la fama: el narrador afirma que escribía “solamente para mí, para liberarme” (líneas 15 y 18) y que publicar su libro fue “un error […] nunca me arrepentiré lo suficiente” (líneas 11 y 14). Estas ideas son un leit-motiv o motivo recurrente en el fragmento. Teniendo en cuenta estas repeticiones, el cambio de espacio de cerrado a abierto, y el salto en el tiempo al presente, el fragmento presenta una composición interna dividida en dos partes.
La primera parte (I) comienza cuando al prisionero le dan una serie de privilegios por su buena conducta: celda aislada y solitaria, máquina de escribir y acortamiento de la pena. El tema central de esta parte es el proceso de escritura. El narrador escribe para sí mismo, y así adquiere libertad a pesar del espacio cerrado. Sin embargo, la sección concluye cuando el manuscrito se envía al concurso (es decir se vuelve público) y el narrador repite que fue un error. En esta parte (línea 1 – línea 11) puede notarse una gradación en las sensaciones que atraviesa el narrador. Comienza “reviviendo su calvario”, luego “sufriendo” hasta llegar a “sentirse bien”. De este modo, el lector activamente observa su recorrido hacia la libertad, su proceso de alumbramiento. Desde un punto de vista morfológico, el narrador suele emplear verbos simples para indicar las acciones del alcalde: “me visitó”, “se sentó”, “me rogó”. El relato es simple y directo, casi despojado. Por un lado, es interesante lo que el propio narrador omite, lo que calla: el lector jamás sabe qué crimen cometió. Por otro lado, hay una selección de palabras que hablan de un alto impacto emocional, a través de hipérboles se magnifican sus sentimientos: "esas cuartillas en aquel momento eran toda mi vida", "no tenía nada más", "revivir mi calvario", "me hirvió la sangre", "que estalló súbitamente".
El ritmo sintáctico se vuelve apasionado cuando rememora su crimen con la escritura, las oraciones son largas con subordinadas que aceleran el ritmo: "Volví a sentir lo mismo que entonces, cuando me hirvió la sangre, esa sangre contenida durante tanto tiempo, que estalló súbitamente una tarde de abril.". Una vez liberado, las oraciones son más breves, el ritmo es más pausado "Después de sufrir todo lo que es posible sin morir, empecé a sentirme bien". Terminó su catarsis y cuenta las acciones de otros: el alcalde y el gobernador, primeros lectores de su texto. La sintaxis se vuelve enfática cuando se lamenta “fue un error el que cometí”(línea 11). Resalta así su arrepentimiento por haber hecho público su dolor. El recurso predominante de esta sección es la repetición. Primero, “yo escribía, escribía…” (línea 3), que remite a la temática de la escritura. En segundo lugar, el narrador repite “la sangre, esa sangre…” (línea 6), con el fin de mostrar la violencia de la situación que lo condujo a la prisión.
La segunda parte (II) de línea 12 a 19 implica una elipsis, un salto en el tiempo con respecto a la parte I. Hay un cambio en la consignación del tiempo: el narrador habla en el presente (“ya cumplí mi condena y estoy en libertad”). Omite relatar su salida de la cárcel y la obtención del premio del concurso. En esta parte predomina la temática de la fama: "ahora soy el escritor de moda", " el premio literario más importante del año". Y cómo esa fama se le vuelve en contra hasta convertirse en un castigo. Reflexiona sobre su pasado: "si hubiera adivinado lo que iba a ocurrir, hubiera quemado el relato", y anticipa su futuro: "Mi libro estará constantemente conmigo para recordármelo". El libro impreso, publicado, se vuelve eterna memoria de su pasado sangriento.
Entonces en esta parte, se produce un cambio temático: el tema central no es la escritura sino la fama. También se produce un cambio temporal: "ahora" y de algún modo "eternamente" al utilizar el verbo en futuro: "estará constantemente conmigo para recordármelo. Y éste será mi verdadero castigo". Además se produce un cambio de espacio, está en libertad, dejó la cárcel, pero su libertad es sólo virtual: su libro funcionará como un grillete, unas esposas que lo encadenan a su pasado crimen. Las oraciones son semejantes a la parte I, el ritmo se dinamiza y apasiona cuando habla de su escritura usando proposiciones causales ("porque") y condicionales ("si"). El ritmo se lentifica al hablar de su condena. Esta parte resalta el “castigo” que representa la fama mediante el uso del adverbio “constantemente”. Luego de la publicación el castigo se vuelve íntimo, privado e inevitable: “Mi libro estará constantemente conmigo para recordármelo". Se enfatiza el carácter eterno de la memoria y la fama como castigos.
En conclusión, el fragmento se refiere al oficio del escritor como “un medio tan sencillo” (línea 17) de catarsis. Escribir implica liberación, alivio, bienestar, sin importar su espacio. Por el contrario, la fama sugiere encierro, “castigo”, un error.
(1738 palabras)
Julie Amerikaner. Año 12º 2009. Prof. Cecilia Bruzzoni
A
De "Un hombre sin suerte” de Samanta Schweblin. https://www.pagina12.com.ar/diario/verano12/subnotas/213467-62367-2013-02-08.html
El día que cumplí ocho años, mi hermana –que no soportaba que dejaran de mirarla un solo segundo–, se tomó de un saque una taza entera de lavandina. Abi tenía tres años. Primero sonrió, quizá por el mismo asco, después arrugó la cara en un asustado gesto de dolor. Cuando mamá vio la taza vacía colgando de la mano de Abi se puso más blanca todavía que Abi.
–Abi-mi-dios –eso fue todo lo que dijo mamá–. Abi-mi-dios –y todavía tardó unos segundos más en ponerse en movimiento.
La sacudió por los hombros, pero Abi no respondió. Le gritó, pero Abi tampoco respondió. Corrió hasta el teléfono y llamó a papá, y cuando volvió corriendo Abi todavía seguía de pie, con la taza colgándole de la mano. Mamá le sacó la taza y la tiró en la pileta. Abrió la heladera, sacó la leche y la sirvió en un vaso. Se quedó mirando el vaso, luego a Abi, luego el vaso, y finalmente tiró también el vaso a la pileta. Papá, que trabajaba muy cerca de casa, llegó casi de inmediato, pero todavía le dio tiempo a mamá a hacer todo el show del vaso de leche una vez más, antes de que él empezara a tocar la bocina y a gritar.
Cuando me asomé al living vi que la puerta de entrada, la reja y las puertas del coche ya estaban abiertas. Papá volvió a tocar bocina y mamá pasó como un rayo cargando a Abi contra su pecho. Sonaron más bocinas y mamá, que ya estaba sentada en el auto, empezó a llorar. Papá tuvo que gritarme dos veces para que yo entendiera que era a mí a quien le tocaba cerrar.
Hicimos las diez primeras cuadras en menos tiempo de lo que me llevó cerrar la puerta del coche y ponerme el cinturón. Pero cuando llegamos a la avenida el tráfico estaba prácticamente parado. Papá tocaba bocina y gritaba ¡Voy al hospital! ¡Voy al hospital! Los coches que nos rodeaban maniobraban un rato y milagrosamente lograban dejarnos pasar, pero entonces, un par de autos más adelante, todo empezaba de nuevo. Papá frenó detrás de otro coche, dejó de tocar bocina y se golpeó la cabeza contra el volante. Nunca lo vi hacer una cosa así. Hubo un momento de silencio y entonces se incorporó y me miró por el espejo retrovisor. Se dio vuelta y me dijo:
–Sacate la bombacha.
Tenía puesto mi Jumper del colegio. Todas mis bombachas eran blancas pero eso era algo en lo que yo no estaba pensando en ese momento y no podía entender el pedido de papá. Apoyé las manos sobre el asiento para sostenerme mejor. Miré a mamá y entonces ella gritó:
–¡Sacate la puta bombacha!
Y yo me la saqué. Papá me la quitó de las manos. Bajó la ventanilla, volvió a tocar bocina y sacó afuera mi bombacha. La levantó bien alto mientras gritaba y tocaba bocina, y toda la avenida se dio vuelta para mirarla. La bombacha era chica, pero también era muy blanca. Una cuadra más atrás una ambulancia encendió las sirenas, nos alcanzó rápidamente y nos escoltó, pero papá siguió sacudiendo la bombacha hasta que llegamos al hospital.
Dejaron el coche junto a las ambulancias y se bajaron de inmediato. Sin mirar atrás mamá corrió con Abi y entró en el hospital. Yo dudaba si debía o no bajarme: estaba sin bombacha y quería ver dónde la había dejado papá, pero no la encontré ni en los asientos delanteros ni en su mano, que ya cerraba ahora de afuera su puerta.
Texto B
De Conservas de Samanta Schweblin. En línea: https://www.pagina12.com.ar/diario/verano12/23-188298-2012-02-25.html
Pasa una semana, un mes, y vamos haciéndonos la idea de que Teresita se adelantará a nuestros planes. Voy a tener que renunciar a la beca de estudios porque dentro de unos meses ya no va a ser fácil seguir. Quizá no por Teresita, sino por pura angustia, no puedo parar de comer y empiezo a engordar. Manuel me alcanza la comida al sillón, a la cama, al jardín. Todo organizado en la bandeja, limpio en la cocina, abastecido en la alacena, como si la culpa, o qué sé yo qué cosa, lo obligara a cumplir con lo que espero de él. Pero pierde sus energías y no parece muy feliz: regresa tarde a casa, no me hace compañía, le molesta hablar del tema.
Pasa otro mes. Mamá también se resigna, nos compra algunos regalos y nos los entrega –la conozco bien– con algo de tristeza. Dice:
–Este es un cambiador lavable con cierre de velcro… Estos son escarpines de puro algodón… Esta es la toalla con capucha en piqué… –papá mira las cosas que nos van regalando y asiente.
–Ay, no sé… –digo yo, y no sé si me refiero al regalo o a Teresita. La verdad es que no sé –le digo más tarde a mi suegra cuando cae con un juego de sabanitas de colores–, no sé –digo ya sin saber qué decir, y abrazo las sábanas y me largo a llorar.
El tercer mes me siento más triste todavía. Cada vez que me levanto me miro al espejo y me quedo así un rato. Mi cara, mis brazos, todo mi cuerpo, y por sobre todo la panza, están cada vez más hinchados. A veces llamo a Manuel y le pido que se pare a mi lado. A él, en cambio, lo veo más flaco. Además, cada vez me habla menos. Llega del trabajo y se sienta a mirar televisión sosteniéndose la cabeza. No es que ya no me quiera, ni que me quiera menos. Sé que Manuel me adora y sé que –como yo– no tiene nada en contra de nuestra Teresita, qué va a tener. Pero es que había tanto que hacer antes de su llegada.
A veces mamá pide acariciar la panza. Me siento en el sillón y ella con voz suave y cariñosa le dice cosas a Teresita. A la mamá de Manuel, en cambio, se le da por llamar a cada rato para saber cómo estoy, dónde estoy, qué estoy comiendo, cómo me siento, y todo lo que se le pueda ocurrir preguntar.
Tengo insomnio. Paso las noches despierta, en la cama. Miro el techo con las manos sobre la pequeña Teresita. No puedo pensar en nada más. No puedo entender cómo en un mundo en el que ocurren cosas que todavía me parecen maravillosas, como alquilar un coche en un país y devolverlo en otro, descongelar del freezer un pescado fresco que murió hace treinta días, o pagar las cuentas sin moverse de casa, no pueda solucionarse un asunto tan trivial como un pequeño cambio en la organización de los hechos. Es que simplemente no me resigno.
Texto C
De Irman de Samanta Schweblin. En línea: https://www.pagina12.com.ar/diario/verano12/subnotas/265430-71413-2015-02-04.html
Oliver manejaba. Yo tenía tanta sed que empezaba a sentirme mareado. El parador que encontramos estaba vacío. Era un bar amplio, como todo en el campo, con las mesas llenas de migas y botellas, como si hubiera almorzado un batallón hace un momento y todavía no hubieran hecho tiempo a limpiar. Elegimos un lugar junto a la ventana, cerca de un ventilador encendido del que no llegaban noticias. Necesitaba tomar algo con urgencia, se lo dije a Oliver. El sacó un menú de otra mesa y leyó en voz alta las opciones que le parecieron interesantes. Un hombre apareció atrás de la cortina de plástico. Era muy petiso. Tenía un delantal atado a la cintura y un trapo rejilla oscuro de mugre le colgaba del brazo. Aunque parecía el mozo, se lo veía desorientado, como si alguien lo hubiese puesto ahí repentinamente y ahora él no supiera muy bien qué debía hacer. Caminó hasta nosotros. Saludamos; él asintió. Oliver pidió las bebidas y le hizo un chiste sobre el calor, pero no logró que el tipo abriera la boca. Me dio la sensación de que si elegíamos algo sencillo le hacíamos un favor, así que le pregunté si había algún plato del día, algo fresco y rápido, y él dijo que sí y se retiró, como si algo fresco y rápido fuese una opción del menú y no hubiese nada más que decir. Regresó a la cocina y vimos su cabeza aparecer y desaparecer en las ventanas que daban al mostrador. Miré a Oliver, sonreía; yo tenía demasiada sed para reírme. Pasó un rato, mucho más tiempo del que lleva elegir dos botellas frías de cualquier cosa y traerlas hasta la mesa, y al fin otra vez el hombre apareció. No traía nada, ni un vaso. Me sentí pésimo, pensé que si no tomaba algo ya mismo iba a volverme loco, ¿y qué le pasaba al tipo? ¿Cuál era la duda? Se paró junto a la mesa. Tenía gotas en la frente y aureolas en la remera, bajo las axilas. Hizo un gesto con la mano, confuso, como si fuera a dar alguna explicación, pero se interrumpió. Le pregunté qué pasaba, supongo que en un tono un poco violento. Entonces se volvió hacia la cocina, y después, esquivo, dijo:
–Es que no llego a la heladera.
Miré a Oliver. Oliver no pudo contener la risa y eso me puso de peor humor.
–¿Cómo que no llega a la heladera? ¿Y cómo mierda atiende a la gente?
–Es que... –se limpió la frente con el trapo. El tipo era un desastre– mi mujer es la que agarra las cosas de la heladera –dijo.
–¿Y..? –tuve ganas de pegarle.
–Que está en el piso. Se cayó y está...
–¿Cómo que en el piso? –lo interrumpió Oliver.
–Y, no sé. No sé –repitió levantando los hombros, las palmas de las manos hacia arriba.
–¿Dónde está? –dijo Oliver.
El tipo señaló la cocina. Yo sólo quería algo fresco y ver a Oliver incorporarse acabó con todas mis esperanzas.
En casa había una enciclopedia de la que mi padre hablaba como de un país remoto, por cuyas páginas te podías perder igual que por entre las calles de una ciudad desconocida. Tenía más de cien tomos que ocupaban una pared entera del salón. Era imposible no verla, ni tocarla. Yo mismo, por aburrimiento, abría a veces uno de aquellos libros desmesurados, de tapas negras, y leía lo primero que me salía al paso con la esperanza de encontrar un callejón oscuro, pero sólo veía palabras pequeñas que desfilaban por la página con la monotonía de una hilera de hormigas infinita. Mi padre estaba obsesionado con la enciclopedia y con el inglés. Cuando decía que iba a estudiar inglés, era que en casa estaba a punto de suceder una catástrofe que no tenía nada que ver con los idiomas. En aquella época yo tenía un talismán que me ayudaba a conseguir cosas; se trataba de un zapato minúsculo, de piel, que pertenecía a un hermano mío que no llegó a nacer: un aborto. Cuando el embarazo se malogró, mis padres se deshicieron de las ropas que habían comprado anticipadamente para él, pero yo conseguí rescatar aquel zapato que tenía el tamaño de un dedal. Un día papá me lo quitó muy irritado y lo arrojó a la basura.
—Ya no tienes edad —dijo— de creer en talismanes.
—¿Y por qué tú sí puedes creer en el inglés?
No me respondió, pero cambió de expresión, como si le hubiese descubierto un secreto indeseable. A mí, como venganza, me dejaron de interesar por completo los volúmenes oscuros de la enciclopedia, y entonces él aseguró que el día menos pensado, si persistía en no leer, los libros saldrían volando de casa, como pájaros, y nos quedaríamos todos sin palabras. Algunas noches, al meterme en la cama, intentaba imaginar un mundo sin palabras; suponía que habíamos comenzado a perderlas por orden alfabético y que de la A sólo nos quedaban de asesino en adelante, así que no teníamos aire ni abejas ni abogados ni abreviaturas ni aceros ni acicates ni ancianos. Los acicates me daban lo mismo, porque no sabía lo que eran; lo malo es que también habíamos perdido el alumbrado, las algas y los Alpes, además de Argentina y América. Una catástrofe natural, en fin, cuyo responsable era yo.
Si me dormía con estas imágenes, despertaba al poco huyendo de la pesadilla de haberme quedado mudo, que en el sueño constituía la forma más perturbadora de estar ciego. Así que empecé a vigilar la enciclopedia y el resto de los libros de la casa como si fueran enemigos. Y ellos, desde su opacidad, me acechaban también con algo de rencor, culpándome por anticipado de aquel desastre ecológico comparable al de la desaparición de variedades zoológicas. De manera que, cuando oía hablar de especies en extinción, ya no pensaba en los lagartos, ni en los búfalos, sino en las palabras. Escogía una cualquiera, escalera, por ejemplo, y comenzaba a darle vueltas a la posibilidad de que desapareciera. Repasaba mentalmente los lugares a los que no podría subir, ni de los que podría bajar el resto de mi vida, y comenzaba a sudar y a ponerme pálido de miedo.
Mi madre, después de preguntar mil veces qué me ocurría sin que yo consiguiera inventar nada razonable, acabó llevándome a un médico que me examinó de arriba abajo sin encontrar justificación a aquellos repentinos estados de malestar, por lo que me recetó unas vitaminas, ignorando que esa palabra, vitamina, tenía los días contados y que era ya más difícil de encontrar que la hormiga roja del Pirineo.
Volvimos a casa en autobús, sentados el uno frente al otro. Mamá no dejaba de observarme con desconfianza, como si supiera que ocultaba un secreto que me hacía daño. Entonces imaginé que desaparecía la palabra madre y comencé a transpirar mientras me demudaba sin remedio. Ella se alarmó un poco y sugirió que bajáramos del autobús para regresar a casa andando, pero no era posible bajar de ningún sitio porque habíamos perdido la palabra escalera y todas las de su familia, de manera que el autobús se había quedado sin escalón de bajada. En otras circunstancias, habríamos podido saltar, pero comprobé que también salto se había extinguido; tendríamos que pasar el resto de nuestras vidas dentro de aquel sucio vehículo, rodeados de personas que no conocíamos. La visita al médico no había mejorado las cosas.
Mi padre, entre tanto, continuaba utilizando la enciclopedia como un medio de transporte con el que llegaba a lugares que nosotros no podíamos ni imaginar, y en los que la gente, con frecuencia, se entendía en inglés. A veces volvía de aquellos curiosos viajes con barba de tres días y expresión de cansancio, como si hubiera permanecido de verdad en algún país extranjero. Y en vez de regalos, como los demás padres que viajaban, nos traía términos. Un día regresó de la enciclopedia a la hora de comer y entre plato y plato nos enseñó la palabra mimetismo para demostrar que entre los animales, como entre los hombres, también había individuos a los que les gustaba aparentar lo que no eran. A mí me tranquilizaba el hecho de que fuera y viniera de la enciclopedia con aquella frecuencia, porque pensaba que era una forma de que las cosas se mantuvieran en su sitio y de que hubiera vitaminas y madres y escaleras y abogados. Y alumbrado, porque sin alumbrado estábamos perdidos. Pero no entendía bien por qué, siendo la enciclopedia un modelo de organización, la realidad no se ajustaba siempre al orden alfabético. El uno, por ejemplo, iba antes del dos aunque la U era una de las últimas letras del abecedario. Además, desayunábamos antes de comer y comíamos antes de cenar, cuando en una progresión alfabética se debería comenzar el día con la cena para continuar con la comida y acabar la jornada con un buen desayuno. Esta falta de acuerdo permanente entre el mundo enciclopédico y la existencia real constituyó una de las preocupaciones más fuertes de mi infancia.
https://www.megustaleer.com/libros/el-orden-alfabtico/MES-064055/fragmento
https://ciudadseva.com/texto/la-escopeta/
Avanzó entre los naranjos. El sol caía con tanta fuerza que le obligaba a entrecerrar los ojos. La paloma saltó entonces de una rama a otra, y a otra, y se perdió por entre el follaje bien alto. Con la escopeta levantada, Matías se acercó hasta el tronco del árbol. Pero por más que examinó hoja por hoja, no pudo dar con la paloma. Extrañado, se rascó la nuca.
De pronto, sobre su cabeza sintió un ruido. Volvió a fijarse. Arrebujado entre unas ramas, había un pájaro. No era su paloma; era un pájaro de un color entre azulado y ceniciento. Con cuidado, Matías apoyó el arma en el hombro y levantó el gatillo.
“Ya que no es la paloma -se dijo- no me voy a volver a la casa con las manos vacías”.
Pero en ese instante, el pájaro saltó a una horqueta, sacudió las alas e hinchando la gola se puso a cantar.
Matías, que ya había llegado al primer descanso, abandonó el gatillo y escuchó.
“Qué extraño -se dijo-. Jamás he escuchado cantar a un pájaro como este”.
El trino, en el redondel de la siesta, subía como un árbol dorado y rumoroso. A Matías le pareció que más que el canto del pájaro, lo que se desgranaba eran las escamas amodorradas de la siesta misma. Y le comenzó a entrar un sopor dulce, unas ganas de abandonarse a los recuerdos de los tiempos felices y de no hacer nada más que escuchar el canto del pájaro que seguía subiendo, esta vez como un perfume agridulce y verde.
Para escuchar mejor, dejó caer la escopeta a un lado y arrastrando los pies se acercó al árbol para apoyarse en el tronco. El pájaro había desaparecido, pero su canto continuaba en el aire. Y no pudo sustraerse a la tentación de mirar al cielo y levantó los ojos. Allá arriba, entre unas nubes ociosas que desflecaban gigantescas flores de cardo, dos grandes pájaros negros volaban en lánguidos círculos inmensos. Matías, entonces, no supo distinguir si la dulzura que sentía venía del canto de aquel pájaro o de las nubes que se desvanecían como borrachas a lo lejos.
El canto, entonces, se acabó de improviso. Los pájaros y las nubes desaparecieron y él volvió en sí.
“Me estoy volviendo muy abriboca” -se dijo mientras sacudía la cabeza.
Buscó la escopeta pero no la encontró donde creía haberla dejado. Caminó más allá, volvió más acá, pero el arma había desaparecido.
-¡Esto me pasa por tonto! -gritó en voz alta.
Y todo lo que hizo después fue en vano. Al cabo de una hora, ya cansado, se dijo:
“Me iré a la casa a buscar a mi muchacho. Entre los dos la vamos a encontrar más ligero. No puedo perder así un arma tan hermosa”.
Y se lanzó cortando el campo hasta alcanzar el callejón.
Al entrar al pueblo fue cuando comenzó a sentir algo raro. Estaba como desorientado: echaba de menos algunos edificios y otros le parecía que nunca en su vida los había visto. A medida que avanzaba, la sensación iba en aumento. Y al llegar a su casa, el miedo le sopló en la cara un presentimiento vago, pero terrible.
Penetró en el zaguán. En el patio, cuatro chicos jugaban y cantaban. Al verlo se desbandaron gritando:
-¡El Viejo…! ¡El Viejo…!
Una mujer salió de una habitación sacudiéndose las hilachas de la falda. Matías balbuceó con un hilo de voz:
-¿Quién es usted…? Yo busco a Leandro…
La mujer lo miró largamente y frunció el entrecejo.
-¿Qué dice, buen hombre? -dijo.
-Busco a Leandro -tartamudeó Matías-. A mi hijo Leandro… Esta es mi casa.
-¿Su casa? -dijo la mujer.
-¡Sí. Mi casa! -gritó Matías-. La casa de Matías Fernández.
La mujer hizo un gesto de extrañeza.
-Era…-dijo sonriendo con tristeza-. Nosotros la compramos hace veinte años cuando desapareció don Matías y todos sus hijos se fueron de este pueblo.
-¡Qué! -gritó Matías, levantando las manos como para defenderse.
-Sí… -asintió la mujer temerosa.
Entonces, Matías se fijó en sus manos y se dio cuenta que estaban arrugadas, muy arrugadas y trémulas como las de un hombre muy viejo. Y huyó despavorido dando un grito.
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