A medida que la vida se alarga y el calendario insiste en seguir cambiando, uno desarrolla cierta habilidad para detectar la contradicción entre lo que muchos predican y lo que practican. Llamemos “ideología” al cóctel de creencias políticas, religiosas, culturales y filosóficas… en otras palabras, a esa ensalada mental que cada quien adereza como puede.
Una de las ideas más desconcertantes es la de la eternidad. El infinito temporal sigue siendo un lío que la mente humana no logra digerir. ¿Qué había antes del Big Bang y que habrá después? Los astrofísicos lo explican con un lenguaje tan enrevesado como el de los teólogos, solo que cambian “transubstanciación” por “materia oscura”. Pero algo sí tenemos claro: nuestros átomos seguirán rodando por ahí, y nuestros genes seguirán fabricando parientes, a menos que algún desquiciado Putinesco decida activar la fisión y nos convierta en energía.
El caso es que no deberíamos necesitar amenazas ni recompensas eternas para comportarnos como seres decentes aquí y ahora. No tendría que prometérsenos un penthouse celestial, para ser éticos, respetuosos, trabajadores y pacíficos. Sin embargo, tanta insistencia en la vida eterna produce un curioso efecto: parece que algunos reservan su mejor comportamiento para el más allá, y dejan el más acá lleno de hipocresías, abusos y pecados “perdonables”.
La fórmula es simple: en la tierra hago mis diabluras… y en el cielo me dan upgrade automático porque “Dios es amor”. El problema es que esa obsesión por la recompensa futura termina vaciando de sentido la vida presente. Se bautiza un bebé: “su vida valdrá cuando llegue al cielo”. Se despide a un muerto: “su existencia tiene sentido ahora que empezó la eternidad”. Y entre ambas ceremonias, ¿qué?
Ojalá en el año nuevo consideremos una idea mas simple: asumir que el sentido está en el aquí y en el ahora, en lo que hacemos cada día, en la felicidad de ayudar y en la gratitud recibida. Que la “vida eterna” es, en realidad, la memoria afectuosa que dejamos en quienes nos sobreviven.
Del mismo modo, no deberíamos asustar a nadie con tiquetes al infierno para disuadirlo de destruir vidas por codicia o poder. Basta observar la miserable existencia de quienes creen que la violencia y el crimen son atajos hacia la gloria: su castigo comienza mucho antes de llegar a las llamas.
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Es inaceptable que un hombre acceda verbal o físicamente al espacio personal de una mujer sin ser invitado. En la evolución de la mayoría de los mamíferos, la hembra suele atraer y el macho avanza, buscando transmitir sus genes. A quienes se comportan como "Macho Alfa" hay que recordarles que ya no saltamos de rama en rama. Los miles de años de civilización, deben implicar la capacidad para controlar primitivos instintos reproductivos.
También es importante reconocer que la interacción entre sexos sigue siendo una parte fundamental de la vida social, y la línea entre la atracción mutua y un avance no deseado puede ser borrosa. Esta percepción es subjetiva y depende tanto del contexto cultural como de las experiencias individuales. En Arabia, un tobillo desnudo puede generar gran excitación, mientras que en Cali, la exhibición de la anatomía es parte del paisaje.
Asimismo, las mujeres también deberían reflexionar sobre el impacto de sus propios instintos. La exagerada necesidad de atraer puede llevarlas a convertirse en esclavas de influencias externas: maquillajes, modas, y toda clase de adornos artificiales. La obsesión por la belleza postiza, los halagos o las miradas puede derivar en deformaciones corporales impuestas por estereotipos promovidos por la televisión o las redes sociales. Gastan sumas considerables en “sentirse bien”, lo que a menudo significa estimular al "macho alfa" que las rodea.
Ignorar los riesgos asociados a ciertos contextos también refleja una mezcla de terquedad e ingenuidad. En un país como Colombia, dejar un portátil costoso desatendido en un parque garantiza prácticamente su pérdida. Aunque el ladrón sea culpable, no deja de ser un acto de imprudencia.
De manera similar, si una mujer decide exhibir sus atributos en un lugar solitario, está asumiendo un riesgo. Esto no significa, bajo ninguna circunstancia, justificacion para el peligro, pero mientras el machismo primitivo siga siendo una realidad, la combinación de atractivos exagerados y situaciones de vulnerabilidad puede interpretarse, erróneamente, como una invitación al demonio.
El movimiento *Me Too* (yo también fui víctima de abuso sexual) podría enfocarse en una pedagogía que promueva una liberación más integral de la mujer. Sacudirse del acoso de los hombres pasa, en parte, por soltar la obsesión por atraerlos.
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“Colombia atraviesa una crisis económica de gravedad progresiva..se establecen alzas al subir el precio de la gasolina..ha habido fuga de capitales de quienes se sienten perseguidos e inseguros..no se abren nuevos frentes de trabajo porque no se dan las circunstancias favorables para que inviertan los que pueden abrirlos..si lo que quisieran es el bienestar del pueblo Colombiano, están logrando lo contrario..no es fácil acabar con un enfrentamiento de 30 años..el mayor enemigo de Colombia y su democracia es la corrupción..los que viajan por cuenta del estado.. con cualquier pretexto..si nos acercamos a la gente que trabaja y lucha, el balance es favorable”
Son algunos apartes de una columna “Telestar” de Clarita Zawadzki escrita en 1985. Hace casi 40 años, y los comentarios podrían ser perfectamente apropiados para el presente.
Tiene mucho valor repasar lo que escribían los columnistas hace décadas, especialmente para quienes creen que están inventando la pólvora al hacer análisis políticos y sociológicos.
Clarita nació en un periódico, y eso influyó para que desde temprana edad desarrollara una fluidez extraordinaria para escribir. Lo que para la mayoría de los mortales implica un esfuerzo considerable, revisiones y correcciones, ella lo hacía en minutos. Tuvo la paciencia y disciplina de recortar todos sus escritos —que sumaron miles— y encuadernarlos en tomos que mantenía muy organizados. Incluso cuando logró superar el terror al computador, lo que le dio aún más agilidad, se negó al archivo digital “para no llenar el disco duro” y continuó con su práctica de recortar, pegar y encuadernar.
Los libros de papel, tan amados por muchos, se van amarillando y apolillando con el tiempo. Por ello, la labor de escanear, clasificar y publicar todas las columnas de “Telestar” y sus libros ha sido larga y dispendiosa, pero está siendo completada gracias a la ayuda de familiares y amigos. Quienes se apegan al papel sabrán que su permanencia sólo ocurre en el mundo virtual.
Quizá no queden muchas personas que disfruten releer “Telestar”, pero, como demuestro con el fragmento inicial, es valioso confirmar que la historia se repite y que resulta muy instructivo leer una pluma tan ágil y diversa. Los admiradores y los numerosos amigos que tuvo, pueden volver a disfrutar de sus notas en bit.ly/claritatelestar
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La genialidad de Thomas Jolly, director artístico de los olímpicos de Paris, superó las más fantasiosas expectativas de quienes no creíamos posible una inauguración superior a la de Beijing 2008. “La sacó del estadio” al decidir aprovechar la ciudad de la luz y mostrar porque ha sido faro indiscutible del conocimiento, la creatividad, la filosofía, las artes, el gran urbanismo, la libertad, la igualdad, la tolerancia... y claro… el amor.
Con eje en el Sena por donde desfilaron en los “bateaux mouche” y todo lo que flotara, las jubilosas delegaciones de 206 países, salpicaron al mundo entero con una baño de “fraternité”. Se logró integrar la ciudad al show mostrando los hitos históricos y culturales de Francia que alternaban en inigualables escenarios. Con una creatividad apabullante mezcló bellísimas canciones, baile, teatro, escultura, mecatrónica, luces, usando talentos geniales, famosos y desconocidos que sin duda han sido inspiración para todos los atletas quienes ha logrado demostrar que la humanidad si puede jugar, si puede cooperar, si puede respetar unas reglas y competir con honestidad probando que el trabajo duro y disciplinado lleva a unos niveles de perfección sorprendentes. Todos merecen oro. Parece absurdo que solo uno reciba el máximo reconocimiento y la gloria porque llegó 5 milésimas de segundo antes. Todos, en todas las disciplinas son extraordinarios y merecen el reconocimiento solo por estar allí, aunque haya que aceptar que la competencia es la que hace el juego.
Así como se celebró la diversidad, hubo quienes no apreciaron la concepción artística. Y está bien opinar, pero declararse ofendido por una interpretación de la “festivité” de un cuadro de Bellini, “el festín de los dioses” en el que un Dionisio azul canta semi empeloto, solo sirve para redefinir la ridiculez. Una “olímpica” ignorancia permitió que lo confundieran con la última cena y desconocieran que no hay arte sin libertad. Cualquiera de sus expresiones debe poder tocar cualquier tema incluyendo la religión. Y al que no le guste que lo exprese, pero declarar agravio al punto de llevar al Comité Olímpico a pedir excusas y amenazar de muerte al director y los artistas, muestra que por toda la creatividad, esfuerzo y decencia que la humanidad muestra en unos olímpicos, habrá siempre una cuota de tontería y fanatismo.
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Hasta un confeso deshincha del fútbol como yo, se asombró con los estadios amarillos ¿Cómo puede haber tanto emigrado Colombiano tan próspero y tan entusiasmado con su país de origen? Se podrá argumentar que eso ocurre con todos los expatriados pero los estadios no serían tan amarillos. La pasión es contagiosa aún para los analfabetos obligados a calmar la imaginación cuando hablan de “peinar el cuero” para hacerle una “vaselina” al “cancerbero”.
El desacreditado líder quiso aprovechar el rocío de popularidad tratando de montarse en el bus de un circo que ha probado ser más efectivo que el pan. Pero no tuvo la suerte del que esquivó una bala asesina y logró la foto de cara ensangrentada y puño en alto que ya le garantizó 4 años más en La Casa Blanca.
Vinieron los bochornosos hechos de la final de Miami. Una “primera línea” que sintió el derecho de entrar sin pagar, una masiva falsificación que dejó a muchos por fuera y un presidente del fútbol Colombiano usando el muy patriótico recurso de los golpes porque no podía entrar con extenso familión a una premiación.
Pero lo positivo es el nivel económico que han logrado los expatriados para ser capaces de llenar tanto estadio. Se calcula que hay 10 millones que envían en promedio mil dólares al año contribuyendo en casi el 3% al producto interno bruto (PIB). Esto satisface a los analistas económicos, porque no se calcula el país que tendríamos si todo ese talento y capacidad de trabajo no hubiese tenido que huir de la violencia o la miseria generada por ella y se hubiesen quedado, aplicando el amor patrio que tan bien demuestran. Un estimado muy burdo podría sugerir unos cien mil millones (US) de capacidad productiva, con un aumento de un 30% del PIB.
Claro que las elucubraciones de lo que hubiese podido suceder son muy etéreas, pero nos dan un buen sustento para pensar cual es el camino que deberíamos tomar para mejorar, que siempre pasará por dejar de promover y estimular la violencia. Nadie se puede sentir tranquilo después de haber vivido un largo proceso en el que los matones fueron premiados y se sigue buscando cómo halagar a los que siguen matando. Se hace imposible generar confianza en el futuro del esfuerzo individual, y dejar de espantar talentos y capitales cuando además se suma una ruinosa perspectiva socialista, vendida con elaboradas mentiras.
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A muchos viejos (mayores de 60?, 80?) los embiste la tecnología. Algunos se retiraron antes de la aparición de los teléfonos inteligentes. No es infrecuente la “resistencia orgullosa” a aceptar avances que los mantendrían más conectados e independientes.
Muchos otros han entrado presionados por familia y amigos, sin hacer un proceso educativo sobre los riesgos. Claro que “educación” no es la palabra que más brilla cuando se considera la forma como la mayoría usan la tecnología. La cultura, la urbanidad o el simple sentido común para respetar a los demás no viene en los chips.
El problema de la pobre educación de los viejos sobre los peligros de la tecnología, ha adquirido visos dramáticos. En el gran país de la estadística, sólo en el último año le esquilmaron a los viejos 3.000 millones de dólares. Eso es el 20% del presupuesto de Salud de Colombia. Los viejos son blancos ideales para la estafa porque son confiados, tienen ahorros y vivieron en un entorno que no requería tanta malicia. Los principales engaños han sido con ofertas de inversión, timos de soporte técnico, ofertas amorosas y falsos funcionarios oficiales.
Las recomendaciones de prevención se repiten hasta el cansancio pero no parecen llegar a quienes las requieren: no dar click en archivos adjuntos, no recibir llamadas de desconocidos que suelen ser o muy amables o amenazantes, no entregar datos personales, no dar click a ventanas emergentes, no dejarse presionar con “urgencias” y no hacer ningún tipo de pago que no esté registrado en su banco.
Si cree que cayó, informele a familia y policía con la mayor cantidad de detalles posibles.
En Colombia el fraude digital se triplica cada año y un tercio de los usuarios ha sido atacado. El incremento de trampas con las ayudas de inteligencia artificial va a ser exponencial. Ya la tecnología está disponible y a la mano de miles de delincuentes. Entre más presencia tenga en redes sociales, más probabilidad hay de que lo conozcan, lo falsifiquen y lo tumben o lo usen para robar algún familiar de edad con recursos. Un exdirector de la CIA y el FBI cuenta en un video como cayó en un ciberfraude, para demostrar que nadie es inmune.
El peligro es tan grande que hay expertos que pronostican el fin de internet, como lo conocemos. En la medida en que la IA se sofistique, el mundo digital será intransitable.
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Las cifras de Turismo del Valle y Cali que con tanto orgullo exhiben autoridades son ridículas. 23.000 turistas internacionales e ingresos a Cali por la feria de 2 millones de dólares fueron las más recientes.
La situación en el país no es muy distinta, especialmente si se tiene en cuenta que muchos nacionales que regresan de visita son registrados como turistas. En el solo dato de la asistencia a parques la diferencia es apabullante: 300.000 en Panaca contra 80 millones en Disney, 15 millones Riviera Maya, 3 millones Parc Asterix en Francia
A pesar de tener abundante tierra plana en uno de los entornos climáticos más benignos del mundo, nuestro turismo es de llorar. ¿Por qué?
Hay 3 razones: la primera, conocida por todos, es la inseguridad. Mientras no seamos capaces de entender que con autoridad se impone el respeto por la vida y lo ajeno, no saldremos de la pobreza ni podemos pretender que nos miren con interés. La segunda es la infraestructura. Solo aquí se ven bestialidades como un estadio enorme en la mitad de un cañaduzal sin vías de acceso. Sin transporte y accesos adecuados, no es posible salir de la pequeñez. La tercera es la falta de visión. Todos los proyectos se ajustan a “nuestra realidad” que resulta siempre pichicata.
La conjunción de un Alcalde y una Gobernadora, verdaderamente progresistas, es decir que entienden los factores que determinan el progreso representa una oportunidad única, para que entre ciudad y departamento piensen en grande. La zona de Palmaseca tiene además de un aeropuerto subutilizado, una infraestructura de vías excepcional para el país. Si se proyecta un gran parque de atracciones, Cali y el Valle se pueden posicionar como el centro de turismo al sur del río Bravo. Realizable con la atracción de inversionistas locales e internacionales y un operador importante. Ya se oyó la noticia del Alcalde de Pereira coqueteando con Disney.
Un parque de atracciones de calibre en el Valle es posible y plantea un futuro de generación de empleo verde y recursos para la región, contribuyendo a crear una cultura de respeto por los demás y el medio ambiente. El Zoo de Cali ha demostrado que con gestión honesta y visionaria es posible y el público responde. Proyectos médicos como Valle del Lili, Imbanaco y otros, han probado lo que el sector privado con fe y visión, pueden lograr.
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Enfermedad lentamente progresiva en la que el afectado va perdiendo sus facultades humanas y se va transformando en un avatar. Para hacer el diagnóstico basta con uno de los siguientes síntomas: Lo primero que hace por la mañana es prenderlo y revisar lo que se pudo acumular en esas “horas perdidas” de sueño, y lo último que hace en la noche es ponerlo a un lado si es que no se queda dormido con él encima. Lo considera un apéndice de su cerebro y con él resuelve todas sus dudas. Tiene apps para todo y no hay nada en su vida que no consulte con su aparato.
Si se ve retratado en esta descripción, no se preocupe. Comparte la afección con 8,060,551,328 humanos.
Lo que tiene que definir es si está afectado por la forma benigna de la enfermedad o si ya está en fase maligna, que comienza por las manifestaciones del síndrome TAPA o Terror A Perderse Algo. Eso hace que si por alguna extraña razón hay separación física del aparato, la sensación de desazón es incontrolable y mueve cielo y tierra hasta que se vuelve a conectar. También lleva a que no se pueda pasar más de unos pocos minutos sin sufrir la compulsión de mirarlo. No sea que se perdió una llamada, un mensaje o un nuevo post en alguna de las tantas redes y grupos a los que pertenece.
La obsesión lo lleva a usarlo en la mitad de una reunión, de una comida, de una velada, de una consulta, de una conversación e inclusive en la mitad de la calle si va caminando, o en la mitad de una autopista si va en un vehículo. Simplemente pone luces de emergencia y se para en la curva, en el centro, en el lado izquierdo, arriesgando la propia vida y la de los demás.
Apagarlo o bajarle el volumen al timbre es intolerable, ¡no sea que se pierda la llamada que anuncia la guerra nuclear! Por eso tiene el timbre más ruidoso del planeta a un volumen que se escucha en todo el vecindario. Y ¡hay de que no conteste! Sus contagios (contactos) pueden llamar muchas veces seguidas porque padecen con Ud., ceguera para el registro de llamadas. Por eso, contesta en los sitios más inapropiados, con la frase más insulsa de la modernidad digital : “no te puedo contestar porque estoy en consulta”, lo que resulta inútil porque del otro lado insisten en explicar el inaplazable tema del precio de la gaseosa.
En etapas avanzadas degenera en absoluta desconexión del entorno: sonido en parlante y conversación a gritos o videos bulliciosos sin ninguna consideración con quienes lo rodean.
La complicación más seria es la pérdida del libre albedrío. Se pasa media vida en redes, donde no le hackean el aparato sino el cerebro y lo ponen a comprar, votar, opinar y decidir según los designios de una “autoridad superior”. La verdad se vuelve una quimera ya que todo se puede falsificar: las voces, las caras, los videos diseñados específicamente para la la tribu virtual en la que ha sido registrado. Entre más inmune se sienta la víctima, más fácil es hackearlo. Para estos enfermos, un cura puso este letrero a la entrada de la Iglesia: ”Cuando entres, es posible que escuches el llamado de Dios, pero no será a tu celular. Si quieres hablar con Él, apágalo y elige un lugar tranquilo. Si quieres verlo, envíale un mensaje de texto mientras conduces”
Los taxis se volvieron parte del paisaje urbano hace mucho. Desde que los primeros cabriolet (de ahí viene “cab”, en inglés) comenzaron a ofrecer transporte por un valor, surgió la necesidad de crear un sistema de confianza, con el concepto de taxi, que pretendió mejorar disponibilidad y costo y ha procurado dar seguridad. Con las progresivas regulaciones del estado se ha llegado a extremos de abuso. La operación de los taxis está afectada por restricciones, regulaciones y “cupos” que los asfixian. Todos aceptaron la abusiva imposición como si fuese una ley natural. Pero llegó internet, con los GPS, y los teléfonos inteligentes a revolucionar el establecimiento.
Los “apps” resuelven el problema de disponibilidad al ubicar con rapidez los más cercanos. La confianza y seguridad mejoran porque son los usuarios quienes van juzgando y calificando la calidad del servicio y todo queda registrado. Las ciudades que han entendido el avance y dan libertad, prestan una amplia gama de servicios de alta calidad y le aseguran a los choferes unos ingresos dignos.
La actual afiliación de los taxistas no solo es inutil, sino que es el medio para explotarlos, restringirlos y agobiarnos con cuotas, cupos e impuestos. . Equivocadamente protestan contra un sistema que los liberaría y les mejoraría su calidad de vida. No hay que regular o acabar con Uber y similares. Lo que hay que hacer es desregular a los taxistas, quitándoles todas las cargas. El solo “cupo” les cuesta entre 50 y 80 millones de pesos. Son 30 billones (si, 13 ceros) que han salido del sudor y trasnocho de medio millón de explotados choferes y es difícil descifrar a dónde va esa plata.
Si el gobierno quiere hacer un cambio real en el transporte urbano lo que se debe hacer es acabar con el abuso y explotación de los taxistas, desarrollar un app que los coordine y compita con Uber, o negociar con esta u otra plataforma unas tarifas menos onerosas para que todos se integren. Mejoraría el tráfico, la disponibilidad, la rapidez del servicio, la seguridad de usuario y chofer y el nivel de vida de los taxistas. Reintegrar los cupos, quitar restricciones y permitirles prestar su servicio en libertad con las ventajas y controles de un “app”. Es el camino de la mayoría de las ciudades modernas del mundo, reconociendo que el concepto tradicional de taxi, ya es obsoleto y que el duro trabajo de chofer urbano, merece un mejor trato.
Se argumenta erróneamente que las ciudades se perjudican por el menor ingreso, cuando todos los vehículos pagan impuesto para circular y por gasolina. Y si se valora la tecnología se pueden establecer peajes electrónicos en las zonas de más congestión.
Otro error es asumir que el tráfico empeora. La comunicación en línea hace un fino ajuste con la demanda, y cuando muchos están conectados, se posibilita lo que ya hacen los “piratas”: compartir viajes entre usuarios, reduciendo el costo y el número de vehículos en la calle.
Los taxistas, al pelear con la modernidad, defienden una aberración.
Requieren un liderazgo de avanzada que sepa entender lo que aporta la tecnología en términos de coordinación y lo que significa para su futuro competir con servicios de calidad.
Las vías son a un país lo que la circulación es a un organismo. Los vasos sanguíneos llevan alimentación y oxígeno a los tejidos. Donde hay circulación hay vida. El transporte no es solo el motor de la economía. Es la esencia de la libertad de movimiento.
Cualquiera puede hacer el sencillo ejercicio de observar en su celular, abriendo google maps y mirando la red de carreteras de cualquier país o región. Hay una perfecta correlación entre el nivel de desarrollo y la red de carreteras. La telaraña de los países ricos no solo es muy densa sino verde y gruesa: autopistas por las que se circula a buena y predecible velocidad, porque han seguido estándares de diseño y señalización universales.
Similar ejercicio se ha hecho con las fotos satelitales de noche demostrando otra analogía. Donde hay luces, hay energía, hay sistema nervioso. El país se mueve, está activo. Es contundente el contraste entre Corea del norte y el sur.
La telaraña Colombiana es escuálida y delgadita. Eso lo sabe y lo vive todo el que se aventura a hacer un viaje por tierra en Colombia. Nuestra red vial se equipara a la de los países más pobres de África y el sudeste Asiatico. Es difícil entender el daño neuronal que sufrieron nuestros dirigentes de todo el siglo XX. No fueron capaces de captar la importancia de la infraestructura para la prosperidad de un país. Dejaron acabar el ferrocarril que había sido una millonaria y visionaria inversión. Montaron un sistema de contratación que apabulló a la ingeniería civil y ha generado la gran fiesta de la corrupción. Se hacen carreteras con miseria, siguiendo el trazado de montañas que terminan desbancadas o derrumbadas. El costo de la gasolina, los accidentes, las muertes, los bloqueos y las mil reparaciones, termina siendo mayor que los viaductos y túneles que habrían podido reducir el tiempo del trayecto a un tercio y establecer una vía confiable y segura. La torpeza ha sido contagiosa y se ha diseminado a todas las comunidades quienes asumen el poder de decidir trazados o impedir la construcción de vías esenciales para su supervivencia.
Solo en este ambiente de pobreza mental puede surgir un Presidente que califique a las inexistentes autopistas como necesarias solo para que los ricos importen mercancías. Este “summa cum laude” de la tontería ha logrado preocupar a quienes sí conocen el valor de la infraestructura.
Esa misma mente cuestiona la pobreza de la región pacífica: de todo el litoral pacifico de América, ¿cómo es posible que el Colombiano sea el único que no ha prosperado? No es sino abrir un mapa y comprobar que es la única costa sin vías.
Mientras no seamos capaces de entender que el desarrollo vial del país es fundamental y que las autopistas son una inversión excepcional, mientras sigamos basándonos en criterios políticos pichicatos y miopes en vez de adoptar una visión integral e ingeniosa con expertos que sepan diseñar y ejecutar siguiendo especificaciones y técnicas conocidas y probadas. Mientras los constantes desastres viales se justifiquen con lamentos por nuestra “difícil geografía”, estaremos condenados a la miseria que significa no poder mover productos ni gente en nuestras coloniales vías.
Para muchos, salir del closet ha sido una decisión difícil que les ha generado momentos de angustia y rechazo, pero una vez tomada, ha resultado liberadora.
Hoy me propongo salir del… locker. Sé que es una decisión arriesgada y debo estar dispuesto a enfrentar el rechazo y desprecio social. Soy consciente de formar parte de una ínfima minoría de “raros”, que vemos el mundo de una forma diferente. Interactuando con los pocos que se han atrevido a confesar su condición abriendo su corazón, hemos llegado a la conclusión de su origen genético. Desde muy temprano saben que lo tienen pero ninguno se atreve a confesarlo abiertamente. Muchos temen el desprecio y el rechazo social que puede llegar a ser violento. Somos conscientes que revelar nuestra condición en el lugar equivocado y ante el grupo equivocado puede granjearnos una paliza tremenda e incluso poner en peligro nuestra existencia. Los pocos familiares y amigos que nos conocen nos han aceptado pero algunos no pueden disimular la lastima y muchos el profundo desprecio. Se que los poquisimos que me acompañan tienen terror a destaparse y prefieren vivir una vida de farsa en la que no pueden mostrarse como son. Pero llegó el momento de sacudirse y mostrar con el ejemplo, la autenticidad del ser. He decidido salir del…locker y revelar mi verdad: NO ME GUSTA EL FUTBOL. Nací así y no tengo por qué seguirlo ocultando. De niño, los amigos se peleaban para que yo jugase en el equipo contrario. Me quedo dormido viendo los partidos. No logro entender la gracia de unos tipos pateando una esferita y mucho menos la compleja estrategia que tantas horas de análisis consume. Me parece aburridisimo ir a un sitio donde miles dan brinquitos al unísono desafiando la estructura del estadio y se emocionan al infinito repitiendo un insulso cántico por dos horas. Nunca he sido ni he podido entender lo que significa hincha. Que algunos no le vean sentido a la vida y otros se sientan autorizados para quemar carros o romper vitrinas, porque unos “ídolos” no fueron capaces de patear con la suficiente eficiencia un balón, desafía mi capacidad de comprensión. Evito gastar mis duramente trabajados recursos, en boletas y la parafernalia del negocio, o pasar horas consumiendo publicidad que le genera desproporcionados y millonarios ingresos a jugadores e intermediarios, quienes concentran enormes recursos en unos pocos, lo que ha convertido a su bien organizada FIFA en una de las más proficientes escuelas de corrupción del mundo.
No he sostenido durante años a personajes como Luis Bedoya o Blatter y Platini, quienes se pasean por el mundo derrochando lujos con sus mal habidos recursos. El único consuelo, que debería ser compartido por tanto emotivo hincha es saber que es una Colombiana, la Dra Maria Claudia Rojas, ex-Presidente del Consejo de Estado, la jefe de la Unidad Investigativa del Comité de Ética de la FIFA. Desde que se creó, ha logrado sacar a los más destacados maestros en el arte de la tajada. La verdad, en mi profunda ignorancia futbolera, me produce más emoción saber que tengamos una representación de tanto calibre en la decencia mundial, que un escorpión volador que termine “hinchando la red”.
La andanada de Infantino, Presidente de la FIFA en Qatar es justificada pero por razones distintas a las que expuso. Los esclavos que construyeron los estadios no son novedad ni aberración exclusiva de Catar ni de ahora. Todos los estados árabes llevan más de 50 años sustentando su desarrollo en una fuerza laboral importada que para ciertas regiones conforma el perfil de esclavismo. Son reclutados en masa en sus empobrecidos países, transportados en barcos de oprobio, entregados en remolques a sus dueños y encerrados en barracas donde tienen derecho a un camarote, dos mazacotes de comida al dia, a que los lleven como ganado a trabajar 12 horas al dia, 6.5 días por semana en condiciones inhumanas en las que morir es parte del contrato. Esto ocurre con grados variables de abuso en todos los sectores de la economía.
Aunque son los árabes los que disfrutan sus mansiones, edificios y centros comerciales y toleran el atropello, son compañías americanas y europeas las responsables, junto con las agencias de reclutamiento, usualmente dirigidas por locales en cada país. Y son los gobiernos de Filipinas, SriLanka, Bangladesh, Nepal, Malasia e India quienes permiten y estimulan la esclavitud cerrando el circulo. El sueldo es recibido por las agencias quienes lo entregan al gobierno quien a su vez decide qué porcentaje le dan a las familias acostumbradas a sobrevivir con un dólar al día. Exportan en masa a sus nacionales sin importarles los atropellos a los que van a ser sometidos, pero si están muy pendientes de recibir su participación en el negocio. El mismo modelo que conocemos de Cuba con su exportación de médicos, quienes reciben una miserable participación en la negociación que se hace entre gobiernos. Esta infame reinstauración de la esclavitud a lo Siglo XXI, prueba que las injusticias no las define el sistema sino quienes se lo apropian. En capitalismo y en socialismo se dan silvestres los salvajes que exprimen sin piedad al prójimo con tal de llenarse de privilegios.
Es cierta entonces, la hipocresía de los organismos de occidente con la indignación por lo “destapado” a raíz del mundial. Quien tenga real preocupación por el abuso y sufrimiento de los trabajadores inmigrantes, debe saber que el fenómeno es muy extendido y va mucho más allá de las obras del mundial. Durante décadas, las agencias de derechos humanos y laborales, han sabido desviar su mirada hacia el prístino cielo del desierto, lubricados con generosas contribuciones y magníficas atenciones cuando hacen visitas. Y poco se asoman por los campos de concentración y cultivos de Europa y USA.
Escandalizarse con denuncias de sobornos en una FIFA que lleva años montando cátedra universal de corrupción, resulta candoroso. Como lo es “descubrir” la ausencia de derechos de la mujer y la comunidad LGBTQ, o la prohibición de alcohol, que más bien, resulta apropiada para un evento deportivo. Hay que reconocer que, independiente de todo lo que pueda molestar una cultura tan distinta, un país pequeño al que se le tenía mucha desconfianza, ha sido capaz de construir unos escenarios imponentes y darle una lección al mundo de organización, cumplimiento, orden y hospitalidad.
Hubo una época, que duró más de mil años, en la que recibir una bendición era… una bendición.
Tenían categorías: una cosa era recibir la bendición del cura del barrio en la misa del domingo, y otra recibir la del Obispo en plena Catedral un viernes santo. Tenía mucho más mérito y borraba muchos más pecados. No se diga la de un Cardenal en una concelebración con muchos sacerdotes en el escenario, y ni hablar de un viaje a Roma a recibirla del mismísimo Papa. Y habiendo llegado al Vaticano una cosa era recibirla con una gran muchedumbre en la plaza de San Pedro (valiosa pero repartida) y otra si era en audiencia Pontificia privada.
En esa época, las bendiciones valían, tenían un significado, se recibían con piadosa devoción. Es cierto que a la mayoría de los mortales no les duraba mucho el halo de santidad o el arrepentimiento, pero el efecto era discernible y benéfico.
No he podido averiguar en qué momento fueron hackeadas. Ahora las bendiciones las reparte cualquiera, sin casulla, sin báculo, sin mitra. No hay vitrales, techos altos, cantos gregorianos ni olor a incienso. Cualquier vulgar guasap, tuiter, feisbuk o hasta tiktok las traen por bultos. Llegan sin pedirlas ni desearlas, y como cualquier ordinario meme nos congestionan el caché y el ram.
Quién ha dicho que cualquier cristiano o cristiana (para estar con la moda), sin mérito teológico alguno, sin títulos eclesiásticos de ningún tipo pueda andar repartiendo bendiciones a diestra y siniestra? Y para colmo, con un fin específico. Bendecido día , bendecida tarde, bendecido cumpleaños. Es la mejor prueba que esas son falsas porque vienen con instrucciones de uso. Las auténticas eran para uso personal y exclusivo. Ya vería uno cuánto le duraban y en que se las quería gastar. Para no hablar de la incorrección gramatical. Los días y las tardes pueden quedar benditos, como bendito es el que viene en nombre del señor.
Yo si solicito encarecidamente que no me sigan devaluando y vulgarizando mis bendiciones. No aprecio que me las estén mandando como pandebono. Cuando las requiera, yo sabré procurarme las de verdad.
El tema forma parte de la pandemia (sigo con la moda) que ha afectado a un sector mayoritario de la población y contra la cual no hay vacuna que sirva. Consiste en que no se puede hablar de nada sin que esté antecedido por “el tema” (como acabo de comprobar). Muy especialmente si se es funcionario de gobierno: el tema del campo, el tema de la seguridad, el tema de la devaluación. Entre más alto el cargo, mayor la severidad de los síntomas. Se esta diseminando un tratamiento para los más graves enfermos de temitis. Hacen gárgaras de cloro para darse cuenta que quitándole “el tema” a todo lo que hablan, no pasa nada. Porque además todo calificativo se volvió complejo. El tema de los masacres..complejo, el tema de la reforma…complejo, el tema del narcotráfico… complejo, el tema de la corrupción, pues es muy complicado. Nadie se atreve a llamar nada por su nombre porque es complejo. Se acabaron los adjetivos y calificativos y nos quedamos con uno, universal, válido para todo. Tal vez la solución sea repartir más bendiciones para ver si logramos que no haya tanto tema tan complejo.
En los primeros lugares de la lista de reivindicaciones feministas debería estar eliminar el “de”. Implica que una persona pertenece a otra. Unas culturas eliminan el apellido de nacimiento a la mujer cuando se casa y otras el nombre completo: Mrs Fulanito Smith. Desaparece nominalmente.
Ese “de” tiene implicaciones reales. La pertenencia es fácilmente distorsionada, y lleva a que el macho abuse de su legítima propiedad. Es una tradición muy diseminada y profundamente arraigada. Rima muy bien con esa absurda concepción del amor posesivo, que termina siendo una degenerada rama del materialismo.
“Si no es mía no es de nadie” aúlla con expresión dramática el galán mientras clava el puñal, provocando lagrimones de los espectadores, conmovidos con el aberrado drama.
Podría pasar como una variante admisible de humor negro, si no fuera porque refuerza el machismo posesivo que genera feminicidios en la vida real. El número no importa. Cualquiera es inaceptable y es reflejo de una cultura primitiva, animal, en la que el macho se impone por tamaño y fuerza.
La evolución ha producido muchos mecanismos para preservar y diferenciar las especies. Uno de ellos es hacer a la hembra atractiva y al macho agresivo, quien demuestra en sucesivas peleas, que son sus genes los que merecen transmitirse.
Como tantos instintos animales, la vida en sociedad los ha ido domando en un proceso moldeado por la cultura. Es más culto quien mejor controla sus instintos primitivos y ejerce la gentileza.
Así el gorila que lleva adentro, lo incite a querer apoderarse de las redondeces que lo rodean, un caballero se restringe y logra contener el avance de sus apéndices. Por más que su enfermizo ego lo lleve a sentirse el más agraciado y acuerpado, se limita a esparcir su semilla en donde es bienvenida y no golpea o asesina a quienes deciden no aceptarla.
El mundo del fundamentalismo musulman resolvió, a raíz de una imprecisa traducción del Corán, que lo que había que hacer era taparlas de cabeza a pies con trapos cuyo color, espesor y confección varían según el grado de radicalismo. En Arabia, los barbudos motawas, diligentes funcionarios del Ministerio para la Promoción de la Virtud y la Prevención del Vicio, se encargan con sus varillas, de asegurar que las mujeres no pequen, mostrando un sensual mechón de pelo o la piel de un tobillo. Azotan en público y encarcelan por cualquier ridícula transgresión. No solo las envuelven, sino que las aíslan de todo contacto con el mundo exterior, restringiendo la educación y la opción de desarrollarse como seres autónomos y pensantes. Una doctrina cuyo principio es el cuidado y protección de la mujer, termina en abuso y opresión, con la persistencia de costumbres espeluznantes como la lapidación.
Por eso es excepcional que hayan hecho conciencia de su oprobiosa situación y se rebelen. El sacrificio de las valientes Iraníes debería generar apoyo universal y ser ejemplo para acabar con usanzas que refuerzan la capacidad de los secretores de testosterona, para apabullar a la mitad de la población que aporta delicadeza y ternura.
Si allá van a ser capaces de sacudirse el velo, acá deberían liberarse del “de” y dejar de pertenecer a alguien.
Carreño escribió hace 169 años un completo manual de comportamiento en sociedad. Su lectura y diseminación contribuyeron sin duda a la convivencia, aunque hoy se considera anticuado y hasta cursi. Hace algún tiempo era fácil reconocer a una persona “bien educada”. Pero llegó el celular, y como no vino acompañado de un manual de uso, resultó que en el campo del respeto a los demás, ha florecido la descortesía con visos de patanería, aun en lo más refinado de la crema. La sociedad fue atropellada por la tecnología, y la escasez de sentido común ha impedido una urbanidad digital.
¿A quién no le ha tocado sufrir al erudito conversador que habla a gritos en un celular que sostiene como pizza a punto de ser devorada? ¿Quién no ha padecido en los lugares más inapropiados, ruidosos videos de algún sonreído y ensimismado personaje?
¿Quien no se ha visto atormentado por escandalosos “ringtones”, que interrumpen cualquier actividad, mientras el dueño del ruidajo no se da por enterado o la dama busca desesperadamente la fuente en su cartera? Quién no ha sido atropellado por la indelicadeza de ser interrumpido en la mitad de una conversación, mientras el fresco interlocutor le explica a un aparato porqué no puede atender la llamada que ya atendió?
El diligente Carreño no logra paz en su tumba porque los atropellos a la decencia ocurren por igual en cementerios, iglesias, consultorios, reuniones, aviones, buses, salas de espera… allí donde pueda entrar un humano con su dichoso apéndice, se abre una oportunidad para irrespetar y molestar a los demás. Y como nadie ha definido elementales normas de comportamiento, los autores de los desafueros ni siquiera se dan por enterados.
¿Por qué hay que contestar toda llamada al instante como si se tratase de un asunto de vida o muerte? Es difícil creer que alguien no sepa que hay un registro de llamadas, que facilita contestarlas en el momento apropiado, o hace innecesario obsesionarse con la llamadera repetitiva. Parece increíble que existan los que no saben de un botoncito para bajar el volumen y otro para silenciar e inclusive otro con la atrevidísima e impensable función de apagar.
Con la venia invisible de Carreño y con la autoridad que da el haber leído su manual de urbanidad, he lanzado al mundo una guía de cortesía digital que he llamado El Celular de Carreño. Allí, el interesado encontrará recomendaciones como la sencilla práctica de usar el vibrador, de contestar llamadas con mensajes, de pararse discretamente a un sitio apartado, si es verdad que la llamada es inaplazable, de coger el teléfono como se ha estilado desde Edison, con el auricular en la oreja y el micrófono en la boca, para no tener que activar sonoros parlantes ni hablar como si se estuviese dando un discurso. Son tantos los desafueros, y tantas las sencillas recomendaciones que no caben en una columna y por eso remito a los interesados a leer bit.ly/celulardecarreño. No tiene el alcance de lo escrito por el ilustre Venezolano, pero podría ayudar a recuperar una cultura en la que se trate a los demás con “benevolencia, atención y respeto”. Como el pase de conducir, su lectura debería ser requisito para activar la SIM.