Los franceses, que se asentaron en Vitoria en 1807, ocuparon la ciudad como tropas 'amigas' por su importancia geoestratégica
Vitoria, 1813. Grabado de James Wyld.
Al atardecer del día 21 de junio del año 1813 el nombre de Vitoria pasó a formar parte de la primera línea de la Historia de Europa. Ese día, la derrota de José Bonaparte, el hermano del Emperador, en la Batalla que tuvo lugar en una pequeña y desconocida ciudad situada a escasos 100 kilómetros de la frontera con Francia, alcanzó resonancias europeas inimaginables.
Lo acontecido en Vitoria pasó a ser inmediatamente conocido en toda Europa e incluso el propio Ludwig van Beethoven le dedicó su obertura número 91. La obra (estrenada en diciembre de ese mismo año) se convirtió en un éxito apoteósico en todos los salones de Viena, puesto que, además de su calidad indiscutible, transmitía a sus ciudadanos el sentimiento de que, por fin, podía vencerse a Napoleón tras veinte sangrientos años de guerra generalizada en todo el continente.
Para la ciudad todo había comenzado unos 7 años antes, cuando Vitoria –por entonces una ciudad de unos 6.500 habitantes, dedicada al comercio, la artesanía y la agricultura– pasó a ser ocupada por las tropas napoleónicas. En un principio, los franceses llegaron en octubre de 1807 y lo hicieron como tropas “amigas” (ese año Francia y España habían firmado un tratado para invadir Portugal).
La ciudad fue escogida por ser un punto estratégico: aquí confluían varias rutas (sobre todo, la que unía Irún con Madrid), estaba ubicada en una zona agrícola rica (la Llanada) y tenía buenas infraestructuras que le podía servir al ejército napoleónico como cuarteles, almacenes o residencias oficiales.
En la capital alavesa la influencia francesa no se limitó a la ocupación militar. Los ideales ilustrados calaron en amplios sectores de la sociedad vitoriana. De ese periodo cabe señalar que se creó –por primera vez en la historia– una sola administración para las tres provincias vascas, y su capital era Vitoria. El Gobierno estaba en la casa de los Echanove. También Treviño y La Rioja pasaron a ser de administración alavesa.
Al mismo tiempo, los franceses modernizaron la fiscalidad, de forma que se gravó más a los ricos por sus propiedades. De hecho, según los historiadores, la provincia nunca recaudó más dinero que en aquella época. Se instalaron bibliotecas públicas en todo el País Vasco (en Los Arquillos, por ejemplo, se abrió la primera librería de la ciudad con préstamo de volúmenes); se llevó a cabo una campaña de vacunación general y se promovieron los entierros en cementerios apartados, fuera de las iglesias (como es el caso del de Santa Isabel).
De igual manera, se creó un gran ambiente nocturno en algunas calles del casco medieval y se celebraron fiestas, bailes de gala y cenas lujosas. Mientras, los ciudadanos que no eran nobles se morían de hambre, se les obligaba a pagar unas “contribuciones” económicas excesivas y sufrían constantes confiscaciones de productos. Esto provocó una gran escasez de alimentos para la población y, en consecuencia, una subida de precios que acabaría destruyendo la economía local.
Durante los años de la ocupación hubo, además, un fuerte movimiento de resistencia interno en la provincia, que estuvo liderado por varios guerrilleros, entre los que se encontraban Sebastián Fernández de Lezeta (alias Dos Pelos), los hermanos Eustaquio y Fermín Salcedo, o Francisco de Longa. Para los historiadores, se trató de una ocupación muy dura, si bien no se registraron grandes ejecuciones de rebeldes.