En las afueras de Vitoria quedaron atrapados unos 2.000 carruajes de civiles fieles a Napoleón repletos de joyas y demás objetos valiosos
Ilustración anónima, archivo municipal.
Pese a que, gracias a la actuación del General Álava, los soldados no pudieron saquear Vitoria, en esta Batalla su recompensa fue inmensamente mayor puesto que el propio rey José Bonaparte huyó de la ciudad dejando todo su oro y sus joyas por el camino (le robaron hasta su famoso orinal de plata); Jourdán, por su parte, perdió incluso su bastón de mariscal.
Además de lo que había ido tirando el ejército imperial en su caótica retirada, en las afueras de Vitoria quedaron atrapados unos 2.000 carruajes de civiles fieles a Napoleón y repletos de joyas y demás objetos valiosos. En su huida de los combates se vieron abocados hacia el camino de Pamplona, inadecuado entonces para carruajes.
Allí confluyeron todos para salvar el desaparecido alto de Santa Lucía (al final de la actual calle de Santiago), un embudo en una subida estrecha, corta pero empinada, embarrada por las lluvias de los días anteriores. El tropel y el pánico provocaron los primeros vuelcos y el inevitable atasco general de unos 18 kilómetros de largo. Ante la inminente llegada de sus enemigos, el tesorero real dio orden de abrir los cofres para que los soldados se entretuvieran en la rapiña.
Y así fue. Miles de soldados se lanzaron sobre el cuantioso botín que los imperiales intentaban llevar a Francia: oro, plata, joyas, sedas, valiosos vestidos, orfebrería, cuadros, tapices, etc. Los aliados (en especial los británicos) abandonaron toda persecución de los franceses y se entregaron a la rapiña, lo que irritó sobremanera a Wellington, quien escribió: "The British soldier is the scum of the earth, enlisted for drink" (“El soldado británico es la escoria de la tierra, se alista por un trago”).
Según algunos historiadores, el enfado del general Wellington vino también motivado por el hecho de que, del cuantioso botín, él solo pudo hacerse con 275.000 francos, cuando esperaba quedarse al menos con todo el dinero en metálico incautado. Un poco más tarde, el rey Fernando VII le regaló casi 300 cuadros de grandes maestros recuperados del convoy real, hoy expuestos en su palacio londinense (Apsely House).
Al día siguiente se formó en la ciudad un mercado espontáneo donde se vendieron multitud de obras de arte, joyas, vajillas y variados objetos de lujo. A lo largo del camino de huida de los franceses se fueron celebrando hasta siete ferias con los objetos despojados. Y de esta manera acabó lo que ha pasado a la historia como la Batalla de Vitoria.