Hay viento, hoy.
Se desliza desde la montaña hacia abajo y penetra en la calle barriendo bolsas de plástico, viejos periódicos amarillentos y hojas secas de la muerte de este otoño que se levantan del suelo con saltos de uno o dos pasos, nerviosos e impredecibles, elevándose unos centímetros del suelo en remolinos, girando y luego retrocediendo, flotando bruscamente.
El aliento es frío y presagio del invierno que está allá arriba, acechando en la cima de la montaña, esperando para deslizarse él también hacia abajo, junto con el hielo y la dama blanca que del invierno es la soberana.
Aire frío, que se cuela por los callejones laterales, por cada puerta para subir a los pisos superiores, a las buhardillas sin ventanas, a los cuartos de reservas de agua sin más agua donde gente como yo espera en la oscuridad.
El hilo de lana negra que cuelga del marco de la ventana desnuda que me esconde está inclinado hacia la derecha unos cuarenta y cinco grados.
Deriva: dos muescas a la izquierda. Está bien.
Recorro despacio con el ojo derecho por el callejón a contraviento, desde la Plaza Grande hacia la montaña, hasta las últimas casas más allá de las cuales el asfalto termina contra el alambre de púas y más allá se convierte en tierra que dentro de un mes se convertirá primero en barro y luego rápidamente en una masa tan dura que la pala del sepulturero no podrá excavar la tumba. Es allá, más allá de esos caballos de frisia colocados como inútil protección para un enemigo que no se ve, hacia esos campos una vez cultivados y hoy sembrados de minas que no estallan porque todos las conocen y las esquivan, pero minas que cumplirán su deber en las próximas generaciones que las pisarán, hacia esos prados grises y lúgubres pero libres de la basura que ensucia la avenida, es por allí que el chico de pelo negro rizado está andando por la acera de enfrente. Allí están sus amigos esperándolo para una cacería de lagartos, y estoy seguro de que lo que tiene en su mano derecha es una papa grande destinada a ser asada al fuego, metida en la varilla de metal hecha con el esqueleto de un paraguas encontrado en la basura. Varilla cuyas hermanas servirán de flechas, junto con un arco hecho por una rama de saúco, en la caza del lagarto.
Enfoco a una distancia de cuatrocientos metros esa ventana con ropa debajo que alguien ha tendido para secar por la noche, cuando el ojo de los que como yo o no puede ver porque no hay luna o está cerrado porque está cansado.
Elevación: una muesca hacia arriba. Está bien.
Cuando tenía la edad de aquel niño la avenida era más corta y no había asfalto. Ni siquiera estaban las bolsas de plástico revoloteando porque no existían.
La civilización de los envases aún no había surgido y quizás el inventor del blister aún no había nacido.
La harina, el arroz, la pasta que Mecir el tendero le vendía a mi madre estaba almacenada en grandes y pesados sacos de yute blanco en los que se pescaba con una extraña cuchara en forma de tubo, pesada y envuelta en una hoja de papel marrón rugoso que mi madre ponía en la malla para las compras que ella misma había hecho. Incluso las hojas de los periódicos no volaban cuando el viento bajaba de la montaña; se leían pocos de ellos y los pocos una vez leídos se destinaban a otros usos junto con las hojas del papel marrón rugoso, en su mayor parte para la fabricación de grandes bolas de papel húmedo y comprimido que se dejaban secar y se utilizaban para calentarse en lugar de la madera cuando ya no había más madera que quemar.
El tirachinas que lleva el niño al cuello me recuerda que el bosquete de saúcos fue sustituido hace muchos años por un cubo de hormigón incoloro que contenía los transformadores de alta tensión y que por tanto las armas para cazar al lagarto no serán nunca más flechas y arcos que ya no es posible construir.
La caza del lagarto era mi pasión porque hacía realidad todos mis sueños más salvajes: coraje, aventura, libertad, independencia.
Pero no me gustaba matar y me horrorizaba cuando un chico de la pandilla de los otros, los que ya fumaban como sus padres, le ponía el cigarrillo encendido en la boca al pobre animal hasta que se muriese. No me atrevía a protestar, apretaba los dientes para no pasar por mariquita, pero las náuseas me subían a la garganta y me llevaban al umbral de los vómitos y la rabia que sentía hacia esos asesinos la tenía que hacer morir silenciosamente en mi estómago apretado entre las mandíbulas de una mordaza.
Mi concepto de caza era diferente, muy sencillo y divertido: cazar para no atrapar a ninguna lagartija y terminar la caza con una magnífica patata asada al fuego.
Y luego esperar en la oscuridad, para poder mirar las llamas lo más cerca posible, lo suficientemente cerca para sentir la cara caliente y oler el cabello chamuscado, hasta que un grito de la avenida llamase a uno de nuestra pandilla para que regresase.
El niño salta por momentos, ahora con el pie izquierdo, ahora con el derecho, esquivando obstáculos imaginarios y así ralentiza el paso; pasará por debajo de la toalla verde en ocho o diez minutos, pero ahora la toalla se mueve bruscamente y una toalla mojada pesa mucho más que las hojas de periódico, las bolsas de plástico y las hojas muertas, señal de que el viento se desliza montaña abajo con más fuerza.
Miro, sin enfocar, el hilo de lana que se ha elevado hasta los setenta grados.
Deriva: una muesca y media, todavía a la izquierda. Está bien.
Tiene que haber mucho viento allá arriba a gran altura, porque frente a mi ojo derecho pasan imágenes rápidas, ahora brillantes, ahora grises, creando variaciones de contraste que hacen que mi ojo derecho ligeramente miope pierda la percepción de los contornos.
Parpadeo para ahuyentar las adherencias inapropiadas con el globo ocular, me froto, aliso las pestañas rebeldes que puedan molestarme y vuelvo a apuntar la toalla que aún no está perfectamente enfocada.
Dioptría, menos cero-punto cinco. Está bien.
Por la avenida pasan muy rápido unos coches que mi ojo derecho no puede seguir, mientras un lento vehículo blindado blanco con enormes ruedas de goma, herméticamente cerrado e indiferente a mi interés, explora con su periscopio los edificios picados por miles de balas en busca de tipos como yo.
El periscopio gira lentamente, vacila, retrocede y gira de nuevo hasta que se detiene en esa ventana sin marco a cuatrocientos metros, negra por la oscuridad, vestida de negro que me esconde a mi y al hilo de lana negra que solo yo puedo ver a contraluz.
Cuando tenía la edad del niño moreno, ningún automóvil circulaba por el bulevar, y en la tierra podía trazar pistas para bicicletas con un pedazo de yeso a lo largo de las cuales mis ciclistas favoritos desafiaban a los de la pandilla de los otros hasta la última chapa de botella. Las chapas me las regalaba Goran el vinatero y luego yo las llenaba hasta la mitad con cera derretida y antes de que se endureciese les pegaba las cabezas de los campeones recortadas en círculos de los duplicados de las pegatinas.
El yeso era difícil de obtener, y la única manera era robar una estatuilla recién horneada y sin pintar de la fábrica al otro lado del río y romperla para usar los pedazos como tizas. Con el corazón en la garganta por miedo a que me pillasen con las manos en la masa y por lo tanto mi padre me diese latigazos con el cinturón.
¡Qué magníficos desafíos contra ellos! ¡Cuántos partidos ganamos y cuántos partidos perdimos!
La época de las lagartijas se había transformado en la de las carreras, donde la competición requería una mayor dosis de agresión; corríamos para ganar chapas, algunas de las cuales eran preciosas porque pertenecían a botellas que ni Goran ni ningún otro vinatero vendían.
Yo ya era alto, mi voz se había oscurecido, mis manos eran más grandes, más duras y pesadas, y argumentaban mis razones en las disputas sobre las deslealtades de aquellos cuyos padres nunca entraban en la tienda de Goran y que cuando perdían nunca pagaban las chapas establecidas, que nos quitaban las nuestras y borraban las huellas de las pistas y nos robaban los preciosos pedazos de yeso.
Saltando, el niño moreno ha llegado a la meta del Tour de Francia, a unos cien metros de la toalla que sigue moviéndose nerviosamente bajo la mirada fija del largo cilindro metálico que alarga mi ojo derecho.
La época de las carreras de bicicletas también terminó y fue reemplazada por la de las bombas, construidas oponiendo dos grandes pernos atornillados en una sola tuerca en el interior de la cual se colocaba un cartucho comprado por dos centavos en la ferretería de Iván. Una vez que la bomba fuese lanzada al aire y cayese al suelo, el cartucho explotaba entre las cabezas de los pernos que se separaban para dispararse violentamente en direcciones impredecibles.
Bueno, de ese juego me gustaba la violencia y el poder destructivo de los dos pernos que a pocos metros trazaban un rumbo de muerte para quienes estaban en su trayectoria. Pero nunca sucedió que alguien se dañase porque hacíamos el lanzamiento bien detrás del muro de la iglesia y porque atamos los dos pernos con un trozo de alambre para evitar que se fueran volando, de modo que el único que protestó fue el cura porque una vez el cristal de su ventana había estado en el camino de uno de los pernos que se había soltado del alambre.
Eran los de la pandilla de los otros los que arrojaban traidoramente sus pernos sin alambre entre nosotros y si nunca lograban hacer ningún daño era solo porque Iván siempre les vendía cartuchos malos que explotaban mal o no explotaban en absoluto.
El niño se ha sacado el tirachinas del cuello y estira las bandas elásticas hacia el lado opuesto de la calle.
¡Bing! Y una lata vieja y oxidada salta un metro.
¡Cuántos de esos frascos he volado llenándolos de salitre!
En aquel entonces ya me afeitaba y no estoy seguro de si el juego todavía podría llamarse así; solo puedo decir que era más peligroso que las bombas de pernos porque la explosión era poderosa y, a veces, el frasco se rompía en mil hojas afiladas como cuchillas de afeitar. Pero siempre estábamos bien resguardados durante la explosión, solo nos gustaba escuchar el estallido y nadie resultaba herido, al menos hasta que Milos quiso lanzar uno con una mecha muy corta contra Zamir, hijo del Imán de los padres de la pandilla de los otros que, dijo, había puesto las manos sobre su hermana.
Era algo malo porque Jelena estaba mintiendo, no era cierto que Zamir le hubiera faltado al respeto; simplemente no quería ir con ella porque ya tenía novia. Además, Jelena no era una mujer de su pandilla. Ella se vengó mintiéndole a su hermano que no esperaba otra excusa para atacar al hijo de un Imán, por lo que Milos perdió en el estallido temprano cuatro dedos de su mano derecha, instalando en su conciencia un enemigo mortal que no tenía culpa.
Al menos en esa ocasión.
El niño se mete la mano derecha en el bolsillo y saca un pequeño objeto brillante.
Es una gran bola de acero hecha de un rodamiento de bolas de camión y con ella vuelve a cargar el tirachinas, apuntando siempre a la lata oxidada.
¡Bing! Fuera otro metro.
Ahora está a unos metros de la toalla que cuelga para secar y mi ojo derecho se pone cómodo detrás de la lente, se sienta voluptuosamente con pequeños movimientos como una cabeza sobre una almohada suave. Pero él se detiene, retrocede y cruza la avenida en dirección a la lata oxidada. Ahora está parcialmente oculto por una vieja valla publicitaria, rota y doblada.
No recuerdo cuando el Semtex de minas terrestres llenas de cientos de canicas de acero reemplazó al salitre de latas oxidadas, pero estoy seguro de que era el momento de los incendios nocturnos, de las emboscadas fuera de la escuela, del miedo a salir de casa solo.
Los de la pandilla de los otros eran mucho más numerosos que nosotros y estaban sucediendo cosas aterradoras; familias nuestras desaparecieron enteras - los otros decían que se habían ido a Alemania - y sus casas construidas para cuatro o seis habitantes invadidas por las familias de otros con decenas de personas que dejaban morir los huertos criados con amor durante siglos y dejaban desmoronarse yesos enlucidos con esfuerzo cada año durante generaciones.
El niño encuentra y recoge su canica de acero brillante del suelo, vuelve sobre sus pasos, carga el tirachinas, se vuelve y me apunta con unas bandas elásticas completamente estiradas.
¡Blanco! Y la lámpara de la farola, a trescientos cincuenta metros de distancia, se hace añicos.
No recuerdo con certeza cuándo yo también, como Milos, instalé un enemigo mortal en mi conciencia, pero debe de haber sido la noche en que una bomba inmensamente más grande que la bomba de pernos y mucho más grande que la bomba de salitre voló el techo de la tienda de Goran el vinatero con él mismo junto al techo, todavía dormido en su viejo catre militar.
Goran el vinatero nunca pudo más regalar chapas a nadie, y nadie diseñó más pistas para bicicletas en el suelo porque incluso la fábrica de estatuillas sagradas en yeso pintado desapareció en una gran explosión que dejó un enorme cráter en el suelo.
Y ni siquiera recuerdo cuándo entró en mi vida el rifle de francotirador que estoy encarando hoy, apuntando a la toalla y esperando el paso del niño de pelo negro rizado que se ha echado el tirachinas al cuello, un niño de la pandilla de los otros, cuya vida está a punto de terminar bajo la presión de un gramo y medio ejercida por mi dedo índice derecho.
No recuerdo exactamente, pero debió ser uno de esos días.
Muchísimas gracias a mi amiga Maria del Carmen Garcia Ruiz por haber revisado este cuento y por sus valiosos consejos sobre el correcto uso de algunas palabras.