¿Sabes qué es un momento?
Una cantidad de tiempo tan pequeña que no puedes medirla, y cuando tu has imaginado esta cantidad sigue otra más pequeña y aun otra más pequeña hasta el infinito que nunca alcanzarás.
Sabía que tenía ir de prisa: lo que yo buscaba iría a durar tan como un parpadeo, un momento.
Primero miré el reloj y, ¡dios!, ya estaba retrasado y tampoco había comido algo. Me catapulté fuera de la cama, cogí la manzana que estaba en la mesilla de noche desde hace un tiempo inmemorable y, después de agarrarla con los dientes, me puse el abrigo y salí de casa corriendo así que parecía un loco, un tío que había puesto dos dedos en el enchufe tomando una descarga: pelo rizado, manzana entre los dientes, cara que todavía no había visto el lavabo, botas diferentes, el derecho marrón y el izquierdo negro.
Pero seguía teniendo hambre, un hambre molesto que tenía que quitar, entonces me paré en la cafetería cerca de mi portal para tomar una hamburguesa de pato, mi glotonería.
Miré el reloj que ya estaba en marcha y no me esperaba. Estaba nervioso y contento, nervioso porque estaba retrasado y contento porque sabía que iba a ver mi amor, que iba a secarle las gotas de llanto para cambiarlas en rasgos de sonrisa al lado de los ojos. Ya me imaginaba tomar un helado junto a ella frente al Castillo mientras que el sol nacía detrás del horizonte.
El reloj ya está en marcha tío, no hay tiempo para soñar ni para esperar tu puta hamburguesa de tu puto pato.
¡Vete!
Salí de la cafetería, cogí un taxi implorando al chófer que se diera prisa, mucha prisa. Todo parecía ponerse de contra a mí: el tráfico, los semáforos, los ciclistas con sus malditas bicicletas.
Por fin llegamos a destino. Lanzo cincuenta euros al chófer, que se pague, y voy corriendo...llegando a nuestra cita. Ella ya estaba allí, siempre cada domingo, sentada sobre el escollo como la sirena de Copenhague, y su cara estaba de perfil contra el sol que subía rápido.
Todo habría acabado en un momento, una cantidad de tiempo tan pequeña que no puedes medirla, pero bastante para dibujar en el aire el gesto de secar sus gotas de llanto y verlas cambiarse en rasgos de sonrisa. Después de que todo habría seguido volando en el aire, junto a sus cenizas que dispersé aquí hace muchos años , e yo habría tomado un helado en nuestra cafetería del Castillo, frente al amanecer, para almacenar este momento en mi alma.