"¿Milena, estás lista? Vamos nenita, baja. Puedes terminar tu dibujo en San Bernardo."
La niña levantó sus grandes ojos castaños hacia la ventana más allá del escritorio para seguir a una mujer en pantalones cortos y zapatillas de deporte que más abajo trotaba junto a un perro.
Su mamá también corría en ese parque y cuando pasaba frente a la ventana siempre le enviaba un beso volado con la mano.
Su mamá era mucho más bonita y mucho más alta.
En la hoja blanca había dibujado con pasteles y tonos delicados una bailarina congelada en arabesque; era su autorretrato copiado de una imagen que tenía frente a ella, apoyada en un portalápices de Blancanieves, y estaba casi terminado. Sólo faltaban unos retoques; los haría en casa de los abuelos a los que el dibujo estaba dedicado.
Lo admiró por un momento y luego lo guardó en una carpeta azul, tomó la caja con lápices de colores, su mochila con forma de osito y apagó el reproductor de CD que le hacía compañía con la Danza del Hada de Azúcar de Tchaikovski.
"Mami estoy lista, estoy bajando."
Nueve meridianos más al este el sol está bajando sobre un barco y los dos hombres que lo ocupan.
El hombre delgado, tal vez el más anciano de los dos, habla una lengua extraña.
"Cada hombre tiene dentro sì mismo dos dragones. El dragón de la duda y el dragón del miedo, y con ellos debe luchar en cada momento de su vida."
Así está canturreando en anamita Tong Phu, en la barra de su largo barco, estrecho y bajo en el agua, agudo como una lanza, mientras vamos corriente arriba del Songkoi por medio del cauce del río, lejos de los troncos muertos anclados justo debajo de la superficie del agua y preparados para atravesar rompiendo las sutiles paredes del barco.
Impulsado por un motor de automóvil ruidoso y conectado a un eje increíblemente largo a la hélice, el barco de Tong Phu corta el agua de color marrón oscuro que tiende al rojizo llevándome cada momento más cerca del puente de Da Nang donde los fantasmas de una guerra sin vencidos y sin vencedores me atraen como a una polilla a la luz que la matará.
¿Qué sentido tiene el estar aquí ?
Miro la boca de Tong Phu, enmarcada en su cara arrugada y desenterrada hasta los huesos, abierta con sus dientes escasos y oscuros en buena muestra: está inmóvil.
Alguien está hablando, pero ahora no es él.
"¿Cuándo llegarás?
¿Dónde llegarás?
Sabes de dónde vienes, qué y a quién dejaste, pero no tienes ninguna idea del dónde, del cuándo, del quién, del cómo, del por qué."
¿La duda?
Todas las razones que entonces habían justificado mi salida hacia Da Nang ahora aparecen nebulosas e inciertas como el cielo sobre de nosotros.
Un cielo siempre en movimiento, del que a veces fuertes lluvias de agua templada que duran sólo unos pocos minutos o incluso segundos inundan el fondo de la barca donde mi bolsa de nylon y la mochila de Tong Phu comienzan a flotar.
Salir de la nube de lluvia.
Achicar con una lata vacía oxidada que una vez había contenido algo.
Comprobar la impermeabilidad de las bolsas de plástico que protegen el bolso de mi equipo de cámara.
Tontamente pensar por un momento en cambiarme la camisa cuando todo está todavía húmedo y pegajoso.
Así està la bolsa con los documentos que llevo alrededor de mi cuello.
Así està la cámara, fangosa por el húmedo, el sudor y la grasa a pesar de la bolsa de plástico que la protege.
Así estàn mis gafas de sol, siempre sucias con salpicaduras de barro pulverizados por la lanza.
El aire caliente y pegajoso que me embiste no hace nada para mejorar el estado térmico de mi cuerpo y el barco de Tong Phu corre rápido en una atmósfera semisólida que dificulta la respiración; no es aire lo que se traga, son bolas de algodón calentadas en el fuego.
¿Qué sentido tiene que yo haga todo esto?
"Los dragones no son malos, pero ellos ni siquiera son buenos. Están dentro de nosotros dispuestos a hacer su trabajo tan pronto como se presente la oportunidad, y cuando eso suceda tenemos que ser fuertes y luchar contra ellos para evitar que desgasten nuestras almas y nos vuelvan locos".
La boca de Phu Tong se mueve adelante y sopla hacia mis oídos su cantilena que transmite una comunicación bilingüe: en primer lugar el idioma de su país, después el peculiar francés que aprendió de su padre, un hombre gastado por la fatiga que en la Indochina francesa lo había a su vez aprendido cargándose en los hombros bolsas de cien libras de arroz hacia barcazas que la corriente arrastraba lentamente hasta el mar.
Me pregunto si también el padre de Phu Tong luchaba con los dragones; quién sabe si también él los tuviera.
"¡Qué lindo mama! Este coche realmente me gusta, mucho más del que teníamos antes. ¡Y es tan amplio por dentro! Es sólo un poco demasiado alto para mí..."
"Se trata de un vehículo todoterreno Milena, por eso es tan alto. Pero tú estás creciendo muy rápido y en un mes o dos dejaràs de preocuparte por ello."
"¿Cómo es un vehículo todoterreno mamá?"
"Igual que los otros, ademàs tiene mecanismos que le permiten a marchar también con la carretera llena de nieve."
"¿Y cuando no hay nieve para que lo necesitas?"
"Bueno, por ejemplo, para subir a la cabaña del primo Amedeo."
"Pero nadie sube en su coche hasta allí."
"Sí, es cierto, no está permitido subir con el coche y se puede hacer solamente con un permiso especial."
"Me gustaría llegar a la cabaña con este coche..."
"Un día vamos a tratar de pedir un permiso especial. Ahora cierra bien la puerta y abróchate el cinturón de seguridad que nos vamos. La abuela está preparando para la cena las bolas de masa hervida que te gustan tanto. Tenemos que llegar a tiempo, porque si no estarán frías cuando lleguemos. "
El gran SUV se movió a través de los oscuros carriles del garaje y después de una breve rampa llegó la luz del sol cegador de la primera hora de la tarde, en un magnífico día de primavera.
Nueve horas más al este, el mismo sol al mismo tiempo era un enorme disco naranja a punto de desaparecer detrás del horizonte hacia el que apuntaba un barco muy delgado.
Tong Phu afila la mirada hacia delante sobre la superficie del agua, atento a la más mínima imperfección del espejo líquido que podría significar el hundimiento del barco.
Miro a este pequeño hombre marchito, envuelto en sus harapos de color incierto, erguido sobre dos pies oscuros y callosos calzados con un par de sandalias de plástico delgadas e incoloras.
Habla poco, y cuando habla lo hace antes consigo mismo, y luego conmigo. Siempre en voz alta.
Pero yo hablo menos que él; ni quiero contestar a sus preguntas, ya que me dedico a la tarea imposible de congelar la luz del día y tener lejos en el tiempo la noche y los dragones que ella trae consigo.
Tong Phu sabe esto, lo entiende desde mis ojos; tal vez èl ya ha ganado su batalla hace mucho tiempo y ahora intenta ayudarme.
Ahora oigo de nuevo una voz, aunque él está en silencio.
"Donde hay armas el valor de una vida se degrada hasta el coste de una bala.
¿Tienes idea de cuántas armas hay adónde estàs yendo? ¿Imaginas cuàn bajo es el umbral de la compasión por aquellos que las manejan?".
¿El miedo?
No sé más nada.
Si estoy aquí por un dinero que no necesito, porque me gusta hacer lo que hago, o porque todavía no estoy cansado de la miseria y del sufrimiento de los otros.
Estoy desprovisto de una tensión interna, mis objetivos son borrosos. Mis ojos de hombre que no tiene necesidad de trabajar apuntan atrás, a lo infinitamente lejos.
Y veo a una mujer y quisiera estar con ella en San Bernardo bajo nuestro enorme edredón de plumas de ganso.
Y veo una niña y también quisiera estar con ella en San Bernardo, contando catorce piedras de granito blanco que bordean el sendero de acceso a la montaña y que cuentan una historia compuesta de desierto y de legión extranjera.
Y no entiendo por qué ahora estoy aquí en vez de allí.
A veces el Songkoi se ensancha en una ensenada fangosa en la que torcidas cabañas de madera hunden sus patas ososas entre cañas y hierbas.
Una figura de mujer que está golpeando trapos de colores en una tabla de madera.
Una gran serpiente de agua que se desliza rápido desde el lodo en su elemento.
Un niño desnudo que está gritando en la plataforma de su cabaña sin que nadie le preste atención.
En San Bernardo hay una gran máquina de lavado, no hay serpientes, los niños no están desnudos.
Mientras la lanza de Tong Phu avanza en su rugido, busco con los ojos la mancha de color brillante siempre presente, incluso en los pueblos más pequeños.
El verde, el rojo, el color dorado que identifica el templo, con sus ollas de arena en las que plantar las varitas de incienso ardiente, con sus cuencos de arroz blanco y fruta.
¿Es ahí donde exorcizar a los dos dragones sobre los cuales balbucea Tong Phu?
¿Es ahí donde la compasión disuelve la duda y el miedo?
La duda.
El miedo.
¿Cuál nace en primer lugar?
¿Cuál genera al otro?
¿Qué significa enfrentar estos demonios?
¿Y son demonios?
¿O tal vez sólo representan nuestra conciencia en su trabajo, a menudo vano, para poner arneses a nuestros pensamientos en las aguas seguras de auto-preservación donde no hay troncos muertos listos para hundir nuestro barco?
Me gustaría que el barco procediera a la velocidad de los caracoles.
Me gustaría que el sol en el cielo moteado concluyera su arco en mil años.
Quisiera que la noche nunca calara.
Me gustaría que mi cerebro nunca hubiese sido capaz de correr demasiado hacia delante.
Pero las nubes cambian de color, las sombras se alargan, el calor se retira, la materia gradualmente se seca.
La hora de la duda ya ha llegado, la del miedo está cercana.
El gran SUV corre rápido, demasiado rápido en las sinuosas y estrechas carreteras que conducen a San Bernardo. A menudo, un camión lento lleno de ladrillos o botellas cierra el paso a los que tienen prisa.
"¿Mamá, què está haciendo papá en este momento?"
"No sé, tal vez está durmiendo."
"Pero todavía es de día."
"Dónde está èl ahora ya no es de día sino de noche."
"No entiendo..."
"Realmente no es una cosa fácil de entender. Cuando lleguemos voy a explicártelo mediante el mapamundi del abuelo Alfredo."
Esta vez fue un enorme tractor con un remolque lleno de heno que impedía casi totalmente la visibilidad. Era muy lento, pero el pase duraría un momento.
La mamá introdujo una velocidad más baja, el gran motor dièsel de seis cilindros subió gritando su rotación y el vehículo todoterreno se movió hacia adelante y hacia la izquierda, pero no se lanzó adelante con rabia y tan rápido como el coupé rojo fuego que la mamá había poseído antes que este.
El momento fue demasiado largo.
El tiempo suficiente para percibir, pero no para reaccionar.
El vistazo petrificado del hombre a la rueda del camión lleno de cestas de manzanas que bajaba por el otro carril fue lo último que la mamá vio, mientras que la niña miraba a mano derecha el heno que se arrastraba en las ventanas.
Y en todas partes era de noche.
Incluso allí, nueve horas al este.
Donde un hombre estaba soñando con dos dragones y dos estrellas que no brillarìan más en su vida.
*Muchas gracias a mi profesora de español Estefanìa San Ginés Araujo por su paciencia al revisar este cuento.
*Y tambièn muchas gracias a mi amiga Maria del Carmen Garcia Ruìz por la segunda revisiòn y por su consejos sobre el correcto uso del idioma español.