Ombaga Omongo.
Siempre se había llamado así, desde su nacimiento unos treinta años antes, en la barrosa orilla del Níger dentro de una cabaña torcida de Diennè frente al mercado de los animales, donde todo el mundo se presentaba uno a otro siempre colocando el apellido antes del nombre, una forma simple e inmediata de identificarse con la familia de pertenencia y, en general, con su propia gente.
"¿Qué nombre le has dado a tu hijo?"
Le preguntó el hombre que sabía escribir a papá Ombaga Omo.
"¡Omongo!", fue la respuesta.
"Entonces vamos a escribir Ombaga Omongo".
Y así fue, y Ombaga Omongo se convirtió con ese apellido y ese nombre en un hombre muy alto, de piel muy negra, con pelo corto y rizado, labios protuberantes y carnosos, ojos oscuros muy vivos dentro de los cuales brillaba la esclerótica blanca.
Era el retrato de su abuelo Omoe, un Mandingo de Bokolako de lo cual nadie recordaba por qué dejó los mosquitos y la pobreza de Senegal por los de Malí y de cuyo abuelo nadie recordaba el nombre y las razones por las que dejó la pobreza y los mosquitos de Malí por los de Senegal.
En verdad, Ombaga Omongo nunca había enfrentado el problema de su nombre mientras vivía en Djennè.
Allí todos se llamaban así.
"Hola, ¿cómo te llamas?"
"Soy Fernández José ¿y tú?"
"Encantado, yo soy Martínez Jorge y este es mi cuñado Montero Felipe".
Altos y bajos, pescadores negros de Mauritania y tuareg blancos de Níger, comerciantes gordos de Bamako y desempleados delgados y altos como él de Djennè. Al menos en su país había una cierta igualdad entre ricos y pobres, cultos e ignorantes, inteligentes y estúpidos.
Primero el apellido, luego el nombre, para todos, incluso para el presidente de la república, porque era importante indicar de inmediato cuál era su familia de origen.
Ombaga Omongo no era estúpido ni tampoco inculto. Había estudiado durante casi quince años en la escuela coránica de Djenné, donde había leído en voz alta una infinidad de veces todas las Suras del Profeta columpiando la cabeza hacia adelante. Su padre Ombaga Omo era amigo del Imam y lo había convencido de que tomara a su hijo como alumno a pesar de que nadie en la familia había demostrado una gran asiduidad con la fe en Alá. Y así, Sura tras Sura, ahora en un texto ahora en otro, ahora en árabe clásico ahora en árabe moderno, el idioma de Mahoma acabó sin tener más secretos para él y le permitió lidiar con otros libros en cuyos maravillosos garabatos leyó de matemáticas, astronomía, filosofía.
Él era fuerte. A pesar de la nutrición recibida, igual a la de sus once hermanos y por lo tanto insuficiente y baja en proteínas, los genes de su grupo étnico habían prevalecido sobre la pobreza de la familia y él se había vuelto robusto y veloz, con músculos largos y rápidos como los de un guepardo, la vista del águila y los reflejos de la cobra.
Pero todos estos bienes de Dios en Djenné solo podían usarse para descargar los grandes bloques de sal de los camiones que llegaban desde Bilma o Teghasa. Que él supiera leer cualquier Corán era una habilidad que a nadie le interesaba allí en la costa de Níger, donde la sabiduría y la cultura eran consideradas con sospecha si pertenecían a una persona equivocada como Ombaga Omongo, negro y Mandingo.
Y así, un día, al cerrar el último Corán con la Sura del Destino, se sintió listo para abandonar el barro y los mosquitos de Djenné y dirigirse hacia el norte, para conquistar un mundo en el que lamentablemente tendría que descubrir la existencia de Omongo Ombaga en lugar de Ombaga Omongo.
Ombaga Omongo tenía varios amigos que un día se habían embarcados en una de las pateras que subían por el gran río hacia el continente europeo y de los que nunca había tenido noticias.
“¿Demba Abdelkader? ¿ Hijo de Mohamed-Yahya? Ah sí, parece que se instaló muy bien en Alemania, trabaja y gana mucho".
"Entonces, ¿por qué nunca escribe a sus padres?"
"Porque él no sabe escribir, y aunque supiera escribir, ninguno de los suyos sabría leer".
“¿Y por qué nunca envía dinero a su familia? No es necesario saber leer y escribir para ayudar a padres y hermanos ... "
Todas las preguntas que recibían respuestas genéricas y aproximadas, respuestas que en cualquier caso solo estimulaban su curiosidad cada día más: ¿qué había “allá”, más allá de los pantanos de Djenné, más allá de la gran curva de Níger, más allá del inmenso Ténéré, el desierto de los desiertos, y después de eso más allá del gran mar que ni él, ni su padre, ni su abuelo, ni el abuelo de su abuelo nunca habían visto ni siquiera en fotografía? ¿Y luego todavía más allá, donde el sol nunca arde, donde puedes beber toda el agua que quieras simplemente abriendo un grifo, donde la comida no se arranca de la tierra o de los animales con gran sufrimiento, ¿qué misterioso universo estaba “allá”, esperando para ser descubierto por él, Ombaga Omongo?
Hacía solo un día que la camioneta Toyota había salido de los pozos de Termit y quince en total que él había abandonado los mosquitos de Djenné cuando este asunto del nombre y el apellido había comenzado a plantearle problemas.
"Entonces, en resumen, ¿cómo te llamas?"
"¡Ombaga Omongo!"
"Idiota, quiero tu nombre, quiero saber cómo te llama tu esposa".
"No tengo esposa …"
"Entonces dime cómo te llama tu padre".
"Mi padre está muerto y mi madre también …"
"¡Que raza de idiota! ¿Tienes al menos un amigo allí en ese sucio agujero de barro de donde vienes?”
"Sí..."
"Entonces dime cómo te llama tu amigo. ¡Dímelo de inmediato o te dejaré morir aquí en la arena que quema!"
"Omongo …"
“Anda carajo, ¡por fin! Fíjate a qué tipo de monos tenemos que atender, animales de los que no se entiende cuál es el nombre y cuál el apellido. Son más estúpidos que una cabra estúpida".
De verdad, cuando el jefe de la camioneta los llevó a bordo haciendo la apelación, él y otros siete como él pero de la vecina Mauritania, los llamó de esa manera extraña.
“¡Cheich Jiddou! “
“¡Omar Diawara!”
“¡Djibril Henoune!”
“¡Abdoullaye Kebir!”
“¡Abderrahamane Limame!”
“¡Kebè Demba!”
“¡Mohamed Elghadi!”
Todos eran de la fe de Alá, él sabía cómo distinguir cuál era el nombre y cuál era el apellido árabe, y se sorprendió de que se pronunciaran en este orden. Pero cuando llegó a Ombaga Omongo, la lengua del jefe se atascó y él comenzó a confundirse y a irritarse.
“Omboga...Omongo...Ongaba..”
"¡Dime cómo te llamas simio!"
No se sintió ofendido por el simio, animal que nunca había visto, incluso en fotografía, pero no podía entender la razón de la dificultad.
Ombaga Omongo. ¿Era tan difícil?
Parecía así, parecía un gran problema que el jefe había resuelto decidiendo por Omongo y eso es todo, como si papá Omo y el abuelo Omoe, todos Ombaga como él, nunca hubieran existido.
El jefe.
Gordo e imponente dentro de su chilaba blanca que no podía ocultar su gran barriga, con pesados collares de oro en su cuello, reloj de oro en su muñeca, anillos de oro en casi todos los dedos de sus manos en un torbellino de amarillos sobre negro. Negro como él, pero con dos sirvientes árabes blancos y pequeños a los que llamaba ambos Ali sin que ellos se confundieran por entender a cuál de los dos se refería cuando tronaba groseramente:
"¡Ali, tráeme un vaso de agua!"
"¡Y tú Ali, tráeme los cigarrillos!"
Nunca los dos Ali se miraban para entender cuál de los dos debía traer agua y cuál los cigarrillos.
En resumen, parecía que lo único seguro era el nombre, y eso era suficiente; la familia no le importaba a nadie, y entonces podrías ser cualquier Omongo como cualquier otro, tal vez un Diola que había cortado las manos a tu tío y tu tía y confundido con él.
La chatarra que llevaba a esas ocho almas engañadas cruzó el Ténéré, donde Diawara Omar no lo logró porque le dolía mucho el estómago al beber el agua podrida de uno de los pozos malos disponibles fuera de los senderos señalados, pistas que no podían seguir para no correr el riesgo de enfrentarse a patrullas militares que les pedirían documentos y visas y permisos que no tenían.
Entonces, al ver que continuamente vomitaba una papilla verdosa con vetas de sangre, el jefe decidió que era inútil gastar agua y comida para Omar, que en cualquier caso tenía que morir. Lo dejaron allí, al lado del Tahort (lo había escuchado mientras el jefe se lo decía a uno de los Ali) con los brazos comprimidos sobre el estómago y, a partir de ese día, además del agua y de la comida, también se ahorró el combustible necesario para transportar ese peso inútil.
Pero la cuenta con los militares aún tenían que hacerla una vez que salieron del desierto cruzando a la frontera. Con ellos, y esto lo había dicho claramente el jefe antes de comenzar el viaje, habría tenido que negociar y pagar un peaje que, si se lo hubieran dejado a él, habría sido contenido.
Y así fue nuevamente el recuento con los nombres y apellidos invertidos.
"¡Cheich Jiddou ! “
"¡Omar Diawara !”
“¡Djibril Henoune !”
"¡Abdoullaye Kebir !”
“¡Abderrahamane Limame !”
"¡Kebè Demba !”
"¡Mohamed Elghadi !”
"¡Omongo !”
Pero Diawara Omar se había ido y cuando el jefe se equivocó al leer su nombre de la lista, tuvo que trabajar duro para convencer a los militares de que no había ningún truco, que el desgraciado se había quedado en la arena al rojo vivo de otro país días antes y por lo tanto no tuviera que pagar peaje por él. Los militares se convencieron y el jefe se quedó satisfecho con la idea de la pasta de francos aceitosos de África Central que ahorraba guardándolos en su bolsillo. En cualquier caso, esta era la prueba comprobada de que Ombaga Omongo había entrado en un mundo nuevo donde cada uno de ellos existía con el nombre antes del apellido, un apellido que a menudo se pasaba por alto como si significara que la familia de origen era una información que a nadie le importaba. No sabía si debería gustarle o no, de hecho, tal vez no le gustaba en absoluto, pero tenía que aceptarlo.
En la patera herrumbrosa que cruzaba el gran mar había cien, tal vez doscientas o trescientas almas, presionadas entre ellas como dátiles en un saco. Hombres, mujeres jóvenes embarazadas, niños, pero no hombres viejos; para ellos, cada sueño y toda esperanza habían muerto hace mucho tiempo donde nacieron y quedaron sufriendo toda la vida. Omongo, que nunca había visto el mar, incluso en fotografía, no podía entender por qué sus aguas tenían que ser tan furiosas y diferentes de las plácidas y expansivas de su gran río. Estaba terriblemente enfermo y tuvo que luchar con todas sus fuerzas y agarrarse a algo todo el tiempo para no ser arrojado al mar por espíritus locos que nunca había supuesto que pudieran existir. Le parecía que de vez en cuando, hurgando a esas almas negras apiladas unas contra otras, algunas debían faltar.
¿Dónde estaba esa mujer con la cara afilada de una tribu nómada de Níger?
¿Y ese niño con todos los incisivos que le faltan?
¿Y qué pasó con otra mujer no muy joven con las manos pintadas con henna?
Tal vez eran sus ojos los que no veían porque estaba enfermo, con su estómago tan malo que no podía beber ni comer nada del agua salobre disponible en el contenedor de plástico blanco y de la sopa nauseabunda disponible en el contenedor de hierro oxidado.
¿O tal vez ellos también habían comenzado a vomitar el líquido verde veteado de rojo que los había condenado al abandono?
Por supuesto, con menos personas a bordo, el bote podría haber avanzado más rápido, lo había escuchado del jefe que estaba al timón, y Omongo temía que debido a su dolor de estómago en cualquier momento él también comenzara a vomitar ese horrible líquido que olía a muerte.
Pero el vómito no llegó, el bote llegó a tierra y finalmente entró en el mundo del gran frío, donde el sol nunca arde, donde puedes beber toda el agua que quieras de las fuentes que tienes disponibles en todas partes, donde sin embargo descubrió de inmediato que debes siempre luchar como una bestia feroz para ganar el dinero necesario para la supervivencia clandestina todos los días, tanto dinero para un solo hombre para un solo día que en Dienné habría sido suficiente durante un mes para toda la familia.
Ahora había pasado algo de tiempo desde que dejó su choza torcida en el gran río y había entendido muchas cosas porque no era ni estúpido ni ignorante y había aprendido si no a escribir al menos a hablar y leer decentemente el idioma del país frío en que vivía.
Por ejemplo, la razón por la cual ninguno de los que como él no escribía a su familia no era el analfabetismo, sino (--) el no poder escribir que había encontrado un buen trabajo en un restaurante en Alemania porque esto no era cierto, porque no querían escribir la verdad, una verdad que cantaba a toda voz que estaban en el último paso de la dignidad humana, exactamente o peor que en el país del que habían salido llenos de ilusiones.
Por ejemplo, nadie enviaba dinero a su propia familia porque no tenía nada que enviar, ni siquiera para ellos una vez que le pagaron al jefe blanco que les dio el permiso de residencia falso que le habría impedido la devolución forzada y la vergüenza de regresar como vencidos vistiendo trapos occidentales sucios y malolientes.
Por ejemplo, al final había entendido por completo el misterio del nombre antes del apellido.
Ahora tenía que darse prisa para resumir los términos de este asunto para sí mismo antes de que su cerebro y su corazón se pararan debido al terrible frío que traería la noche de mitad de invierno bajo el puente del río en una caja de cartón.
Los dedos de las manos ya no se movían y eran insensibles incluso al mordisco, los dedos de los pies también, así como las rodillas que no le permitían levantarse para buscar algo más que quemar para reactivar el fuego ahora muerto.
No era difícil, pero debía darse prisa para aclarar a su conciencia la razón por la cual Ombaga Omongo, una vez Mandingo fuerte con los músculos del guepardo, la vista del águila y los reflejos de la cobra ahora iba a acabar con sus días como Omongo Ombaga, ser humano reducido a piel y huesos, con los músculos de mujer, la vista nublada y los reflejos de la tortuga.
En el país del gran frío, todo el mundo era bueno con él y lo trataba como a un hermano llamándolo como lo habría llamado un hermano, es decir, solo con el nombre o con un apodo elegante.
"Hola Omo, ¿te gustaría recoger manzanas en mi tierra?"
El recogía, tenía que comer y dormir en el interior durante el trabajo, pero luego fuera, bajo el puente sobre el río, de nuevo con los bolsillos vacíos y nada que enviar a casa hasta el próximo 'Hola'.
“Hola Omongo, tengo que limpiar el sótano. ¿Tienes ganas de hacerlo? Todo lo que puedes llevar es tuyo ".
Él limpiaba y llevaba cosas sin valor que, de una forma u otra, habría conseguido que proporcionaran algo, pero siempre sin dinero para enviar a la familia y sin el coraje de escribir una mentira sobre su magnífico trabajo en un restaurante en Alemania que desde hace un tiempo ya ni siquiera soñaba más.
Mientras tanto el único par de pantalones se estaba desgastando, las suelas del único par de zapatos estaban perforadas y él se volvía más delgado y más débil y su cerebro parecía anestesiarse cada vez más por el frío.
Lo llamaban como un hermano y le permitían llamarlos como se llama un hermano, pero para Omongo nunca había nada de lo que está reservado para los verdaderos hermanos. Una mesa puesta, un vestido limpio, un techo encima.
Solo el nombre antes del apellido, como el médico de la aldea que también tenía un "doctor", como el dueño de los manzanos que tenía un "ingeniero", como el alcalde que también antes tenía un "doctor" aunque no curaba a nadie de nada.
O simplemente el nombre, como el párroco del pueblo con un bonito "don" que sonaba muy bien, como el "din-don-dan" de las campanas de su iglesia.
Y él “Omongo” y apenas con un "hola" antes, con una condescendencia caritativa sin ningún respeto por la familia a la que pertenecía, respeto que paradójicamente parecían mostrarle solo los hombres de uniforme que controlaban su permiso de residencia llamándolo correctamente como le habrían llamado a cualquier comisaria de policía en su país.
En el país del gran frío, el nombre antes del apellido hacía que todos los hombres parecieran iguales, aunque si en realidad “los otros” eran más "iguales" que él, aumentando dramáticamente una distancia que hipócritamente pretendían cancelar.
De hecho, solo él habría sido lo que muriese esa noche bajo el puente, Ombaga Omongo u Omongo Ombaga u Omongo u Omo o Bingo Bongo o Bubù, o Amigo, o Vucumprà, o cómo demonios querías llamarlo, no habría hecho ninguna diferencia.
Antes de quedarse dormido para siempre, encontró la fuerza para esbozar una sonrisa.
¿El nombre antes del apellido también estaría escrito en el certificado de defunción?
Muchísimas gracias a mi profesor de español de la EOI Juan Santana Hernández por haber revisado este cuento y por su valiosos consejos sobre el correcto uso de algunas palabras.