El tigre frente a la arquitectura del poder
Es evidente que ciertos proyectos políticos avanzan paso a paso, consolidando poder sin necesidad de rupturas abruptas. Durante décadas se nos presentó a Estados Unidos como el modelo democrático por excelencia, símbolo de libertad y prosperidad —basta recordar la Estatua de la Libertad erguida en Nueva York como emblema universal.
Sin embargo, detrás de ese relato se despliega otra historia menos cómoda: mientras se promovía la democracia como ideal exportable, el poder corporativo crecía de forma sostenida, ampliando su influencia política, económica y cultural a escala global.
Quizá el giro más sofisticado no fue abandonar el control, sino transformarlo: permitir la existencia formal de “pueblos libres” mientras los mecanismos financieros, comerciales y tecnológicos aseguraban la continuidad de la dependencia sin la carga administrativa del colonialismo clásico.
Pero quizá el problema no es únicamente geopolítico. No se trata sólo de un país imponiéndose sobre otros. El poder contemporáneo ya no necesita mostrarse como imperio. Como señalaba Michel Foucault, el poder moderno no se ejerce únicamente desde arriba; se infiltra en las estructuras, en las normas, en los marcos financieros que delimitan lo posible.
La hegemonía del dólar, la personalidad jurídica de las corporaciones y el régimen de sanciones no son simples decisiones aisladas, sino dispositivos de gubernamentalidad: mecanismos que orientan conductas, condicionan economías y administran poblaciones sin necesidad de ocupación militar directa.
En la sociedad del rendimiento descrita por Byung-Chul Han, creemos ser libres porque podemos elegir entre productos, pero rara vez elegimos el sistema que determina esas opciones. Así, la democracia formal convive con una soberanía desplazada hacia los mercados.
Quizá la llamada “fuerza del tigre” —esa energía popular que despertó Andrés Manuel López Obrador— fue precisamente lo que le otorgó el margen necesario para negociar con las estructuras del poder. El tigre no sólo votó; otorgó legitimidad, estabilidad y capacidad de presión. Sin esa fuerza colectiva detrás, ningún pacto habría sido posible.
Pero aquí surge una tensión inevitable: el tigre no despertó para pactar, sino para transformar. La energía constituyente no quiere convertirse en administración; no quiere diluirse en acuerdos opacos ni en cálculos estratégicos. El tigre no ruge para negociar, ruge para liberar.
Sin embargo, la política moderna no se mueve en el terreno de la pureza, sino en el de la correlación de fuerzas. Gobernar implica dialogar con poderes económicos, judiciales y mediáticos que no desaparecen con la victoria electoral. El problema es que esos pactos no pueden ser completamente transparentes sin desactivar la misma estrategia que los hizo posibles.
Entonces la pregunta no es si hubo pacto —toda transición implica negociación— sino si el pacto preserva la dirección transformadora o termina domesticando al tigre. Porque el riesgo no es que el líder traicione al tigre; el riesgo es que la estructura del poder termine por domesticarlo. Y ahí se revela la tensión más profunda de la democracia contemporánea: ¿Puede la fuerza popular irrumpir en el Estado sin ser absorbida por él?
Quizá la gran fuerza del tigre que despertó López Obrador fue precisamente la que le dio margen para pactar con las estructuras del poder. Sin esa energía popular detrás —esa legitimidad histórica— ningún acuerdo habría sido posible. El tigre no sólo votó: sostuvo, presionó, legitimó.
Pero el tigre no despertó para pactar; despertó para transformar. Y ahí aparece el riesgo: que la energía constituyente termine siendo absorbida por el poder constituido. Que la negociación necesaria para gobernar se vuelva domesticación.
La consulta para esclarecer hechos del pasado fue presentada como un ejercicio democrático. Sin embargo, muchos la vivimos como un desplazamiento de responsabilidad. No se trata de si el pueblo quiso o no quiso justicia; se trata de que existen instituciones —la Secretaría de la Función Pública, la Auditoría Superior de la Federación— cuya función no es consultar, sino investigar y denunciar cuando existen elementos. La esperanza del tigre no era votar para preguntar si se debía aplicar la ley; era ver que la ley se aplicara.
Y aquí surge otra tensión incómoda: los sueldos de la alta burocracia. Si el proyecto habla de austeridad republicana y de justa medianía, ¿cómo se justifican salarios que superan los 130 mil o 190 mil pesos mensuales en un país donde el salario mínimo ronda los 8,000 pesos? ¿Es coherente hablar de transformación estructural manteniendo una élite administrativa que, en términos de ingreso, forma parte del 1% nacional?
Algunos argumentan que salarios altos evitan corrupción. Pero también puede preguntarse lo contrario: ¿no generan incentivos para convertir los cargos públicos en posiciones estratégicas de poder y privilegio? ¿Sería imposible encontrar funcionarios competentes con sueldos de 20 o 30 mil pesos? ¿O el sistema mismo está diseñado para preservar una distancia económica entre gobernantes y gobernados?
Cuando se ha removido a funcionarios —como recientemente en la SEP— no deja de surgir la pregunta de fondo: ¿la rotación es por eficiencia, por conflicto político o por equilibrios internos? El problema no es que haya cambios; el problema es que rara vez conocemos con claridad las razones estructurales. El tigre quiere transparencia, pero la política moderna opera en la negociación permanente.
Casos emblemáticos del pasado siguen procesos largos, muchos en libertad, algunos en el extranjero. La justicia avanza, pero a un ritmo que no satisface la expectativa de ruptura histórica. Entonces la pregunta se vuelve más compleja: ¿es incapacidad, estrategia gradual o límites estructurales del Estado moderno?
Decir “no mentir, no robar, no traicionar” es un horizonte ético poderoso. Pero gobernar implica administrar una red institucional heredada, atravesada por inercias, burocracias y equilibrios. Tal vez la mentira no sea sólo moral, sino estructural: no se puede decir todo sin poner en riesgo la estabilidad política.
Y ahí está la tensión central: la esperanza del tigre convive con el riesgo de su domesticación. La transformación no ocurre en el vacío. Ocurre dentro de un estado diseñado durante décadas bajo lógicas neoliberales, donde la alta burocracia, el sistema judicial, los sindicatos y los aparatos administrativos no desaparecen con una elección. La pregunta no es si hubo pacto —toda transición lo implica— sino si el pacto preserva la dirección transformadora o termina absorbiéndola.
El tigre no quiere renunciar a la libertad. Pero la libertad, en la política moderna, nunca es absoluta: siempre está mediada por estructuras que no se transforman de la noche a la mañana. La esperanza permanece. El riesgo también. Y quizá la verdadera madurez política consiste en sostener ambas cosas al mismo tiempo.
Volviendo al tema de los sueldos, aquí es donde mi molestia encuentra un punto concreto. El conflicto actual es profundamente económico: es la economía la que terminó por ocupar el centro de las decisiones políticas. Y si el poder económico sigue siendo el eje real, entonces el discurso ético pierde fuerza cuando no se acompaña de gestos estructurales.
Si se insiste en “no mentir, no robar, no traicionar”, pero no se tocan los privilegios salariales más altos del aparato estatal, el mensaje se vuelve contradictorio. No porque necesariamente haya delito, sino porque la coherencia simbólica se fractura. La pregunta no es sólo si hay corrupción —esa es tarea de las instituciones investigarlo— sino si la estructura salarial del Estado reproduce la distancia económica entre gobernantes y gobernados.
En un país donde una gran parte de la población se mueve entre el salario mínimo y la informalidad, donde millones viven con ingresos que rondan los ocho a diez mil pesos mensuales, resulta inevitable preguntarse si es políticamente sostenible que la cabeza del Ejecutivo gane más de veinte veces lo que percibe la mayoría.
No se trata de populismo ni de castigo moral al éxito. Se trata de coherencia en un proyecto que se define como transformación. Si el discurso es de justa medianía, el gesto tendría que acompañarlo. Tal vez bajar radicalmente los sueldos implicaría renuncias, reacomodos, conflictos internos, incluso fracturas en los pactos necesarios para gobernar. Tal vez esa es una de las “armas viables” que no se utilizan porque el sistema podría resentirlo. Pero entonces la pregunta vuelve con más fuerza:
Si hay límites estructurales que impiden cumplir plenamente el ideal, ¿por qué sostener la fórmula absoluta? “No mentir, no robar, no traicionar” no debería ser una consigna moralizante, sino un horizonte imperfecto en permanente tensión con la realidad. Porque lo que el tigre espera no es perfección. Es honestidad sobre los límites. Quizá la verdadera transformación no consiste en negar que existen pactos, límites o contradicciones, sino en admitirlos sin abandonar la dirección del cambio.
El tigre no es ingenuo. Sabe que gobernar implica negociar. Pero no quiere ser domesticado. La esperanza permanece mientras la distancia entre discurso y estructura se reduzca, aunque sea gradualmente. El riesgo aparece cuando esa distancia se normaliza y se convierte en parte del paisaje. No se trata de destruir el sistema de un golpe. Se trata de preguntarse, constantemente, quién está transformando a quién: si el poder está cambiando al tigre, o si el tigre sigue empujando al poder. Ahí está la esperanza. Y ahí está el peligro.
Si el poder que hemos entregado —esa fuerza del tigre que despertó y votó— no logra traer consigo líderes capaces de renunciar a los privilegios, entonces la pregunta deja de ser personal y se vuelve estructural. Tal vez el problema no sea la voluntad individual del gobernante, sino la forma misma del poder moderno. Porque el poder no es una silla vacía que espera a alguien puro; es una red de instituciones, equilibrios financieros, compromisos jurídicos y presiones económicas que preceden al líder y lo envuelven. Quien llega a la cima no entra a un espacio neutro: entra a una arquitectura diseñada durante décadas bajo la lógica del capital.
Entonces la pregunta se vuelve más inquietante: ¿Y si el sistema no está hecho para permitir líderes sin privilegios? ¿Y si la moderación salarial, la renuncia a beneficios, la austeridad radical no se implementa no por falta de voluntad, sino porque tocar esos nodos desestabilizaría pactos invisibles que sostienen la gobernabilidad? Aquí el tigre enfrenta su mayor dilema. El tigre despertó para liberar, pero el poder constituido tiende a absorber la energía que lo llevó ahí. La fuerza constituyente se transforma en administración. La rebeldía se vuelve gestión. La ética se convierte en consigna.
Y entonces surge la sospecha más profunda: ¿El cambio es transformación o es canalización? ¿Es ruptura o es domesticación gradual? En la modernidad neoliberal, el verdadero soberano no siempre es el Estado; es la economía global, son los mercados financieros, son las corporaciones que operan más allá de fronteras. Si esa estructura permanece intacta, cualquier proyecto político —de izquierda o de derecha— corre el riesgo de adaptarse a ella en lugar de desmantelarla. No se trata de afirmar que todo está perdido. La historia no es lineal ni está cerrada. Pero sí conviene admitir que la lucha no es sólo electoral. Es estructural.
El tigre puede rugir. Puede empujar. Puede vigilar. Pero si no transforma la arquitectura misma del poder, corre el riesgo de convertirse en símbolo mientras otros siguen gobernando el mundo desde espacios menos visibles. La esperanza no está en negar esa tensión, sino en sostenerla con lucidez. Porque quizá la verdadera libertad no consista en creer que el tigre ya gobierna,
sino en impedir que lo duerman.
Cuando el ruido deja de gobernar
He escrito desde la indignación. He señalado incoherencias. He cuestionado pactos, sueldos, discursos y estructuras. He querido que el tigre no fuera domesticado. Y todo eso fue auténtico. Pero algo comenzó a cambiar en mí.
Comprendí que podía seguir señalando eternamente las contradicciones del mundo y, aun así, permanecer atrapada en ellas. Porque cada vez que reacciono, cada vez que me enciendo ante el ruido, le otorgo autoridad.
Robert Adams dice que el día en que el mundo pierde su autoridad es el día en que dejamos de reaccionar ante él. No porque el mundo se vuelva justo. Sino porque dejamos de identificarnos con el conflicto.
Un Curso de Milagros enseña que esta realidad es un sueño. Si eso es así, entonces mi enojo también forma parte del sueño. Mi necesidad de que los líderes encarnen pureza también es una forma de apego.
He hablado del poder que domestica al tigre. Pero ¿quién domestica mi paz cuando reacciono? Quizá el verdadero cambio no sea político. Quizá no esté en bajar sueldos, ni en transparentar pactos, ni en exigir coherencia absoluta. Quizá el cambio comienza cuando dejo de creer que mi paz depende de que el sistema se corrija.
Puedo escribir. Puedo observar. Puedo pensar. Pero no necesito reaccionar. El ruido puede seguir. Los discursos pueden continuar. Las estructuras pueden mantenerse. Y aun así, algo en mí puede permanecer intacto.
No se trata de resignación. Se trata de desidentificación. Tal vez la verdadera libertad no consista en que el tigre gobierne el mundo, sino en que el tigre interior deje de rugir ante cada estímulo.
Si el mundo es un escenario, no necesito destruirlo para ser libre. Solo necesito recordar que no tiene autoridad sobre mi conciencia. Y en ese recuerdo, el conflicto pierde fuerza. No porque desaparezca. Sino porque ya no lo sostengo.
El tigre sigue ahí, pero ahora soy quien lo contempla.
CDMX, 15/02/2026.
Siempre me descubro, y comprendo que todo lo que me ocurre es una nube de mentiras tejida por mi miedo a Dios.
Cuando reaccionamos, nos enfrentamos a una realidad que tememos, nos aferramos, y no logramos despertar en la casa de nuestro Padre.
La muerte no existe: somos eternos. Es solo el disfraz del ego, que teme desaparecer cuando volvamos al hogar.
Morir es despertar: en otro sueño, en otra narración, con otros actores, o los mismos en nuevos papeles. O vivir al fin, porque elevamos nuestra energía y abrimos la puerta de nuestro verdadero hogar.
El perdón y el amor ya cumplieron su misión. Se disolvieron en nosotros, y nos transformamos en amor, uniéndonos al gozo eterno del universo.
Los otros existen, no son imaginación. Pero lo que percibimos de ellos es nuestro propio sueño de miedo. No los vemos como realmente son, sino como sombras. Y, por Dios, somos hermanos de luz.
Padre, perdóname por el miedo, por el miedo a creer en ti y a ver mi sueño como la realidad.
Perdóname por permitir que el miedo infiltre realidades de desesperanza.
Dame luz y paz, Señor, para mirar a mis hermanos sanos y felices.
Dame sabiduría, Señor, para no aceptar pensamientos de dolor.
Ven a mí padre, permite que tu luz ilumine el corazón de mi hermano para que se levante y sea muestra de tu misericordia.
Sana su mente para que sane su cuerpo y regrese a los brazos de su familia.
Permite que tu gloria se presente en mi hermano, que seamos testigos de tu amor y tu bondad.
Gracias Padre por escucharnos, nos hemos unido en esta súplica porque tú nos has prometido que donde hay dos rezando tú estarás presente.
Gracias Padre misericordioso, gracias por escucharnos, gracias por estar aquí presente.
Amén.
27/03/2025, CDMX