La paz, fruto de la caridad
La paz, fruto de la caridad
¡Buenas, fray Tomás! ¿Hay una relación entre la paz y la caridad?
Sí, claro. En la enumeración que hace san Pablo de los frutos del Espíritu Santo (Gal 5, 22-25), después del amor y la alegría, viene la paz. La paz es un efecto del amor.
Claro, paz y concordia vienen del amor...
Sí, pero paz y concordia no son lo mismo. La paz es más que la concordia, porque "con-cordia" significa coincidencia de los corazones, y puede haber personas que coincidan en el bien... o en el mal, como dos malhechores. La paz implica que los deseos interiores de la persona están unificados y se dirigen todos, armoniosamente, hacia el bien; significa que se han vencido las "obras de la carne", que tiende contra el espíritu, como dice también san Pablo (Gal 5, 17). El corazón del hombre no tiene paz hasta que no se encuentra plenamente unificado en su tensión hacia el bien. Por eso, ¡tampoco hay verdadera concordia entre los hombres cuando subsisten deseos egoístas en sus corazones! La paz exterior con los otros depende de la paz interior consigo mismo y con Dios.
¿Por qué San Agustín dijo que la paz es la tranquilidad en el orden?
Porque todos desean esa tranquilidad, pero solo cuando hay un orden perfecto (que en esta vida nunca se alcanza plenamente) la paz es auténtica y duradera. Por eso, la paz que se hace a fuerza del sometimiento de los otros o de alguna injusticia no puede ser genuina. La paz solo puede tener por objeto el bien: no puede haber paz sin justicia.
Lo que no terminé de entender es por qué la paz es efecto propio de la caridad.
Porque la paz implica una doble unión: la que resulta de tener los propios deseos bien ordenados interiormente, y la que se realiza por la concordia de los deseos propios con los ajenos. La primera se obtiene cuando amamos a Dios con todo el corazón, refiriendo todas las cosas a Él. La segunda, cuando amamos al prójimo como a nosotros mismos, de tal manera que se dé la auténtica amistad, de la que dijeron los antiguos filósofos, como Aristóteles y Cicerón, que es querer las mismas cosas y rechazar las mismas cosas.
Conservar la paz es un entonces un acto virtuoso.
Sí, y pertenece, igual que el gozo, a la misma virtud de la caridad.
¡Muchas gracias! ¡Hasta la próxima!
Suma Teológica II-II, cuestión 29.