César COLOMA PORCARI
Presidente del Instituto Latinoamericano de Cultura y Desarrollo
La otrora magnífica iglesia de San Agustín de Arequipa, comparable únicamente con la de la Compañía, de la misma ciudad, fue severamente afectada por el violento cataclismo de 1868.
Se derrumbaron las bóvedas y la torre, y lo poco que quedó de pilares y arcos interiores fue demolido para vender los sillares por piezas, para las construcciones nuevas.
Fray Avencio Villarejo, en su obra “Los agustinos en el Perú y Bolivia” (Lima, Editorial Ausonia, 1965, páginas 95-96), afirma que el convento de San Agustín de Arequipa fue “Fundado el 23 de agosto de 1574, pero el Virrey Toledo mandó suspender las obras por falta del permiso real, que se cerrasen las puertas y no se tañesen las campanas”.
Indica además que “Una Cédula Real de Felipe II, fechada el 5 de marzo de 1581, autorizó la fundación y prosiguieron las obras, que ya el 2 de enero del año siguiente sufrieron graves deterioros por un fuerte sismo”.
El distinguido historiador agustino recuerda además que “A raíz de la Independencia del Perú se instaló en él la Academia Lauretana de estudios, que luego, reducida a una sala, sirvió de sede al Colegio de Abogados hasta hace pocos años. El 15 de julio de 1827 ocupó el local del convento el colegio de la Independencia Americana... El 11 de noviembre de 1828, en el mismo convento... fue abierta la Universidad...”.
Algo importante que registra fray Avencio es que “La iglesia, que nunca formó parte de la Universidad, quedó abandonada al salir los Agustinos; el terremoto de 1868 la destruyó en gran parte, y ante las amenazas de convertirla en teatro, las Damas Católicas la reconstruyeron e inauguraron el año 1899”.
A fines del siglo XIX se pensó en terminar de destruir las ruinas del templo y aprovechar el terreno en otro fin, pero, afortunadamente, la mencionada asociación católica, se empeñó en restituir al lugar su carácter de templo, emprendiendo algunas obras de emergencia, lamentablemente al gusto de la época, a fin de “modernizar” todo.
Así levantaron un techo de calamina (zinc) sostenido por varillas de hierro, que era lo que consideraron más adecuado y seguramente mucho más económico, dándole un aspecto de un gran galpón o más bien, de una factoría de la época.
Lo ideal hubiera sido que reconstruyeran los gruesos pilares de sillar, los arcos y las bóvedas y cupulines, en el mismo material pétreo, pero ello representaba un mayor costo y seguramente no pudieron disponer de los recursos necesarios.
Porque no nos imaginamos que hubiera existido otra razón para haber cometido semejante desacierto, ya que el techo de zinc, inadecuado para las funciones del templo y totalmente inaparente para la ciudad de Arequipa, es una horrible adición que rompe la armonía arquitectónica de la ciudad.
Además, para coronar su esfuerzo, colocaron una horripilante torrecita de sabe Dios qué material, que hiere la vista y ofende a cualquier persona de buen gusto.
Además, remodelaron la magnífica portada principal que había perdido parte de su coronación en el sismo mencionado, haciéndola terminar en una línea recta que la aplasta y destruye toda su armonía arquitectónica.
Para colmo de males, tarrajearon y pintarrajearon de colorines los restos de esa portada de piedra, para que pareciera de adobe o de quincha.
Así pasaron los años y nuevos terremotos afectaron al templo, hasta que a raíz del fortísimo del 2001, decidieron restaurarlo.
Seguramente algunos decoradores, por razones inconfesables, se encapricharon para que la reconstrucción fuera un desastre e inconcebiblemente se opusieron a que se reconstruyera la iglesia tal como había sido originalmente, según la fotografía que figura en la obra del distinguido historiador don Guillermo Zegarra Meneses, “Arequipa, en el paso de la Colonia a la República” (Arequipa, Cuzzi y Cía., S. A., 1973, página 46), que se reproduce aquí.
Todo lo malo de la reconstrucción de principios del siglo XX fue respetado, aduciendo que era algo muy valioso y parte integrante del patrimonio de Arequipa. ¡Dios nos coja confesados! ¡Haciendo cuestión de estado para defender mamarrachos!
Pero así fue, y el dinero se gastó y el resultado es la monstruosidad que vemos hoy.
Lo lógico y razonable hubiera sido que, en el caso de la portada principal, le restituyeran el remate original (como figura en la antigua fotografía que mencionamos), para recuperar el orden arquitectónico de la misma y no mostrarla horriblemente mutilada como lo está ahora.
Además, la extraña torrecilla que más parece una tetera o cafetera, la hicieron reconstruir cual joya del muladar, en lugar de reproducir la torre de sillar, que se aprecia en las fotografías de antes del cataclismo de 1868.
Y también, por supuesto, reconstruyeron con mucho amor el inadecuado techo de factoría, con fierros y calaminas, no salvándose ni el interior del templo, con los antiestéticos altares que fueron pintados en crema, rojo y algunos brochazos de purpurina.
Este regalito del gobierno que fenece no puede sobrevivir más tiempo. Hay que restaurar con seriedad la iglesia agustina, tirando a la basura las “joyas” del muladar, a fin de recuperar su ambiente original y toda su armonía arquitectónica.
(Publicado en “Arequipa al Día”, Arequipa, domingo 23 de julio de 2006, páginas 1, 3).