Por: César COLOMA PORCARI
Presidente del Instituto Latinoamericano de Cultura y Desarrollo
En este nuevo aniversario de la ciudad de Arequipa, fundada el 15 de agosto de 1540, recordaremos que ella es una metrópoli de importancia fundamental en el Perú y en toda Latinoamérica, y por lo tanto, debe resurgir del estado en que se encuentra, convirtiéndose en una de las urbes más notables, conocidas y desarrolladas del mundo.
Arequipa es tal vez la única ciudad de un millón de habitantes, en el planeta, que carece de aeropuerto internacional propio, y por tal motivo, se encuentra completamente desconectada del mundo y fuera de las rutas turísticas internacionales.
Es indispensable que se establezcan vuelos hacia la ciudad, de todas partes del mundo, y además, que se constituya en una escala para los vuelos de Lima a La Paz, Buenos Aires o Santiago de Chile.
Además, también es necesario el preservar lo poco que queda de la vistosa campiña arequipeña, constituida por terrazas escalonadas en diferentes niveles, algo muy particular y tal vez único, por sus características propias, en el orbe. Esta campiña debería ser intangible y declarada parque nacional.
Asimismo, algunas de estas terrazas están contenidas por muros de piedra, tal vez precolombinos, los cuales deberían ser intangibles y declarados Patrimonio Cultural de la Nación.
Con el fin de compensar a los propietarios, si se sintieran afectados, el Estado podría otorgarles exoneraciones tributarias e inclusive, si los propietarios lo solicitaran, permutar sus tierras con otras, de zonas no históricas o paisajísticas.
Como el turismo requiere de una oferta de grandiosos conjuntos arqueológicos precolombinos, Arequipa debería recuperar y restaurar el extensísimo sistema de andenes precolombinos en la zona de Churaxon, redescubriendo las fuentes y redes de agua, hoy perdidas, con lo cual volvería el verdor.
Además, se debe preservar, en su integridad, el paisaje y los pueblos históricos del Colca, de Cotahuasi y de Condesuyos y de la zona de Mollebaya y Quequeña, que encierran notables casonas, molinos de minerales y de granos y templos virreinales, algunos aún no declarados monumentos históricos.
Asimismo, se debe preservar el que fuera frondoso bosque de las lomas de Atiquipa, declarándolas parque nacional y fomentando su reforestación, con las especies vegetales originales.
Y ahora que está de moda el naturismo y los baños termales, se debe fomentar los de Yura, Jesús y otros, constituyéndolos en “spas” e incluyéndolos en paquetes turísticos. Y en cuanto a playas, las ubicadas entre Mollendo y Camaná son espectaculares por estar formadas por gigantescas rocas donde revientan las olas, contando con pequeñas y escarpadas caletas, donde podrían instalarse centros de veraneo internacionales con todas las comodidades que el turismo requiere.
Además, la que fuera señorial ciudad de Arequipa, construida en piedra de color crema claro, llamada sillar, no puede ser recubierta con yeso ni cemento ni pintada con colorines de “chifa” de mala muerte, copiando, como siempre, los errores u horrores de Lima. La piedra debe lucirse desnuda, sólida, eterna, imponente, majestuosa, recuperando el aspecto que tuvo: ciudad blanca y hoy Patrimonio Cultural de la Humanidad (“El Comercio” 28 de diciembre del 2000, p. a-12).
Es interesante recordar que, por su arquitectura y por el color de su piedra, Arequipa recuerda a los viejos pueblos de Tierra Santa. Esto es algo que al turismo internacional le podría interesar mucho: el que las milenarias ciudades israelíes o palestinas se parezcan a Arequipa (“El Comercio” 11 de julio del 2001, p. a-14).
Ojalá estas notas animen algo a apoyar la reconstrucción y conservación del patrimonio de la ciudad de Arequipa, incorporando la ciudad a las rutas del turismo mundial, con el fin de lograr el ansiado despegue de su economía, tan afectada por los últimos sismos y otros problemas.
(Publicado en “El Comercio”, Lima, viernes 16 de agosto de 2002, página a-12).