Café. Por no pasarme de castaño oscuro. Café.
Por no pasarme de castaño oscuro. Café.
Café.
Por no ir al Estarbobo.
Café.
Sin pasarme de castaño oscuro he olido durante un rato el café que acabo de tostar.
Añadiré a los de café unos cuantos granos de cardamomo verde y lo moleré.
Lo reuniré con mi café.
Como el de un jeque.
Mi café.
Lo pondré en el agua recién hervida.
Y lo oleré.
Como un rey.
Como un señor.
Y lo beberé.
Es verdad que lo compré ya algo torrefacto.
Por no pasarme de castaño oscuro.
Antes mi café fue verde.
Verde. Que no lo quise verde.
El grano de café. Antes.
Cuando aún es grano verde hay que tostarlo.
¡Hasta que aumente su tamaño un tercio y que pierda un 16 por ciento de su peso!, se decía.
Al torrefactarse debe perder una capa. Además.
El café.
Hay que tratar de que llegue al color castaño oscuro.
Confieso que pequé y lo usé ya torrefacto por no pasarme de castaño oscuro.
Pero nunca, nunca, quise evitar el placer de oler el café recién molido.
Profundamente.
Un buen rato.
Por no pasarme de castaño oscuro.
Una cucharadita para el agua y otra más por cada comensal.
Y lo oleré.
Y lo beberé.
Como yo.
Mi café.
DENTRO DE LA BAYA ROJA DEL CAFETERO HABÍAN DOS SEMILLAS: DOS GRANOS DE CAFÉ Y EN MI TAZA: UNA CUCHARADA Y UNA CUCHARADA MÁS DE CAFÉ, TOSTADO Y POR MI MOLIDO, SOBRE EL AGUA QUE HIRVIÓ EN EL MICROONDAS. Y JUNTOS YACIERON.
Hasta que el café quedó arriba y las borras al fondo. VOLVER