"El río crecido, me lleva las penas, la noche de luna me trae tus ojos".
Estaban todos junto al fuego, absortos escuchando a Fidel, su voz era firme, llenaba la noche.
José miró las manos de Fidel, sin esfuerzo acariciaban las cuerdas, supo entonces que el sería el aliento, la memoria, su sonrisa hablaría de mañanas verdes cargadas de frutos.
Sí, quién escuchaba a Fidel cantar, perdía las penas. Escuchar a Fidel era como sumergirse en el agua helada, en una tarde de calor. Bastaba con cerrar los ojos y uno se convertía en pájaro, porque Fidel al cantar ponía alas a los corazones.
©Mario Antonio Herrero Machado