Así como José tenía unos dedos casi mágicos, el oido de Felipe estaba abierto a la música del bosque.
De pequeño cuando apenas tenía tres años, sorprendió a todos. Como siempre, al finalizar el juego de las bolitas, los amigos de José le pidieron a este que las reconociera con solo tocarlas.
Entonces el pequeño Felipe dijo de improviso: "Yo también puedo hacer lo mismo, conozco a todas las bolitas por su grito".
Los ojos de los niños pasaron de las manos de José a la boca de Felipe. Javierito fue el primero en hablar: "está bien, hagamos una prueba, José dale tus bolitas, veamos si las conoce también".
José sacó un puñado de bolitas de su bolsillo y se las dió a Felipe diciendole: "aquí tienes estas, cuales son sus nombres."
Felipe tomo las bolitas y las puso dentro del círculo del juego, luego salió de él y se puso de espaldas, agregando: "José pegalé a cualquier bolita yo te diré su nombre".
José se agacho, de su bolsillo salió la "bonita", apuntó y le tiró a la "engañosa" de Javierito, esta salió del círculo, después la "bonita" al rebotar le pegó a la "negrita" del propio José.
Javierito le dijo a Felipe: "Y bien, que ha pasado en la cancha".
Felipe con su voz de pajarito dijo:"José tiró con la "bonita", primero le pegó a la "engañosa", que se fue afuera y después le pegó a la "negrita" , pero esta no se salió de la cancha"
Durante toda la mañana, estuvieron haciendo este juego, Felipe con los ojos vendados y bien vigilado para que no espiara, iba diciendo este relato.
- "Ahora tiró Javierito con la "engañosa", le pegó a la "verdecita" de Máximo, esta rebotó en la "negrita" de José, que se quedo dentro del círculo junto con la "engañosa" y se fue afuera la "verdecita", paciencia Máximo".
Desde ese día una a una se fueron repitiendo las pruebas. Felipe fue creciendo, un día anunciando tormenta tres o cuatro horas antes de que llegara, otra vez anuncio un cambio de viento y hubo un fuerte torbellino. Pero al llegar a los nueve años, empezó a contar cosas extrañas, aseguraba que podría descubrir los panales de las avispas cuando estos estuvieran maduros.
De ahí en mas, Felipe siempre volvía del bosque con su cantaro repleto de miel.
Cuando cumplió quince años, era después de Juana el que mas sabia del lenguaje de los pajaros. Por las noches se iba a dormir lejos porque decía que los ronquidos de los dem´s eran como caballos desbocados y los suspiros de los sueños lo hacían llorar de emoción aunque estuviera dormido.
©Mario Antonio Herrero Machado