Las chicas se levantaron decididas a recuperar el cuadro por todos los medios. Sophie lo tenía claro, ya no solo eran ellas, era también su familia la que dependía del cuadro. Prácticamente sin hablar, y mientras se preparaban para el viaje, iban tomando consciencia de que aquel iba a ser un día determinante.
Cuando estaban en la estación de tren, Sophie no pudo evitar mirar hacia el andén uno. Nuevamente había más trenes de presos, pero el de su familia ya no estaba y rompió a llorar.
- No te preocupes, no tardaremos en sacarlos de allí. Ven, dame un abrazo - la consoló Isabelle.
- Necesito ver si ese tren es el de mis padres, por favor.
- No lo es, Sophie, el número no es el mismo. Lo siento, pero no te preocupes, ahora vamos a por el maldito cuadro. Vamos chicas, el tren está a punto de salir.
Entre el dolor de haber revivido el encuentro con su padre, Sophie intentaba calmarse mirando por la ventana. Pero algo la aturdió, el tren hacía una parada más en la ciudad. El bullicio era enorme. Multitud de soldados, funcionarios sentados en mesas y muchísima gente haciendo fila frente a ellas ocupaban toda la plaza que se extendía a la derecha del tren. Los funcionarios estaban seleccionando a la gente; unos para un lado, otros para los vagones... Sophie alzó la mirada e identificó la farmacia del gueto. Eso le extrañó, ya que habían estado el sábado y no habían encontrado tal gentío en la plaza. El tren inició de nuevo la marcha y una chica veinteañera se dirigió a ellas.
- ¡Cuánta chusma junta! A ver si se los llevan ya a todos a Auschwitz- comentó con acento alemán.
-¿Se los llevan a Auschwitz?- preguntó Anette.
- No lo sé, en la plaza Bohaterów clasifican a los judíos en “válidos” o no para el trabajo. Los que no lo son suelen ir a Auschwitz. Deberían llevarlos a todos allí y terminar con esta plaga - decía la joven indignada. Las chicas guardaron un silencio sepulcral.
A la llegada a las minas de Wieliczka, Anette les informó del plan. Sería similar al del museo. Ella se presentaría como tratante de arte del Führer y las demás como funcionarias-asesoras. El objetivo era hacerles creer que el capitán Weber podía hacer llegar el cuadro a Hitler y así conseguir su favor.
Tras unos 380 escalones de descenso a las minas, Anette se presentó altivamente a los guardias.
- Heil Hitler! Abran paso, necesito hablar con el responsable. Venimos de parte del Führer- ordenó Anette.
- Heil! Disculpen, señoritas, pero no es posible sin una identificación -respondió el soldado.
-¿Cómo? ¿Quiere usted terminar en primera línea de batalla?- contestó Anette con un tono seco.
Los soldados hablaron entre ellos y finalmente las dejaron pasar.
- Vengan con nosotros, les llevaremos ante el capitán responsable de la mina.
Tras andar casi diez minutos por varios túneles, llegaron al puesto de mando.
- Buenas tardes, soy el capitán Wulff, ¿en qué puedo ayudarles?
Las chicas le comentaron lo planeado y que el director del museo les había enviado allí.
- Necesitamos un Vermeer a ser posible, el Führer le estaría muy agradecido- terminó su explicación Anette.
El capitán sin responder levantó el teléfono y llamó a varios tratantes. Estos tratantes eran oficiales también. Los negocios paralelos en tiempos de guerra movían mucho dinero. Los oficiales se presentaron al cabo de unos minutos.
-Les presento. Este es el teniente Müller y él, el teniente Fischer. Ellos les podrán concretar más. Señores, no olviden informarme una vez que las hayan atendido - y se despidió levantando el brazo con el saludo nazi.
De nuevo Anette volvió a repetir su historia y a echar el anzuelo de la probable recompensa.
- Ya veo… Siéntense, por favor. Ayer pasó un interesado preguntando cómo podría hacer llegar un cuadro al Führer de manera segura. Quería asegurarse de que él sería quien lo entregara. Se trataba de un Vermeer, estoy seguro- les informó el teniente Fischer.
- Aquí compramos y vendemos, no hacemos de correo- comentó entre risas el teniente Müller.
- Pues díganme dónde podría localizar a ese señor- Anette se dirigió a ellos en un tono exigente.
- Por lo que comentó, es muy probable que haya ido a uno de los palacetes donde se pueden hacer ese tipo de operaciones. Probablemente, al que está en la calle Kanonicza, 12, en Cracovia, ya que nosotros lo remitimos allí- comentó Müller.
Tras haber sido advertidos de que tendrían de poner el despertador a las 7:30 de la mañana, los alumnos reciben el mensaje que les permite abrir la primera misión del día en la plataforma. Esta consistía en los siguiente:
Desplazarse a la estación de tren para coger el autobús a hacia las Minas de sal de Wieliczka.
Durante el trayacto, tuvieron que localizar la Plaza Bohaterów e identificarla como el lugar donde se llevaba a cabo la selección de judíos en el Gueto.
Una vez en las minas, debían comprar las entradas reservadas y localizar a la guía en español.
Escalera de acceso a las minas
Galería subterránea
Interior de las Minas de Sal
Interior de las Minas de Sal
Al finalizar la visita, la guía se presentó como el Teniente Fischer e interpretando el papel igual que en la narrativa (previamente se había acordado esta situación con el profesorado), les dio la información sobre dónde creía que se podría encontrar el cuadro.
El alumnado localizó la dirección que la guía les proporcionó: calle Kanonicza, 12, en Cracovia. Algunos se dieron cuenta de que era el Instituto Cervantes, mientras que otros lo descubrirían in situ en el día de su visita.
Momento en el que la guía se hace pasar por un Oficial nazi y proporciona la dirección del lugar donde se podría encontrar el cuadro.
Con la decepción de no encontrar el cuadro y la tristeza de la noche fría cracoviana, la desesperanza iba tomando partido. En el autobús de vuelta, Anette empezó a dudar de que eso fuese una mina de sal, era demasiado grande y rocosa.
A Isabelle, tras una larga discusión, se le ocurrió proponer un reto a las demás. Todas lo aceptaron. En cierto modo, esto les recordaba a los tiempos de paz en los que se retaban para resolver problemas científicos. Les encantaba. Se autoengañaban, sí, pero les serviría para estar ocupadas y olvidarse por unos minutos de la dura vida que tras los muros de su hostal se vivía en la Polonia ocupada.
- Chicas, ¿qué os parece si cenamos y comenzamos el reto a las 21.30?- propuso Isabelle. Todas, aunque muy cansadas, aceptaron.
En el salón común del hostal, los alumnos tuvieron que acometer el siguiente reto:
Una vez visitada las minas, nos surge la inquietud de saber qué tipo de compuesto es el cloruro sódico, NaCl, y qué propiedades tiene que ha permitido crear esta maravilla.
Disponían de las siguientes sustancias: cuchara de acero inoxidable (Fe + Cr), sal (cloruro sódico, NaCl), azúcar (C12 H22O11), agua destilada (H2O) y vinagre (ácido acético, CH3COOH).
Para cada una de estas sustancias, debían identificar qué tipo de compuestos son. Para ello, debían estudiar experimentalmente las propiedades físicas que figuran en la tabla 1 y, en base a los resultados obtenidos y comparando con la tabla 2, deducir el tipo de compuesto que corresponde a cada sustancia.
Vídeo 1
Vídeo 2
Vídeo 3
- Chicas, vamos, dejemos ya los juegos que mañana nos espera un día duro. Oskar Schindler me dijo que teníamos que estar a las seis menos cuarto de la mañana cerca de la puerta Barbakana- les recordó Sophie.
Margot la miró con los ojos abiertos y bostezó.
- ¿A qué hora se supone que tenemos que levantarnos entonces? ¿A las cinco? Me voy a la cama ya, chicas. La tensión en las minas de sal de Wieliczka me ha dejado muerta.
Las chicas asintieron y, justo cuando iban a levantarse, Isabelle les recordó que tendrían que alimentarse bien antes de ir a Auschwitz, ya que no sabían qué podrían encontrarse.
Sophie sabía que tenían razón, pero la incertidumbre de no saber si su familia aún seguía con vida o si ya había sido devorada por la maquinaria nazi la desesperaba, hacía vacilar la llama débil de su esperanza. La esperanza del azar, la esperanza de la supervivencia, la esperanza de la suerte, la esperanza que le daba el amor. Isabelle le agarró la mano, acarició la trenza de Sophie y le ofreció una tila.
- Toma, Sophie. Bébete esta infusión y descansa aquí conmigo en el sofá.
Con la infusión y las caricias de su amiga, Sophie consiguió sumergirse en un duermevela agitado que la transportó de nuevo a la mirada de su padre “Sophie, vete, vive. Sophie, vete, vive. Sophie, vete, vive…” Y así pasó aquella noche, llorando dormida.
La introducción de esta sencilla misión tenía por objetivo que los alumnos se dieran por enterados que tenían que estar a las seis menos cuarto de la mañana cerca de la puerta Barbakana. Esto supondría salir a las 5.30 a.m. del hostal para coger el autobús que nos conduciría a Auschwitz.
En este caso las reservas se hicieron desde España por parte del profesorado, dado la complejidad y demanda de las mismas.