Perro peligroso se convierte en crítico de humanos
M. Recio (05/03/2025)
M. Recio (05/03/2025)
Hoy el humano me ha mordido. Yo le he mordido a él. Ahora estamos en paz. Aún así, me mira con resentimiento. Está convencido de que es superior a mí. Me pregunto si el sentimiento es el mismo cuando se ve obligado a despertarse a las seis de la mañana para ir a trabajar durante nueve horas consecutivas mientras yo me quedo en casa, holgazaneando como si hubiese pagado el apartamento de mi bolsillo.
El evento no ha sido destacable, pero hacía tiempo que no le mordía. Ha ocurrido de la siguiente manera:
Se ha despertado, y no me ha saludado. Esto no suele importarme, pues es demasiado pronto para que todos mis sentidos estén al tanto de lo que está ocurriendo. A veces llega a ser incluso molesto, cuando exige reciprocidad en el saludo, incordiando con su insistencia, metiendo sus dedos por debajo de mi manta para sentir el calor de mi presencia.
La cuestión es que se ha levantado, y no me ha saludado. Hasta ahí, no he tenido ningún problema con su actitud. No he tardado, sin embargo, en saber que hoy iba a ser un día difícil. Los indicios han empezado a aparecer cuando se ha olvidado de cerrar la puerta del baño a pesar de seguir yo durmiendo a no más de un par de metros de él. Los ruidos que nacen de él por la mañana son particularmente desagradables para mí, especialmente cuando se aclara la garganta. No entiendo por qué al cuerpo humano le sienta de manera tan desgastante el hecho de dormir. Pero por mis patas que hay veces que parece levantarse en peor estado del que se acuesta.
El humano no ha cerrado la puerta del baño, así que desde el sofá he recibido toda una sinfonía de gárgolas, tosidos, escupitajos bien cargados y enjuagues bucales. No se ha preparado café, pero sí que ha colocado en el fuego una sartén con dos piezas de bacon. Yo sé a ciencia cierta que él solo come una. Es lo que el médico le recetó. ¿Qué debía hacer, más que asumir que la otra pieza era para mí?
Completamente despierto al fin, me he levantado del sofá y, a paso perezoso, he llegado a la cocina. No se ha girado a saludarme. No he recibido siquiera una palmada en la espalda. Aún con todo, he decidido ser paciente, permitirle ese mal día, aceptar su vacío y esperar la pieza de cerdo. El humano ha sacado un trozo de pan y un plato, ha apagado la sartén y sin dignarse a mirarme ha colocado todo el contenido encima del pan, ha dado media vuelta y se ha sentado a la mesa.
Bien, creo que mi enfado empieza a ser comprensible. Puede que sea un perro peligroso, pero soy dueño de una razón, que aunque animal, frena mis instintos, y tengo una paciencia que muchos perros inofensivos nunca poseerán. No ataco sin pensar. Conozco las consecuencias. Pero el humano no estaba actuando con consideración.
De cualquier manera, el mordisco no ha ocurrido entonces. Como buen animal de compañía, le he seguido hasta el comedor y me he sentado junto a él, lo suficientemente cerca como para que fuese consciente de mi presencia, de mi petición, pero no tanto como para agobiarle y sacar su enfado a relucir.
No hace falta decir que he sido completamente ignorado. He esperado, tolerante, a que se acabase sin mi ayuda la primera cortada de carne, y solamente cuando ha empezado a desmenuzar la segunda con sus torpes dedos he decidido que ya era suficiente y le he advertido con un suave toque de mis pezuñas en su pierna.
La respuesta ha sido desmesurada.
Se ha girado hacia mí violentamente, con los ojos entrecerrados en rabia, legañas atrapadas entre sus pestañas. En silencio, se ha enfrentado a mi mirada, firme aunque honesta, y ha escupido como si yo fuese el enemigo:
“Esto no es para ti, vete.”
No es complicado comprender por qué este estilo de respuesta es inaceptable. Los humanos son criaturas sencillas, y los perros hicimos las paces hace ya mucho tiempo con el hecho de que debíamos dejarles creer por gran parte de nuestra convivencia que son ellos quienes están a cargo de nosotros. Pero, como toda cuestión, su poder tiene límites, y lo que el humano estaba haciendo no solo era perjudicial para sí mismo, sino una falta de respeto hacia mí.
Era necesario tomar medidas.
Para ser justos, no he pasado a la acción drástica ahí tampoco. No, he sido permisivo con él. Antes que nada, he gruñido, como advertencia. El humano sabe reconocer y diferenciar mis gruñidos. De haberme hecho caso, habría sabido que el asunto debía tratarse con seriedad. Pero no se ha inmutado siquiera, así que no he tenido más remedio que coger impulso, saltar a dos patas para alcanzar el plato y, en un ágil movimiento de cuello, demasiado rápido para las capacidades de un humano aún perseguido por el sueño, hacer mío lo que quedaba de bacon.
Ha sido la acción que ha desatado la tragedia.
He de admitir que el error ha sido mío. No he contado con que la ira despertaría sus instintos más primitivos y se desharía de cualquier tipo de niebla causada por el sueño. Me he deleitado demasiado degustando el desayuno en vez de tragar tras un par de mascadas. El humano me ha alcanzado, y cogiéndome del pescuezo, con una violencia tan imprevisible como inadmisible, ha metido ambas manos en mis fauces para evitar que la comida desapareciera en mi interior.
Bien, ¿qué debía hacer uno en mi posición? Llevaba acumulado el enfado de haber sido ignorado y de su mal tono sin justificación alguna. Aquel trozo de bacon no era suyo, el médico le había prohibido más de una pieza por las mañanas, y era nuestra rutina compartir el desayuno. Era él quien había enzarzado sus dedos con mis dientes. ¿Acaso he hecho algo mal? Tan solo apretarlos, sin peor intención que la de defenderme, habiendo sido atacado por él. Ni siquiera había sangre.
Ha saltado, casi inmediatamente. Su mirada estaba cargada de odio. Hace años me habría asustado, pero ahora sé que ese odio no es más que miedo, así que sin moverme, resignado y terriblemente molesto con él, he acabado de comerme la carne mirándole a los ojos. Sabía que no se iba a acercar más.
El resto de la mañana hasta que se ha marchado a trabajar ha sido tranquilo, aunque la hostilidad que había impregnado la casa tras el percance alboral ha convertido todo en una especie de competición. Siendo un perro peligroso, estoy acostumbrado a esa clase de trato.
El humano ha llenado el cuenco de mi comida con pienso. Desde el sofá, observo sus movimientos, bruscos pero decididos, mientras que con un tazón llena el bol. Los dos sabemos perfectamente que es algo que no voy a comer. Me pregunto por qué insiste todos los días en proporcionarme un plato de ello, que ni huele bien, ni sabe bien, ni cruje bien entre mis dientes, pero sé que no tiene sentido tratar de razonar al respecto. Me gustaría que dejara de gastar dinero en sacos de pienso, pues realizan todos el mismo proceso digestivo que empieza en la bolsa y acaba en la basura, pasando unas pocas horas por mi cuenco de comida, al que nunca me acerco.
Sus amigos humanos, que también tienen perros, siguen declarando que lo mejor para mí será el pienso. Me pregunto por qué, si es tan sano, no han inventado ellos su propia versión. Ojalá el humano fuese lo suficientemente inteligente como para entenderme de la manera en la que yo le entiendo a él. Ojalá pudiera abrirle los ojos y explicarle que el pienso nunca ha sido lo mejor para mí, simplemente lo más sencillo para él.
No voy a comer pienso, y lo sabe, y le enfurece. Sospecho, sin embargo, que en el fondo lo entiende, porque al final del día, aunque con aire de molestia, cocina sin falta la carne que tiene en la nevera secretamente reservada para mí.
El paseo no mejora su humor, y tampoco el mío. Por el color del cielo, sé que es más tarde de lo habitual, lo que significa que llegará tarde al trabajo si se entretiene. Es un paseo rápido y firme. Se enfada aún más conmigo cuando trato de correr detrás de un pájaro, que pícaro se pone en mi camino, con la audacia de mirarme a los ojos y retarme. Se burla con su libertad de mi compañía, de mis restricciones.
El humano me grita:
“¡Siempre igual! ¿Qué te ha hecho el pajarito? ¿No puedes dejarlo en paz?”
No entiende que tan solo es naturaleza, puro instinto irremediable, y que no hay más remedio que dejar que ocurra. Me pregunto si sabe reconocer que siente simpatía por el pájaro porque él es uno de ellos. Es presa y no depredador. Se siente poderoso conmigo atado a una cuerda que lleva en las manos, evitando que salte sobre el pájaro pícaro, de la misma manera que el propio pájaro sentirá poder cuando caza un gusano. Pero si fuese depredador no estaría preocupado por llegar tarde al trabajo. El trabajo sería suyo, y nadie le devoraría por no haber llegado cuando debía llegar, no tendría que encontrar un escondite y vestirse de rayas para camuflarse entre la manada de presas que junto a él se someten al depredador.
Cuando me grita, giro la cabeza sin parar de pasear, dejando escapar al pájaro, cansado del humano, quien, estoy seguro, estará convencido de que él no forma parte de la dinámica inescapable depredador-presa. Lo natural que es para él que exista. Tan natural e interiorizada que ni siquiera la tiene en mente. No entiende que la razón por la que él apenas duerme mientras que yo me entrego al sueño en apenas un par de minutos es porque la presa siempre está en peligro de ser asesinada, mientras que el depredador puede permitirse un descanso ininterrumpido sin ningún tipo de riesgo. Le consume la sumisión forzada pero no es consciente de que se está sometiendo.
El verdadero error del humano es pensar que él no es animal, que no debe tener en cuenta y aprender de las acciones de otras especies. Él coge la correa para llevarme a pasear como si el control que tengo sobre mis acciones fuese menor que el de él sobre las suyas.
Me lleva por las mismas calles de siempre pero no habla conmigo como otros días hace, y una parte de mí se cansa en dolor de estar mal con él. Sé que se arrepentirá de ello, pero me gustaría que me abrazase ya. Dejo escapar a todo el resto de pájaros que cruzan nuestro camino y tampoco me paro junto a los humanos, que me miran con tensión y con desprecio porque soy un perro peligroso. Trato de ignorarlos, y el humano no hace nada para remediarlo.
El mismo Golden de todas las mañanas aparece cuando giramos la esquina de nuestra calle. Me sorprende verlo, pero supongo que a su humana también se le habrá hecho tarde. Nos reconocemos de lejos, y siento la feroz necesidad de olisquearle, sabiendo que él es mi única posibilidad de conexión en toda la mañana, antes de quedarme solo. El humano me regaña, al igual que lo hace la humana del Golden. Esto tampoco parecen entenderlo.
Me abalanzo con ansia sobre mi compañero, quien me deja rodearle un par de veces antes de imitar mis acciones. Lleva una mañana sencilla, me cuenta. Le miro, una punzada de envidia hace que me aparte de un salto. Él tiene paciencia, se vuelve a acercar a mí. Por un momento, creo que va a iniciar un juego, y yo estoy demasiado hastiado para ello, pero él parece comprenderlo, y tras reflexionar unos instantes, se deja caer al suelo y levanta una de las patas traseras, invitándome a su intimidad.
Es un gesto abrumador y me alcanza desprevenido. No soy capaz de evitar el salvaje movimiento de mi cola. Si tuviese tiempo, le lamería las patas, limpiándoselas en agradecimiento. Una oferta de debilidad por su parte, transparente y honrada. Una muestra de vulnerabilidad voluntaria cuando mi única opción esta mañana es llevar la mía como escudo, al descubierto. Tan pequeño debo de parecer, tan poco peligroso… pero la nobleza del Golden me asombra, es capaz de sacrificar su seguridad para mi bienestar.
Tratando de devolverle el gesto en el poco tiempo que se nos es permitido, me siento ante él, sin tocarle, y asiento solemnemente con la cabeza. Él, aún en el suelo, abre la boca, saca la lengua. Le aguanto la mirada. Su vida es más sencilla que la mía. Ambos lo sabemos. Él no tiene que pelear por el pienso. Aquí, en su sinceridad, me ofrece su amistad y me ofrece su comprensión. Me entiende, al igual que entiende su privilegio.
“Cuando estamos juntos,” me dice, aún con las patas abiertas, el rabo moviéndose de manera casi imperceptible “tú y yo somos iguales. Ellos no determinan nada sobre nosotros. Nos quieren, y les queremos. Debes defenderte. Eres más valiente que yo. Puede que yo sea más afortunado, pero aquí, en la calle, tú y yo somos iguales. Esta ciudad es tan tuya como mía. No dependemos de ellos. No somos inferiores. Tampoco superiores. Pero no debemos olvidar que las calles son nuestras. No entienden lo que estamos diciendo, no comprenden nuestra conexión, pero eso no los hace peores. Te estoy ofreciendo mi vulnerabilidad porque tú me has ofrecido tu honestidad. Y eso es lo que verdaderamente importa. Esta transacción es lo que verdaderamente importa. Dejemos que se convierta, además, en una transformación.”
No le da tiempo a decirme más, y yo no tengo oportunidad de responder, pues el destino nos separa inevitablemente, pero desesperado le aguanto la mirada hasta que él desaparece, suplicándole que entienda en ella todo lo que no he podido decirle.
Cuando llegamos a casa, el humano se apresura a coger su maletín y las llaves del coche y volver a abrir la puerta. Yo le miro, sentado en la entrada en una petición de tregua. Él me devuelve la mirada, y en ella se desborda el arrepentimiento. Parado en la puerta, con una mano sujetando el pomo, lista para cerrarla tras él, aprieta sus ojos durante unos segundos, chasquea la lengua y, con los labios apretados en pesadumbre, susurra:
“Lo siento.”
Se va, y la casa es mía. Me encuentro sin ganas de hacer nada. La tristeza perdura en la entrada, el olor agridulce es recibido por mi hocico sin poder hacer nada al respecto. Derrotado, escalo el sofá y me dejo caer sobre la almohada. Estoy cansado. Llevo tiempo cansado. Espero pacientemente a que el humano tenga vacaciones, pero hace tiempo que esto no ocurre. Demasiado tiempo. Las mañanas juntos son lejanas para mí, apenas un recuerdo de tantas tardes en su compañía.
De cualquier manera, las tardes tampoco son lo que han llegado a ser. Ahora en las tardes yo también ocupo un espacio secundario, y ni siquiera cuando paseamos juntos su atención se posa completamente en mí. Solo en las noches en las que el agotamiento no vence su pasión por la televisión somos únicamente él y yo.
Duermo, evitando toda clase de pensamientos, pero esperando a que el humano vuelva. Me alegro cuando llega a casa. La soledad empezaba a ser insoportable. Es cierto que no sé leer la hora, pero el movimiento del sol sobre los muebles me indica el tiempo que pasa, y cada vez pasa más de este hasta que la puerta de casa se abre.
No sabe leer ojos de perro pero sí colas, así que en cuanto abre la puerta me levanto y le doy la espalda, mostrándole cómo de rápido se mueve mi rabo. Él interpreta el gesto como una petición para que me rasque las patas. No me quejo. Creo que entiende el mensaje. Se permite darme un beso. Si hay una cosa que no me gusta de vivir con un hombre es la represión del deseo de mostrar cariño. Noto cómo cada poro de su piel expulsa afecto y ternura hacia mí, y sin embargo rara vez recibo un beso.
Solo por las noches puedo apoyar mi cabeza en sus piernas para que pose una mano entre mis orejas. Solo cuando está demasiado cansado como para mantener su papel masculino, en la soledad de nuestro hogar, se permite decirme que me quiere. Supongo que mi realidad facilitará el trabajo. La realidad del silencio. A veces la incomprensión es positiva. Especialmente cuando solo es él quien no logra comprender.
Lo cierto es que no tengo más remedio que quererle, pero cada vez supone un esfuerzo mayor. Estoy cansado. Gruño impaciente y él no se lo toma como una amenaza. Tendré que darle la razón, qué remedio. Ambos sabemos que nunca le heriré deliberadamente. Puedo ser un perro peligroso, pero él es un humano jodidamente desalmado, y aún así me elige todos los días. De dónde nace el amor, aún no sé responder. Pero lo cierto es que está ahí. Y es justo, al igual que le he mordido cuando él lo ha hecho, que le quiera cuando él lo hace. Porque el perro peligroso necesita amor, y el humano desalmado necesita cuidado. No somos tan diferentes.
Perro peligroso, crítico de humanos.