La cara oculta del 'True Crime'
Entre la Cultura Popular y la Ética
M. Camí (10/09/2024)
Entre la Cultura Popular y la Ética
M. Camí (10/09/2024)
Un padre estrangula a su esposa embarazada de 15 semanas en su residencia familiar en Frederick, Colorado; luego mete el cadáver de su mujer en una camioneta junto con sus dos hijas vivas, las lleva a una instalación de almacenamiento de petróleo y las sofoca a las dos con una manta, primero a la de 3 años y luego a la de 4. El caso Watts. Fascinante, ¿no?
Hace un par de años la familia Watts me abrió la gran puerta del True Crime (género que se dedica a disseccionar casos criminalísticos reales), y aunque no creo que la palabra correcta sea obsesión, sí que creo que fue un gran descubrimiento para mí; Crims de Carles Porta, The Curious Case Of Natalia Grace en HBO o incluso la famosísima historia de Jeffrey Dahmer, adaptada a la gran pantalla por Ryan Murphy. Como digo, este descubrimiento no se convirtió en una obsesión, pues no me pasé días y días enganchado a sus horripilantes misterios; sin embargo, desencadenó un debate interno, moral y ético que aún me sigue atormentando.
Lo curioso aquí fue darme cuenta que más que interesarme por los crímenes en sí, me intrigaba el motivo detrás del interés común por los crímenes. A decir verdad, solo hace falta entrar a Netflix o a HBO (ahora MAX) para encontrar un gran catálogo de documentales y miniseries sobre los miles y miles de atroces y misteriosos crímenes que han ocurrido a lo largo de la historia. El ‘True Crime’ es un fenómeno emergente y exitoso, pero ¿es legítimo?
¿Por qué cada vez hay más documentales en streaming sobre asesinos en serie, desapariciones y brutales homicidios? ¿De dónde surge nuestra necesidad de entretenernos con miseria humana? ¿Es el ‘True Crime’ una invasión a la privacidad de las víctimas y de su propio entorno? ¿Qué efecto tienen estos documentales en el entorno de las víctimas de asesinos en serie? ¿Es ético lucrarse de la muerte de otra persona? ¿Es la industria del ‘True Crime’ ética?
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En este ensayo evaluaré de diferentes maneras la legitimidad del fenómeno del ‘True Crime’; para ello, trataré temas relacionados con la muerte, el maltrato físico, sexual y emocional, el suicidio y la religión; por favor, tened en cuenta estas advertencias.
1. La documentalización de experiencias traumáticas y el impacto que tiene sobre el entorno de las víctimas.
Muchos hemos oído acerca de las historias de los grandes asesinos; Charles Manson, Ted Bundy, Richard Ramirez, John Wayne Gacy… y muchos conocemos a las víctimas de estos terribles asesinos; Sharon Tate, Donna Gail Manson, Jennie Vincow, Kenneth Ray Parker… Sin embargo, a veces olvidamos que hay otra versión de la historia, otra experiencia detrás de la dicotomía víctima–verdugo: el entorno cercano de las víctimas. A pesar de que empaticemos mucho con las víctimas –e incluso con los verdugos– parece que con quien nos cuesta realmente empatizar es con los familiares, amigos y conocidos de las víctimas.
Los documentales de True Crime, de hecho, pueden llegar a ser responsables de invisibilizar el choque emocional y psicológico que las familias y amigos de las víctimas llegan a sentir tras la muerte de ese ser querido. Muchas veces son simplemente un elemento que añade interés a la trama, pues son precisamente los que van a proporcionar un testimonio más sentimental y crudo. Este entorno es clave para poder hacer el conocido comeback, donde años después de los asesinatos, la familia y las amistades de la víctima vuelven en primicia a contar “la verdad sobre lo ocurrido”. El problema aquí no es su presencia en pantalla, pues obviamente son un elemento clave para el desarrollo del documental, sino la deshumanización y poca atención que se les da como víctimas indirectas del crimen.
Me parecen muy interesantes las palabras que nos ofrece Annie Nichol sobre esta problemática; actualmente escritora y activista, pero en un pasado víctima indirecta del secuestro y asesinato de su hermana en 1993, en Petaluma, California. Polly Klaas tenía tan solo 12 años cuando fue secuestrada de su casa y asesinada por el convicto Richard Allen Davis. Annie Nichol recientemente escribió un artículo para la revista New York Times donde desarrollaba la problemática actual que existe con respecto al True Crime, pero desde su perspectiva como víctima indirecta (The True Harm of True Crime). La autora, como persona cercana a una víctima de un crimen de alto perfil, expresa cómo el contenido ‘True Crime’ a menudo comercializa el trauma de las víctimas y sus familias, re-traumatizándolas sin su consentimiento. Para ella, la obsesión de la industria del entretenimiento con el True Crime prioriza el sensacionalismo por delante de estas tragedias. De hecho, expresa claramente como “la explotación de las historias de las víctimas suele tener un alto coste para sus familias, ya que sus tragedias se mercantilizan y su intimidad se viola repetidamente para el consumo masivo.”
El discurso que ofrece Annie Nichol es muy importante para dar a conocer un lado inexplorado para el público del ‘True Crime’, ya que a veces olvidamos que la transformación de tragedias en entretenimiento puede conllevar una serie de consecuencias para el entorno de las víctimas, entre ellas la reavivación del trauma.
Otro claro ejemplo es el de los familiares de Errol Lindsey, una de las víctimas de Jeffrey Dahmer, pues estos no tenían conocimiento previo sobre la producción de la serie Dahmer: Monstruo: La historia de Jeffrey Dahmer, creada por Ryan Murphy e Ian Brennan. Y es que probablemente debido a ello, los familiares de la víctima tendrán otra vez que revivir el sufrimiento que pasaron por aquel entonces y enfrentarse de nuevo a una oleada mediática sobre el terrible asesinato de su hijo.
Polly Klaas (hermana asesinada de Annie Nichol)
Jess y Annie Nichol (hermanas de Polly Klaas)
Hermana de Errol Lindsey arremetiendo contra la serie Dahmer (Netflix)
Muchas fuentes y opiniones argumentan que el True Crime puede aportar simpatía social a todos los familiares de las víctimas; sin embargo, puede tener el efecto contrario, añadiéndoles estrés y reviviéndoles el trauma. Por ello, la industria del True Crime es responsable muchas veces de la falta de humanidad cuando se trata de explorar situaciones difíciles y traumáticas para el entorno. En mi opinión, los documentales sobre asesinatos deberían primero recibir la aprobación del entorno cercano y luego atender a sus necesidades psicológicas. No obstante, aquí es cuando pienso: ¿y si realmente el problema es la mediatización extrema de los casos criminales? Muchos de los casos que ahora se reviven para realizar grandes producciones documentales, salen a la luz debido a la gran cantidad de contenido ya mediatizado y guardado en la famosa nube. De hecho, muchas veces las familias ni son informadas porque toda la información necesaria ya está al alcance de los guionistas, productores y creadores del proyecto. Esto es, de hecho, un claro ataque tanto a las víctimas como a las víctimas indirectas que aún siguen sufriendo por la muerte de su ser querido.
Tal vez sea hora de que dicha industria adopte un enfoque un tanto diferente, donde realmente se tengan en cuenta a las personas que han sufrido por la tragedia y no solo a las personas que estamos sentadas en un sofá inmersos en la morbosidad de una historia que podría ocurrir en nuestra misma calle.
2. Satisfacción y miseria: ¿Hay belleza en un asesinato?
Otro de los temas que me apasionan sobre el fenómeno True Crime se centra en la parte más filosófica o introspectiva del ser humano; de hecho, me ha sido muy difícil encontrar a filósofos o pensadores que aborden este tema –obviamente excluyendo a los más reconocidos, como Nietzsche con su deconstrucción del bien y el mal o Thomas Hobbes, cuya visión se apoya en la idea de que la maldad humana es inherente al ser humano y que, por consiguiente, no es una aberración, sino una parte integral de la condición humana.
Lo que realmente me atrapa de esta inclinación social hacia la maldad es el rechazo que ha surgido a raíz de mantenerla controlada. Hobbes, por ejemplo, sostiene que solamente con un contrato social y un Estado fuerte se podrían controlar estos impulsos que tienden hacia la perversión humana; sin embargo, parece ser que la aplicación de este contrato social para civilizar a los integrantes de una sociedad ha conllevado una caída en la tolerancia a la maldad o perversión humana. Es decir, hoy en día si en una conversación casual mencionas que estás obsesionado con el canibalismo, lo más seguro es que te lleves miradas de desaprobación o de “está pirado, déjale…” (a menos que compartas ese mismo interés con la persona que tienes delante; en ese caso, probablemente se daría pie a una eterna conversación sobre uno de los temas más interesantes del mundo). El problema es que la sociedad actual no solo tiende a huir de la depravación, sino que inconscientemente contribuye a la perpetuación de la depravación como algo indeseable o atroz. De hecho, en España el género más visto en las salas de cine sigue siendo la ‘Comedia’ (gráfico); no había duda, ¿quién querría ver una película sobre un atroz asesinato si puedes ver una película de una hora y media de Santiago Segura siendo un terrible padre de familia? ¿No? ¿Por qué, entonces, tendemos todos (como sociedad) a lo canónicamente establecido como ‘bonito’ y no hacia lo feo, lo depravado o lo malo? Porque es lo que se nos ha dicho que es lo correcto, ¿no? ¿Es esa la razón por la que se eterniza tanto el rechazo hacia esta parte del ser humano?
Gráfico sobre el género de películas más visto por los espectadores
Si habéis leído mi ensayo sobre Arte Extremo habréis notado que estas cuestiones guardan mucha relación con lo abordado en el apartado final, donde desarrollo la idea de la aprehensión social que hay hacia la representación de iniquidades humanas en el arte.
“El arte es, aparte de una forma de expresión humana, un catalizador de realidades, un medio por el que las personas expresan sentimientos y experiencias; otra cosa es que nos aterre el dolor extremo, el horror real; y me refiero al que va más allá de un exorcismo en una pantalla IMAX; me refiero a la violencia de género, al maltrato racial, a los asesinatos a minorías… eso es realidad; igual de realidad que los nenúfares de Monet.” – Fragmento de ‘Arte Extremo’
Aunque a muchas personas no les proporcione ni morbo ni curiosidad, la verdad es que el ‘True Crime’ es para muchos una actividad placentera y relajante. ¿Es que hay belleza en un crimen? La psicóloga norteamericana Thema Bryant argumenta que el sentimiento de relajación o comodidad al ver un documental criminalístico puede venir de una sensación más profunda de familiaridad con los sucesos ocurridos; según ella, estas personas, además de preguntarse por qué les relaja ver un documental criminalístico, deberían indagar en su pasado y tal vez visitar a un orientador o psicoterapeuta.
La verdad es que jamás confirmaremos al completo por qué nos interesa tanto la maldad o la violencia mediática y gráfica, lo que sí creo que es importante es no olvidar que la perversión y la violencia están igual de cerca de nosotros que la armonía y la paz –como la conocemos claro. De hecho, es completamente normal y respetable encontrar belleza en la muerte y en las atrocidades más violentas; es la sociedad, pues, en su afán de control, la que enseña a los individuos a suprimir sus deseos más problemáticos con el fin de alcanzar cierta paz social –decisión que es completamente entendible, ya que si enseñáramos a expresar sin remordimiento ni responsabilidad nuestros deseos más perturbadores, la sociedad sería un espectáculo repleto de descontrol. No obstante, esto no impide que, como individuos, podamos explorar lo inquietante de la naturaleza humana, siempre y cuando no salgan accidentadas otras personas inocentes, claro.
3. Gale Weathers y Capitalismo: cómo Scream retrata a la perfección la necesidad actual de capitalizar las desgracias ajenas.
Muerte, metacine y crítica social; si me conocéis, sabréis que la franquicia Scream es mi favorita del género y de la vida. Una serie de películas de terror con una trama clásica, pero compleja, basada en el clásico enfoque Whodunit (¿Quién lo hizo?) y con un ritmo frenético que te pega a la pantalla durante las dos horas que dura la película. Podría dedicarle un escrito entero a esta saga de películas, pero hoy me centraré en el lado más crítico de ellas, pues no solo hay muerte y apuñalamientos, sino que Wes Craven (maestro del terror) nos retrata una sociedad donde la prensa y la ambición monetaria toman un papel crucial en las vidas de los protagonistas de esta tragedia.
Scream (1996) es la primera de un total de seis películas que tiene esta saga de terror. Situada en un pequeño pueblo llamado Woodsboro, seguimos la historia de Sidney Prescott, una adolescente que, por alguna razón se convierte en el blanco de Ghostface, un asesino que atormentará a toda la población y desatará una matanza llena de sangre y gritos. En la primera entrega, Gale Weathers (periodista del pueblo) ha escrito un libro sobre la pasada muerte de Maureen Prescott (la madre de Sidney), y digamos que no la ha presentado como alguien admirable, más bien como una mujer infiel y con malos comportamientos. En un momento de la película (vídeo), Weathers aparece para entrevistar a Sidney debido a la oleada de crímenes en Woodsboro, lo que no esperaba era el puñetazo por parte de Sidney, cansada de la prensa y del sensacionalismo. Una escena icónica que da paso tanto a una de las críticas principales que tiene esta película como a uno de los personajes más icónicos de la historia del cine de terror.
Gale Weathers es un personaje muy controversial, ya que aunque no se presente como la enemiga de Sidney, sí que forma parte del incremento de la desinformación sobre el suceso y de la creación de una película llamada Stab, la cual cuenta los sucesos ocurridos en Woodsboro relacionados con Sidney y su entorno. Como he mencionado, Scream es una franquicia donde hay metacine (es decir, que dentro de la película que estamos viendo hay otra película); en este caso, Stab es la película que se hace a raíz de lo ocurrido en Scream. Lo interesante de esto –aparte de la fantasía que te da como espectador que haya una película dentro de otra– es que se crea una gran reflexión acerca del mundo en el que vivimos actualmente; basado en la producción masiva y desmesurada de contenido y, por ende, de capital.
Todas las películas de Stab que se llegan a hacer en la franquicia de Scream
Sidney Prescott y Gale Weathers en Scream 2
Gale Weathers se pasa las seis películas recopilando información sobre los sucesos para luego escribir un libro o para satisfacer a la prensa sensacionalista; es curioso, de hecho, porque Gale Weathers es amiga de todos los supervivientes de Woodsboro, pero a la vez está usando su dolor para crear contenido y generar capital. ¿Son este tipo de actividades lícitas? ¿O son producto de la constante necesidad de capitalizarlo todo? El trabajo de Gale, de una forma u otra, afecta gravemente a Sidney y a todos los implicados en la masacre de Woodsboro; por ello, me parece que es un ejemplo perfecto para explicar cómo un individuo se puede aprovechar de la situación de desgracia de un grupo de personas para generar riqueza, éxito y futuro laboral. Sin embargo, ¿de verdad vamos a sacrificar la consideración humana por dinero en nuestra cuenta?
(“...Que de les desgràcies faran capital…”) – Quina Calitja, La Gossa Sorda.
El caso de Gale Weathers es simplemente un estímulo para abrir un gran melón, ya que cada vez hay más podcasts sobre ‘True Crime’ a nuestra disposición. De hecho, si entramos un segundo a Podimo (plataforma de streaming de Podcasts y VideoPodcasts) veremos que en la página inicial ya nos sale una categoría llamada ‘True Crime', donde hay más de 10 podcasts diferentes especializados en esta área. Además de que cada mes hay una nueva docuserie en Netflix sobre un crimen real o una desaparición. Podríamos decir que la industria está descontrolada, pero ¿es esto, en verdad, sorprendente?
No me arriesgaré diciendo que todo esto es por culpa del capitalismo, pero puede que sí que guarde relación con la necesidad actual de maximizar los beneficios; aumentar la producción, reduciendo el coste de producción al máximo. Más docuseries al año, más beneficio. Pero, ¿y dónde queda la sensibilidad y consideración humana? Parece que, una vez más, hay que perder cierto grado de humanidad (Apartado 1) con tal de generar cierto grado de riqueza… no sé. Esto lo dejo en el aire, pues es un argumento fácilmente rebatible y muy discutible; no obstante, creo que es una reflexión necesaria y muy relacionada con la sociedad de consumo en la que vivimos actualmente.
4. Hibristofilia y deshumanización
Finalmente, me gustaría tratar uno de los fenómenos personalmente más interesantes del fenómeno ‘True Crime’, y es que, ya sea por la prensa local o por una docuserie del estilo, todos conocemos a los asesinos más famosos. Muchos los he mencionado anteriormente y tienen varias cosas en común; entre ellas que son asesinos, violadores, manipuladores… lo que no se suele contar es que puede que nosotros –los que estamos en casa viendo la docuserie ‘True Crime’– estemos más relacionados de lo que nos gustaría con ellos. Por ello, me gustaría introducir el término ‘Hibristofilia’, cuyo significado está intrínsecamente relacionado con la parte ética del True Crime.
La hibristofilia la define la Wikipedia como “una parafilia en la cual la excitación sexual y la obtención del orgasmo se producen como respuesta a mantener una relación con una persona que ha cometido una fatalidad, (...) o crímenes como violaciones, asesinatos o robo a mano armada”. En otras palabras, te ponen los criminales. Esto puede parecer una locura, pero al indagar he encontrado que este término está presente en los casos criminalísticos más famosos. Os nombro algunos.
Ted Bundy recibió miles de cartas por parte de mujeres cuando estaba en la cárcel. Jeffrey Dahmer recibió correspondencia por parte de mujeres enamoradas junto a dinero y otros regalos mientras estaba en prisión. Richard Ramirez se casó con una fan suya en prisión, la cual le había escrito más de setenta y cinco cartas. Durante su juicio, docenas de mujeres se amontonaron en la corte judicial para poder verle. Incluso Miguel Carcaño, el asesino de Marta del Castillo, tiene club de fans.
Ted Bundy y sus fans durante su juicio
Admiradora de Richard Ramirez
Aunque siempre cabe la posibilidad, lo más probable es que jamás tengáis sentimientos afectivo-sexuales por un criminal, sin embargo, puede que sí que lleguéis a despersonalizar la realidad y a convertirla en una especie de película mental. Lo mismo que ocurrió con las fans obsesionadas de Ted Bundy, está sucediendo ahora mismo con otras historias; un claro ejemplo es la Sociedad de la Nieve (2023), exitosa película del director J.A. Bayona. En su caso, tras el estreno y la (re)viralización del accidente aéreo en la cordillera de los Andes de 1972, surgieron vídeos del estilo: “Qué personaje de ‘La Sociedad de la Nieve’ eres según tu signo del zodiaco” o “Fiesta de Cumpleaños de ‘La Sociedad de la Nieve’”. Esto es mucho más preocupante de lo que parece, pues es un claro ejemplo de cómo la sociedad tiene dificultades en separar la realidad de la ficción.
Aunque la película de Bayona no entre en el campo del ‘True Crime’ sí que presenta una historia real la cual tiene que ser tratada como tal: como una historia vivida, con víctimas reales y supervivientes que hoy en día siguen experimentando las secuelas de haber formado parte de la tragedia. A veces me sorprende cómo podemos llegar a deshumanizar a las víctimas de un suceso y convertirlas en personajes ficticios de nuestra propia fantasía.
Obsesionarte con un personaje de 'La Sociedad de la Nieve' lo llegamos a ver viable; pero puede que el siguiente paso sea admirar a un violador y asesino en serie.
Conclusión
Incluso habiendo llegado a este punto, creo que me sigo declarando un seguidor del ‘True Crime’. Principalmente, con este ensayo no he querido incitar a la abolición y penalización social absoluta del ‘True Crime’, sino hacer reflexionar acerca de los peligros que tiene un contenido tan aparentemente inofensivo. El ‘True Crime’ es entretenido y atrapante precisamente por el omnipresente factor de realidad; ¿quién querría ver una peli de misterio si puedes verla, investigarla y visitarla luego en la vida real? Alimentar la curiosidad es algo tan sencillo con programas y docuseries de este tipo que es muy difícil fijarse en el aspecto moral y ético que esta industria lleva consigo. No obstante, creo que es una reflexión interesante si queremos que no se pierda la esperanza en la humanidad.
A mí personalmente me produce mucha violencia este debate, pues me encanta ver estos documentales y luego comentarles a mis amigos como si de un thriller se tratase; por supuesto que me encanta investigar sobre los casos más aterradores y luego planificar un viaje mental a EE.UU con el único objetivo de hacer tanatoturismo (turismo relacionado con la muerte o la tragedia). ¿Pero de verdad es algo éticamente legítimo? Bien, el ‘True Crime’ suele ser legalmente legítimo la mayoría de las veces debido a la sobreexposición mediática de los casos criminalísticos, la cual hace que la información sea pública y, por ende, libre de restricciones jurídicas. No obstante, no todo se basa en la legitimidad político-jurídica, sino en la humana; esta industria, como hemos visto, peca en sobrepasar los límites de los implicados en el caso, desinformar a sus espectadores e involucrarlos en una batalla infinita entre la ficción y la realidad.
Este debate es problemático; de hecho, yo no acabo de aclararme del todo. Es todo tan contradictorio, borroso. ¿Veo o no veo ‘True Crime’? ¿Debo sentirme culpable por ello? ¿Somos responsables de lo que hacemos con esas historias? Yo no lo tengo del todo claro, pero no os seré hipócrita; pienso seguir pagando mi suscripción a ‘Podimo’ solamente por Beatriz de Vicente y SoyUnaPringada, al igual que seguiré viendo los documentales de Netflix con entrevistas exclusivas con los asesinos más infames.
Pero… ¿Entonces, quién es el depravado? ¿El ‘True Crime’ o yo?