Música para momentos imposibles
Situaciones inviables con banda sonora definida
M. Recio (28/11/2024)
M. Recio (28/11/2024)
La explosión sigue sonando, aunque no haya producido ningún tipo de sonido, en el espacio más profundo, tus tímpanos vibran en la lejanía cuando cierras los ojos y ves las llamas, ves a tus compañeros morir y tu única posibilidad de volver a La Tierra, destruida. Pero eso ha sido hace tanto tiempo…
Se te ha olvidado tu propio idioma, hace años que no hablas. No te acuerdas de cómo te llamas, y no sientes los brazos ni las piernas porque la gravedad los sujeta por ti. Sin fuerza, los dejas flotar a tu alrededor mientras giras lentamente sobre ti mismo. Solo eres capaz de verlas, y es extraño porque el entumecimiento hace que no parezcan tuyas. Los guantes del traje se encuentran pelados de la cantidad de asteroides contra los que has chocado, pero sabes que aunque se agujereen, no podrás escapar del espacio, del silencio absoluto al que estás condenado, como tanta basura espacial que queda obsoleta entre las estrellas. Imaginas que debes de estar a varios años luz de La Tierra, porque el Sol ya no alumbra, y te encuentras en perfecta oscuridad. Solo tu tronco es pesado, es lo único que consigues percibir, tan consumido por la desesperación y el cansancio, la ira que ahora se transforma en rendición. Solo eres una masa de sentimientos indescifrables, y tus pensamientos abstractos solo son un eco que rebota contra las paredes de tu casco, cada vez más tenues hasta desaparecer.
Piensas en todo el aparato que tienes detrás, todas las piezas que te constituyen el cuerpo, y sonríes porque sabes que tú, de apenas unos centímetros de largo, casi imperceptible a la vista, tienes el control de todo. Sin ti nada sería útil, y el resto de la máquina bien podría lanzarse a un vertedero. Porque tú tienes el verdadero poder, y este es el poder de crear.
Bien, es cierto, aunque te amargue admitirlo, que esta creación no es de tu voluntad. Si fuese por ti, los diseños que nacen de tu propia mano serían mucho más atrevidos, políticos y extravagantes. Pero sigues siendo tú quien los crea. Dejas que marquen el ritmo, a veces más rápido, otras con pausas entre punto y punto, pero no permites que nadie olvide que la que creas eres tú. Y ya pueden cambiarte el hilo, de rosa a marrón a verde a blanco, que seguirá siendo tuyo, y todas las manos que te tocan solo lo hacen para mejorarte, con el respeto íntimo que te tienen, porque saben que dentro de tu tamaño hay una amenaza, y sabes que podrás alimentarte de la sangre de tus enemigos si lo deseas. Pero te gusta demasiado crear, así que dejas que decidan el ritmo por ti, y bailas, porque siempre sabes bailar bien, con tacón y de puntillas, apenas tocando el suelo, ágil como un colibrí, y solo necesitas que te marquen el ritmo con sutileza.
Sonríes, las gotas de sudor nublándote la vista. Tus largos cabellos, sucios y escurridizos, se pegan a tu espalda desnuda, las cicatrices creando todo un mapa inhumano sobre tu piel. Las cadenas, tantas veces usadas a lo largo de toda la eternidad, arden contra tus muñecas, pero lo deseas, como pocas veces has sentido cualquier tipo de deseo. El hecho de que jamás saldrás de ahí, la asfixia de la estrechez de los muros, de toda la tierra sobre tu cabeza, cala en tus huesos y en tu alma, y te invade un tristeza arrolladora que destruye la poca luz que habías conseguido conservar dentro de ti. Te consume, abriendo un agujero en tu pecho, te lanza desde la nada hacia la nada. Te libera. Ellos, frente a ti, uno más viejo que el otro, el otro más vivo que el uno también, se limitan a mirarte. Toman apuntes. Y tú llevas con orgullo el ser un bicho raro, disfrutas con sus miradas, vacuas de lascivia, y sonríes, enseñando tus dientes ensangrentados.
Ellos no se inmutan, pero sabes que la imagen de ti, colgada de dos pósteres de madera, agujereada, arrodillada en rendición, con la piel manchada de suciedad y carbón y sangre, posiblemente, quemada a trozos y marcada en el resto, es una imagen que jamás van a olvidar.
Tú, que tan inconscientemente habías decidido bajar con ellos, de la mano del más joven, con miedo, temblando, ahora tan segura, en tu elemento, sufriendo de dolor insoportable mientras ahí abajo avivan el fuego que notas en las plantas vírgenes de tus pies, preparada para convertirte en un verdadero banquete.
Ha llegado el momento. Llevas años esperándolo. El peso de la supervivencia de la humanidad entera recae en tus hombros. Pero has nacido para esto, y lo sabes. Ahora, te escuchan. Miles de personas esperan fuera, a que acabes de arreglarte la armadura, hecha a medida. Es un lujo que has decidido permitirte. Ellos también saben que eres el líder, el cabecilla, el único que de verdad puede vencerles. Queda poco que recuperar del planeta que conocías hace un par de años, pero ya va siendo hora de que vosotros, los humanos, retoméis el control. Ya no le tienes miedo a los marcianos.
Sabes que irán a por ti, porque te conocen. Eres famoso entre los extraterrestes, habiendo llevado a cabo innumerables emboscadas y asesinatos. Te respetan, y en su mirada salvaje, ves miedo. Pero son inteligentes. Lo mismo podrías decir de los humanos. Ha costado años que te tomasen en serio, pero ahora no son capaces de atacar a los invasores sin tu dirección. Ellos también te respetan. Es más, te alaban. Te ven como su salvador, una especie de mesías. Saben que eres el único que les puede conducir a la victoria, y bajo tu mando, muchos sacrificarán sus vidas. Puede que tú también mueras hoy.
Con el honor por delante, te colocas delante de todos, en primera fila. Algunos luchadores van en jinete y son más altos que tú, pero todos te miran esperando órdenes. Llevan meses entrenando para este momento. La adrenalina corre por tus venas, y eres incapaz de estarte quieto. Cuando levantas la mano, todo el ejército adopta la posición adecuada, y esperan, ellos también eufóricos, una arenga que les haga escupir espuma por la boca y embestir contra los aliens que os esperan en el horizonte del desierto. Pero no hay tiempo para palabras.
Únicamente sueltas un grito, que nace de lo más profundo de tu ser, de donde nace también la crueldad y la piedad y la esperanza y la maldad, de donde nace tu humanidad, y empiezas a correr. Detrás de ti, oyes los pasos progresivos de tu ejército, la estampida, que grita con el mismo ánimo que tú, sabiendo que puede que sea su último grito. El suelo tiembla, y tus botas retumban al ritmo de tu corazón conforme te acercas a los aliens. Ellos también están preparados, pero vuestra fuerza es imparable, la inercia descontrolada. Es ahora o nunca.
Miras al capitán marciano a los ojos. Sabes que vas a ganar.
No tienes el hábito de fumar, pero tras observar el cigarro entre tus dedos, cómo se sostiene casi por arte de magia, en suspensión mientras deja escapar con delicadeza remolinos de humo, piensas que igual deberías convertirlo en una costumbre. Al menos cuando haya personas mirándote, como ahora mismo. Alfred se encuentra detrás de la cámara, y no sonríe, pero nunca lo hace cuando está a punto de empezar una escena. Sabes que luego te felicitará y besará tu mejilla. Estáis empezando a forjar una amistad artística interesante. Tú, sentada en tu taburete, no apareces en escena hasta dentro de un par de minutos, pero ya estás metida en tu papel. Sin embargo, te sientes más real que en mucho tiempo. Piensas en cómo las palabras de ella podrían haber salido de tu propio alma, y no solo de tu boca. Te imaginas siendo capaz de soltar los vocablos que sueltas cuando te conviertes en ella y que suenen con naturalidad. Sí, ella podría ser tú, y tú ella.
Hitchcock te eligió por tu belleza, pero te has quedado por tu capacidad de actuar. Dicen que parece que no actúes de manera alguna, que todo nazca dentro de ti. Te preguntan si es un personaje inspirado en ti misma, aunque tú no hayas escrito el guión. Ríes, y te arreglas el pelo porque no quieres volver a pasar por maquillaje, pero la pregunta se queda contigo. Sí, deberías empezar a fumar. Así te parecerías más a ella.
Robert, el actor masculino, tu interés romántico en la película, y en la vida real también, aparece en el set, que está decorado como si fuese una calle de Vienna. Frunce el ceño, parece agitado, y aunque está solo en la calle, mira a su alrededor, desconfiado. Sabes que tendrás que aparecer en unos segundos, pero te encuentras pegada a tu asiento, ensimismada con él. Es buen actor, aunque no tanto como tú. No se parece nada a su personaje, tan serio y noble, mientras que Robert es incapaz de dejar de bromear… a veces deseas que supiese mantener el papel una vez Hitchcock gritase corten.
Pero no puedes pensar más al respecto. Es tu turno. Lo vas a hacer bien, y lo sabes. Te acercarás a Robert, y todas las palabras que no sabes cómo confesarle saldrán en forma del personaje al que interpretas, y aunque de primeras él te aparte, incapaz de lidiar con sus sentimientos encontrados, insistirás como no te atreves a hacerlo fuera de las cámaras, te agarrarás a su chaqueta y le obligarás a mirarte a los ojos, hasta que sin poder ya resistirse acaricie en un gesto casi paternal tus pómulos con las yemas de sus dedos y te bese apasionadamente. Eso es todo lo que harás, y lo harás mejor de lo que ninguna otra chica podría haberlo hecho.
Te levantas de tu silla, con el cigarro encendido porque forma parte de tu personaje, y en el instante de antes de pisar el suelo de falso adoquín, giras el rostro hacia la cámara. Alfred Hitchcock te mira fijamente. Le devuelves la mirada, audaz. Empieza la escena.