La montaña se lamentaba de que solo sería tristeza
lo que entonces era sangre y ardor.
La montaña decía que no nos abandonaría,
que no dejaría que fueras de otra.
La montaña se lamentaba de que solo sería humo
lo que entonces era el mundo y Roma.
La montaña decía que teníamos que estar
con otros (¡no envidio a esos otros!).
La montaña se lamentaba de la terrible carga
del juramento, de que ya era tarde para jurar.
La montaña decía que era viejo el nudo
gordiano del deber y la pasión.
La montaña se lamentaba de nuestra pena.
¡Mañana! ¡Ahora no! Cuando sobre la frente
no se vea memento, sino simplemente ¡mar!
Mañana, cuando entendamos.
Un sonido… Como si alguien estuviera
a mi lado… ¿llorando?
La montaña se lamentaba de que descendiéramos
separados, entre tanto fango,
a la vida, de la que todo sabemos:
gentío, barracones, mercado.
Y decía que todos los poemas
de las montañas se escriben así.