Como un edén en la palma
de la mano: ¡no lo cojas!, ¡quema!
La montaña se arrojaba a los pies
del escarpado peñasco.
Como titán con garras
de arbustos y coníferas,
la montaña agarraba por las faldas,
ordenaba: ¡Alto
¡Oh! ¡Cuánto distaba de ser un simple
paraíso!: ¡corriente entre corrientes!
La montaña nos tiraba,
nos tumbaba: ¡Acuéstate!
Estupefactos ante la acometida,
¿cómo? ¡Ni hoy se entiende!
La montaña, cual santa celestina,
señalaba: aquí…