La montaña se lamentaba (con amarga arcilla
se lamentan las montañas a la hora de las separaciones)
La montaña se lamentaba de la colombina
ternura de nuestras mañanas sin noticias.
La montaña se lamentaba de nuestra amistad:
¡irrefutable estirpe de los labios!
La montaña decía que para cada uno
se haría realidad según sus lágrimas.
¡Y también decía la montaña que un campamento
es la vida, que todo el siglo es un bazar del corazón!
Y también se lamentaba la montaña: ¡si hubiera dejado
marchar a Agar con el niño!
Y aún decía que el demonio
acecha, que el juego carece de sentido.
La montaña hablaba, y nosotros, mudos,
la dejábamos juzgar.