“El viaje al país del agua es, como decía Carlos, un libro; pero además es una cita, o es primero una cita, es un homenaje a otro libro compilado por Cristina Iglesia, que reúne Crónicas de Rodolfo Walsh y Roberto Arlt en la región de los ríos. En la región Norte, la nuestra. Es un homenaje a ellos, a ella, pero también una excusa que es retomar una vieja crónica, pintura de 1966 que se publicó en la revista Adan, escrita por Walsh, bajo este sugerente título: Viaje al fondo de los fantasmas”.
“La idea original entonces de esta Crónica era caminar por esos caminos de Walsh, que había recorrido con otros, como por ejemplo "Peco" Tissembaum, por ejemplo, el Mayor Braillard Poccard, que es el padre del actual vicegobernador, en 1966 trabajaba el ejército, porque ustedes tienen que imaginar que, si hoy es bastante difícil Ingresar al Iberá, en el año 66 era bastante más. Pero al poner el pie en el Puerto Juli Cue, allá en Concepción de Yaguareté Corá, supe que la cosa sería distinta y lo fue. Al final se convirtió en una crónica de momentos y lugares. En una crónica de personas que habitan, como sus antepasados, un territorio aún esquivo, misterioso, enorme, insondable”.
“Es un personaje fugaz, pero inolvidable, porque determina situaciones. Inolvidables también son los personajes del libro, los de carne y hueso: los guías, los hermanos Victoriana, Ramón y Cirila Villagra, que son los más conmovedores para mí. Son tres hermanos que viven en una isla. Casimiro Ojeda, que fue creo, el hallazgo de La Crónica, y que está en este libro por una cadena grande de favores; Casimiro Ojeda es, al día de hoy, el último sobreviviente de la pelea contra un tigre. A Casimiro no pude verlo en persona, por las limitaciones de la pandemia, pero un guardaparque de Loreto me tradujo con ese hombre y se logró una escena de La Crónica que es muy impactante para mí”.
“Tal vez por lo que yo interpreto, es mi sensibilidad de periodista, de narrador, de cronista. Pensé entonces en esa idea, no sé si les ayuda, de ver lo invisible de Thomas Fleischner, en la experiencia que uno vive en el momento de la observación y de esos vínculos emocionantes que se trazan engendrando una mirada distinta de lo que se observa. Pensé en esa libre asociación y en lo que escribió el poeta y ensayista uruguayo Eduardo Espina, quien aludiendo al Iberá sentenció que allí, envuelto en esa lentitud de provincianía gaucha, es impresionante esto para mí, la razón pertenece cada vez menos al mundo de las palabras”.
“Flotábamos en esas zonas misteriosas donde se presiente una fiereza que brota de los huesos enterrados, esqueletos que cuando eran molestados y volvían a ver la luz medían en escala de gigantes. La etnografía lo explica a su modo, flotábamos sobre las únicas zonas que permanecen habitadas en el Estero, y donde se encontraron a lo largo de los años restos de sus primeros pobladores a los que llamaban carac cará, crueles miembros indígenas de las tribus chaná vinculados a las etnias charrúas, y que adornaban sus cabezas con plumas de carancho hasta que fueron guaranisados”.
“Entonces recordé a Francisco Madariaga, que conocía en detalle el alma de esas fuerzas escondidas. Son los esqueletos que besan a las Islas durmiendo un sueño aluvional, entero y peligroso, propio de los cadáveres que no fueron realmente derrotados. Se trata de una crónica narrativa literaria, pero es una crónica, quiere decir que todos los hechos allí contados sucedieron, es una crónica periodística. Los vivos hablan por ellos y los muertos a través de sus propios documentos” …
“Entonces ahí yo no pude dejar de verme y se me rompieron los puentes. Salí del paso con el discurso, que mejor he podido articular en los últimos años, que es el discurso político y ahí otra vez Madariaga: Cómo superar semejante poesía potente como una caballada. ¿Qué es Corrientes, Don Francisco? Le pregunto yo en La Crónica a Madariaga, y él me responde a través de uno sus sus escritos: Es un reino natural de arisca republicaneidad”.
“La referencia de La Crónica de Walsh, para llegar a donde yo llegué, siguiéndolo a él… Él usó: avión, Jeep, canoa, caballo, etcétera. Hoy eso se hace en una lancha. Se sale de un puerto y se puede recorrer en dos o tres horas, más o menos, desde Concepción hasta la Isla del Disparo que es donde él entró”.
“Si ustedes se imaginan el mapa de Corrientes, el Iberá… El mapa de Corrientes podría ser un cuadrado y el Iberá es una cosa que lo atraviesa por el medio, y esa es una cosa que todavía hoy hace que cuando nosotros queremos transitar por la provincia, tengamos que dar muchas vueltas. Porque es un territorio muy, muy grande, de 1.200.000 hectáreas. Hice esa cuenta, más o menos ahí entran (espero no equivocarme), por lo menos 10 San Pablo; entran 20 Madrid; entran creo que 40 veces Buenos Aires, dentro de ese pedacito de territorio donde manda el agua. Por lo tanto, hay todavía una cuestión de aislamiento, tal vez no tan marcada como la de aquella época, porque también hay una política pública. Que el Iberá se ha convertido en el último tiempo, para Corrientes, en la Joya de abuela. Es el lugar a conocer”.
“Por eso es que es tan impresionante el Iberá. Es especial para soberbios, por ejemplo, te vas en una lanchita, en una canoita, y te parás ahí en la laguna, por ejemplo, como me pasó a mí… (que en realidad yo después me enteré que no me pasó lo que yo creí pasó) ¿qué es lo que hizo el guía? Íbamos por la carambola, nos metimos en la Laguna Trim, después de eso viene un pasadizo a la Laguna Medina, y sigue hasta la Isla del Disparo, que era nuestro destino porque yo quería llegar a donde llegó Walsh para contar una historia que está en el libro. ¿Por qué se llama la isla del disparo? Y como te pasó a vos, nos pasa a todos, que es que cuando alguien lee eso de por qué esa Isla se llama Isla del Disparo, después viene otro y dice “No, no, es por esto otro”, que también puede ser cierto. Y entonces hoy yo podría hacer una segunda versión de esto, con todas las cosas de porqué la llaman Isla del Disparo”.