Presentación
Recibimos ahora desde Santa Fe a Javier Mendiondo. Él es arquitecto, desarrolla su actividad profesional en obras de carácter público, institucional y educativo. Docente e investigador en la Universidad Nacional del Litoral y en la Universidad Católica de Santa Fe. Fue curador del Pabellón Argentino de la Bienal de Arquitectura Venecia en 2018. Ha dictado conferencias en distintas instituciones académicas de Argentina e Italia, con quienes ha editado diversas publicaciones sobre el tema del paisaje y la arquitectura latinoamericana.
Luego de dos décadas de práctica profesional, su renovado interés por la arquitectura lo encuentra desarrollando experiencias colaborativas con colegas y colectivos de Argentina, tanto en el desarrollo de obras y proyectos, como en otras actividades asociadas al ámbito académico y de la Cultura.
Su tema: Cota cero.
Mendiondo Javier / Cota Cero.
“En el manifiesto del Tercer Paisaje, Gilles Clément dice en su introducción, que si dejamos de mirar el paisaje como si fuese el objeto de una industria, podremos descubrir una gran cantidad de espacios indecisos, desprovistos de función, a los que nos resulta difícil darles un nombre”.
“Bueno, este nombre de Cota Cero en realidad es una invitación a pensar, como dice Gilles Clément, el paisajista francés, estos espacios residuales. Estos espacios cotidianos, que muchas veces por tanto transitarlos, por tanto, vivirlos, a menudo no le damos la importancia necesaria. Y que ahora, en este momento tan particular del avance de nuestra civilización, nos llama la atención para poder redescubrirlos. De hecho, los Territorios del Agua es una invitación a pensar aquellas cosas que por tantos años hemos dejado de tener en cuenta”.
“Voy a atravesar esta presentación a partir de dos hipótesis. La primera de ellas, a partir de Graciela Silvestri que dice que la arquitectura es omnívora, se alimenta de todo; y que, en definitiva, es una invitación (sobre todo viendo que hay tanta gente joven, muchos estudiantes de arquitectura) a indagar, investigar de dónde nos alimentamos cuando hacemos arquitectura, de dónde nace esa creatividad, de dónde nace la innovación para que nuestra disciplina, milenaria, antigua, se renueve permanentemente en cada una de esas citas que tiene. Como es un proyecto, como es un concurso, como una obra. ¿De qué nos alimentamos cuando imaginamos arquitectura?”
“Citando a Naselli, que decía que el paisaje no está ahí, inerte, y nosotros caminamos sobre él como si fuera un telón vacío. Nosotros somos el paisaje. Y lo dice Juanele Ortiz, el poeta entrerriano que dice que el paisaje es una relación. El paisaje está en el centro, pero está para que nosotros lo activemos como protagonistas.
“Fui al río, y lo sentía cerca de mí, enfrente de mí.”
Una combinación hermosa, ¿no?. La calandria, digamos que es de la cultura correntina, un poema paranaense y Liliana Herrero, con esa voz… también entrerriana.
“—¿Era yo el que regresaba?—
en la angustia vaga
de sentirme solo entre las cosas últimas y secretas.
De pronto sentí el río en mí,
corría en mí
con sus orillas trémulas de señas,
con sus hondos reflejos apenas estrellados.
Corría el río en mí con sus ramajes.
Era yo un río en el anochecer,
y suspiraban en mí los árboles…”
“De qué nos alimentamos cuando hacemos arquitectura” y “el paisaje es una relación”, voy a recorrer un poquitito las referencias, desde las referencias del lugar desde donde nosotros, en este momento, en esta particular iniciativa de revalorización del paisaje de nuestro río, que por tantos años no le dimos la real importancia que debiera tener”.
“Si la música lo puede hacer, la literatura lo puede transformar… La arquitectura tiene que encontrar una fuente de creatividad en todas estas huellas, trazos, informaciones que están allí, en ese paisaje que muchas veces no valorizamos por esa característica residual que le fuimos dando”.
“Si el psicoanálisis dice que la infancia es la que termina explicando todo lo que te sucede, más o menos en la vida, en esta foto yo termino de entender un poquito el porqué, de alguna manera, a través de diferentes iniciativas fui recorriendo estos caminos de bordes, de costas, de ríos. Este es mi río. Este es nuestro río”.
“Y si aprendiéramos de la inteligencia colectiva, y flotante, que tiene nuestra vegetación, como los irupés, como los camalotes, como los carrizos, los juncos, que habitan nuestra zona entendiendo, en esa dinámica del río, una oportunidad para desarrollar su propia vida, y además con esa potencia colectiva. En nuestra ciudad de Santa Fe, los camalotes tumbaron varios puentes. ¿No es cierto colega? Dos puentes ferroviarios fueron tumbados por lo que se denomina el embalsado, que es cuando bajan todos los camalotes juntos, y tiene una potencia a partir de lo colectivo muy pero muy notable”.
“Este río ha generado tanto poder literario, tanto poder artístico, que nosotros, a veces, lo que tenemos que hacer como arquitectos, me parece que es relajarnos y poder observar, y poder nutrirnos de eso que tenemos ante nuestras narices”.
“No voy a mostrar obras de arquitectura, sino estos experimentos de lo que venimos trabajando. Yo diría, casi creo que no hay coincidencias, pero bueno, hay un viento que nos empujó a todo un grupo a trabajar en esta cultura del río”.
“En el año 2019, si no me equivoco, se hizo una muestra de arquitectos emergentes en Argentina donde teníamos que pensar 10 ciudades, 10 utopías urbanas, como crítica a la ciudad capitalista que nos tocaba vivir. Fueron invitados estudios de distintos lugares de Argentina, ya vamos a ver ahí algunos hombres. Y nosotros pensábamos… si invertimos la lógica que habitualmente usamos para construir nuestras ciudades donde, con la geometría, con la abstracción, con la fuerza de la economía modificamos la naturaleza, muchas veces sin entender cómo funciona, y sin hacernos esas preguntas tan importantes”.
“Y muchas veces imprimimos esas cuadrículas, rellenamos humedales, alteamos terrenos que son esponjas hidráulicas en nuestras zonas de inundación. Si invertimos esa lógica y hacemos que la ciudad se adapte a la propia inteligencia biológica que tiene la naturaleza, sería muy distinto”.
“Y esto fue nuestra propuesta de Camalotopía, que obviamente es una intervención artística, y que tiene ver con ciudades y sociedades que se adaptaban al rigor y a la fuerza de la naturaleza. Acaso por su virtud de simple ser, su existencia callada y primitiva, el isleño supo guardar en cambio la certeza que nosotros olvidamos: en el paisaje nada está librado al azar”.
“Existe un tiempo hondo y transversal que sostiene las cosas, y en la danza de fuerzas múltiples y dispersas hay una ley de armonía que no admite rupturas. La naturaleza habla en un lenguaje antiguo y absoluto; las lluvias, las heladas, las crecientes, las aves, los árboles, el río, los huevos del caracol, los irupés. Si aprendiéramos de eso, nuestras sociedades serían distintas”.
“Entonces, lo que hacíamos era un espacio de estar, donde había que acostarse en el piso, simplemente a dejarse llevar por las leyes de la naturaleza, por el espectáculo que nosotros muchas veces obviamos de ver, de observar, de interpretar, de estudiar, de analizar, por no darle esa importancia, por esta cuestión de no darles un nombre, o por esa dimensión residual que le damos a nuestros lugares”.
“El Turco Saer, que era borgiano en su temprana juventud, y luego se empieza a desmarcar literariamente, lo desmonta, para mí, haciéndole un homenaje diciendolo en “El río sin orillas”. Algunas de estas expresiones son sumamente célebres y se refieren a La Pampa, y acá hay una cosa muy particular: le da la misma dimensión a La Pampa que al Río de La Plata. Esa llanura solo puede existir porque hay un río que termina recogiendo sus aguas, y ese río larguísimo que arranca allá en San Pablo, por un lado, en el Pantanal por el otro, solamente puede tener esa magnitud por todas esas llanuras a la cual le da como una especie de sistema de desagües”.
“La misma dimensión a La Pampa y el río. Dice “La Pampa: “vértigo horizontal”. Hay un resabio postsimbolista en esta expresión, que a mi juicio gana mucho cuando es proferida lentamente y entrecerrando levemente los ojos, tal vez haciendo un largo ademán mesurado, ligeramente ondulatorio, con la mano derecha elevada ante sí mismo, como si el borde inferior de la palma remara en el aire…”
“Hasta que hicimos Vértigo Horizontal, yo había viajado 25 años. Yendo y viniendo, yendo y viniendo. Y probablemente no la veía. Hasta que uno tuvo que tomar de esas expresiones, de las cuales nos alimentamos, esa potencia como para poder desarrollar un concepto que a nosotros nos permitió ser curadores del Pabellón Argentino en Venecia, o sea, muy importante; acá es donde yo le digo a mis estudiantes: chicos, leer libros les hace bien. Yo sé que hoy no está de moda, pero leer libros les hace bien. A nosotros nos llevó a Venecia”.
“Aprendimos que los espacios tienen olores, ya lo habíamos leído a Peter Zumthor, ya habíamos leído Atmósferas. Ya sabíamos que los espacios en Asunción… se acuerdan cuando Zumthor dijo que no era lo mismo el olor del abedul que el olor del cedro. Él hacía las maquetas de la misma madera con la que después iba a construir, porque el olor de cada madera era diferente. Ya lo sabíamos, pero no nos habíamos dado cuenta”.
“Y este concepto de Cota Cero lo voy a contar ahí en dos experiencias académicas. Caminar las aguas, pensar los ríos, representa una postura que mira hacia un futuro desafiante. Es importante reconocer la necesidad de ver el mundo como un futuro posible, y que los jóvenes tengan una utopía virtuosa que sea el contramodelo positivo frente a lo que el mundo les está ofreciendo”.
“Y hay una gran dificultad cuando uno interviene estos lugares, porque nuestros proyectos siempre están en el límite de la agresión a ese paisaje que, así como está, parece que está bien, y que parece no admitir ninguna intervención. Pero esa no intervención les da esa dimensión de abandono, que luego es apropiado por esas lógicas de privatización de las costas. Y es una cosa sintomática de nuestras costas”.
“Entonces el desafío que tenemos es: cómo hacer sutiles intervenciones, pequeñas suturas territoriales, generando un beneficio social para ese grupo de personas que habita ese lugar. Y que, respetando la naturaleza, podamos de alguna manera completar y mejorar esas actividades que allí se desarrollan”.
“Cuestiones básicas, que uno podría decir, qué experiencia, qué construcción de conocimiento hay en estas cuestiones; y que tiene que ver, como dicen los pedagogos, en el conocimiento actitudinal. Esta cosa de desarrollar la pasión, desarrollar el amor por la arquitectura, pero a su vez el compromiso social, solidaridad, desarrollar esa capacidad de trabajar colectivamente, de que, si sumamos la fuerza como esos camalotes o como esos irupés, somos capaces de hacer algo potente, interesante, útil para la sociedad”.
“A esos lugares que no tienen nombre, esos lugares que son residuales, que se inundan, que son como lo que le sobra a un territorio; poder darles un valor, poder subrayarlos, poder transformarlos en el símbolo de una manera de hacer turismo que respeta la naturaleza, que no la agrede y esa es un poco la filosofía de este lugar”.
“Los bordes del agua son un campo de batalla. Y estamos en un momento donde tenemos extrañas ideas de extrema derecha en todo el mundo, que están hablando de que no existe el cambio climático, que los ríos pueden ser privatizados, o que nuestros recursos naturales de manos de privados pueden estar mejor gestionados. Por lo tanto, creo que Cota Cero es darle nombre a ese campo de batalla en defensa estos lugares, que lo podamos usar entre todos”.