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¿Puede la primera vez marcar tu futuro sexual?

Los expertos se debaten entre el determinismo sexual, fruto del primer encuentro, y los partidarios de que hay tantas primeras veces como relaciones.

RITA ABUNDANCIA | 17 FEBRERO, 2015 | 07:30 H
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Foto: Cordon Press
Etiquetas: sexo

“La primera vez nunca se olvida” es una sentencia que hemos escuchado hasta la saciedad en canciones románticas y frases hechas, pero que tiene muchas interpretaciones, ya que no se especifica el porqué de ese recuerdo imborrable. Generalmente, el primer ensayo queda grabado a fuego en la memoria, pero no precisamente por lo placentero de la experiencia. Muchos desearían enviarlo a la papelera de su disco duro, al menos hasta que haya trascurrido un cierto tiempo para que se cumpla la siguiente ecuación: humor = tragedia + tiempo. Y es que con el paso del tiempo podremos rentabilizar esta experiencia en reuniones de amigos y quedar como los más graciosos de la noche. ¿Hay alguien a quien le haya ido bien la primera vez?Yo diría que, después de descubrir que los Reyes son los padres, ésta es la segunda gran decepción de la vida, en la que uno comprueba que el mundo entero le ha mentido o gastado una broma pesada. ¿Es esto el sexo?, se preguntan muchas/os, ¿ese placer supremo del que tanto se habla, perseguido durante generaciones y que enloquece a hombres y mujeres? Pasado ese shock, y al comprobar con nuestras amigas más íntimas que solo en el cine las mujeres tienen orgasmos la primera vez –al igual que ocurre en las escenas en que el protagonista siempre encuentra aparcamiento frente al lugar al que quiere ir–, empezamos a encajar el golpe y asumir que las cosas buenas de la vida requieren siempre de un aprendizaje, al contrario que las malas, que son facilonas, gratis y disponibles para todo el mundo.

Los que aseguran que sí marca tu vida sexual

Lo malo es que existen algunos estudios que aseguran que la primera vez determina nuestra vida sexual posterior y que, en cierta manera, crea nuestro ADN erótico. El más citado de todos es el que hicieron las Universidades de Tennessee y Misisipi, en el año 2013, y que evaluó a 331 alumnos sobre su primera experiencia. Les hicieron una serie de preguntas respecto al momento en que perdieron su virginidad y sobre su posterior vida sexual. La conclusión del experimento fue que aquellos que tuvieron una mayor satisfacción física y emocional en su debut, sacaban notas más altas en su sexualidad posterior; mientras que los que hablaron de experiencias negativas o ansiedad, en su estreno, mostraban menos satisfación con su vida erótica actual. “Este estudio no prueba que una buena primera vez constituya una buena vida sexual, en general, pero la experiencia que se tiene cuando se pierde la virginidad puede crear un patrón para los años siguientes”, comentaba Matthew Shaffer, uno de los investigadores de la muestra.

Este determinismo sexual, fruto de nuestra relación inicial, practicada, generalmente, con poca información y en una etapa de la vida en la que la autoestima brilla por su ausencia y en la que somos fácilmente influenciables, inseguros y poco racionales, debería ser demasiado malo para ser verdad. Eso es lo que se planteaba el Huffington Postestadounidense en un artículo en el que apuntaba los puntos débiles de este deprimente trabajo. Por un lado, los participantes eran en su mayoría jóvenes estudiantes que todavía no tenían demasiados años de vida sexual como para disponer de una perspectiva mayor. Por otro, está el hecho de que estrenarse en el sexo ha dejado ya de ser un rito de iniciación para convertirse, en la mayoría de los casos, en un mero trámite que hay que pasar para entrar en la vida adulta. Yo añadiría, además, que la pérdida de la virginidad, a diferencia de lo que les ocurrió a nuestras madres y abuelas, que tenía lugar la temida noche de bodas y que podía determinarse con fecha y hora exactas, es cada vez más gradual. No pasamos de la inocencia más absoluta a la rotura del himen, sino que poco a poco nos vamos adentrando en el universo sexual. Juegos, caricias, tocamientos, son también relaciones sexuales.

Los escépticos

“La idea de que el primer encuentro deja una profunda huella en nuestra sexualidad futura es algo que ya está fuera de contexto”, comenta Francisca Molero, sexóloga, ginecóloga y directora del Institut Clinic de Sexología de Barcelona. “Los sexólogos seguimos preguntándolo a nuestros pacientes, pero más que nada por determinar la edad de inicio de la vida sexual y ver si ha habido prácticas de riesgo. La gente ya no tiene unas expectativas tan altas, está mejor informada que las generaciones anteriores y, en muchos casos, la virginidad se ve como algo de lo que hay que desprenderse en un cierto momento de la vida, no necesariamente con el príncipe azul. Sí hay datos y estudios que demuestran que la edad a la que uno se inicia en el sexo es bastante reveladora. Generalmente, las clases más bajas empiezan muy temprano. Hay un mayor índice de embarazos en adolescentes de este grupo, y no siempre por desconocimiento. A veces es intencionado y es una manera de buscar afecto, complicidad o reafirmarse como ser humano o como madre”.

Por el contrario, y como explica un artículo al respecto de la revista Psychology Today, firmado por el profesor de psicología Noam Shpancer, “hay mucha literatura psicológica que demuestra la correlación entre el nivel de inteligencia y el éxito en los estudios, y la edad del debut sexual. Los más inteligentes esperan. ¿Por qué? No es fácil saberlo. A lo mejor los más listos entienden que vale la pena esperar en el sexo, por los riesgos inherentes. O pueden pasar demasiado tiempo en la biblioteca para poder buscar pareja. O algún factor externo en la familia del adolescente, puede que la supervisión paterna, afecte a la conducta de éste en la clase y en la cama. Tal vez los que esperan más por el sexo sean más selectivos. Los individuos selectivos pueden no ser los primeros en morder la manzana, pueden no morder muchas manzanas; pero sí son los que muerden las manzanas más deliciosas”.

Lo ideal es que nuestra primera vez fuera siempre un acto responsable, meditado, realizado con plena libertad y sin ningún tipo de coacción, como cualquier otro de nuestras vidas, pero como Shpancer apunta en su artículo, la realidad suele ser muy distinta. “Todos recordamos decisiones que estudiamos largamente y otras que son más espontáneas. Sorprendentemente, parece que gastamos más energía, tiempo, pensamientos e intención en decisiones triviales –como por ejemplo, qué móvil debo comprar–, que en las cruciales –¿Cómo debo vivir?–. Me atrevería a decir que las decisiones importantes de la vida –trabajo, carrera, dónde vivir y con quién– generalmente llegan a nosotros por el camino de la disposición, más que por el fruto de un proceso intencionado e informado de deliberación racional”.

Lo que sí puede resultar traumático en nuestro ingreso en la vida erótica es, según cuenta Francisca Molero, retrasar demasiado el debut sexual. “Seguir siendo virgen pasados los veintitantos suele generar mucha angustia, e incluso disfunciones sexuales. Porque además, cuanto más tiempo pasa, menos disposición se tiene para estar con alguien, porque se piensa que esa persona, inevitablemente, descubrirá que su pareja es novata. Es un círculo vicioso que muchos rompen haciéndolo con el primero que pasa o con un desconocido, para acabar de una vez con el problema”.

Los accidentes inherentes a toda relación sexual, como que se rompa un preservativo o ser pillado in fraganti, pueden, a juicio de Molero, crear más problemas de los convenientes, dependiendo de la personalidad del individuo. “Para que estos hechos tengan consecuencias, tienen que darse en personas con tendencias obsesivas y controladoras. El problema está en la escasa o nula educación sexual y en que la mayoría de los mensajes que les llega a los jóvenes a este respecto, fuera de toda la información y pornografía de Internet, hacen hincapié solo en la parte negativa del sexo: las enfermedades de transmisión sexual. Algunos adolescentes desarrollan una cierta fobia o miedo al sexo, como una forma de peligro para su salud. En las consultas vemos que el vaginismo está aumentando en los últimos años”.

La importancia de una identidad sexual

Una vez más, lo importante no es lo que ocurre sino la lectura que uno hace de lo que le sucede. Aquí entra en juego el término identidad sexual, que se construye durante la infancia, que es indispensable para una buena inmersión en la vida adulta y que no siempre coincide con la actividad sexual. Como explicaba un artículo publicado en la página de Cinteco (Psicología clínica y psiquiatría), titulado La orientación sexual en la adolescencia, “a muchos jóvenes les lleva tiempo comprender quiénes son y en qué se están transformando. La adolescencia representa un período de tiempo para la exploración y la experimentación. De tal manera, la actividad sexual no refleja necesariamente la orientación sexual actual ni futura. Además, la actividad sexual debe entenderse como una conducta, mientras que la orientación sexual es un componente de la identidad personal. Muchos adolescentes experimentan una variada muestra de conductas sexuales que van incorporando a su proceso de identidad sexual, consolidándose a través de un largo período de tiempo (…). Muchos jóvenes homosexuales pueden tener experiencias heterosexuales y viceversa; mientras otros pueden tener una auto identificación homosexual sin que nunca hayan tenido experiencias sexuales de ningún tipo”.

La primera vez es, por tanto, ni más ni menos que un intento inicial. Como decía la psicóloga y sexóloga, Virginia Martínez Verdier, en un interesante dossier publicado en la revista Ser y Expresar y titulado El proceso de hacernos sexuales: “La identidad sexual continúa reafirmándose y reestructurándose a lo largo de la vida. Los cambios políticos, económicos y sociales, las modas y las diversas crisis vitales (casamiento, nacimiento de los hijos, divorcio, climaterio, etc) vuelven a hacer entrar en conflicto al sujeto, el cual se replantea su postura ante la vida, sus valores y su sexualidad”.



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En lenguaje coloquial solemos decir: “Este niño no se valora”, “no tiene seguridad en lo que hace”, “se deja influenciar por todo el mundo”… Son algunas de las habituales manifestaciones de una baja autoestima. Pero, ¿en qué consiste la autoestima, cómo se genera y, sobre todo, cuál es la manera de mejorar la autoestima en nuestros hijos?

Lo que no es la autoestima

En nuestra cultura occidental siempre ha estado mal visto todo lo que huela a propia alabanza de uno mismo o de la familia. Por esto, siempre ponemos sordina a los elogios familiares. Por ejemplo, decimos: “No es porque sea mi hijo, pero es un buen estudiante, o es muy buena persona, etc.” Parece como si para alabar a alguien tuviéramos que pedir disculpas a nuestros interlocutores, pues en el fondo esta acción está trasgrediendo una vieja convención: no podemos vanagloriarnos de nada. Alegrarse con los triunfos de los amigos o familiares, puede ser considerado una falta de respeto hacia el otro. Este talante llevado al extremo es una mordaza para reconocer los pequeños y grandes éxitos de nuestros más próximos.

Es cierto que la autoestima no es sinónimo de vanagloria y de engreimiento con los logros conseguidos. Pero tampoco implica una descalificación del otro. En cambio, expresiones como “soy más fuerte”, “soy más guapo”, “soy más inteligente” sí que pretenden desacreditar a los demás. En realidad, las comparaciones revelan todo lo contrario: me siento tan débil que tengo que descalificar a los demás para sentirme que soy alguien. Lo cierto es que no necesito estar por encima de los demás (ser más guapo, más inteligente, más rico) para sentirme bien, en armonía conmigo mismo y con el entorno.

mejorar la autoestima de los hijosTampoco la autoestima consiste en tener contentos a papá y a mamá, al profesor o a la pareja; no es una carrera por ganar aprecio y valoración.

Porque la base de la autoestima es lo que uno es. Una sana autoestima no se puede sustentar, fundamentalmente, en lo que los demás piensen.

La autoestima no está en relación directa con lo que uno sabe o con lo que uno posee. Es un sentimiento profundo, que está más allá de esas circunstancias. Es más bien un sentimiento silencioso (no hace falta expresarlo a los cuatro vientos, ni con palabras malsonantes, ni con conductas agresivas) de nuestra propia valía. Por ello, no por tener más dinero, más poder, más cultura tenemos una autoestima más elevada. En muchas ocasiones esas situaciones son tapaderas de un sentimiento de inferioridad y de minusvalía de uno mismo.

Lo que es la autoestima

La autoestima supone creer en uno mismo y no dejarse anular por el criterio del vecino o del amigo, pero tampoco mantener una idea por el temor a dar una imagen de debilidad o inseguridad. Es el punto medio entre la tozudez y la falta de criterios.

De forma didáctica podemos distinguir dos modalidades de autoestima: la esencial y la situacional.
Un ejemplo de la primera es Maribel: un ama de casa feliz con su tarea, que se siente amada y respetada por los suyos. Me decía en una ocasión: “Soy feliz pues siento que mis hijos me quieren y mi marido comparte conmigo todas sus penas y alegrías. Mis sentimientos los puedo poner en común con ellos”.

Este aspecto de la autoestima es como los cimientos de la construcción de nuestra propia existencia. Si falla, nunca encontraremos paz y felicidad. 

Sobre la autoestima esencial, se construye la propia vida y es también soporte de la confianza de hacer bien la tarea profesional o laboral (autoestima situacional).

En definitiva, el trípode sobre el que descansa la vivencia de autoestima se puede formular así: soy valioso, soy digno de que me amen y soy libre

Es imprescindible que el niño y el adolescente vayan construyendo su propia existencia sobre el convencimiento de que tienen valor por sí (no por lo que hacen y tienen) y esto les convierte en sujetos de amor y cariño, al mismo tiempo que les permite ser libres, sobre todo en sentir, aunque no en actuar. Es decir, cuando las relaciones primarias (padres-hijos, profesores-alumnos, etc.) se construyen sobre el respeto al otro, y no es una ocasión para ‘ganar puntos’ ante uno mismo o ante los demás, estaremos facilitando la elaboración de una sana autoestima. “Me conozco y sé mis posibilidades y también mis limitaciones”, es el final de todo este proceso.

A veces, pese a un buen clima psicológico, el individuo no ha conseguido una alta autoestima porque no ha sabido o no ha podido procesar todas esas vivencias positivas que ha experimentado.

¿Cómo se genera la autoestima?

Esta pregunta no tiene una respuesta simple. Son muchos factores los que inciden en cada persona para configurar su perfil psicológico: las primeras relaciones con los padres, los profesores, los hermanos, los abuelos, etc. Todos han influido, de forma directa o indirecta, en la construcción de la personalidad. Además, está las vivencias más o menos traumáticas o felices, los acontecimientos sociales o de barrio, las amistades y un largo etcétera. Somos como cantos rodados que a lo largo de nuestra propia biografía vamos formando nuestra personalidad. Con una salvedad: también cada uno de nosotros participa activamente en esa configuración. Los demás, en especial los padres, pueden acelerar o retrasar el proceso; pero, en definitiva, la última palabra siempre la tiene cada uno de nosotros.

Esto también ocurre con la autoestima. Es importante el medio familiar, social, incluso geográfico, pero lo esencial es cómo el individuo elabora los estímulos que recibe: de forma provechosa (alta autoestima) o inadecuadamente (baja autoestima).

Esto es así porque no existen padres, ni profesores, ni amigos perfectos. Yo me conformo con lo que decía Winnicot de las madres: ser un padre suficientemente bueno. Ya que la perfección no existe en este mundo, debemos procurar no dañar y no entorpecer el propio desarrollo psicológico de nuestros hijos. 

Cómo mejorar la autoestima de los hijos

He aquí algunas claves para potenciar la autoestima en nuestros hijos:

# 1.- Querer al hijo por lo que es, no por lo que hace


Con frecuencia nos fijamos más en las acciones (es un buen estudiante, es ordenado, etc.) para mostrar afecto y cariño; cuando lo esencial es que es nuestro hijo. Ése es el motivo más valioso.

# 2.- No sólo amar a nuestro hijo, sino aprender a demostrárselo


mejorar la autoestima de los hijos
Nuestros hijos tienen que sentirse queridos porque se lo demostramos constantemente con las palabras y, sobre todo, con los hechos. No basta con trabajar de sol a sol para que los hijos estudien una carrera, también hay que conversar con ellos, pasear con ellos, abrazarlos y compartir tiempo, y de calidad, con los hijos.

# 3.- Evitar las descalificaciones


Es mejor reprender por los actos que descalificar a las personas. “Eres un guarro” y “eres un vago”, por ejemplo, son frases que machacan la autoestima de los niños. Podemos manifestar, como es lógico, que nos disgusta lo que hacen (no estudiar, no arreglar su cuarto, etc.), pero eso no nos capacita para la descalificación o el insulto.

# 4.- Los hijos no son una proyección de los deseos de los padres


Es muy importante aceptar que los hijos no son nuestra prolongación para cumplir nuestros propios proyectos y fantasías. 

Dos errores bastante habituales a este respecto:

  • Dar a nuestros hijos lo que nosotros quisimos y no pudimos tener, sin preguntarles si verdaderamente quieren aprender a tocar el piano, hacer ballet, ese juguete que no tuvimos, hacer esa carrera prestigiosa, etc. Muchas de las frustraciones profesionales tienen su origen en este aspecto: soy abogado, médico, ingeniero, arquitecto o profesor porque mis padres así lo quisieron, se escucha con bastante frecuencia en las consultas de psicología.
  • Otro aspecto, menos reconocido por los padres, es querer justificar y normalizar nuestra propia infancia tratando a nuestros hijos de la misma manera: si hubo agresividad, siendo muy rígidos con las normas, sin darse cuenta que los tiempos cambian y los niños y sus actitudes, también. En ocasiones, a través de los hijos, tratamos de ‘bendecir’ la propia educación recibida.

# 5.- No hay que solucionar todos los problemas a los hijos


No es una buena madre o un buen padre quien le soluciona todos los problemas a sus hijos, sino quien va proporcionándoles los medios para su autonomía, de manera que ellos mismos encuentren sus propias soluciones.

En algunas ocasiones, la propia angustia de los padres puede impedir crecer psicológicamente a los hijos y les incapacita para sentirse valiosos.

Nunca es tarde para mejorar la autoestima


Eugenio tiene 47 años. Posee un negocio familiar que comparte con varios hermanos. Consulta al psiquiatra porque se encuentra angustiado ante su decisión de abandonar el negocio y establecerse por su cuenta: “No me atrevo a planteárselo a mis hermanos, pues me temo que no van a entender mi decisión”.

Eugenio es uno de los millones de personas con una baja autoestima, cuya manifestación es la falta de toma de decisiones: “Los otros no me comprenderán”. Probablemente y en el fondo, es él el que no acepta la postura de los demás. En el caso de Eugenio, su sorpresa fue grande cuando los hermanos asumieron de forma “pacífica” su decisión.

La persona de baja autoestima siempre parte de un supuesto falso: los otros son mejores, más sabios, más honrados, más competentes que él.
Para mejorarla, la persona con baja autoestima necesita darse cuenta de todo lo que ha ido logrando en la vida por sí mismo. Necesita que le recuerden las decisiones que tomó y lo que consiguió. Apoyándose en las experiencias de su propia biografía (en la toma de decisiones) es cómo irá descubriendo sus propias posibilidades y también sus límites. A partir de ahí, estará en camino para conseguir una sana autoestima.

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