SANTÍSIMA TRINIDAD, solemnidad.
PALABRA DE VIDA: Ex 34,4b-6.8-9; Dn 3,52-56; 2Co 13,11-13; Jn 3,16-18
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"Hermanos: Alégrense, enmiéndense, anímense; tengan un mismo sentir y vivan en paz. Y el Dios del amor y de la paz estará con ustedes. Salúdense mutuamente con el beso ritual. Les saludan todos los santos. La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo esté siempre con todos ustedes."2 Corintios 13,11-13.
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Contemplamos el misterio de un solo Dios verdadero y tres personas distintas, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo que se revela desde el A.T. como verdadero Dios, compasivo y misericordioso. Digamos con la carmelita, santa Isabel de la Trinidad: “¡Oh Dios mío, Trinidad a quien adoro! Ayúdame a olvidarme totalmente de mí, para establecerme en Ti, inmóvil y serena(o), cómo si mi alma estuviera ya en la eternidad”. @ivanmorapernia
14 de septiembre: Fiesta litúrgica
Exaltación de la Santa Cruz
NVulgata 1 2 E – BibJer2ed (en)
(1/3) Juan Pablo II, Homilía en Bratislava 14-9-2003 (ge sk fr en it po):
«1. O crux, ave spes unica! ¡Salve, oh cruz, nuestra única esperanza!
En la celebración de esta liturgia dominical, queridos hermanos y hermanas, se nos invita a mirar a la cruz, el "lugar privilegiado" en el que se nos revela y manifiesta el amor de Dios (...).
En la cruz se encuentran la miseria del hombre y la misericordia de Dios. Adorar esta misericordia ilimitada es para el hombre el único modo de abrirse al misterio que la cruz revela.
La cruz está plantada en la tierra y parece hundir sus raíces en la malicia humana, pero se proyecta hacia lo alto, como un índice que apunta al cielo, un índice que señala la bondad de Dios. Por la cruz de Cristo ha sido vencido el maligno, ha quedado derrotada la muerte, se nos ha transmitido la vida, se nos ha devuelto la esperanza y nos ha sido comunicada la luz. O crux, ave spes unica! (...).
3. "Como Moisés elevó la serpiente en el desierto –dice Jesús–, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna" (Jn 3, 14-15). ¿Qué vemos, por tanto, cuando dirigimos la mirada a la cruz donde fue clavado Jesús? (cf Jn 19, 37). Contemplamos el signo del amor infinito de Dios a la humanidad.
O crux, ave spes unica! San Pablo habla de ella en la Carta a los Filipenses, que acabamos de escuchar. Cristo Jesús no solo se hizo hombre, semejante en todo a los hombres, sino que también tomó la condición de siervo, y se humilló ulteriormente, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz (cf Flp 2, 6-8).
Sí, "tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único" (Jn 3, 16). Admiramos, asombrados y agradecidos, la anchura y la longitud, la altura y la profundidad del amor de Cristo, que supera todo conocimiento (cf Ef 3, 18-19). O crux, ave spes unica! (...).
5. En el jardín del Edén, al pie del árbol estaba una mujer, Eva (cf Gn 3). Seducida por el maligno, se apropia de lo que cree que es la vida divina. En cambio, es un germen de muerte que se introduce en ella (cf St 1, 15; Rm 6, 23).
En el Calvario, al pie del árbol de la cruz, estaba otra mujer, María (cf Jn 19, 25-27). Dócil al proyecto de Dios, participa íntimamente en la ofrenda que el Hijo hace de sí al Padre para la vida del mundo; y cuando Jesús le encomienda al apóstol san Juan, se convierte en madre de todos los hombres.
Es la Virgen dolorosa, que mañana recordaremos en la liturgia y que vosotros veneráis con tierna devoción como vuestra patrona. A ella le encomiendo el presente y el futuro de la Iglesia y de la nación eslovaca, para que crezca bajo la cruz de Cristo y sepa descubrir siempre y acoger su mensaje de amor y de salvación.
¡Por el misterio de tu cruz y de tu resurrección, sálvanos, oh Señor! Amén».
(2/3) Benedicto XVI, Alocución al término del Vía Crucis en el Coliseo 21‑3‑2008 (ge sp fr en it po): «Hermanos y hermanas, dirijamos hoy a Cristo nuestra mirada, con frecuencia distraída por intereses terrenos superficiales y efímeros. Detengámonos a contemplar su cruz. La cruz es manantial de vida inmortal; es escuela de justicia y de paz; es patrimonio universal de perdón y de misericordia; es prueba permanente de un amor oblativo e infinito que llevó a Dios a hacerse hombre, vulnerable como nosotros, hasta morir crucificado. Sus brazos clavados se abren para cada ser humano y nos invitan a acercarnos a él con la seguridad de que nos va a acoger y estrechar en un abrazo de infinita ternura: "Cuando yo sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí" (Jn 12, 32)».
(3/3) Benedicto XVI, Homilía 14-9-2008 (ge sp fr en it pl po): «"¡Qué dicha tener la Cruz! Quien posee la Cruz posee un tesoro" (S. Andrés de Creta, Sermón 10, sobre la Exaltación de la Santa Cruz: PG 97, 1020). En este día en el que la liturgia de la Iglesia celebra la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz, el Evangelio que acabamos de escuchar, nos recuerda el significado de este gran misterio: Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único para salvar a los hombres (cf Jn 3, 16). El Hijo de Dios se hizo vulnerable, tomando la condición de siervo, obediente hasta la muerte y una muerte de cruz (cf Fil 2, 8). Por su Cruz hemos sido salvados.
El instrumento de suplicio que mostró el Viernes Santo el juicio de Dios sobre el mundo, se ha transformado en fuente de vida, de perdón, de misericordia, signo de reconciliación y de paz. "Para ser curados del pecado, miremos a Cristo crucificado", decía san Agustín (Tratado sobre el Evangelio de san Juan, XII, 11). Al levantar los ojos hacia el Crucificado, adoramos a Aquel que vino para quitar el pecado del mundo y darnos la vida eterna.
La Iglesia nos invita a levantar con orgullo la Cruz gloriosa para que el mundo vea hasta dónde ha llegado el amor del Crucificado por los hombres, por todos los hombres. Nos invita a dar gracias a Dios porque de un árbol portador de muerte ha surgido de nuevo la vida (...).
La señal de la Cruz es de alguna forma el compendio de nuestra fe, porque nos dice cuánto nos ha amado Dios; nos dice que en el mundo hay un amor más fuerte que la muerte, más fuerte que nuestras debilidades y pecados. El poder del amor es más fuerte que el mal que nos amenaza. Este misterio de la universalidad del amor de Dios por los hombres es el que María reveló aquí en Lourdes. Ella invita a todos los hombres de buena voluntad, a todos los que sufren en su corazón o en su cuerpo, a levantar los ojos hacia la Cruz de Jesús para encontrar en ella la fuente de la vida, la fuente de la salvación.
La Iglesia ha recibido la misión de mostrar a todos el rostro amoroso de Dios, manifestado en Jesucristo. ¿Sabremos comprender que en el Crucificado del Gólgota está nuestra dignidad de hijos de Dios que, empañada por el pecado, nos fue devuelta? Volvamos nuestras miradas hacia Cristo. Él nos hará libres para amar como él nos ama y para construir un mundo reconciliado. Porque, con esta Cruz, Jesús cargó el peso de todos los sufrimientos e injusticias de nuestra humanidad. Él ha cargado las humillaciones y discriminaciones, las torturas sufridas en numerosas regiones del mundo por muchos hermanos y hermanas nuestros por amor a Cristo. Les encomendamos a María, Madre de Jesús y Madre nuestra, presente al pie de la Cruz».
Texto preparado por Fr. Gregorio Cortázar Vinuesa, O.C.D. España.
24 DE JUNIO: NATIVIDAD DE SAN JUAN BAUTISTA
NVulgata 1 Ps 2 E – BibJer2ed (en) – Concordia y©atena Aurea (en)
(1/3) Benedicto XVI, Ángelus 24-6-2007 (ge hr sp fr en it po)
(2/3) Benedicto XVI, Ángelus 24-6-2012 (ge hr sp fr en it po)
(3/3) Juan Pablo II, Homilía en Chayka 24-6-2001 (ge sp fr en it po uc):
«"Estaba yo en el vientre, y el Señor me llamó; en las entrañas maternas, y pronunció mi nombre" (Is 49, 1).
Celebramos hoy la natividad de san Juan Bautista. Las palabras del profeta Isaías se aplican muy bien a esta gran figura bíblica que está entre el Antiguo y el Nuevo Testamento. En el gran ejército de profetas y justos de Israel, Juan "el Bautista" fue puesto por la Providencia inmediatamente antes del Mesías, para preparar delante de él el camino con la predicación y con el testimonio de su vida.
Entre todos los santos y santas, Juan es el único cuya natividad celebra la liturgia. En la primera lectura hemos escuchado que el Señor llamó a su siervo "desde el seno materno". Esta afirmación se refiere, en plenitud, a Cristo, pero, por reflejo, se puede aplicar también a su precursor. Ambos nacieron gracias a una intervención especial de Dios: el primero nace de la Virgen; el segundo, de una mujer anciana y estéril. Desde el seno materno Juan anuncia a Aquel que revelará al mundo la iniciativa de amor de Dios.
"En el seno materno tú me sostenías" (Salmo responsorial). Podemos hacer nuestra, hoy, esta exclamación del salmista. Dios nos conoció y amó incluso antes de que nuestros ojos pudieran contemplar las maravillas de la creación. Todo hombre al nacer recibe un nombre humano. Pero aun antes posee un nombre divino: el nombre con el cual Dios Padre lo conoce y lo ama desde siempre y para siempre. Eso vale para todos, sin excluir a nadie. Ningún hombre es anónimo para Dios. Todos tienen igual valor a sus ojos: todos son diversos, pero iguales; todos están llamados a ser hijos en el Hijo.
"Juan es su nombre" (Lc 1, 63). A sus parientes sorprendidos Zacarías confirma el nombre de su hijo escribiéndolo en una tablilla. Dios mismo, a través de su ángel, había indicado ese nombre, que en hebreo significa "Dios es favorable". Dios es favorable al hombre: quiere su vida, su salvación. Dios es favorable a su pueblo: quiere convertirlo en una bendición para todas las naciones de la tierra. Dios es favorable a la humanidad: guía su camino hacia la tierra donde reinan la paz y la justicia. Todo esto entraña ese nombre: Juan.
Amadísimos hermanos y hermanas, Juan Bautista era el mensajero, el precursor: fue enviado para preparar el camino a Cristo (...).
Pueblo de Dios que crees, que esperas y amas (...), gusta de nuevo con alegría el don del Evangelio que recibiste (...). Contempla, en este día, a san Juan Bautista, modelo perenne de fidelidad a Dios y a su ley. Él preparó a Cristo el camino con el testimonio de su palabra y de su vida. Imítalo con dócil y confiada generosidad.
San Juan Bautista es ante todo modelo de fe. Siguiendo las huellas del gran profeta Elías, para escuchar mejor la palabra del único Señor de su vida, lo deja todo y se retira al desierto, desde donde dirigirá la invitación a preparar el camino del Señor (cf Mt 3, 3 y paralelos).
Es modelo de humildad, porque a cuantos lo consideran no solo un profeta, sino incluso el Mesías, les responde: "Yo no soy quien pensáis, sino que viene detrás de mí uno a quien no merezco desatarle las sandalias" (Hc 13, 25).
Es modelo de coherencia y valentía para defender la verdad, por la que está dispuesto a pagar personalmente hasta con la cárcel y la muerte (...).
Todos y cada uno sed "luz de las naciones" (Is 49, 6).
Virgen santísima (...), tú desde siempre has guiado el camino del pueblo cristiano. Sigue velando sobre tus hijos. Ayúdales a no olvidar nunca el "nombre", la identidad espiritual que han recibido en el bautismo. Ayúdales a gozar siempre de la gracia inestimable de ser discípulos de Cristo (cf Jn 3, 29). Sé tú la guía de cada uno. Tú, la Madre de Dios y Madre nuestra, María».
El Sagrado Corazón de Jesús
07 junio 2013 - Año C
NVulgata 1 Ps 2 E – BibJer2ed (en) – Concordia y©atena Aurea (en)
Pablo VI, Homilía 4-6-1967 (it)[1]
Benedicto XVI, Ángelus 5-6-2005 (ge hr sp fr en it po)[2]
Benedicto XVI, Ángelus 1-6-2008 (ge hr sp fr en it po)[3]
LA OVEJA Y LA DRACMA
Música: «Hemos conocido el Amor», de E. V. Matéu
Cf Pablo VI, Homilía 4‑6‑1967
Publicano como pecador / se_acercaban todos a Jesús. / Le murmuran, y_él alude / a la_oveja que_encontró, / a la dracma y_al gran gozo / de su_amor.
1. En esos afanes se dibuja él / como_explorador que va_a recuperar / a_un hombre,_a_un tesoro que perdido es; / y_él es cual quien busca con gran ansiedad.
2. Somos de Jesús su_amada propiedad. / Antes de_existir, me rescató ya él. / En su Corazón su_amor me_abraza ya. / Soy su grey, riqueza, soy su bien, su_haber.
3. Cristo quiere con su dulce_y fuerte_amor / inundar el mundo y_a cualquier llegar. / Aun el alejado y_el perdido son / quienes él persigue_y busca sin cesar.
4. Somos el objeto tanto más real / cuanto menos digno del amor de Dios. / Si_él nos ama_es signo de_un valor sin par. / El vivir es suerte,_es inefable don.
5. Ante_un mucho mal el Evangelio es / el mayor consuelo que se puede dar: / ¡Ten siempre_esperanza, ven, te mira bien / Cristo_Amor, que te_ama_y busca sin cesar!
6. Nunca pienses que_él a ti te_hará_esperar; / ábrele los brazos y_abandona_en él / toda tu_inquietud, que_él es Bondad sin par, / es el Salvador, su_amor es siempre fiel.
[1] Pablo VI, Homilía 4-6-1967
«Reprochaban al divino Maestro que hablaba con gente bastante disipada, con los publicanos, los pecadores, de llegar incluso a sentarse a la mesa con ellos. Así no debía actuar un profeta (...). Entonces Cristo, para defenderse, recurre a dos comparaciones: la del pastor que habiendo perdido una oveja deja seguras a las noventa y nueve que no corren peligro y va en busca de la que falta, no dejándose rendir por el cansancio hasta que la devuelve al redil. La segunda comparación es muy curiosa. Cristo se compara con un ama de casa que busca con ansia la moneda que se le ha caído del bolsillo, registrando todos los rincones hasta que consigue encontrarla.
En estos afanes Cristo se pinta a sí mismo (...). Él ha querido representarse como un explorador que viene a recuperar a los hombres perdidos. Jesús persigue a un ser, a un tesoro que se le ha escapado de la mano, y se pinta con el ansia de quien está precisamente llevando a cabo la búsqueda febril de lo que para él es un bien inestimable. ¡El Hijo de Dios en busca de los hombres!
Esto quiere decir que los hombres le pertenecen, que son propiedad suya. Mucho antes de abrirme a la conciencia y a la vida, yo ya estoy en el Corazón de Cristo, el Hombre-Dios, soy su grey, su haber, su riqueza (...). "Él nos amó primero" (1Jn 4, 19).
El Señor nos ha amado personalmente antes de que pudiésemos pensar en nuestra suerte, en nuestro destino. Hemos nacido en un orden -el de nuestra existencia-, que nos pone en relación de amor con Dios, Creador de la vida, y con Cristo, Salvador de la vida. ¡Pertenecemos a Dios! (...). El pecado, en lugar de provocar un abandono, una condena, despierta afán y amor aún más intensos (...). "Donde abundó el delito, sobreabundó la gracia" (Rm 5, 20).
La caridad de Cristo quiere inundar el mundo y llegar a todas las almas, incluso a las alejadas y perdidas. Y si pensamos que esas almas somos nosotros, que somos el objeto de un designio divino, de esta atención que se centra en nosotros, y nos sigue y nos persigue y nos quiere -"¿Dónde está esa alma que yo mismo he creado por mi amor? ¿Dónde ha terminado esa conciencia, esa alma que yo plasmé como respuesta a mi pregunta: Me amas?"-, comprenderemos plenamente el contenido de la página del Evangelio que estamos meditando.
El hombre se aleja de Dios, se marcha; y Dios, corriendo en pos de él y recuperándolo, manifiesta la maravilla de su grandeza incluso más al perdonar los yerros, al colmar el abismo de vacío que produce el pecado, que con la misma creación (...).
Somos el objeto tanto más real cuanto menos digno del amor de Dios. Y si Dios nos ama, es señal de que el ser humano, nuestra vida, es de un valor incalculable. El Señor se entregó a sí mismo para recuperarnos. Tendríamos que tener una conciencia plena de nuestra dignidad: "Reconoce, cristiano, tu dignidad", y ten en cuenta que la suerte, la ventura de vivir, es algo maravilloso, inmenso y sublime (...).
Todavía hay más. A pesar de nuestro drama de inconsciencia y de malicia con que dilapidamos el tesoro que nos ha dado el Señor para vivir su luz y su gracia, podemos volver a ser admitidos en el amor de Dios. Como la oveja descarriada, la moneda perdida, estamos hechos al retorno salvador. Con lágrimas en los ojos tendríamos que dar gracias al Señor por esta revelación del Evangelio, porque se refiere al destino de cada uno de nosotros. Me puedo salvar; por tanto, no hay razones para desesperarse.
Cuando se piensa en los escritos de gran parte de la literatura moderna que terminan con afirmaciones desoladoras sobre la imposibilidad de recuperarse, de retornar, de reemprender, de revivir, de resurgir, es preciso proclamar que el Evangelio hace desaparecer todos esos horrores, supera el abismo y proclama: Puedes. Debes tener esperanza. Vuelve la espalda. Mira quien te sigue. Dios está a tu lado. Cristo te ama. Es el Salvador. Es suficiente con abrir los brazos y abandonarte confiado a su Corazón. No te hará esperar. Precisamente te desea en esa postura de humildad y pretende entregársete con el supremo don de su bondad (...).
¡Cuánto podríamos meditar todavía sobre este portento de salvación realizado por Cristo! (...). Recordad: Cristo es bueno, o mejor, es la bondad inagotable, es el amor infinito» (Ecclesia, pp. 1151-1153).
[2] BENEDICTO XVI
ÁNGELUS - Domingo 5 de junio de 2005
Queridos hermanos y hermanas:
El viernes pasado celebramos la solemnidad del Sacratísimo Corazón de Jesús, devoción profundamente arraigada en el pueblo cristiano. En el lenguaje bíblico el "corazón" indica el centro de la persona, la sede de sus sentimientos y de sus intenciones. En el corazón del Redentor adoramos el amor de Dios a la humanidad, su voluntad de salvación universal, su infinita misericordia. Por tanto, rendir culto al Sagrado Corazón de Cristo significa adorar aquel Corazón que, después de habernos amado hasta el fin, fue traspasado por una lanza y, desde lo alto de la cruz, derramó sangre y agua, fuente inagotable de vida nueva.
Con la fiesta del Sagrado Corazón coincidió la celebración de la Jornada mundial de oración por la santificación de los sacerdotes, ocasión propicia para orar a fin de que los presbíteros no antepongan nada al amor de Cristo. El beato Juan Bautista Scalabrini, obispo y patrono de los emigrantes, de cuya muerte el 1 de junio recordamos el centenario, tuvo una profunda devoción al Corazón de Cristo. Fundó los Misioneros y las Misioneras de San Carlos Borromeo, llamados "escalabrinianos", para el anuncio del Evangelio entre los emigrantes italianos. Al recordar a este gran obispo, dirijo mi pensamiento a quienes se hallan lejos de su patria y a menudo también de su familia, y les deseo que encuentren siempre en su camino rostros amigos y corazones acogedores, que puedan sostenerlos en las dificultades de cada día.
El corazón que más se asemeja al de Cristo es, sin duda alguna, el corazón de María, su Madre inmaculada, y precisamente por eso la liturgia los propone juntos a nuestra veneración. Respondiendo a la invitación dirigida por la Virgen en Fátima, encomendemos a su Corazón inmaculado, que ayer contemplamos en particular, el mundo entero, para que experimente el amor misericordioso de Dios y conozca la verdadera paz.
[3] BENEDICTO XVI
ÁNGELUS - Domingo 1 de junio de 2008
Queridos hermanos y hermanas:
En este domingo, que coincide con el inicio de junio, me complace recordar que este mes está dedicado tradicionalmente al Corazón de Cristo, símbolo de la fe cristiana particularmente apreciado tanto por el pueblo como por los místicos y teólogos, porque expresa de modo sencillo y auténtico la "buena nueva" del amor, resumiendo en sí el misterio de la Encarnación y de la Redención.
El viernes pasado celebramos la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, tercera y última de las fiestas que siguen al tiempo pascual, después de la Santísima Trinidad y el Corpus Christi. Esta sucesión nos hace pensar en un movimiento hacia el centro: un movimiento del espíritu, que Dios mismo guía. En efecto, desde el horizonte infinito de su amor, Dios quiso entrar en los límites de la historia y de la condición humana, tomó un cuerpo y un corazón, de modo que pudiéramos contemplar y encontrar lo infinito en lo finito, el Misterio invisible e inefable en el Corazón humano de Jesús, el Nazareno.
En mi primera encíclica, sobre el tema del amor, el punto de partida fue precisamente la mirada puesta en el costado traspasado de Cristo, del que habla san Juan en su evangelio (cf. Jn 19, 37; Deuscaritas est, 12). Y este centro de la fe es también la fuente de la esperanza en la que hemos sido salvados, esperanza que fue objeto de mi segunda encíclica.
Toda persona necesita tener un "centro" de su vida, un manantial de verdad y de bondad del cual tomar para afrontar las diversas situaciones y la fatiga de la vida diaria. Cada uno de nosotros, cuando se queda en silencio, no sólo necesita sentir los latidos de su corazón, sino también, más en profundidad, el pulso de una presencia fiable, perceptible con los sentidos de la fe y, sin embargo, mucho más real: la presencia de Cristo, corazón del mundo. Por tanto, os invito a cada uno a renovar durante el mes de junio vuestra devoción al Corazón de Cristo, valorando también la tradicional oración de ofrecimiento de la jornada y teniendo presentes las intenciones que propuse a toda la Iglesia.
La liturgia no sólo nos invita a venerar al Sagrado Corazón de Jesús, sino también al Inmaculado Corazón de María. Encomendémonos siempre a ella con gran confianza. Invoco una vez más la intercesión materna de la Virgen en favor de las poblaciones de China y Myanmar, azotadas por calamidades naturales, y en favor de cuantos atraviesan las numerosas situaciones de dolor, enfermedad y miseria material y espiritual que marcan el camino de la humanidad.
«Corpus Christi»
30 mayo 2013. Año C
NVulgata 1 Ps 2 E – BibJer2ed (en) – Concordia y©atena Aurea (en)
Juan Pablo II, Jueves 14-6-1979: Jesús y los niños (sp fr en it po)[i]
Benedicto XVI, Jueves 7-6-2007 (ge sp fr en it po)[ii]
Benedicto XVI, Jueves 3-6-2010 (ge sp fr en it po)[iii]
[i] SOLEMNIDAD DEL CORPUS CHRISTI (desde 1264) EN EL VATICANO
HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
DURANTE LA MISA PARA LOS NIÑOS DE PRIMERA COMUNIÓN
Basílica de San Pedro. Jueves 14 de junio de 1979
Queridísimos niños y niñas:
¡Grande es mi alegría al veros aquí tan numerosos y tan llenos de fervor para celebrar con el Papa la solemnidad litúrgica del Cuerpo y de la Sangre de Señor!
Os saludo a todos y a cada uno en particular con la ternura más profunda, y os agradezco de corazón que hayáis venido a renovar vuestra comunión con el Papa y por el Papa, y asimismo agradezco a vuestros párrocos, siempre dinámicos y celosos, y a vuestros padres y familiares que os han preparado y acompañado.
¡Todavía tengo ante los ojos el espectáculo impresionante de las multitudes inmensas que he encontrado durante ni viaje a Polonia; y he aquí ahora el espectáculo de los niños de Roma, he aquí vuestra maravillosa inocencia, vuestros ojos centelleantes, vuestras inquietas sonrisas!
Vosotros sois los predilectos de Jesús: "Dejad que los niños vengan mí –decía el divino Maestro– y no se lo prohibáis" (Lc 18, 16).
¡Vosotros sois también mis predilectos
Queridos niños y niñas: Os habéis preparado para la primera comunión con mucho interés y mucha diligencia, y vuestro primer encuentro con Jesús ha sido un momento de intensa emoción y de profunda felicidad. ¡Recordad siempre este día bendito de la primera comunión. ¡Recordad siempre vuestro fervor y vuestra alegría purísima!
Ahora habéis venido aquí para renovar vuestro encuentro con Jesús. ¡No podíais hacerme un regalo más bello y precioso!
Muchos niños habían manifestado el deseo de recibir la primera comunión de manos del Papa. Ciertamente habría sido para mí un gran consuelo pastoral dar a Jesús por vez primera a los niños y niñas de Roma. Pero esto no es posible, y, además, es mejor que cada niño reciba su primera comunión en la propia parroquia, del propio párroco. ¡Pero al menos; me es posible dar hoy la sagrada comunión a una representación vuestra, teniendo presente en mi amor a todos los demás, en este amplio y magnífico cenáculo! ¡Y esta es una alegría inmensa para mí y para vosotros, que no la olvidaremos jamás! Al mismo tiempo quiero dejaros algunos pensamientos que os puedan servir para mantener siempre límpida vuestra fe, fervoroso vuestro amor a Jesús Eucaristía, inocente vuestra vida.
1. Jesús está presente con nosotros. He aquí el primer pensamiento.
Jesús ha resucitado y subido al cielo; pero ha querido permanecer con nosotros y para nosotros, en todos los lugares de la tierra. ¡La Eucaristía es verdaderamente una invención divina!
Antes de morir en la cruz, ofreciendo su vida al Padre en sacrificio de adoración y de amor, Jesús instituyó la Eucaristía, transformando el pan y el vino en su misma Persona y dando a los Apóstoles y a sus sucesores, los obispos y los sacerdotes, el poder de hacerlo presente en la Santa Misa.
¡Jesús, pues, ha querido permanecer con nosotros para siempre! Jesús ha querido unirse íntimamente a nosotros en la santa comunión, para demostrarnos su amor directa y personalmente. Cada uno puede decir: "¡Jesús me ama! ¡Yo amo a Jesús!".
Santa Teresa del Niño Jesús, recordando el día de su primera comunión, escribía: "¡Oh, qué dulce fue el primer beso que Jesús dio a mi alma!... Fue un beso de amor, yo me sentía amada y decía a mi vez: Os amo, me entrego a Vos para siempre... Teresa había desaparecido como la gota de agua que se pierde en el seno del océano. Quedaba solo Jesús: el Maestro, el Rey" (Teresa de Lisieux, Storia di un'anima; edic. Queriniana, 1974, Man. A, cap. IV, pág. 75).
Y se puso a llorar de alegría y consuelo, entre el estupor de las compañeras.
Jesús está presente en la Eucaristía para ser encontrado, amado, recibido, consolado. Dondequiera esté el sacerdote, allí está presente Jesús, porque la misión y la grandeza del sacerdote es precisamente la celebración de la Santa Misa.
Jesús está presente en las grandes ciudades y en las pequeñas aldeas, en las iglesias de montaña y en las lejanas cabañas de África y de Asia, en los hospitales y en las cárceles, ¡incluso en los campos de concentración estaba presente Jesús en la Eucaristía!
Queridos niños: ¡Recibid frecuentemente a Jesús! ¡Permaneced en él: dejaos transformar por él!
2. Jesús es vuestro mayor amigo. He aquí el segundo pensamiento.
¡No lo olvidéis jamás! Jesús quiere ser nuestro amigo más íntimo, nuestro compañero de camino.
Ciertamente tenéis muchos amigos; pero no podéis estar siempre con ellos, y ellos no pueden ayudaros siempre, escucharos, consolaros.
En cambio, Jesús es el amigo que nunca os abandona; Jesús os conoce uno por uno, personalmente; sabe vuestro nombre, os sigue, os acompaña, camina con vosotros cada día; participa de vuestras alegrías y os consuela en los momentos de dolor y de tristeza. Jesús es el amigo del que no se puede prescindir ya más cuando se le ha encontrado y se ha comprendido que nos ama y quiere nuestro amor.
Con él podéis hablar, hacerle confidencias; podéis dirigiros a él con afecto y confianza. ¡Jesús murió incluso en una cruz por nuestro amor! Haced un pacto de amistad con Jesús y no lo rompáis jamás! En todas las situaciones de vuestra vida, dirigíos al Amigo divino, presente en nosotros con su "Gracia", presente con nosotros y en nosotros en la Eucaristía.
Y sed también los mensajeros y testigos gozosos del Amigo Jesús en vuestras familias, entre vuestros compañeros, en los lugares de vuestros juegos y de vuestras vacaciones, en esta sociedad moderna, muchas veces tan triste e insatisfecha.
3. Jesús os espera. He aquí el último pensamiento.
La vida, larga o breve, es un viaje hacia el paraíso: ¡Allí está nuestra patria, allí está nuestra verdadera casa, allí está nuestra cita!
¡Jesús nos espera en el paraíso! No olvidéis nunca esta verdad suprema y confortadora. ¿Y qué es la santa comunión sino un paraíso anticipado? Efectivamente, en la Eucaristía está el mismo Jesús que nos espera y a quien encontraremos un día abiertamente en el cielo.
¡Recibid frecuentemente a Jesús para no olvidar nunca el paraíso, para estar siempre en marcha hacia la casa del Padre celestial, para gustar ya un poco el paraíso!
Esto lo había entendido Domingo Savio que, a los 7 años, tuvo permiso para recibir la primera comunión, y ese día escribió sus propósitos: "Primero: me confesaré muy frecuentemente y haré la comunión todas las veces que me dé permiso el confesor. Segundo: quiero santificar los días festivos. Tercero: mis amigos serán Jesús y María. Cuarto: la muerte, pero no el pecado".
Esto que el pequeño Domingo escribía hace tantos años, 1849, vale todavía ahora y valdrá para siempre.
Queridísimos, termino diciéndoos, niños y niñas, ¡manteneos dignos de Jesús a quien recibís! ¡Sed inocentes y generosos! ¡Comprometeos para hacer hermosa la vida a todos con la obediencia, con la amabilidad, con la buena educación! ¡El secreto de la alegría es la bondad!
Y a vosotros, padres y familiares, os digo con preocupación y confianza: ¡Amad a vuestros niños, respetadlos, edificadlos! ¡Sed dignos de su inocencia y del misterio encerrado en su alma, creada directamente por Dios! ¡Ellos tienen necesidad de amor, delicadeza, buen ejemplo, madurez! ¡No los desatendáis! ¡No los traicionéis!
Os confío a todos a María Santísima, nuestra Madre del cielo, la Estrella en el mar de nuestra vida: ¡Rezadle cada día vosotros, niños! Dad a María Santísima vuestra mano para que os lleve a recibir santamente a Jesús.
Y dirijamos también un pensamiento de afecto y solidaridad a todos los muchachos que sufren, a todos los niños que no pueden recibir a Jesús, porque no lo conocen, a todos los padres que se han visto dolorosamente privados de sus hijos, o están desilusionados y amargados en sus expectativas.
¡En vuestro encuentro con Jesús rezad por todos, encomendad a todos, pedid gracias y ayudas para todos!
¡Y rezad también por mí, vosotros que sois mis predilectos!
[ii] HOMILÍA DE SU SANTIDAD BENEDICTO XVI
DURANTE LA MISA EN LA SOLEMNIDAD DEL CORPUS CHRISTI
Basílica de San Juan de Letrán. Jueves 7 de junio de 2007
Queridos hermanos y hermanas:
Hace poco hemos cantado en la Secuencia: "Dogma datur christianis, quod in carnem transit panis, et vinum in sanguinem", "Es certeza para los cristianos: el pan se convierte en carne, y el vino en sangre". Hoy reafirmamos con gran gozo nuestra fe en la Eucaristía, el Misterio que constituye el corazón de la Iglesia.
En la reciente exhortación postsinodal Sacramentumcaritatis recordé que el Misterio eucarístico "es el don que Jesucristo hace de sí mismo, revelándonos el amor infinito de Dios por cada hombre" (n. 1). Por tanto, la fiesta del Corpus Christi es singular y constituye una importante cita de fe y de alabanza para toda comunidad cristiana. Es una fiesta que tuvo su origen en un contexto histórico y cultural determinado: nació con la finalidad precisa de reafirmar abiertamente la fe del pueblo de Dios en Jesucristo vivo y realmente presente en el santísimo sacramento de la Eucaristía. Es una fiesta instituida para adorar, alabar y dar públicamente las gracias al Señor, que "en el Sacramento eucarístico Jesús sigue amándonos "hasta el extremo", hasta el don de su cuerpo y de su sangre" (ib., 1).
La celebración eucarística de esta tarde nos remonta al clima espiritual del Jueves santo, el día en que Cristo, en la víspera de su pasión, instituyó en el Cenáculo la santísima Eucaristía. Así, el Corpus Christi constituye una renovación del misterio del Jueves santo, para obedecer a la invitación de Jesús de "proclamar desde los terrados" lo que él dijo en lo secreto (cf Mt 10, 27).
El don de la Eucaristía los Apóstoles lo recibieron en la intimidad de la última Cena, pero estaba destinado a todos, al mundo entero. Precisamente por eso hay que proclamarlo y exponerlo abiertamente, para que cada uno pueda encontrarse con "Jesús que pasa", como acontecía en los caminos de Galilea, de Samaria y de Judea; para que cada uno, recibiéndolo, pueda quedar curado y renovado por la fuerza de su amor.
Queridos amigos, esta es la herencia perpetua y viva que Jesús nos ha dejado en el Sacramento de su Cuerpo y su Sangre. Es necesario reconsiderar, revivir constantemente esta herencia, para que, como dijo el venerado Papa Pablo VI, pueda ejercer "su inagotable eficacia en todos los días de nuestra vida mortal" (Audiencia general del miércoles 24 de mayo de 1967).
En la misma exhortación postsinodal, comentando la exclamación del sacerdote después de la consagración: "Este es el misterio de la fe", afirmé: "Proclama el misterio celebrado y manifiesta su admiración ante la conversión sustancial del pan y el vino en el cuerpo y la sangre del Señor Jesús, una realidad que supera toda comprensión humana" (n. 6)
Precisamente porque se trata de una realidad misteriosa que rebasa nuestra comprensión, no nos ha de sorprender que también hoy a muchos les cueste aceptar la presencia real de Cristo en la Eucaristía. No puede ser de otra manera. Así ha sucedido desde el día en que, en la sinagoga de Cafarnaúm, Jesús declaró abiertamente que había venido para darnos en alimento su carne y su sangre (cf Jn 6, 26-58).
Ese lenguaje pareció "duro" y muchos se volvieron atrás. Ahora, como entonces, la Eucaristía sigue siendo "signo de contradicción" y no puede menos de serlo, porque un Dios que se hace carne y se sacrifica por la vida del mundo pone en crisis la sabiduría de los hombres. Pero con humilde confianza la Iglesia hace suya la fe de Pedro y de los demás Apóstoles, y con ellos proclama, y proclamamos nosotros: "Señor, ¿a quién vamos a ir? Tú tienes palabras de vida eterna" (Jn 6, 68). Renovemos también nosotros esta tarde la profesión de fe en Cristo vivo y presente en la Eucaristía. Sí, "es certeza para los cristianos: el pan se convierte en carne, y el vino en sangre".
La Secuencia, en su punto culminante, nos ha hecho cantar: "Ecce panis angelorum, factus cibus viatorum: vere panis filiorum", "He aquí el pan de los ángeles, pan de los peregrinos, verdadero pan de los hijos". La Eucaristía es el alimento reservado a los que en el bautismo han sido liberados de la esclavitud y han llegado a ser hijos, y por la gracia de Dios nosotros somos hijos; es el alimento que los sostiene en el largo camino del éxodo a través del desierto de la existencia humana.
Como el maná para el pueblo de Israel, así para toda generación cristiana la Eucaristía es el alimento indispensable que la sostiene mientras atraviesa el desierto de este mundo, aridecido por sistemas ideológicos y económicos que no promueven la vida, sino que más bien la mortifican; un mundo donde domina la lógica del poder y del tener, más que la del servicio y del amor; un mundo donde no raramente triunfa la cultura de la violencia y de la muerte. Pero Jesús sale a nuestro encuentro y nos infunde seguridad: él mismo es "el pan de vida" (Jn 6, 35.48). Nos lo ha repetido en las palabras del Aleluya: "Yo soy el pan vivo bajado del cielo. Quien come de este pan, vivirá para siempre" (cf Jn 6, 51).
En el pasaje evangélico que se acaba de proclamar, san Lucas, narrándonos el milagro de la multiplicación de los cinco panes y dos peces con los que Jesús sació a la muchedumbre "en un lugar desierto", concluye diciendo: "Comieron todos hasta saciarse (cf Lc 9, 11-17).
En primer lugar, quiero subrayar la palabra "todos". En efecto, el Señor desea que todos los seres humanos se alimenten de la Eucaristía, porque la Eucaristía es para todos. Si en el Jueves santo se pone de relieve la estrecha relación que existe entre la última Cena y el misterio de la muerte de Jesús en la cruz, hoy, fiesta del Corpus Christi, con la procesión y la adoración común de la Eucaristía se llama la atención hacia el hecho de que Cristo se inmoló por la humanidad entera. Su paso por las casas y las calles de nuestra ciudad será para sus habitantes un ofrecimiento de alegría, de vida inmortal, de paz y de amor.
En el pasaje evangélico salta a la vista un segundo elemento: el milagro realizado por el Señor contiene una invitación explícita a cada uno para dar su contribución. Los cinco panes y dos peces indican nuestra aportación, pobre pero necesaria, que él transforma en don de amor para todos. "Cristo –escribí en la citada exhortación postsinodal– sigue exhortando también hoy a sus discípulos a comprometerse en primera persona" (n. 88). Por consiguiente, la Eucaristía es una llamada a la santidad y a la entrega de sí a los hermanos, pues "la vocación de cada uno de nosotros consiste en ser, junto con Jesús, pan partido para la vida del mundo" (ib.)
Nuestro Redentor dirige esta invitación en particular a nosotros, queridos hermanos y hermanas de Roma, reunidos en torno a la Eucaristía en esta histórica plaza: os saludo a todos con afecto. Mi saludo va ante todo al cardenal vicario y a los obispos auxiliares, a los demás venerados hermanos cardenales y obispos, así como a los numerosos presbíteros y diáconos, a los religiosos y las religiosas, y a todos los fieles laicos.
Al final de la celebración eucarística nos uniremos en procesión, como para llevar idealmente al Señor Jesús por todas las calles y barrios de Roma. Por decirlo así, lo sumergiremos en la cotidianidad de nuestra vida, para que camine donde nosotros caminamos, para que viva donde vivimos. En efecto, como nos ha recordado el apóstol san Pablo en la carta a los Corintios, sabemos que en toda Eucaristía, también en la de esta tarde, "anunciamos la muerte del Señor hasta que venga" (cf 1Co 11, 26). Caminamos por las calles del mundo sabiendo que lo tenemos a él a nuestro lado, sostenidos por la esperanza de poderlo ver un día cara a cara en el encuentro definitivo.
Mientras tanto, ya ahora escuchamos su voz, que repite, como leemos en el libro del Apocalipsis: "Mira que estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo" (Ap 3, 20).
La fiesta del Corpus Christi quiere hacer perceptible, a pesar de la dureza de nuestro oído interior, esta llamada del Señor. Jesús llama a la puerta de nuestro corazón y nos pide entrar no solo por un día, sino para siempre. Lo acogemos con alegría elevando a él la invocación coral de la liturgia: "Buen pastor, verdadero pan, oh Jesús, ten piedad de nosotros (...). Tú que todo lo sabes y lo puedes, que nos alimentas en la tierra, lleva a tus hermanos a la mesa del cielo, en la gloria de tus santos". Amén.
[iii] SANTAMISA EN LA SOLEMNIDAD DEL CORPUS CHRISTI
HOMILÍA DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI
Basílica de San Juan de Letrán. Jueves 3 de junio de 2010
Queridos hermanos y hermanas:
El sacerdocio del Nuevo Testamento está íntimamente unido a la Eucaristía. Por esto, hoy, en la solemnidad del Corpus Christi y casi al final del Año sacerdotal, se nos invita a meditar en la relación entre la Eucaristía y el sacerdocio de Cristo. En esta dirección nos orientan también la primera lectura y el salmo responsorial, que presentan la figura de Melquisedec. El breve pasaje del Libro del Génesis (cf 14, 18-20) afirma que Melquisedec, rey de Salem, era "sacerdote del Dios altísimo" y por eso "ofreció pan y vino" y "bendijo a Abram", que volvía de una victoria en batalla. Abraham mismo le dio el diezmo de todo. El salmo, a su vez, contiene en la última estrofa una expresión solemne, un juramento de Dios mismo, que declara al Rey Mesías: "Tú eres sacerdote eterno según el rito de Melquisedec" (Sal 110, 4). Así, el Mesías no solo es proclamado Rey sino también Sacerdote. En este pasaje se inspira el autor de la Carta a los Hebreos para su amplia y articulada exposición. Y nosotros lo hemos repetido en el estribillo: "Tú eres sacerdote eterno, Cristo Señor": casi una profesión de fe, que adquiere un significado especial en la fiesta de hoy. Es la alegría de la comunidad, la alegría de toda la Iglesia que, contemplando y adorando el Santísimo Sacramento, reconoce en él la presencia real y permanente de Jesús, sumo y eterno Sacerdote.
La segunda lectura y el Evangelio, en cambio, centran la atención en el misterio eucarístico. De la Primera Carta a los Corintios (cf 11, 23-26) está tomado el pasaje fundamental, en el que san Pablo recuerda a la comunidad el significado y el valor de la "Cena del Señor", que el Apóstol había transmitido y enseñado, pero que corrían el riesgo de perderse. El Evangelio, en cambio, es el relato del milagro de la multiplicación de los panes y los peces, en la redacción de san Lucas: un signo atestiguado por todos los Evangelistas y que anuncia el don que Cristo hará de sí mismo, para dar a la humanidad la vida eterna. Ambos textos ponen de relieve la oración de Cristo, en el acto de partir el pan. Naturalmente, hay una neta diferencia entre los dos momentos: cuando parte los panes y los peces para las multitudes, Jesús da gracias al Padre celestial por su providencia, confiando en que no dejará que falte el alimento a toda esa gente. En la última Cena, en cambio, Jesús convierte el pan y el vino en su propio Cuerpo y Sangre, para que los discípulos puedan alimentarse de él y vivir en comunión íntima y real con él.
Lo primero que conviene recordar siempre es que Jesús no era un sacerdote según la tradición judía. Su familia no era sacerdotal. No pertenecía a la descendencia de Aarón, sino a la de Judá y, por tanto, legalmente el camino del sacerdocio le estaba vedado. La persona y la actividad de Jesús de Nazaret no se sitúan en la línea de los antiguos sacerdotes, sino más bien en la de los profetas. Y en esta línea Jesús se alejó de una concepción ritual de la religión, criticando el planteamiento que daba valor a los preceptos humanos vinculados a la pureza ritual más que a la observancia de los mandamientos de Dios, es decir, al amor a Dios y al prójimo, que, como dice el Señor, "vale más que todos los holocaustos y sacrificios" (Mc 12, 33). También en el interior del templo de Jerusalén, lugar sagrado por excelencia, Jesús realiza un gesto típicamente profético, cuando expulsa a los cambistas y a los vendedores de animales, actividades que servían para la ofrenda de los sacrificios tradicionales. Así pues, a Jesús no se le reconoce como un Mesías sacerdotal, sino profético y real. Incluso su muerte, que los cristianos con razón llamamos "sacrificio", no tenía nada de los sacrificios antiguos, más aún, era todo lo contrario: la ejecución de una condena a muerte, por crucifixión, la más infamante, llevada a cabo fuera de las murallas de Jerusalén.
Entonces, ¿en qué sentido Jesús es sacerdote? Nos lo dice precisamente la Eucaristía. Podemos tomar como punto de partida las palabras sencillas que describen a Melquisedec: "Ofreció pan y vino" (Gn 14, 18). Es lo que hizo Jesús en la última Cena: ofreció pan y vino, y en ese gesto se resumió totalmente a sí mismo y resumió toda su misión. En ese acto, en la oración que lo precede y en las palabras que lo acompañan radica todo el sentido del misterio de Cristo, como lo expresa la Carta a los Hebreos en un pasaje decisivo, que es necesario citar: "En los días de su vida mortal –escribe el autor refiriéndose a Jesús– ofreció ruegos y súplicas con poderoso clamor y lágrimas a Dios que podía salvarlo de la muerte, y fue escuchado por su pleno abandono a él. Aun siendo Hijo, con lo que padeció aprendió la obediencia; y, hecho perfecto, se convirtió en causa de salvación eterna para todos los que le obedecen, proclamado por Dios sumo sacerdote según el rito de Melquisedec" (5, 7-10). En este texto, que alude claramente a la agonía espiritual de Getsemaní, la pasión de Cristo se presenta como una oración y como una ofrenda. Jesús afronta su "hora", que lo lleva a la muerte de cruz, inmerso en una profunda oración, que consiste en la unión de su voluntad con la del Padre. Esta doble y única voluntad es una voluntad de amor. La trágica prueba que Jesús afronta, vivida en esta oración, se transforma en ofrenda, en sacrificio vivo.
Dice la Carta a los Hebreos que Jesús "fue escuchado". ¿En qué sentido? En el sentido de que Dios Padre lo liberó de la muerte y lo resucitó. Fue escuchado precisamente por su pleno abandono a la voluntad del Padre: el designio de amor de Dios pudo realizarse perfectamente en Jesús que, habiendo obedecido hasta el extremo de la muerte en cruz, se convirtió en "causa de salvación" para todos los que le obedecen. Es decir, se convirtió en sumo sacerdote porque él mismo tomó sobre sí todo el pecado del mundo, como "Cordero de Dios". Es el Padre quien le confiere este sacerdocio en el momento mismo en que Jesús cruza el paso de su muerte y resurrección. No es un sacerdocio según el ordenamiento de la ley de Moisés (cf Lv 8-9), sino "según el rito de Melquisedec", según un orden profético, que solo depende de su singular relación con Dios.
Volvamos a la expresión de la Carta a los Hebreos que dice: "Aun siendo Hijo, con lo que padeció aprendió la obediencia". El sacerdocio de Cristo conlleva el sufrimiento. Jesús sufrió verdaderamente, y lo hizo por nosotros. Era el Hijo y no necesitaba aprender la obediencia, pero nosotros sí teníamos y tenemos siempre necesidad de aprenderla. Por eso, el Hijo asumió nuestra humanidad y por nosotros se dejó "educar" en el crisol del sufrimiento, se dejó transformar por él, como el grano de trigo que, para dar fruto, debe morir en la tierra. A través de este proceso Jesús fue "hecho perfecto", en griego teleiotheis. Debemos detenernos en este término, porque es muy significativo. Indica la culminación de un camino, es decir, precisamente el camino de educación y transformación del Hijo de Dios mediante el sufrimiento, mediante la pasión dolorosa. Gracias a esta transformación Jesucristo llega a ser "sumo sacerdote" y puede salvar a todos los que le obedecen. El término teleiotheis, acertadamente traducido con "hecho perfecto", pertenece a una raíz verbal que, en la versión griega del Pentateuco –es decir, los primeros cinco libros de la Biblia– siempre se usa para indicar la consagración de los antiguos sacerdotes. Este descubrimiento es muy valioso, porque nos aclara que la pasión fue para Jesús como una consagración sacerdotal. Él no era sacerdote según la Ley, pero llegó a serlo de modo existencial en su Pascua de pasión, muerte y resurrección: se ofreció a sí mismo en expiación y el Padre, exaltándolo por encima de toda criatura, lo constituyó Mediador universal de salvación.
Volvamos a nuestra meditación, a la Eucaristía, que dentro de poco ocupará el centro de nuestra asamblea litúrgica. En ella Jesús anticipó su sacrificio, un sacrificio no ritual, sino personal. En la última Cena actúa movido por el "Espíritu eterno" con el que se ofrecerá en la cruz (cf Hb 9, 14). Dando gracias y bendiciendo, Jesús transforma el pan y el vino. El amor divino es lo que transforma: el amor con que Jesús acepta con anticipación entregarse totalmente por nosotros. Este amor no es sino el Espíritu Santo, el Espíritu del Padre y del Hijo, que consagra el pan y el vino y cambia su sustancia en el Cuerpo y la Sangre del Señor, haciendo presente en el Sacramento el mismo sacrificio que se realiza luego de modo cruento en la cruz. Así pues, podemos concluir que Cristo es sacerdote verdadero y eficaz porque estaba lleno de la fuerza del Espíritu Santo, estaba colmado de toda la plenitud del amor de Dios, y esto precisamente "en la noche en que fue entregado", precisamente en la "hora de las tinieblas" (cf Lc 22, 53). Esta fuerza divina, la misma que realizó la encarnación del Verbo, es la que transforma la violencia extrema y la injusticia extrema en un acto supremo de amor y de justicia. Esta es la obra del sacerdocio de Cristo, que la Iglesia ha heredado y prolonga en la historia, en la doble forma del sacerdocio común de los bautizados y el ordenado de los ministros, para transformar el mundo con el amor de Dios. Todos, sacerdotes y fieles, nos alimentamos de la misma Eucaristía; todos nos postramos para adorarla, porque en ella está presente nuestro Maestro y Señor, está presente el verdadero Cuerpo de Jesús, Víctima y Sacerdote, salvación del mundo. Venid, exultemos con cantos de alegría. Venid, adoremos. Amén.
DOMINGO 9-C DEL TIEMPO ORDINARIO
NVulgata 1 Ps 2 E – BibJer2ed (en) – Concordia y ©atena Aurea (en)
Juan Pablo II, Homilía en Reikiavik 4-6-1989 (en it)
«"Señor, no soy digno de que entres en mi casa" (Lc 7, 6).
Queridos hermanos y hermanas:
1. Estas palabras nos resultan familiares. Las pronunciamos antes de la sagrada comunión cada vez que participamos en la Misa (...). Queridos niños: Hoy repetiréis estas palabras los que vais a recibir la comunión por primera vez. (...). ¡Ojalá consideréis siempre el amor de Jesús tan importante como lo consideráis hoy! (...).
3. Las palabras: "Señor, no soy digno" fueron pronunciadas por primera vez por un centurión romano, un hombre que militaba como soldado en la tierra de Israel. Aunque era extranjero y pagano, amaba al pueblo de Israel, y –como el Evangelio nos dice– incluso les había construido una sinagoga, una casa de oración (cf Lc 7, 5). Por esta razón, los judíos apoyaron con gusto la petición que él quería hacer a Jesús de curar a su siervo.
En respuesta a la petición del centurión, Jesús parte hacia su casa. Pero en ese momento el centurión, queriendo ahorrar a Jesús el esfuerzo, le dijo: "Señor, no te molestes, pues no soy digno de que entres en mi casa; por eso tampoco me creí digno de venir personalmente. Dilo de palabra y mi criado quedará sano" (Lc 7, 6-7). Cristo accedió al deseo del centurión, pero al mismo tiempo "se admiró" de las palabras de él; y dijo a la muchedumbre que lo seguía: "Os digo que ni en Israel he encontrado tanta fe" (v. 9).
4. Si repetimos las palabras del centurión cuando nos acercamos a la sagrada comunión, lo hacemos precisamente porque estas palabras expresan una fe fuerte y profunda. Las palabras son sencillas, pero en cierto sentido contienen la verdad fundamental que expresa quién es Dios y quién es el hombre: Dios es el totalmente Santo, el Creador que nos da la vida y que hizo todo lo que existe en el universo. Nosotros somos creaturas y somos sus hijos, necesitados de curación a causa de nuestros pecados.
En una sociedad muy desarrollada como la vuestra (...), es fácil vivir como si Dios no existiera. En efecto, existe una poderosa atracción hacia esa actitud, pues puede dar la impresión de que reconocer a Dios como origen y fin de todo recorta la independencia humana y pone límites inaceptables a la acción humana. Pero cuando olvidamos a Dios, inmediatamente perdemos de vista el significado más profundo de nuestra existencia y ya no sabemos quiénes somos (cf Gaudium et spes, 36). ¿No constituye esto una causa importante de la insatisfacción que suele hallarse en las sociedades muy desarrolladas?
¿No es fundamental para nuestro bienestar sicológico y social escuchar la voz de Dios en la maravillosa armonía del universo? ¿No es de hecho liberador reconocer que la estabilidad, la verdad, la bondad y el orden que la mente humana progresivamente descubre en el cosmos son un reflejo de la unidad, verdad, bondad y belleza del Creador mismo? (...). Ninguna persona aislada puede resolver todos los problemas del mundo. Pero todo acto de bondad es una contribución importante a los cambios que deseamos contemplar (...). Todas nuestras buenas obras constituyen una victoria de la justicia, la paz y la dignidad humana (...).
5. Las palabras del centurión son la voz de la creatura que alaba al Creador por su generosidad y bondad. Efectivamente, estas palabras contienen el Evangelio entero: la entera Buena Nueva de nuestra salvación, y dan testimonio del maravilloso don de Dios mismo, expresado en la Palabra de vida. Dios regala a la humanidad un don totalmente libre: una participación en su naturaleza divina. Él dota a sus criaturas con la vida eterna en Cristo. El hombre ha sido adornado de gracia por Dios.
La fe del centurión romano era grande. Él era consciente de lo mucho que había sido "agraciado" por Cristo. Sabía que no era digno de tal don, y que este don iba más allá de todo lo que él, un mero hombre, podía alcanzar o incluso desear, pues el don es en verdad sobrenatural. Lo maravilloso de este don es que nos permite alcanzar el objeto de nuestros más profundos anhelos: vuvir para siempre en íntima unión con Dios que es la fuente de todo bien.
En la Eucaristía participamos sacramentalmente en este mismo don. La Eucaristía es un memorial del sufrimiento y de la muerte de Jesús: nos llena de gracia y es una prenda de nuestra futura gloria. Mediante la fe debemos renovar constantemente nuestra gratitud por el don divino.
En Cristo –que es el don divino, el don del Evangelio–, la Eucaristía se nos ofrece a todos. Todos estamos invitados a hacernos "hermanos en la fe" (cf Ga 6, 10). En la Iglesia no hay "extranjeros". Incluso quien viene de "un país lejano", desde muy lejos, está "en su casa" en la Iglesia. Esto es lo que la primera lectura de hoy, tomada del Libro de los Reyes, nos dice: cuando Salomón dedica el gran templo de Jerusalén, ora para que "te conozcan todos los pueblos de la tierra" (1R 8, 43). A pesar de las diferencias de raza, nacionalidad, lengua y cultura, todos están llamados a participar de igual modo en la unidad y hermandad del Pueblo de Dios (...).
6. "¡Alabad al Señor todas las naciones, aclamadlo todos los pueblos! Firme es su misericordia con nosotros, su fidelidad dura por siempre" (Sal 117, 1-2). Hoy la Iglesia en todas partes canta estas palabras: dondequiera que se reúnan cristianos para celebrar la Eucaristía dominical, como estamos haciendo aquí (...), se están repitiendo en tantas lenguas diferentes las palabras del centurión: "Señor, no soy digno". Estas palabras –como las del salmo– nos hablan a todos de los dones de Dios: nuestra vida, nuestra familia, el progreso de nuestra sociedad, nuestra fe, y el más grande de todos los dones de Dios: su unigénito Hijo Jesucristo.
"Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme" (cf Lc 7, 6)».
–
LA PALABRA DEL PAPA.– «Jesús, al dar a Simón (...) el título, más aún, el don, el carisma de la fuerza, de la dureza, de la capacidad de resistir y sostener –como es precisamente la naturaleza de una piedra, de una roca, de un peñasco–, asociaba el mensaje de su palabra a la virtud nueva y prodigiosa de este apóstol, que había de tener la función, él y quien le sucediera legítimamente, de testimoniar con incomparable seguridad ese mismo mensaje que llamamos Evangelio» (Pablo VI, Audiencia general 3-4-1968 fr it). «El mensaje de Cristo, de generación en generación, nos ha llegado a través de una cadena de testimonios, de la que Nos formamos un eslabón como sucesor de Pedro, a quien el Señor confió el carisma de la fe sin error» (Pablo VI, Homilía 20-9-1964 it). «Junto a la infalibilidad de las definiciones "ex cáthedra", existe el carisma de asistencia del Espíritu Santo concedido a Pedro y a sus sucesores para que no cometan errores en materia de fe y de moral y para que así iluminen bien al pueblo cristiano» (Juan Pablo II, Audiencia general 24-3-1993 spit). «Al escogerme como Obispo de Roma, el Señor ha querido que sea su Vicario, ha querido que sea la "piedra" en la que todos puedan apoyarse con seguridad» (Benedicto XVI, Homilía en la capilla Sixtina 20-4-2005 gesp fr en it lt po).
LOS ENLACES A LA NEO-VULGATA.– «Esta edición de la Neo-Vulgata puede servir también (además de especialmente para la liturgia) para que la tengan en cuenta las versiones en lengua vulgar que se destinan a uso litúrgico y pastoral, y (...) como base segura para los estudios bíblicos» (Juan Pablo II, Constitución apostólica Scripturarum thesaurus 25-4-1979 ge sp fr en lt po). «La palabra sagrada debe presentarse lo más posible tal como es, incluso en lo que tiene de extraño y con los interrogantes que comporta» (Benedicto XVI, Carta al presidente de la C.E. Alemana sobre un cambio en las palabras de la Consagración 14-4-2012 ge sp fr en it pl po).
Texto preparado por Fr. Gregorio Cortázar Vinuesa, O.C.D. España.
Moradas séptimas, Cap. 2 Comentario del P. Tomás Álvarez, ocd
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LA SANTÍSIMA TRINIDAD
NVulgata 1 Ps 2 E – BibJer2ed (en) – Concordia y ©atena Aurea (en)
(1/3) Misterio de comunión interpersonal
Juan Pablo II, Homilía en la basílica de San Pedro 29-5-1983 (it):
«"Señor, Dios nuestro, que admirable es tu nombre en toda la tierra" (Sal 8, 2). Queridos hermanos y hermanas (...). Estas palabras del Salmo responsorial de la liturgia de hoy nos ponen con temblor y adoración ante el gran misterio de la Santísima Trinidad, cuya fiesta estamos celebrando solemnemente. "¡Qué admirable es tu nombre en toda la tierra!". Y sin embargo, la extensión del mundo y del universo, aun cuando ilimitado, per quanto sconfinato, no iguala la inconmensurable realidad de la vida de Dios. Ante él hay que acoger más que nunca con humildad la invitación del Sabio bíblico, cuando advierte: "Que tu corazón no se apresure a proferir una palabra delante de Dios, que Dios está en los cielos, y tú en la tierra" (Qo 5, 1).
Efectivamente, Dios es la única realidad que escapa a nuestras capacidades de medida, de control, de dominio, de comprensión exhaustiva. Por eso es Dios: porque es él quien nos mide, nos rige, nos guía, nos comprende, aun cuando no tuviésemos conciencia de ello. Pero si esto es verdad para la divinidad en general, vale mucho más para el misterio trinitario, esto es, típicamente cristiano de Dios mismo. Él es a la vez Padre, Hijo y Espíritu Santo. Pero no se trata ni de tres dioses separados, lo cual sería una blasfemia, ni siquiera de simples modos diversos e impersonales de presentarse una sola persona divina, lo cual significaría empobrecer radicalmente su riqueza de comunión interpersonal.
Nosotros podemos decir del Dios Uno y Trino mejor lo que no es que lo que es. Por lo demás, si pudiésemos explicarlo adecuadamente con nuestra razón, eso querría decir que lo habríamos apresado y reducido a la medida de nuestra mente, lo habríamos como aprisionado en las mallas de nuestro pensamiento; pero entonces lo habríamos empequeñecido a las dimensiones mezquinas de un ídolo.
En cambio: "¡Qué admirable es tu nombre en toda la tierra!". Es decir: Qué grande eres a nuestros ojos, qué libre, que diverso! Sin embargo, he aquí la novedad cristiana: el Padre nos ha amado tanto que nos ha dado a su Hijo unigénito; el Hijo, por amor, ha derramado su Sangre en favor nuestro; y el Espíritu Santo, desde luego, "nos ha sido dado" de tal manera que introduce en nosotros el amor mismo con que Dios nos ama (Rm 5, 5), como dice la segunda lectura bíblica de hoy.
El Dios Uno y Trino no es, pues, solo algo diverso, superior, inalcanzable. Al contrario, el Hijo de Dios "no se avergüenza de llamarnos hermanos" (Hb 2, 11), "participando en la sangre y la carne" (Ib. 2, 14) de cada uno de nosotros; y después de la resurrección de Pascua se realiza para cada uno de los cristianos la promesa del Señor mismo, cuando dijo en la última Cena: "Vendremos a él, y en él haremos nuestra morada" (Jn 14, 23).
Es evidente, pues, que la Trinidad no es tanto un misterio para nuestra mente –como si se tratase de un teorema intrincado–, cuanto, y mucho más, de un misterio para nuestro corazón (cf 1Jn 3, 20), puesto que es un misterio de amor. Y nosotros nunca captaremos, no digo tanto la naturaleza ontológica de Dios, cuanto más bien la razón por la que él nos ha amado hasta el punto de identificarse ante nuestros ojos como el Amor mismo (cf 1Jn 4, 16)».
(2/3) Pura Paternidad, pura Filiación, puro Nexo de Amor
«La Unidad de la Divinidad en la Trinidad de las Personas es un misterio inefable e inescrutable. Para poder explicar en cierto modo el significado del dogma fue de fundamental importancia la distinción entre el concepto de "persona" y el concepto de "naturaleza" o esencia. Persona es aquel o aquella que posee la naturaleza humana; la naturaleza es todo aquello por lo que quien existe concretamente es lo que es» (Selección de la Audiencia general 27-11-1985 sp it). «La Iglesia habla del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo como de tres Personas que subsisten en la Unidad de la idéntica Naturaleza divina.
Las personas divinas se distinguen entre sí únicamente por sus relaciones recíprocas: de Padre a Hijo, de Hijo a Padre, de Padre e Hijo a Espíritu, de Espíritu a Padre e Hijo. En Dios, pues, el Padre es pura Paternidad, el Hijo pura Filiación, el Espíritu Santo puro Nexo de Amor de los dos. Esas relaciones, que así distinguen al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo y que los dirigen Uno a Otro en su mismo Ser, poseen en sí mismas todas las riquezas de Luz y de Vida de la Naturaleza divina con la que se identifican totalmente. Son relaciones "subsistentes" que, en virtud de su impulso vital, salen al encuentro una de otra en una comunión en que la totalidad de la Persona es apertura a la otra, paradigma supremo de la sinceridad y de la libertad espiritual a la que deben tender las relaciones interpersonales humanas, siempre muy lejanas de este modelo trascendente.
Y por ello, nuestra reflexión ha de retornar con frecuencia a la contemplación de este misterio, al que tan frecuentemente se alude en el Evangelio. Jesús dice: "El Padre está en mí y yo en el Padre" (Jn 10, 38), "yo y el Padre somos uno" (Jn 10, 30). "Por esta unidad, el Padre está todo en el Hijo, todo en el Espíritu Santo; el Hijo está todo en el Padre, todo en el Espíritu Santo; el Espíritu Santo está todo en el Padre, todo en el Hijo" (Concilio de Florencia, Año 1442: DS 1331). "Lo que es el Padre, lo es no respecto de sí, sino respecto del Hijo; lo que es el Hijo, lo es no respecto de sí, sino respecto del Padre; del mismo modo el Espíritu Santo, en cuanto es llamado Espíritu del Padre y del Hijo, lo es no respecto de sí, sino respecto del Padre y del Hijo" (XI Concilio de Toledo, Año 675: DS 528). Las tres personas divinas, los tres "distintos", siendo puras relaciones recíprocas, son el mismo Ser, la misma Vida, el mismo Dios» (Selección de la Audiencia general 4-12-1985 sp it).
(3/3) Misterio para nuestro corazón (Beata Isabel de la Trinidad)
«¡Oh Dios mío, Trinidad a quien adoro!, ayúdame a olvidarme enteramente de mí para establecerme en ti, inmóvil y tranquila, como si mi alma estuviera ya en la eternidad. Que nada pueda turbar mi paz ni hacerme salir de ti, oh mi Inmutable, sino que cada instante me haga penetrar más y más en la profundidad de tu Misterio. Pacifica mi alma, haz de ella tu cielo, tu amada morada y el lugar de tu reposo. Que nunca te deje allí solo, sino que esté allí toda entera, toda despierta en mi fe, toda en adoración, toda entregada a tu acción creadora.
¡Oh mi Cristo amado, crucificado por amor! Quisiera ser una esposa para tu Corazón, quisiera cubrirte de gloria, quisiera amarte hasta morir de amor. Pero siento mi impotencia, y te pido que me "revistas de ti mismo" (cf Ga 3, 27-28). Identifica mi alma con todos los movimientos de tu alma, sumérgeme, invádeme, sustitúyeme por ti, a fin de que mi vida no sea más que una irradiación de tu Vida. Ven en mí, venez en moi, como Adorador, como Reparador y como Salvador. ¡Oh Verbo eterno, Palabra de mi Dios! Quisiera pasar mi vida escuchándote, quiero hacerme enteramente dócil a tus enseñanzas, a fin de aprenderlo todo de ti. Y luego, a través de todas las noches, de todos los vacíos, de todas las impotencias, quiero fijarme siempre en ti y permanecer bajo tu gran luz. ¡Oh mi Astro amado!, fascíname, para que no pueda ya salir de tu irradiación.
¡Oh Fuego consumidor, Espíritu de Amor!, "sobrevén en mí", survenez en moi (cf Lc 1, 35: superveniet in te) a fin de que se realice en mi alma como una encarnación del Verbo: que yo sea para él una humanidad complementaria, humanité surcroît, en la que renueve todo su Misterio.
Y tú, ¡oh Padre!, inclínate hacia tu pequeña criatura, "cúbrela con tu sombra" (cf Lc 1, 35; Mt 17, 5), no veas en ella más que al "Amado en quien tú has puesto todas tus complacencias" (cf Mt 3, 17; 17, 5).
¡Oh mis Tres, mi Todo, mi Bienaventuranza, Soledad infinita, Inmensidad donde me pierdo! Yo me entrego a ti como una presa. Escóndete tú en mí, ensevelissez-vous en moi (cf Col 3, 3), para que yo me esconda en ti, en espera de ir a contemplar en tu luz el abismo de tus grandezas».
(Isabel nace en Dijon, Francia, en 1880; entra en el Carmelo en 1901; escribe esta oración en 1904, y muere en 1906. Es beatificada por Juan Pablo II en 1984).
Texto preparado por Fr. Gregorio Cortázar Vinuesa, O.C.D. España.
Moradas séptimas, Cap. 2 Comentario del P. Tomás Álvarez, ocd
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SOLEMNIDAD DE PENTECOSTÉS
¿Cuántos estaban en el Cenáculo en Pentecostés?
Pablo VI, Audiencia general 17‑5‑1972 (it): «El grupo de los fieles que habían quedado, incluidas las piadosas mujeres y María la Madre de Jesús, era de unas ciento veinte personas aproximadamente». Cf Hc 1, 14-15; 2, 1; Benedicto XVI, Homilía 11-5-2008 (ge sp fr en it po): «"unos ciento veinte", múltiplo del "doce" del Colegio apostólico».
Benedicto XVI, Homilía 23-5-2010 (ge sp fr en it po)
Regina caeli 23-5-2010 (ge sp fr en it po)
Benedicto XVI, Homilía 12-6-2011 (ge sp fr en it po)
Regina caeli 12-6-2011 (ge sp fr en it po)
Benedicto XVI, Homilía 27-5-2012 (ge sp fr en it po)
Regina caeli 27-5-2012 (ge hr sp fr en it po)
JESUCRISTO SUMO Y ETERNO SACERDOTE
(Fiesta en España. Jueves siguiente a Pentecostés)
Juan Pablo II, Audiencia general 18-2-1987 (sp it)
Benedicto XVI, Jesús de Nazaret2 IV: La Oración Sacerdotal de Jesús
¿CÓMO INVOCAR AL ESPÍRITU SANTO
AL COMENZAR LA ORACIÓN PERSONAL?
Juan Pablo II, Homilía 19-5-1991 (it): «A través de las generaciones y los siglos, la Iglesia grita: "Envía tu Espíritu, Señor, y renueva la faz de la tierra"; y este grito encuentra siempre respuesta. Cristo mismo responde: "Recibid el Espíritu Santo" (Jn 20, 22). Y se verifican, al mismo tiempo, las palabras del salmista: "Enviarás tu Espíritu, y serán creados, y renovarás la faz de la tierra" (Sal 104, 30)»; Regina caeli 10-6-1984 (sp it): «"¡Envía tu Espíritu, Señor, y renueva la faz de la tierra!". Así ora la Iglesia por medio del Corazón de la Virgen Inmaculada, Madre de Cristo crucificado y resucitado».
«¡La Iglesia grita!». La promesa divina expresada en el salmo 104, 30, «enviarás tu espíritu, y serán creados, y renovarás la faz de la tierra, emittes spiritum tuum, et creabuntur, et renovabis faciem terrae», la Iglesia la hace objeto de súplica con su respuesta al salmo responsorial del domingo de Pentecostés: «Envía tu Espíritu, Señor, y renueva la faz de la tierra, emitte Spiritum tuum, Domine, et renova faciem terrae».
ESTA, PUES, PODRÍA SER UNA FORMA:
– Ven, Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles, y enciende en ellos el fuego de tu amor.
– Envía tu Espíritu, Señor, / y renueva la faz de la tierra.
– Oh Dios, que has iluminado los corazones de tus hijos con la luz del Espíritu Santo; haznos dóciles a sus inspiraciones, para gustar siempre el bien y gozar de su consuelo. Por Jesucristo, nuestro Señor.
Texto preparado por Fr. Gregorio Cortázar Vinuesa, O.C.D. España.
Comentario del P. Tomás Álvarez, ocd
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LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR
NVulgata 1 Ps 2 2 E – BibJer2ed (en) – Concordia y ©atena Aurea (en)
(1/3) Juan Pablo II, Homilía en San Pedro: jueves 24-5-2001 (ge sp fr en it po): «1. Nos hallamos reunidos en torno al altar del Señor para celebrar su ascensión al cielo. Hemos escuchado sus palabras: "Cuando el Espíritu Santo descienda sobre vosotros, recibiréis fuerza para ser mis testigos... hasta los confines del mundo" (Hc 1, 8) (...). Estas palabras del Señor resucitado impulsan a la Iglesia a adentrarse en el mar de la historia, la hacen contemporánea de todas las generaciones, la transforman en levadura de todas las culturas del mundo.
Las volvemos a escuchar hoy para acoger con renovado fervor la orden que un día Jesús dio a san Pedro: "Duc in áltum, rema mar adentro" (Lc 5, 4), una orden que quise que resonara en toda la Iglesia con la carta apostólica Novo millennio ineunte (ge zh sp fr hu en it lt pl po), y que a la luz de esta solemnidad litúrgica cobra un significado más profundo aún. El áltum hacia el que la Iglesia debe dirigirse no es solo un compromiso misionero más fuerte, sino también, y sobre todo, un compromiso contemplativo más intenso. Como los Apóstoles, testigos de la Ascensión, también nosotros estamos invitados a fijar nuestra mirada en el rostro de Cristo, elevado al resplandor de la gloria divina.
Ciertamente, contemplar el cielo no significa olvidar la tierra. Si nos viniera esta tentación, nos bastaría escuchar de nuevo a los "dos varones vestidos de blanco" de la página evangélica de hoy: "¿Qué hacéis ahí plantados mirando al cielo?". La contemplación cristiana no nos aleja del compromiso histórico. El "cielo" al que Jesús ascendió no es lejanía, sino ocultamiento y custodia de una presencia que no nos abandona jamás, hasta que él vuelva en la gloria. Mientras tanto, es la hora exigente del testimonio, para que en el nombre de Cristo "se predique la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos" (cf Lc 24, 47) (...).
La alegría colmó el corazón de los Apóstoles, después de que el Resucitado, bendiciéndolos, se separó de ellos para subir al cielo. En efecto, dice san Lucas que, "después de adorarlo, se volvieron a Jerusalén con gran gozo, y estaban siempre en el templo bendiciendo a Dios" (Lc 24, 52-53).
La naturaleza misionera de la Iglesia hunde sus raíces en este icono de los orígenes. Lleva impresos sus rasgos y vuelve a proponer su espíritu. Vuelve a proponerlo comenzando por la experiencia de la alegría que el Señor Jesús prometió a cuantos lo aman: "Os he dicho esto, para que mi gozo esté en vosotros, y vuestro gozo sea colmado" (Jn 15, 11).
Si nuestra fe en el Señor resucitado es viva, nuestro corazón no puede menos de colmarse de alegría, y la misión se configura como un "rebosar" de alegría, que nos impulsa a llevar a todos la "buena nueva" de la salvación con valentía, sin miedos ni complejos, incluso a costa del sacrificio de la vida (...).
3. Precisamente esta experiencia convirtió a san Pablo en el "Apóstol de los gentiles", llevándolo a recorrer gran parte del mundo entonces conocido, bajo el impulso de una fuerza interior que lo obligaba a hablar de Cristo: "¡Ay de mí si no predicara el Evangelio!" (1Co 9, 16) (...).
4. "Seréis mis testigos". Estas palabras que Jesús dirigió a los Apóstoles antes de la Ascensión explican bien el sentido de la evangelización de siempre, pero, de modo especial, resultan sumamente actuales en nuestro tiempo. Vivimos en una época en que sobreabunda la palabra, repetida hasta la saciedad por los medios de comunicación social (...). Pero lo que necesitamos es la palabra rica en sabiduría y santidad.
Por eso en la Novo millennio ineunte escribí que "la perspectiva en la que debe situarse el camino pastoral es la santidad" (n. 30), cultivada en la escucha de la palabra de Dios, la oración y la vida eucarística, especialmente durante la celebración semanal del Dies Domini. Solo gracias al testimonio de cristianos verdaderamente comprometidos a vivir de modo radical el Evangelio, el mensaje de Cristo puede abrirse camino en nuestro mundo.
La Iglesia afronta hoy enormes desafíos, que ponen a prueba la confianza y el entusiasmo de los heraldos (...). El mundo moderno, incluso cuando se muestra sensible a la dimensión religiosa y parece redescubrirla, acepta a lo sumo la imagen de Dios creador, mientras que le resulta difícil aceptar –como sucedió con los oyentes de san Pablo en el areópago de Atenas (cf Hc 17, 32-34)– el scandalum crucis (cf 1Co 1, 23), el "escándalo" de un Dios que por amor entra en nuestra historia y se hace hombre, muriendo y resucitando por nosotros.
Es fácil intuir el desafío que esto implica para las escuelas y las universidades católicas, así como para los centros de formación filosófica y teológica de los candidatos al sacerdocio, lugares en los que es preciso impartir una preparación cultural que esté a la altura del momento cultural presente.
Otros problemas derivan del fenómeno de la globalización, que, aunque ofrece la ventaja de acercar a los pueblos y las culturas, haciendo más accesible a todos un sinfín de mensajes, no facilita el discernimiento y una síntesis madura, sino que favorece una actitud relativista, que hace aún más difícil aceptar a Cristo como "Camino, Verdad y Vida" (Jn 14, 6) de todo hombre (...).
5. El misterio de la Ascensión nos abre hoy el horizonte ideal desde el que se ha de enfocar nuestro compromiso. Es, ante todo, el horizonte de la victoria de Cristo sobre la muerte y el pecado. Asciende al cielo como rey de amor y de paz, fuente de salvación para la humanidad entera. Asciende para "ponerse ante Dios, intercediendo por nosotros", como hemos escuchado en la lectura de la carta a los Hebreos (Hb 9, 24). La palabra de Dios nos invita a tener confianza, porque "es fiel quien hizo la promesa" (Hb 10, 23).
También nos da fuerza el Espíritu, que Cristo derramó sin medida. El Espíritu es el secreto de la Iglesia de hoy, como lo fue para la Iglesia de la primera hora. Estaríamos condenados al fracaso si no siguiera siendo eficaz en nosotros la promesa que Jesús hizo a los primeros Apóstoles: "Voy a enviaros la promesa de mi Padre; vosotros quedaos en la ciudad, hasta que seáis revestidos de la fortaleza de lo alto" (Lc 24, 49). El Espíritu, Cristo, el Padre: ¡Toda la Trinidad está comprometida con nosotros! (...).
Nuestros compromisos (...) no los afrontaremos solo con nuestras fuerzas humanas, sino con la fuerza que viene "de lo alto". Esta es la certeza que se alimenta continuamente en la contemplación de Cristo elevado al cielo. Fijando en él nuesta mirada, aceptemos de buen grado la exhortación de la carta a los Hebreos a "mantenernos firmes en la esperanza que profesamos, porque es fiel quien hizo la promesa" (Hb 10, 23).
Nuestro renovado compromiso se hace canto de alabanza, a la vez que, con las palabras del Salmo, indicamos a todos los pueblos del mundo a Cristo resucitado y elevado al cielo: "Pueblos todos, batid palmas, aclamad a Dios con gritos de júbilo... Dios es el rey del mundo" (Sal 47, 1. 8). Por tanto, con renovada confianza, "rememos mar adentro" en su nombre».
(2/3) Benedicto XVI, Regina caeli: domingo 20-5-2007 (ge hr sp fr en it po): «Queridos hermanos y hermanas, en algunos países se celebra hoy la solemnidad de la Ascensión del Señor, que la liturgia recordó el jueves pasado. Jesús resucitado vuelve al Padre, así nos abre el camino a la vida eterna y hace posible el don del Espíritu Santo. Como entonces los Apóstoles, también nosotros, después de la Ascensión, nos recogemos en oración para invocar la efusión del Espíritu, en unión espiritual con la Virgen María (cf Hc 1, 12-14)».
(3/3) Juan Pablo II, Homilía en la parroquia de santa Ángela de Merici: domingo 27-5-2001 (): «1. "Dios asciende entre aclamaciones" (Antífona del Salmo responsorial). Estas palabras de la liturgia de hoy nos introducen en la solemnidad de la Ascensión del Señor. Revivimos el momento en que Cristo, cumplida su misión terrena, vuelve al Padre. Esta fiesta constituye el coronamiento de la glorificación de Cristo, realizada en la Pascua. Representa también la preparación inmediata para el don del Espíritu Santo, que sucederá en Pentecostés. Por tanto, no hay que considerar la Ascensión del Señor como un episodio aislado, sino como parte integrante del único misterio pascual.
En realidad, Jesús resucitado no deja definitivamente a sus discípulos; más bien, empieza un nuevo tipo de relación con ellos. Aunque desde el punto de vista físico y terreno ya no está presente como antes, en realidad su presencia invisible se intensifica, alcanzando una profundidad y una extensión absolutamente nuevas. Gracias a la acción del Espíritu Santo prometido, Jesús estará presente donde enseñó a los discípulos a reconocerlo: en la palabra del Evangelio, en los sacramentos y en la Iglesia, comunidad de cuantos creerán en él, llamada a cumplir una incesante misión evangelizadora a lo largo de los siglos (...).
3. La liturgia nos exhorta hoy a mirar al cielo, como hicieron los Apóstoles en el momento de la Ascensión, pero para ser los testigos creíbles del Resucitado en la tierra (cf Hc 1, 11), colaborando con él en el crecimiento del reino de Dios en medio de los hombres. Nos invita, además, a meditar en el mandato que Jesús dio a los discípulos antes de subir al cielo: predicar a todas las naciones la conversión y el perdón de los pecados (cf Lc 24, 47) (...).
6. "Yo os enviaré lo que mi Padre ha prometido" (Lc 24, 49). Jesús habla aquí de su Espíritu, el Espíritu Santo. También nosotros, al igual que los discípulos, nos disponemos a recibir este don en la solemnidad de Pentecostés. Solo la misteriosa acción del Espíritu puede hacernos nuevas criaturas; solo su fuerza misteriosa nos permite anunciar las maravillas de Dios. Por tanto, no tengamos miedo; no nos encerremos en nosotros mismos. Por el contrario, con pronta disponibilidad colaboremos con él, para que la salvación que Dios ofrece en Cristo a todo hombre lleve a la humanidad entera al Padre.
Permanezcamos en espera de la venida del Paráclito, como los discípulos en el Cenáculo, juntamente con María. Al llegar a vuestra iglesia he visto una columna que sostiene la imagen de la Virgen con la inscripción: "No pases sin saludar a María". Sigamos siempre este consejo. María, a la que recurrimos con confianza sobre todo en este mes de mayo, nos ayude a ser dignos discípulos y testigos valientes de su Hijo en el mundo. Que ella, como Reina de nuestro corazón, haga de todos los creyentes una familia unida en el amor y en la paz».
XLVII Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales
Mensaje de Benedicto XVI
«Redes Sociales: portales de verdad y de fe; nuevos espacios para la evangelización» (ge ar sp fr en it pl po)
Texto preparado por Fr. Gregorio Cortázar Vinuesa, O.C.D. España.
Comentario del P. Tomás Álvarez, ocd
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Trasladada del 25 de marzo al 8 de abril 2013
SOLEMNIDAD DE LA ANUNCIACIÓN DEL SEÑOR - 2013 C
NVulgata 1 Ps 2 E – BibJer2ed (en) – Concordia y©atena Aurea (en)
(1/3) Juan Pablo II, Audiencia general 25-3-1981 (sp it po)
(2/3) Juan Pablo II, Homilía 8-12-1988 (it):
«1. "Alégrate, llena de gracia" (Lc 1, 28). La Virgen escucha en el pueblecito de Nazaret las palabras de saludo del ángel. Y experimenta una profunda emoción: "Se turbó"; y al mismo tiempo su mente se abre: "¿Qué sentido tenían aquellas palabras?" (cf Lc 1, 29). Dios le habla de su eterno misterio. Le dice que es Padre, y esta paternidad, que es Dios mismo, se manifiesta admirablemente en el Hijo. El Hijo de la misma naturaleza del Padre y él mismo Dios. Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado no creado. ¡Sí! Engendrado y continuamente generado desde la eternidad en la unidad de la Divinidad. En la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu-Amor.
2. En el pueblecito de Galilea Dios mismo visita, mediante el mensajero, a la Virgen. Y le habla de su eterno misterio. Comparte con ella, con su humilde esclava el misterio de sus eternos designios. Son éstos los designios del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo: en la unidad de la Divinidad, que es Amor. Dios, que es Amor, abraza a toda la creación, visible e invisible. El Amor, que es el Existir de Dios, el "Ser" de la Trinidad "ayer, hoy y siempre" (cf Hb 13, 8), se concentra sobre el hombre, desea hacerle partícipe gratuitamente de su Vida, de su Naturaleza, de la Divinidad misma. Y he aquí que en el camino de tal don se encuentra ella: la "llena de gracia". En ella el corazón de una criatura y la historia de un ser humano llegan a ser la primera morada del Emmanuel: "El Señor es contigo" (Lc 1, 28). "Bendita tú entre las mujeres" (Lc 1, 42).
3. María escucha las palabras de saludo del ángel, y junto a María escucha estas palabras toda la creación, la humanidad entera. Precisamente en esas palabras se trata de la causa del hombre. "Concebirás en el seno y darás a luz un Hijo" (Lc 1, 31). De la mujer nace el hombre. Ella lo concibe; lo lleva bajo su corazón; lo da a luz. María, siendo virgen y permaneciendo virgen, debe realizar la misma experiencia: debe llegar a ser Madre. "¿Cómo será esto, pues no conozco varón?... El Espíritu Santo sobrevendrá en ti, superveniet in te" (Lc 1, 34-35).
4. El Espíritu Santo. Aquel que es el Amor increado. Consustancial al Padre y al Hijo. ¡Precisamente él! Es propio de él, que es Amor, realizar el misterio del nacimiento humano del Hijo de Dios: de aquel que, siendo de la misma naturaleza del Padre, nace desde la eternidad en la Unidad de la Divinidad. Tú, María, preguntas "cómo será eso". Esto no puede realizarse "ni de amor carnal, ni de amor humano" (cf Jn 1, 13), sino de Dios. Solo de Dios puede nacer aquel que será "llamado santo, Hijo de Dios" (cf Lc 1, 35). "El Espíritu Santo sobrevendrá en ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra" (Lc 1, 34s). Solo de esta potencia, que es Amor, puede nacer aquel que, siendo Dios, será también hombre; aquel que, siendo hombre, será también Hijo de Dios. ¡Hijo tuyo, María! ¡No temas!».
(3/3) Pablo VI, Exhort. Ap. Marialis cultus 2-2-1974, n. 6 (ge sp fr en it lt po)
Cuadro: “La conversión de San Pablo” por Caravaggio (1571 – 1610)
LA CONVERSIÓN DE SAN PABLO, EN EL CAMINO DE DAMASCO. 25-1-2013
Benedicto XVI
Audiencia general 3-9-2008 (ge hr zh-s zh-t sp fr en it po)
Homilía en San Pablo extramuros 25-1-2012 (ge sp fr en it po)
Juan Pablo II, Homilía en San Pablo extramuros 25-1-1982 (it po):
«Celebramos hoy la aparición de Jesús resucitado a Saulo de Tarso, aparición que fue revelación del misterio de la Iglesia, y que llevó a Saulo a la conversión, confiriéndole una misión de importancia única para el futuro de la Iglesia.
"Yo soy Jesús Nazareno a quien tú persigues" (Hc 22, 8). Saulo, como sabemos, iba a Damasco, lleno de celo por la ley de Dios, con la misión de perseguir a los que seguían el camino de Jesús. En un momento de cegadora revelación -la revelación fue literalmente cegadora- encontró al Señor resucitado y escuchó su voz: "Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?". Preguntó con humildad: "¿Quién eres, Señor?" (Hc 9, 4s), y en la respuesta del Señor captó el misterio de la plena unidad de Cristo con sus miembros: "Yo soy Jesús a quien tú persigues" (...).
El perseguidor respondió con fe a esta revelación. A su llegada a Damasco fue recibido y bautizado por Ananías; "e inmediatamente se le cayeron de los ojos una especie de escamas" (Hc 9, 18), y la recuperación de la vista fue símbolo de la nueva visión espiritual que había adquirido. El perseguidor se hizo apóstol. Esa revelación bastó para convertir a Pablo al servicio perseverante de su Señor y a la proclamación fiel de que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios (cf Hc 9, 20-27) (...).
Su conversión en el camino de Damasco fue inmediata y radical, pero debió vivirla en la fe y en la perseverancia durante los largos años de su apostolado; desde aquel momento su vida tuvo que ser una conversión incesante, una renovación continua: "Nuestro hombre interior... se renueva de día en día" (2Co 4, 16). Esta perseverante y continua conversión fue efecto de la suprema y gratuita gracia de Dios, que se manifestó en la potencia del Señor resucitado».
JESUCRISTO REY DEL UNIVERSO
NVulgata 1 Ps 2 E --- BibJer2ed (en) --- Concordia y ©atena Aurea (en)
(1/3) Juan Pablo II, Homilía 25-11-1979 (ge sp fr it po):
«1. Hoy la basílica de San Pedro vibra con la liturgia de una solemnidad extraordinaria. En el calendario litúrgico postconciliar la solemnidad de Nuestro Señor Jesucristo Rey del universo va unida al domingo último del año eclesiástico. Y está bien así. Efectivamente, las verdades de la fe que queremos manifestar, el misterio que queremos vivir, encierran, en cierto sentido, cada una de las dimensiones de la historia, cada una de las etapas del tiempo humano, y abren al mismo tiempo la perspectiva "de un cielo nuevo y de una tierra nueva" (Ap 21, 1), la perspectiva de un Reino que "no es de este mundo" (Jn 18, 36).
Es posible que se entienda erróneamente el significado de las palabras sobre el "Reino" que pronunció Cristo ante Pilato, es decir sobre el Reino que no es de este mundo. Sin embargo, el contexto singular del acontecimiento en cuyo ámbito fueron pronunciadas no permite comprenderlas así. Debemos admitir que el Reino de Cristo, gracias al cual se abren ante el hombre las perspectivas extraterrestres, las perspectivas de la eternidad, se forma en el mundo y en la temporalidad. Se forma, pues, en el hombre mismo mediante "el testimonio de la verdad" (Jn 18, 37) que Cristo dio en ese momento dramático de su misión mesiánica: ante Pilato, ante la muerte en cruz que pidieron al juez sus acusadores.
Así, pues, debe atraer nuestra atención no sólo el momento litúrgico de la solemnidad de hoy, sino también la sorprendente síntesis de verdad que esta solemnidad expresa y proclama. Por esto me he permitido (...) invitar hoy a los miembros de los diversos sectores del apostolado de los laicos (...), a todos los que (...) aceptan hacer propio el testimonio de Cristo Rey y tratan de hacer lugar en sus corazones al Reino y de difundirlo entre los hombres.
2. Jesucristo es "el testigo fiel" (cf Ap 1, 5), como dice el autor del Apocalipsis. Es el "testigo fiel" del señorío de Dios en la creación y, sobre todo, en la historia del hombre. Efectivamente, Dios formó al hombre, desde el principio, como Creador y a la vez como Padre. Por lo tanto, Dios, como Creador y como Padre, está siempre presente en su historia. Se ha convertido no sólo en el Principio y en el Término de todo lo creado, sino también en el Señor de la historia y en el Dios de la Alianza: "Yo soy el alfa y el omega, dice el Señor Dios; el que es, el que era, el que viene, el Todopoderoso" (Ap 1, 8).
Jesucristo "testigo fiel" ha venido al mundo precisamente para dar testimonio de esto. ¡Su venida en el tiempo! De qué modo tan concreto y sugestivo la había preanunciado el profeta Daniel en su visión mesiánica, hablando de la venida de "un hijo de hombre" (Dn 7, 13) y delineando la dimensión espiritual de su Reino en estos términos: "Le fue dado el señorío, la gloria y el imperio, y todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieron, y su dominio es dominio eterno que no acabará nunca, y su imperio, imperio que nunca desaparecerá" (Dn 7, 14). Así ve el profeta Daniel, probablemente en el siglo II, el Reino de Cristo antes de que él viniese al mundo.
3. Lo que sucedió ante Pilato el viernes antes de Pascua nos permite liberar la imagen profética de Daniel de toda asociación impropia. He aquí, en efecto, que el mismo "Hijo del hombre" responde a la pregunta que le hizo el gobernador romano. Esta respuesta dice: "Mi reino no es de este mundo; si de este mundo fuera mi reino, mis ministros habrían luchado para que no fuese entregado a los judíos; pero mi reino no es de aquí" (Jn 18, 36).
Pilato, representante del poder ejercido en nombre de la poderosa Roma sobre el territorio de Palestina, el hombre que piensa según las categorías temporales y políticas, no entiende esta respuesta. Por eso pregunta por segunda vez: "¿Luego tú eres rey?" (Jn 18, 37).
También Cristo responde por segunda vez. Y así como la primera vez explica en qué sentido no es rey, así ahora, para responder plenamente a la pregunta de Pilato y al mismo tiempo a la pregunta de toda la historia de la humanidad, de todos los gobernantes y de todos los políticos, responde así: "Yo soy rey. Para esto he nacido y para esto he venido al mundo, para dar testimonio de la verdad; todo el que es de la verdad oye mi voz" (cf Jn 18, 37).
Esta respuesta, en conexión con la primera, expresa toda la verdad sobre su Reino: toda la verdad sobre Cristo Rey.
4. En esta verdad se incluyen también las palabras ulteriores del Apocalipsis, con las que el discípulo amado completa, de algún modo, a la luz de la conversación que tuvo lugar el Viernes Santo en la residencia jerosolimitana de Pilato, lo que hacía tiempo había escrito el profeta Daniel. San Juan anota: "Ved que viene en las nubes del cielo (así lo había expresado Daniel) y todo ojo lo verá, y cuantos le traspasaron... Sí, amén" (Ap 1, 5-6).
Precisamente "Amén". Esta palabra única sella, por así decirlo, la verdad sobre Cristo. No es sólo "el testigo fiel", sino también "el primogénito de entre los muertos" (Ap 1, 5). Y si es el Príncipe de la tierra y de quienes la gobiernan ("el Príncipe de los reyes de la tierra": Ap 1, 5), lo es por esto, sobre todo por esto y definitivamente por esto: porque "nos ama y nos ha absuelto de nuestros pecados por la virtud de su sangre y nos ha hecho reyes y sacerdotes de Dios su Padre" (Ap 1, 5-6) (...).
6. Cristo subió a la cruz como un Rey singular: como el testigo eterno de la verdad. "Para esto he nacido y para esto he venido al mundo, para dar testimonio de la verdad" (Jn 18, 37). Este testimonio es la medida de nuestras obras, la medida de la vida. La verdad por la que Cristo ha dado la vida –y que la ha confirmado con la resurrección–, es la fuente fundamental de la dignidad del hombre. El Reino de Cristo se manifiesta, como enseña el Concilio, en la "realeza" del hombre. Es necesario que, bajo esta luz, sepamos participar en toda esfera de la vida contemporánea y formarla (...).
Cristo, en cierto sentido, está siempre ante el tribunal de las conciencias humanas, como una vez se encontró ante el tribunal de Pilato. Él nos revela siempre la verdad de su Reino. Y se encuentra siempre, por tantas partes, con la réplica: "¿Qué es la verdad?" (Jn 18, 38).
Por esto, que él se encuentre aún cercano a nosotros. Que su reino esté cada vez más en nosotros. Correspondamos con el amor al que nos ha llamado, y amemos en él siempre más y más la dignidad de cada hombre. Entonces seremos verdaderamente partícipes de su misión. Nos convertiremos en apóstoles de su reino. Amén».
(2/3) Benedicto XVI, Ángelus 26-11-2006 (ge hr sp fr en it po)
(3/3) Benedicto XVI, Ángelus 22-11-2009 (ge hr sp fr en it po)
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LA PALABRA DEL PAPA.- «Jesús, al dar a Simón (...) el título, más aún, el don, el carisma de la fuerza, de la dureza, de la capacidad de resistir y sostener –como es precisamente la naturaleza de una piedra, de una roca, de un peñasco–, asociaba el mensaje de su palabra a la virtud nueva y prodigiosa de este apóstol, que había de tener la función, él y quien le sucediera legítimamente, de testimoniar con incomparable seguridad ese mismo mensaje que llamamos Evangelio» (Pablo VI, Audiencia general 3-4-1968 fr it). «El mensaje de Cristo, de generación en generación, nos ha llegado a través de una cadena de testimonios, de la que Nos formamos un eslabón como sucesor de Pedro, a quien el Señor confió el carisma de la fe sin error» (Pablo VI, Homilía 20-9-1964 it). «Junto a la infalibilidad de las definiciones "ex cáthedra", existe el carisma de asistencia del Espíritu Santo concedido a Pedro y a sus sucesores para que no cometan errores en materia de fe y de moral y para que, por el contrario, iluminen bien al pueblo cristiano» (Juan Pablo II, Audiencia general 24-3-1993 sp it). «Al escogerme como Obispo de Roma, el Señor ha querido que sea su Vicario, ha querido que sea la "piedra" en la que todos puedan apoyarse con seguridad» (Benedicto XVI, Homilía en la capilla Sixtina 20-4-2005 ge sp fr en it lt po).
LOS ENLACES A LA NEO-VULGATA.- «Esta edición de la Neo-Vulgata puede servir también (además de especialmente para la liturgia) para que la tengan en cuenta las versiones en lengua vulgar que se destinan a uso litúrgico y pastoral, y (...) como base segura para los estudios bíblicos» (Juan Pablo II, Constitución apostólica Scripturarum thesaurus 25-4-1979 ge sp fr en lt po). «La palabra sagrada debe presentarse lo más posible tal como es, incluso en lo que tiene de extraño y con los interrogantes que comporta» (Benedicto XVI, Carta al presidente de la C.E. Alemana sobre un cambio en las palabras de la Consagración 14-4-2012 ge sp fr en it pl po).
Texto preparado por Fr. Gregorio Cortázar Vinuesa, O.C.D. España.
Comentario del P. Tomás Álvarez, ocd
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9 DE NOVIEMBRE 2012
Fiesta de la Dedicación de la Basílica del Santísimo Salvador
y de de los santos Juan bautista y Juan evangelista
Juan Pablo II, Ángelus 9-11-1980 (sp it po); 9-11-1986 (sp it)
Benedicto XVI, Ángelus 9-11-2008 (ge hr sp fr en it po)
«CREO EN LA VIDA ETERNA»
Catecismo de la Iglesia Católica nn. 1020-1060 (zh sp fr en it lt lv mg po)
SOLEMNIDAD DE TODOS LOS SANTOS
NVulgata 1 Ps 2 E --- BibJer2ed (en) --- Concordia y ©atena Aurea (en)
Juan Pablo II, Ángelus 1-11-1978 (sp fr en it po); 1-11-1979 (sp fr it po); 1-11-1980 (sp it po); 1-11-1981 (sp it po); 1-11-1983 (sp it); 1-11-1984 (sp it); 1-11-1985 (sp it); 1-11-1986 (sp it); 1-11-1987 (spit); 1-11-1988 (sp it); 1-11-1989 (sp it); 1-11-1990 (sp it); 1-11-1991 (sp it); 1-11-1992 (sp it); 1-11-1993 (sp it); 1-11-1994 (sp it); 1-11-1995 (sp it); 1-11-1997 (sp en it po); 1-11-1998 (sp en it po); 1-11-1999 (ge sp fr en it po); 1-11-2000 (ge sp fr en it po); 1-11-2001 (ge sp fr en it po); 1-11-2002 (ge sp fr en it po); 1-11-2003 (ge sp fr en it po); 1-11-2004 (ge sp fr en it po); Homilías 1-11-1979 (sp fr it po); 1-11-1980 (sp it po); 1-11-1981 (sp it po); 1-11-1993 (sp it); 1-11-2000 (ge sp fr en it po).
Benedicto XVI, Ángelus 1-11-2005 (ge hr sp fr en it po); 1-11-2006 (ge hr, sp fr en it po); 1-11-2007 (ge hr sp fr en it po); 1-11-2008 (ge, hr sp fr en it po); 1-11-2009 (ge hr sp fr en it po); 1-11-2010 (ge hrsp fr en it po); 1-11-2011 (ge sp fr en it po); Homilía 1-11-2006 (ge sp fr en it po).
CONMEMORACIÓN DE TODOS LOS FIELES DIFUNTOS
«Que no se encuentran todavía en la plena visión de Dios, pero lo esperan vivamente en una purificación misteriosa» (Juan Pablo II, Ángelus 1-11-1991)
Juan Pablo II, Ángelus 2-11-1980 (sp it po); 2-11-1986 (sp it); 2-11-1997 (sp en it po); 2-11-2003 (ge sp fr en it po); Audiencia general 2-11-1983 (sp it); Homilía 2-11-1982 (sp it po).
ORACIÓN POR LA FE (en el Año de la Fe)
Pablo VI, Audiencia general 30‑10‑1968 (fr it)
«Queremos, hijos amadísimos, orar, por ejemplo, así:
Señor (Jesús), yo creo; yo quiero creer en ti.
Señor, haz que mi fe sea plena, sin reservas, y que penetre en mi pensamiento, en mi modo de juzgar las cosas divinas y las cosas humanas.
Señor, haz que mi fe sea libre; es decir, que tenga el concurso personal de mi adhesión, acepte las renuncias y los deberes que impone y exprese el ápice decisivo de mi personalidad: creo en ti, Señor.
Señor, haz que mi fe sea cierta. Cierta por una exterior congruencia de pruebas y cierta por un testimonio interior del Espíritu Santo. Cierta por una luz que la asegure, por una conclusión que la pacifique, por una asimilación que la haga reposar.
Señor, haz que mi fe sea fuerte. Que no tema la contradicción de los problemas cuando es plena la experiencia de nuestra vida ávida de luz. Que no tema la oposición de quien la discute, la impugna, la rechaza, la niega; sino que se refuerce en la prueba íntima de tu verdad, resista la fatiga de la crítica, se corrobore con la afirmación continua que sobrepasa las dificultades dialécticas y espirituales en que se desenvuelve nuestra existencia temporal.
Señor, haz que mi fe sea gozosa y dé a mi espíritu paz y alegría. Que lo habilite para la oración con Dios y para la conversación con los hombres, de manera que en el coloquio sagrado y en el profano irradie la felicidad interior de su posesión afortunada.
Señor, haz que mi fe sea operante y dé a la caridad las razones de su expansión moral, de manera que sea verdadera amistad contigo y continua búsqueda tuya, continuo testimonio, alimento continuo de esperanza, en las obras, en los sufrimientos, en la espera de la revelación final.
Señor, haz que mi fe sea humilde y no presuma fundarse en la experiencia de mi pensamiento y de mi sentimiento, sino que se rinda al testimonio del Espíritu Santo y no tenga garantía mayor que la docilidad a la Tradición y a la autoridad del Magisterio de la Santa Iglesia. Amén».
La Madre del Rosario - Doctores de la Iglesia - Año de la fe
Día 7: LA MADRE DEL SANTO ROSARIO
Juan Pablo II, Audiencia general 7-10-1981 (sp it po): «6. (...) Hoy celebramos la memoria de la Madre del Santo Rosario. Todo el mes de octubre es el mes del Rosario. Ahora que, a distancia de casi cinco meses, puedo encontrarme de nuevo con vosotros, queridos hermanos y hermanas, en la audiencia del miércoles, deseo que estas primeras palabras que os dirijo sean palabras de gratitud, de amor y de la más profunda confianza. Así como el Santo Rosario es y será siempre una oración de gratitud, de amor y de súplica confiada: la oración de la Madre de la Iglesia. Y a todos, animo e invito una vez más a esta oración, especialmente durante este mes del Rosario».
Juan Pablo II, Ángelus 2-10-1983 (sp it) y 2-10-1988 (sp it)
Juan Pablo II, Carta apostólica Rosarium Virginis Mariae 16-10-2002 (ge hr zh sp fr en it lt pl po)
Día 7: PROCLAMACIÓN DE DOCTORES DE LA IGLESIA
San Juan de Ávila: Pablo VI, Homilía de canonización 31-5-1970 (sp it po)
Santa Hildegarda de Bingen: Benedicto XVI, Audiencias generales 1-9-2010 (ge hr sp fr en it po) y 8-9-2010 (ge hr sp fr en it po)
Día 11: COMIENZO DEL AÑO DE LA FE (Hasta 24-11-2013)
Benedicto XVI, Carta ap. Porta fidei 11-10-2011 (ge ar sp en fr it lt pl po)
29 DE SEPTIEMBRE
FIESTA DE LOS SANTOS ARCÁNGELES
MIGUEL, GABRIEL Y RAFAEL
NVulgata 1 1 Ps E --- BibJer2ed (en)
Juan Pablo II, Ángelus 29-9-1985 (sp it): «Hoy se celebra la fiesta de los Arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael, príncipes de la milicia celeste, a quienes se recuerda en algunos episodios de la Sagrada Escritura: Miguel, que significa "¿Quién como Dios?", viene presentado en el Apocalipsis (12, 7) en acto de combatir las potencias infernales; Gabriel, que significa "Fortaleza de Dios", es enviado a la Virgen María para anunciarle su vocación a ser Madre del Redentor; Rafael, que significa "Medicina de Dios", es enviado por el Señor a Tobías para curarlo de la ceguera. La liturgia nos invita a sentir cercanos, como amigos y protectores ante Dios, a estos tres Arcángeles y a nuestro Ángel custodio. Que ellos nos protejan y nos guíen en el camino de la vida cristiana».
Juan Pablo II, Ángelus, 29-9-2002 (ge sp fr en it po): «4. La plegaria que nos disponemos a rezar ahora, se inicia recordando el anuncio del arcángel Gabriel a la Virgen María. Precisamente hoy se celebra la fiesta de los santos arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael: que estos poderosos ministros de Dios nos obtengan corresponder siempre con amor generoso a su voluntad».
Juan Pablo II, Audiencia general 6‑8‑1986 (sp it po): «La Iglesia, proponiendo con franqueza toda la verdad acerca de Dios creador incluso de los ángeles, cree prestar un gran servicio al hombre... El encuentro religioso con el mundo de los seres puramente espirituales se convierte para el hombre en preciosa revelación de su ser no sólo cuerpo, sino también espíritu, y de su pertenencia a un proyecto de salvación verdaderamente grande y eficaz dentro de una comunidad de seres personales que, para el hombre y con el hombre, sirven al designio providencial de Dios».
Juan Pablo II, Audiencia general 20‑8‑1986 (sp it po): «A los ángeles buenos, mensajeros del amor de Dios, dirigimos nuestra oración: "Ángel de Dios, que eres mi custodio, ilumíname, custódiame, rígeme y gobiérname, ya que he sido confiado a tu piedad celeste"». Original latín: «Ángele Dei, qui custos es mei, me tibi commíssum pietate superna, illúmina, custodi, rege et guberna».
FIESTA LITÚRGICA DEL 14 DE SEPTIEMBRE:
EXALTACIÓN DE LA SANTA CRUZ
NVulgata 1 Ps 2 E --- BibJer2ed (en)
(1/2) Juan Pablo II, Homilía en Bratislava 14-9-2003 (ge sk fr en it po):
«1. O crux, ave spes unica! ¡Salve, oh cruz, nuestra única esperanza!
En la celebración de esta liturgia dominical, queridos hermanos y hermanas, se nos invita a mirar a la cruz, el "lugar privilegiado" en el que se nos revela y manifiesta el amor de Dios (...).
En la cruz se encuentran la miseria del hombre y la misericordia de Dios. Adorar esta misericordia ilimitada es para el hombre el único modo de abrirse al misterio que la cruz revela.
La cruz está plantada en la tierra y parece hundir sus raíces en la malicia humana, pero se proyecta hacia lo alto, como un índice que apunta al cielo, un índice que señala la bondad de Dios. Por la cruz de Cristo ha sido vencido el maligno, ha quedado derrotada la muerte, se nos ha transmitido la vida, se nos ha devuelto la esperanza y nos ha sido comunicada la luz. O crux, ave spes unica! (...).
3. "Como Moisés elevó la serpiente en el desierto –dice Jesús–, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna" (Jn 3, 14-15). ¿Qué vemos, por tanto, cuando dirigimos la mirada a la cruz donde fue clavado Jesús? (cf Jn 19, 37). Contemplamos el signo del amor infinito de Dios a la humanidad.
O crux, ave spes unica! San Pablo habla de ella en la Carta a los Filipenses, que acabamos de escuchar. Cristo Jesús no sólo se hizo hombre, semejante en todo a los hombres, sino que también tomó la condición de siervo, y se humilló ulteriormente, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz (cf Flp 2, 6-8).
Sí, "tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único" (Jn 3, 16). Admiramos, asombrados y agradecidos, la anchura y la longitud, la altura y la profundidad del amor de Cristo, que supera todo conocimiento (cf Ef 3, 18-19). O crux, ave spes unica! (...).
5. En el jardín del Edén, al pie del árbol estaba una mujer, Eva (cf Gn 3). Seducida por el maligno, se apropia de lo que cree que es la vida divina. En cambio, es un germen de muerte que se introduce en ella (cf St 1, 15; Rm 6, 23).
En el Calvario, al pie del árbol de la cruz, estaba otra mujer, María (cf Jn 19, 25-27). Dócil al proyecto de Dios, participa íntimamente en la ofrenda que el Hijo hace de sí al Padre para la vida del mundo; y cuando Jesús le encomienda al apóstol san Juan, se convierte en madre de todos los hombres.
Es la Virgen dolorosa, que mañana recordaremos en la liturgia y que vosotros veneráis con tierna devoción como vuestra patrona. A ella le encomiendo el presente y el futuro de la Iglesia y de la nación eslovaca, para que crezcan bajo la cruz de Cristo y sepan descubrir siempre y acoger su mensaje de amor y de salvación.
¡Por el misterio de tu cruz y de tu resurrección, sálvanos, oh Señor! Amén».
(2/2) Benedicto XVI, Homilía 14-9-2008 (ge sp fr en it pl po)
MEMORIA LITÚRGICA DEL 15 DE SEPTIEMBRE:
«BEATAE MARIAE VIRGINIS PERDOLENTIS»
LA BIENAVENTURADA VIRGEN MARÍA DOLOROSÍSIMA
NVulgata 1 Ps E --- BibJer2ed (en)
(1/1) Juan Pablo II, Ángelus 15-9-1991 (sp it):
«1. "Stabat Mater dolorosa...", "la Madre doliente estaba / junto a la cruz y lloraba / mientras el Hijo pendía".
Hoy, 15 de septiembre, en el calendario litúrgico se celebra la memoria de los dolores de la Santísima Virgen María. Esta fiesta fue precedida por la de la Exaltación de la Santa Cruz que celebramos ayer.
¡Qué desconcertante es el misterio de la cruz! Después de haber meditado largamente en él san Pablo escribió a los cristianos de Galacia: "En cuanto a mí, ¡Dios me libre de gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por la cual el mundo es para mí un crucificado y yo un crucificado para el mundo" (Ga 6, 14).
También la Santísima Virgen podría haber repetido –¡y con mayor verdad!– esas mismas palabras. Contemplando a su Hijo moribundo en el Calvario había comprendido que la "gloria" de su maternidad divina alcanzaba en aquel momento su ápice, participando directamente en la obra de la redención. Además, había comprendido que a partir de aquel momento el dolor humano, hecho suyo por el Hijo crucificado, adquiría un valor inestimable.
2. Hoy, por tanto, la Virgen de los Dolores, firme junto a la cruz, con la elocuencia muda del ejemplo, nos habla del significado del sufrimiento en el plan divino de la redención.
Ella fue la primera que supo y quiso participar en el misterio salvífico "asociándose con entrañas de madre a su sacrificio, consintiendo amorosamente en la inmolación de la víctima que ella misma había engendrado" (Lumen gentium 58). Íntimamente enriquecida por esta experiencia inefable, se acerca a quien sufre, lo toma de la mano y lo invita a subir con ella al Calvario y a detenerse ante el Crucificado.
En aquel cuerpo martirizado está la única respuesta convincente para las preguntas que se elevan imperiosamente desde el corazón. Y con la respuesta se recibe también la fuerza necesaria para desempeñar el propio papel en la lucha que –como escribí en la carta apostólica Salvifici doloris– opone las fuerzas del bien a las del mal (cf n. 27). Y añadí: "Los que participan en los sufrimientos de Cristo conservan en sus sufrimientos una especialísima partícula del tesoro infinito de la redención del mundo, y pueden compartir este tesoro con los demás" (ib.).
3. Pidamos a la Virgen de los Dolores que alimente en nosotros la firmeza de la fe y el ardor de la caridad, de forma que llevemos con valor nuestra cruz cada día (cf Lc 9, 23) y así participemos eficazmente en la obra de la redención.
"Fac ut ardeat cor meum", "haz que, amando a Cristo, se inflame mi corazón, para que pueda agradarle" Amén».
(2/2) Benedicto XVI, Homilía en la basílica de Nuestra Señora del Rosario, Lourdes 15-9-2008 (ge sp fr en it pl po):
«Queridos hermanos y hermanas: Ayer celebramos la Cruz de Cristo, instrumento de nuestra salvación, que nos revela en toda su plenitud la misericordia de nuestro Dios. En efecto, la Cruz es donde se manifiesta de manera perfecta la compasión de Dios con nuestro mundo. Hoy, al celebrar la memoria de la Madre dolorosa, contemplamos a María que comparte la compasión de su Hijo por los pecadores. Como afirma san Bernardo, la Madre de Cristo entró en la Pasión de su Hijo por su compasión (cf Sermón en el domingo de la infraoctava de la Asunción). Al pie de la Cruz se cumple la profecía de Simeón de que su Corazón de Madre sería traspasado (cf Lc 2, 35) por el suplicio infligido al Inocente nacido de su carne.
Igual que Jesús lloró (cf Jn 11, 35), también María ciertamente lloró ante el cuerpo lacerado de su Hijo. Sin embargo, su discreción nos impide medir el abismo de su dolor; la hondura de esta aflicción queda solamente sugerida por el símbolo tradicional de las siete espadas. Se puede decir, como de su Hijo Jesús, que este sufrimiento la ha guiado también a ella a la perfección (cf Hb 2, 10), para hacerla capaz de asumir la nueva misión espiritual que su Hijo le encomienda poco antes de expirar (cf Jn 19, 30): convertirse en la Madre de Cristo en sus miembros. En esta hora, a través de la figura del discípulo a quien amaba, Jesús presenta a cada uno de sus discípulos a su Madre, diciéndole: "Ahí tienes a tu hijo" (Jn 19, 26-27).
María está hoy en el gozo y la gloria de la Resurrección. Las lágrimas que derramó al pie de la Cruz se han transformado en una sonrisa que ya nada podrá extinguir, permaneciendo intacta, sin embargo, su compasión maternal por nosotros. Lo atestigua la intervención benéfica de la Virgen María en el curso de la historia y no cesa de suscitar una inquebrantable confianza en ella; la oración "Acordaos, oh piadosísima Virgen María", expresa bien este sentimiento. María ama a cada uno de sus hijos, prestando una atención particular a quienes, como su Hijo en la hora de su Pasión, están sumidos en el dolor; los ama simplemente porque son sus hijos, según la voluntad de Cristo en la Cruz.
El salmista, vislumbrando de lejos este vínculo maternal que une a la Madre de Cristo con el pueblo creyente, profetiza a propósito de la Virgen María que "los más ricos del pueblo buscan tu sonrisa" (Sal 44, 13). De este modo, movidos por la Palabra inspirada de la Escritura, los cristianos han buscado siempre la sonrisa de Nuestra Señora, esa sonrisa que los artistas en la Edad Media han sabido representar y resaltar tan prodigiosamente. Este sonreír de María es para todos; pero se dirige muy especialmente a quienes sufren, para que encuentren en ella consuelo y sosiego. Buscar la sonrisa de María no es sentimentalismo devoto o desfasado, sino más bien la expresión justa de la relación viva y profundamente humana que nos une con la que Cristo nos ha dado como Madre.
Desear contemplar la sonrisa de la Virgen no es dejarse llevar por una imaginación descontrolada. La Escritura misma nos la desvela en los labios de María cuando entona el Magnificat: "Engrandece mi alma al Señor, y exultó mi espíritu en Dios, mi Salvador" (Lc 1, 46-47). Cuando la Virgen María da gracias a Dios nos convierte en testigos. María, anticipadamente, comparte con nosotros, sus futuros hijos, la alegría que vive su Corazón, para que se convierta también en la nuestra. Cada vez que se recita el Magnificat nos hace testigos de su sonrisa (...). En la sonrisa que nos dirige la más destacada de todas las criaturas, se refleja nuestra dignidad de hijos de Dios, la dignidad que nunca abandona a quienes están enfermos. Esta sonrisa, reflejo verdadero de la ternura de Dios, es fuente de esperanza inquebrantable.
Sabemos que, por desgracia, el sufrimiento padecido rompe los equilibrios mejor asentados de una vida, socava los cimientos fuertes de la confianza, llegando incluso a veces a desesperar del sentido y el valor de la vida. Es un combate que el hombre no puede afrontar por sí solo sin la ayuda de la gracia divina. Cuando la palabra no sabe ya encontrar vocablos adecuados, es necesaria una presencia amorosa; buscamos entonces no sólo la cercanía de los parientes o de aquellos a quienes nos unen lazos de amistad, sino también la proximidad de los más íntimos por el vínculo de la fe. Y ¿quién más íntimo que Cristo y su Santísima Madre, la Inmaculada? Ellos son, más que nadie, capaces de entendernos y apreciar la dureza de la lucha contra el mal y el sufrimiento.
La Carta a los Hebreos dice de Cristo que él no sólo "no es incapaz de compadecerse de nuestras debilidades, sino que ha sido probado en todo exactamente como nosotros" (cf Hb 4, 15). Quisiera decir humildemente a los que sufren y a los que luchan, y están tentados de dar la espalda a la vida: ¡Volveos a María! En la sonrisa de la Virgen está misteriosamente escondida la fuerza para continuar la lucha contra la enfermedad y a favor de la vida. También junto a ella se encuentra la gracia de aceptar sin miedo ni amargura el dejar este mundo a la hora que Dios quiera».
22 DE AGOSTO
MEMORIA LITÚRGICA DE SANTA MARÍA REINA
Benedicto XVI, Ángelus 22-8-2010 (ge hr sp fr en it po)
Pío XII, Carta Encíclica Ad caeli reginam 11-10-1954 (sp en it lt po)
Juan Pablo II, Audiencia general 23-7-1997 (sp fr en it po):
«1. La devoción popular invoca a María como Reina. El Concilio, después de recordar la asunción de la Virgen "en cuerpo y alma a la gloria del cielo", explica que fue "elevada (...) por el Señor como Reina del universo, para ser conformada más plenamente a su Hijo, Señor de los señores (cf Ap 19, 16) y vencedor del pecado y de la muerte" (Lumen gentium, 59).
En efecto, a partir del siglo V, casi en el mismo período en que el concilio de Éfeso la proclama "Madre de Dios", se empieza a atribuir a María el título de Reina. El pueblo cristiano, con este reconocimiento ulterior de su excelsa dignidad, quiere ponerla por encima de todas las criaturas, exaltando su función y su importancia en la vida de cada persona y de todo el mundo.
Pero ya en un fragmento de una homilía, atribuido a Orígenes, aparece este comentario a las palabras pronunciadas por Isabel en la Visitación: "Soy yo quien debería haber ido a ti, puesto que eres bendita por encima de todas las mujeres, tú, la Madre de mi Señor, tú, mi Señora" (Fragmenta: PG 13,1.902D). En este texto, se pasa espontáneamente de la expresión "la Madre de mi Señor" al apelativo "mi Señora", anticipando lo que declarará más tarde san Juan Damasceno, que atribuye a María el título de "Soberana": "Cuando se convirtió en Madre del Creador, llegó a ser verdaderamente la soberana de todas las criaturas " (De fide orthodoxa, 4, 14: PG 94, 1.157).
2. Mi venerado predecesor Pío XII, en la encíclica Ad coeli Reginam, a la que se refiere el texto de la constitución Lumen gentium, indica como fundamento de la realeza de María, además de su maternidad, su cooperación en la obra de la redención. La encíclica recuerda el texto litúrgico: "Santa María, Reina del cielo y Soberana del mundo, sufría junto a la cruz de nuestro Señor Jesucristo" (AAS 46 [1954] 634).
Establece, además, una analogía entre María y Cristo, que nos ayuda a comprender el significado de la realeza de la Virgen. Cristo es rey no sólo porque es Hijo de Dios, sino también porque es Redentor. María es reina no sólo porque es Madre de Dios, sino también porque, asociada como nueva Eva al nuevo Adán, cooperó en la obra de la redención del género humano (AAS 46 [1954] 635).
En el evangelio según san Marcos leemos que el día de la Ascensión el Señor Jesús "fue elevado al cielo y se sentó a la diestra de Dios" (Mc 16, 19). En el lenguaje bíblico, "sentarse a la diestra de Dios" significa compartir su poder soberano. Sentándose "a la diestra del Padre", él instaura su reino, el reino de Dios. Elevada al cielo, María es asociada al poder de su Hijo y se dedica a la extensión del Reino, participando en la difusión de la gracia divina en el mundo.
Observando la analogía entre la Ascensión de Cristo y la Asunción de María, podemos concluir que, subordinada a Cristo, María es la reina que posee y ejerce sobre el universo una soberanía que le fue otorgada por su Hijo mismo.
3. El título de Reina no sustituye, ciertamente, al de Madre: su realeza es un corolario de su peculiar misión materna, y expresa simplemente el poder que le fue conferido para cumplir dicha misión.
Citando la bula Ineffabilis Deus, de Pío IX, el Sumo Pontífice Pío XII pone de relieve esta dimensión materna de la realeza de la Virgen: "Teniendo hacia nosotros un afecto materno e interesándose por nuestra salvación, ella extiende a todo el género humano su solicitud. Establecida por el Señor como Reina del cielo y de la tierra, elevada por encima de todos los coros de los ángeles y de toda la jerarquía celestial de los santos, sentada a la diestra de su Hijo único, nuestro Señor Jesucristo, obtiene con gran certeza lo que pide con sus súplicas maternas; lo que busca, lo encuentra, y no le puede faltar" (AAS 46 [1954] 636-637).
4. Así pues, los cristianos miran con confianza a María Reina, y esto no sólo no disminuye, sino que, por el contrario, exalta su abandono filial en aquella que es madre en el orden de la gracia. Más aún, la solicitud de María Reina por los hombres puede ser plenamente eficaz precisamente en virtud del estado glorioso posterior a la Asunción.
Esto lo destaca muy bien san Germán de Constantinopla, que piensa que ese estado asegura la íntima relación de María con su Hijo, y hace posible su intercesión en nuestro favor. Dirigiéndose a María, añade: Cristo quiso "tener, por decirlo así, la cercanía de tus labios y de tu corazón; de este modo, cumple todos los deseos que le expresas cuando sufres por tus hijos, y él hace, con su poder divino, todo lo que le pides" (Hom 1: PG 98, 348).
5. Se puede concluir que la Asunción no sólo favorece la plena comunión de María con Cristo, sino también con cada uno de nosotros: está junto a nosotros, porque su estado glorioso le permite seguirnos en nuestro itinerario terreno diario.
También leemos en san Germán: "Tú moras espiritualmente con nosotros, y la grandeza de tu desvelo por nosotros manifiesta tu comunión de vida con nosotros" (Hom 1: PG 98, 344).
Por tanto, en vez de crear distancia entre nosotros y ella, el estado glorioso de María suscita una cercanía continua y solícita. Ella conoce todo lo que sucede en nuestra existencia, y nos sostiene con amor materno en las pruebas de la vida.
Elevada a la gloria celestial, María se dedica totalmente a la obra de la salvación, para comunicar a todo hombre la felicidad que le fue concedida. Es una Reina que da todo lo que posee, compartiendo, sobre todo, la vida y el amor de Cristo».
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LA PALABRA DEL PAPA.- «Jesús, al dar a Simón (...) el título, más aún, el don, el carisma de la fuerza, de la dureza, de la capacidad de resistir y sostener –como es precisamente la naturaleza de una piedra, de una roca, de un peñasco–, asociaba el mensaje de su palabra a la virtud nueva y prodigiosa de este apóstol, que había de tener la función, él y quien le sucediera legítimamente, de testimoniar con incomparable seguridad ese mismo mensaje que llamamos Evangelio» (Pablo VI, Audiencia general 3-4-1968 fr it). «El mensaje de Cristo, de generación en generación, nos ha llegado a través de una cadena de testimonios, de la que Nos formamos un eslabón como sucesor de Pedro, a quien el Señor confió el carisma de la fe sin error» (Pablo VI, Homilía 20-9-1964 it). «Junto a la infalibilidad de las definiciones "ex cáthedra", existe el carisma de asistencia del Espíritu Santo concedido a Pedro y a sus sucesores para que no cometan errores en materia de fe y de moral y para que, por el contrario, iluminen bien al pueblo cristiano» (Juan Pablo II, Audiencia general 24-3-1993 sp it). «Al escogerme como Obispo de Roma, el Señor ha querido que sea su Vicario, ha querido que sea la "piedra" en la que todos puedan apoyarse con seguridad» (Benedicto XVI, Homilía en la capilla Sixtina 20-4-2005 ge sp fr en it lt po).
LA ASUNCIÓN DE LA VIRGEN MARÍA
NVulgata 1 Ps 2 E --- BibJer2ed (en) --- Concordia y ©atena Aurea (en)
Benedicto XVI, Homilías 15-8-2009 (ge sp fr en it po);
15-8-2010 (ge sp fr en it po); 15-8-2011 (ge sp fr en it po)
Juan Pablo II, Homilía ante la gruta de Lourdes 15-8-1983 (fr it):
«"Apareció un gran signo en el cielo: una Mujer vestida del sol" (Ap 12, 1).
Hemos venido en peregrinación a este signo. Es la solemnidad de la Asunción al cielo: he aquí que el signo alcanza su plenitud. Una mujer vestida del sol de la inescrutable Divinidad, el sol de la impenetrable Trinidad. "Llena de gracia": ella está llena del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, que se dan a ella como único Dios, el Dios de la creación y de la revelación, el Dios de la alianza y de la redención, el Dios del principio y del fin. El Alfa y Omega. El Dios-Verdad, el Dios-Amor, el Dios-Gracia, el Dios-Santidad.
Una mujer vestida del sol. Realizamos hoy la peregrinación a este signo. Es el signo de la Asunción al cielo, que se realiza sobre la tierra, y al mismo tiempo se eleva partiendo de la tierra (...).
Nadie se ha sumergido como María en el corazón del misterio de la redención. Nadie como ella puede acercar este misterio a nosotros. Ella se encuentra en el centro mismo del misterio (...).
Nos encontramos (...) en el día de la solemnidad de la Asunción de María al cielo, cuando la Iglesia proclama la gloria de su nacimiento definitivo para el cielo. Queremos participar en esta gloria, sobre todo mediante la liturgia (...).
Se puede decir que la liturgia nos presenta la Asunción de María al cielo bajo tres aspectos.
El primero es la Visitación en la casa de Zacarías. Isabel dice: "Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre... Dichosa la que creyó que se cumplirían las cosas que le dijeron de parte del Señor" (Lc 1, 42. 45).
María creyó en las palabras que le fueron dichas de parte del Señor, y acogió al Verbo que en ella se hizo carne, y que es el fruto de sus entrañas. La redención se ha basado en la fe de María, ha estado vinculada a su fíat en el momento de la Anunciación; ha comenzado a realizarse por el hecho de que "el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros" (Jn 1, 14).
Durante la Visitación, María, en el umbral de la casa hospitalaria de Zacarías y de Isabel, pronuncia una frase que se refiere al comienzo del misterio de la redención. Dice: "Hizo en mí grandes cosas el que es poderoso, y santo su nombre" (Lc 1, 49).
Esta frase, tomada del contexto de la Visitación, se inserta a través de la liturgia de hoy, en el contexto de la Asunción. Todo el Magníficat, pronunciado durante la Visitación, se convierte, a través de la liturgia de hoy, en el himno de la Asunción de María al cielo.
La Virgen de Nazaret pronunció estas palabras cuando, por obra suya, el Hijo de Dios iba a nacer sobre la tierra. ¡Con qué fuerza las pronunciaría de nuevo cuando, por obra de su Hijo, ella misma iba a nacer para el cielo!
La liturgia de esta solemne fiesta nos presenta el segundo aspecto de la Asunción en las palabras de san Pablo tomadas de su primera carta a los Corintios.
La Asunción de la Madre de Cristo al cielo forma parte de la victoria sobre la muerte, de esa victoria cuyo comienzo se encuentra en la resurrección de Cristo: "Cristo ha resucitado, primicia de todos los que han muerto" (1Co 15, 20).
La muerte es la herencia del hombre después del pecado original: "Por Adán murieron todos" (1Co 15, 22). La redención realizada por Cristo ha destruido esta herencia: "Por Cristo todos volverán a la vida; pero cada uno en su puesto: primero Cristo como primicia; después, cuando él vuelva, todos los de Cristo" (1Co 15, 22-23).
¿Y quién pertenece más a Cristo que su Madre? ¿Quién ha sido más que ella rescatado por él? ¿Quién ha cooperado como ella a la propia redención, de forma más íntima, mediante su fíat en la Anunciación y su fíat al pie de la cruz?
Así pues, la victoria sobre la muerte experimentada por la Madre del Redentor, es decir, su Asunción al cielo, encuentra su fuente en el corazón mismo de la redención realizada con la cruz en el Calvario, en la potencia misma de la redención revelada en la resurrección (...).
El tercer aspecto de la Asunción (...) aparece en las palabras del Salmo responsorial (...): toda radiante de gloria entra la hija del Rey; su vestido está tejido de oro; entra para ocupar su puesto al lado del trono del Rey: "¡Tu trono subsiste por siempre jamás! ¡Cetro de rectitud es tu cetro real!" (Sal 45/44, 7) (...).
María, la Madre del Redentor, es la primera en participar de este reino de gloria y de unión con Dios en la eternidad. Su nacimiento para el cielo es el comienzo definitivo de la gloria que los hijos y las hijas de esta tierra alcanzarán en Dios mismo en virtud de la redención de Cristo (...).
María es la primera de los redimidos. Y en ella también ha comenzado ya la transformación de la historia del cosmos en el reino de Dios. Esto es lo que expresa el misterio de la Asunción al cielo: el nacimiento para el cielo con su alma y su cuerpo (...).
¡Hermosa Señora! ¡Mujer vestida del sol! (...). Ayúdanos a penetrar en tu misterio: el misterio de la Virgen Madre, el misterio de la Reina Esclava, el misterio de tu omnipotencia suplicante. Ayúdanos a descubrir cada vez más plenamente en tu misterio a Cristo, Redentor del mundo, Redentor del hombre. Tú que estás vestida del sol, el sol de la inescrutable Divinidad, el sol de la impenetrable Trinidad. "Llena de gracia" hasta el vértice de la Asunción al cielo.
Y al mismo tiempo, para nosotros que vivimos en esta tierra, para nosotros, pobres hijos de Eva en el destierro, estás vestida del sol de Cristo (...), del sol de la Redención del hombre y del mundo, realizada mediante la cruz y la resurrección de tu Hijo. Haz que este sol resplandezca sin cesar para nosotros en la tierra. Haz que no se oscurezca nunca en el alma de los hombres. Haz que ilumine los caminos terrenos de la Iglesia, de la que tú eres la primera figura. Y que la Iglesia, fijando su mirada en ti, Madre del Redentor, aprenda continuamente ella misma a ser madre (...).
¡Oh Madre de la Iglesia! Ante esta humanidad que parece siempre fascinada por lo temporal, y cuando "la dominación sobre el mundo" oculta la perspectiva del destino eterno del hombre en Dios, sé tú misma un testimonio de Dios; tú, su Madre. ¿Quién puede resistir al testimonio de una madre? Tú que has nacido para las fatigas de esta tierra: concebida de forma inmaculada. Tú que has nacido para la gloria del cielo: asunta al cielo.
Tú que estás vestida del sol de la insondable Divinidad, del sol de la impenetrable Trinidad, llena del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Tú, a quien la Trinidad se da como único Dios, el Dios de la alianza y de la redención, el Dios del comienzo y del fin. El Alfa y Omega. El Dios-Verdad. El Dios-Amor. El Dios-Gracia. El Dios-Santidad. El Dios que lo supera todo y lo abraza todo. El Dios que es "todo en todos".
Tú que estás vestida del sol. ¡Hermana nuestra! ¡Madre nuestra! Sé el testimonio de Dios (...) ante nosotros, hijos de Eva en el destierro. ¡Sé el testimonio de Dios! Amén».
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LA PALABRA DEL PAPA.- «Jesús, al dar a Simón (...) el título, más aún, el don, el carisma de la fuerza, de la dureza, de la capacidad de resistir y sostener –como es precisamente la naturaleza de una piedra, de una roca, de un peñasco–, asociaba el mensaje de su palabra a la virtud nueva y prodigiosa de este apóstol, que había de tener la función, él y quien le sucediera legítimamente, de testimoniar con incomparable seguridad ese mismo mensaje que llamamos Evangelio» (Pablo VI, Audiencia general 3-4-1968 fr it). «El mensaje de Cristo, de generación en generación, nos ha llegado a través de una cadena de testimonios, de la que Nos formamos un eslabón como sucesor de Pedro, a quien el Señor confió el carisma de la fe sin error» (Pablo VI, Homilía 20-9-1964 it). «Junto a la infalibilidad de las definiciones "ex cáthedra", existe el carisma de asistencia del Espíritu Santo concedido a Pedro y a sus sucesores para que no cometan errores en materia de fe y de moral y para que, por el contrario, iluminen bien al pueblo cristiano» (Juan Pablo II, Audiencia general 24-3-1993 sp it). «Al escogerme como Obispo de Roma, el Señor ha querido que sea su Vicario, ha querido que sea la "piedra" en la que todos puedan apoyarse con seguridad» (Benedicto XVI, Homilía en la capilla Sixtina 20-4-2005 ge sp fr en it lt po).
LOS ENLACES A LA NEO-VULGATA.- «Esta edición de la Neo-Vulgata puede servir también (además de especialmente para la liturgia) para que la tengan en cuenta las versiones en lengua vulgar que se destinan a uso litúrgico y pastoral, y (...) como base segura para los estudios bíblicos» (Juan Pablo II, Constitución apostólica Scripturarum thesaurus 25-4-1979 ge sp fr en lt po). «La palabra sagrada debe presentarse lo más posible tal como es, incluso en lo que tiene de extraño y con los interrogantes que comporta» (Benedicto XVI, Carta al presidente de la Conferencia Episcopal Alemana 14-4-2012 ge sp fr en it pl po).
6 DE AGOSTO: TRANSFIGURACIÓN DEL SEÑOR
NVulgata 1 Ps 2 E --- BibJer2ed (en) --- Concordia y ©atena Aurea (en)
Juan Pablo II, Vita consecrata 25-3-1996, 14-16 (ge zh-s, sp fr en it lt po)
SOLEMNIDAD DEL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS
NVulgata 1 Ps 2 E --- BibJer2ed (en) --- Concordia y ©atena Aurea (en)
Juan Pablo II, Audiencia general 8-6-1994 (sp it)
En archivos adjuntos una canción y una homilía de Pablo VI
MEMORIA DEL INMACULADO CORAZÓN DE MARÍA
Juan Pablo II, Ángelus 17-8-1980 (sp it po)
LUNES 26: SOLEMNIDAD DE LA ANUNCIACIÓN DEL SEÑOR B
Benedicto XVI, Ángelus 25-3-2007 (ge hr sp fr en it po)
Juan Pablo II, Audiencia general 25-3-1981: el misterio (sp it po)
Juan Pablo II, Audiencia general 3-7-1996: la fe de María (sp it)
29 DE JUNIO: SAN PEDRO Y SAN PABLO
Benedicto XVI, Homilía 29-6-2007: Sobre san Pedro (ge sp fr en it po)
Benedicto XVI, Homilía 28-6-2008: Sobre san Pablo (ge sp fr en it po)
Benedicto XVI, Homilía 29-6-2008: Sobre ambos y Roma (ge sp fr en it po)
Benedicto XVI, Homilía 28-6-2010 (ge sp fr en it po)
24 DE JUNIO: NATIVIDAD DE SAN JUAN BAUTISTA
NVulgata 1 Ps 2 E --- BibJer2ed (en) --- Concordia y ©atena Aurea (en)
Homilía de Juan Pablo II en Chayka 24-6-2001 (ge sp fr en it po uc)
«"Estaba yo en el vientre, y el Señor me llamó; en las entrañas maternas, y pronunció mi nombre" (Is 49, 1).
Celebramos hoy la natividad de san Juan Bautista. Las palabras del profeta Isaías se aplican muy bien a esta gran figura bíblica que está entre el Antiguo y el Nuevo Testamento. En el gran ejército de profetas y justos de Israel, Juan "el Bautista" fue puesto por la Providencia inmediatamente antes del Mesías, para preparar delante de él el camino con la predicación y con el testimonio de su vida.
Entre todos los santos y santas, Juan es el único cuya natividad celebra la liturgia. En la primera lectura hemos escuchado que el Señor llamó a su siervo "desde el seno materno". Esta afirmación se refiere, en plenitud, a Cristo, pero, por reflejo, se puede aplicar también a su precursor. Ambos nacieron gracias a una intervención especial de Dios: el primero nace de la Virgen; el segundo, de una mujer anciana y estéril. Desde el seno materno Juan anuncia a Aquel que revelará al mundo la iniciativa de amor de Dios.
"En el seno materno tú me sostenías" (Salmo responsorial). Podemos hacer nuestra, hoy, esta exclamación del salmista. Dios nos conoció y amó incluso antes de que nuestros ojos pudieran contemplar las maravillas de la creación. Todo hombre al nacer recibe un nombre humano. Pero aun antes posee un nombre divino: el nombre con el cual Dios Padre lo conoce y lo ama desde siempre y para siempre. Eso vale para todos, sin excluir a nadie. Ningún hombre es anónimo para Dios. Todos tienen igual valor a sus ojos: todos son diversos, pero iguales; todos están llamados a ser hijos en el Hijo.
"Juan es su nombre" (Lc 1, 63). A sus parientes sorprendidos Zacarías confirma el nombre de su hijo escribiéndolo en una tablilla. Dios mismo, a través de su ángel, había indicado ese nombre, que en hebreo significa "Dios es favorable". Dios es favorable al hombre: quiere su vida, su salvación. Dios es favorable a su pueblo: quiere convertirlo en una bendición para todas las naciones de la tierra. Dios es favorable a la humanidad: guía su camino hacia la tierra donde reinan la paz y la justicia. Todo esto entraña ese nombre: Juan.
Amadísimos hermanos y hermanas, Juan Bautista era el mensajero, el precursor: fue enviado para preparar el camino a Cristo (...).
Pueblo de Dios que crees, que esperas y amas (...), gusta de nuevo con alegría el don del Evangelio que recibiste (...). Contempla, en este día, a san Juan Bautista, modelo perenne de fidelidad a Dios y a su ley. Él preparó a Cristo el camino con el testimonio de su palabra y de su vida. Imítalo con dócil y confiada generosidad.
San Juan Bautista es ante todo modelo de fe. Siguiendo las huellas del gran profeta Elías, para escuchar mejor la palabra del único Señor de su vida, lo deja todo y se retira al desierto, desde donde dirigirá la invitación a preparar el camino del Señor (cf Mt 3, 3 y paralelos).
Es modelo de humildad, porque a cuantos lo consideran no sólo un profeta, sino incluso el Mesías, les responde: "Yo no soy quien pensáis, sino que viene detrás de mí uno a quien no merezco desatarle las sandalias" (Hc 13, 25).
Es modelo de coherencia y valentía para defender la verdad, por la que está dispuesto a pagar personalmente hasta con la cárcel y la muerte (...).
Todos y cada uno sed "luz de las naciones" (Is 49, 6).
Virgen santísima (...), tú desde siempre has guiado el camino del pueblo cristiano. Sigue velando sobre tus hijos. Ayúdales a no olvidar nunca el "nombre", la identidad espiritual que han recibido en el bautismo. Ayúdales a gozar siempre de la gracia inestimable de ser discípulos de Cristo (cf Jn 3, 29). Sé tú la guía de cada uno. Tú, la Madre de Dios y Madre nuestra, María».
Texto preparado por Fr. Gregorio Cortázar Vinuesa, O.C.D. España.
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LA PALABRA DEL PAPA.- «Jesús, al dar a Simón (...) el título, más aún, el don, el carisma de la fuerza, de la dureza, de la capacidad de resistir y sostener –como es precisamente la naturaleza de una piedra, de una roca, de un peñasco–, asociaba el mensaje de su palabra a la virtud nueva y prodigiosa de este apóstol, que había de tener la función, él y quien le sucediera legítimamente, de testimoniar con incomparable seguridad ese mismo mensaje que llamamos Evangelio» (Pablo VI, Audiencia general 3-4-1968). «El mensaje de Cristo, de generación en generación, nos ha llegado a través de una cadena de testimonios, de la que Nos formamos un eslabón como sucesor de Pedro, a quien el Señor confió el carisma de la fe sin error» (Pablo VI, Homilía 20-9-1964). «Junto a la infalibilidad de las definiciones “ex cáthedra”, existe el carisma de asistencia del Espíritu Santo concedido a Pedro y a sus sucesores para que no cometan errores en materia de fe y de moral y para que, por el contrario, iluminen bien al pueblo cristiano» (Juan Pablo II, Audiencia general 24-3-1993). «Al escogerme como Obispo de Roma, el Señor ha querido que sea su Vicario, ha querido que sea la “piedra” en la que todos puedan apoyarse con seguridad» (Benedicto XVI, Homilía en la capilla Sixtina 20-4-2005).
ENLACES A LA NEO-VULGATA.- «Esta edición de la Neo-Vulgata puede servir también (además de especialmente para la liturgia) para que la tengan en cuenta las versiones en lengua vulgar que se destinan a uso litúrgico y pastoral, y (...) como base segura para los estudios bíblicos» (Juan Pablo II, Constitución apostólica “Scripturarum thesaurus” 25-4-1979).
SOLEMNIDAD DEL SANTÍSIMO CUERPO Y SANGRE DE CRISTO
NVulgata 1 Ps 2 E --- BibJer2ed (en) --- Concordia y ©atena Aurea (en)
Juan Pablo II, Homilía Jueves 19-6-2003 (ge sp fr en it po)
Benedicto XVI, Homilía Jueves 15-6-2006 (ge sp fr en it po)
Benedicto XVI, Homilía Jueves 11-6-2009 (ge sp fr en it po)
UN CAMBIO EN LAS PALABRAS DE LA CONSAGRACIÓN
Benedicto XVI, Carta al Presidente de la C. E. de Alemania 14-4-2012
Texto preparado por Fr. Gregorio Cortázar Vinuesa, O.C.D. España.
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LA PALABRA DEL PAPA.- «Jesús, al dar a Simón (...) el título, más aún, el don, el carisma de la fuerza, de la dureza, de la capacidad de resistir y sostener –como es precisamente la naturaleza de una piedra, de una roca, de un peñasco–, asociaba el mensaje de su palabra a la virtud nueva y prodigiosa de este apóstol, que había de tener la función, él y quien le sucediera legítimamente, de testimoniar con incomparable seguridad ese mismo mensaje que llamamos Evangelio» (Pablo VI, Audiencia general 3-4-1968). «El mensaje de Cristo, de generación en generación, nos ha llegado a través de una cadena de testimonios, de la que Nos formamos un eslabón como sucesor de Pedro, a quien el Señor confió el carisma de la fe sin error» (Pablo VI, Homilía 20-9-1964). «Junto a la infalibilidad de las definiciones “ex cáthedra”, existe el carisma de asistencia del Espíritu Santo concedido a Pedro y a sus sucesores para que no cometan errores en materia de fe y de moral y para que, por el contrario, iluminen bien al pueblo cristiano» (Juan Pablo II, Audiencia general 24-3-1993). «Al escogerme como Obispo de Roma, el Señor ha querido que sea su Vicario, ha querido que sea la “piedra” en la que todos puedan apoyarse con seguridad» (Benedicto XVI, Homilía en la capilla Sixtina 20-4-2005).
ENLACES A LA NEO-VULGATA.- «Esta edición de la Neo-Vulgata puede servir también (además de especialmente para la liturgia) para que la tengan en cuenta las versiones en lengua vulgar que se destinan a uso litúrgico y pastoral, y (...) como base segura para los estudios bíblicos» (Juan Pablo II, Constitución apostólica “Scripturarum thesaurus” 25-4-1979).
SOLEMNIDAD DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD (B)
NVulgata 1 Ps 2 E --- BibJer2ed (en) --- Concordia y ©atena Aurea (en)
Juan Pablo II, Ángelus 29-5-1994 (sp it): Misterio para nuestro corazón.
Audiencia general 27-11-1985 (sp it): Tres Personas y una Naturaleza.
Audiencia general 4-12-1985 (sp it): Pura Paternidad, pura Filiación, puro Nexo de amor.
Benedicto XVI, Ángelus 7-6-2009 (ge hr sp fr en it po)
Juan Pablo II, Homilía en la parroquia de San Lino 25-5-1997 (sp en it po):
«1. "Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo: el Dios que es, que era y que viene" (Aclamación del Aleluya. Ap 1, 8).
La Iglesia repite sin cesar esta aclamación a la santísima Trinidad. En efecto, la oración cristiana comienza con el signo de la cruz: "En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo", y concluye a menudo con la doxología trinitaria: "Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por todos los siglos de los siglos".
La comunidad de los creyentes eleva cada día una ininterrumpida aclamación trinitaria, pero hoy, primer domingo después de Pentecostés, celebramos de modo especial este gran misterio de la fe.
Gloria tibi, Trinitas, aequalis, una Deitas, et ante omnia saecula et nunc et in perpetuum! "Gloria a ti, Trinidad, en la igualdad de las Personas, único Dios, antes de todos los siglos, ahora y por siempre" (Primeras Vísperas de la solemnidad de la santísima Trinidad).
En esta fórmula litúrgica contemplamos el misterio de la unidad inefable y de la inescrutable Trinidad de Dios: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Es lo que profesamos en el Credo apostólico: "Creo en un solo Dios... Creo en un solo Señor, Jesucristo... Por obra del Espíritu Santo se encarnó en el seno de María, la Virgen, y se hizo hombre".
El Credo niceno-constantinopolitano prosigue: "Creo en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida, que procede del Padre y del Hijo, que con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria, y que habló por los profetas".
Esta es nuestra fe. Esta es la fe de la Iglesia. Este es el Dios de nuestra fe: Padre, Hijo y Espíritu Santo.
2. La liturgia de la Palabra nos invita a profundizar nuestra fe trinitaria. En la primera lectura, tomada del Deuteronomio, hemos escuchado las palabras de Moisés, que nos recuerdan cómo Dios se eligió un pueblo y se manifestó a él de modo especial. El concilio Vaticano II, después de afirmar que el hombre, por la creación, puede llegar a conocer a Dios como Ser primero y absoluto, anota que Dios mismo se reveló a la humanidad en primer lugar a través de mediadores y luego por medio de su Hijo (cf Dei Verbum, 3-4). El Dios que hoy confesamos es el Dios de la Revelación y creemos todo lo que él ha querido revelar de sí mismo.
Las lecturas bíblicas de este domingo ponen de relieve que Dios vino a hablar de sí mismo al hombre, revelándole quién es. Y eligió a Israel como destinatario de su manifestación. Dijo al pueblo escogido: "Pregunta... a los tiempos antiguos que te han precedido desde el día en que Dios creó al hombre sobre la tierra: ¿Hubo jamás... algún pueblo que haya oído, como tú has oído, la voz del Dios vivo, hablando desde el fuego, y haya sobrevivido?" (Dt 4, 32-33).
Con estas palabras Moisés quiere aludir a la manifestación de Dios en el monte Sinaí y a la entrega de los diez mandamientos, así como a su experiencia personal en el monte Horeb. En esa ocasión Dios le había hablado desde la zarza ardiente, encomendándole la misión de liberar a Israel de la esclavitud de Egipto y le había revelado su propio nombre: "Yahveh" - "Yo soy el que soy" (cf Ex 3, 1-14).
3. Estos textos bíblicos nos sirven de guía en un camino de profundización del misterio trinitario que lleva desde Moisés hasta Cristo. El evangelista san Mateo refiere que, antes de subir al cielo, el Resucitado dijo a los discípulos: "Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo" (Mt 28, 18-19).
El misterio manifestado a Moisés desde la zarza ardiente es revelado plenamente en Cristo en su aspecto trinitario. En efecto, por medio de él descubrimos la unidad de la divinidad, la trinidad de las Personas. Misterio del Dios vivo, misterio de la vida de Dios. Jesús es profeta de este misterio. Él se ofreció a sí mismo en sacrificio sobre el altar de este inmenso misterio de amor (...).
6. "Habéis recibido un espíritu de hijos adoptivos, que nos hace gritar: ¡Abba, Padre!" (Rm 8, 15).
San Pablo, con estas palabras, pone de manifiesto que la Iglesia apostólica anuncia a la santísima Trinidad. Dios se revela como dador de vida por medio de Cristo, único Mediador.
Creemos en el Hijo de Dios, que trajo la vida divina como fuego, para que se encendiera sobre la tierra. Creemos en el Espíritu Santo, que es Señor y dador de vida. Por obra del Espíritu Santo los creyentes son constituidos hijos en el Hijo, como escribe san Juan en el Prólogo de su evangelio (cf Jn 1, 13). Los hombres, engendrados por el Espíritu, se dirigen a Dios con las mismas palabras de Cristo, llamándolo: "¡Abba, Padre!".
Por el bautismo hemos sido injertados en la comunión trinitaria. Todo cristiano es bautizado en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; es inmerso en la vida de Dios. ¡Qué gran don y gran misterio!
Con mucha razón, por consiguiente, la Iglesia canta con profunda gratitud en elTe Deum su fe en la Trinidad: "Sanctus, sanctus, sanctus, Dominus Deus sabaoth. Los cielos y la tierra están llenos de tu gloria. Te aclama el coro de los Apóstoles y el blanco ejército de los mártires; la santa Iglesia proclama tu gloria, adora a tu único Hijo, y al Espíritu Santo Paráclito". Amén».
Texto preparado por Fr. Gregorio Cortázar Vinuesa, O.C.D. España.
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LA PALABRA DEL PAPA.- «Jesús, al dar a Simón (...) el título, más aún, el don, el carisma de la fuerza, de la dureza, de la capacidad de resistir y sostener –como es precisamente la naturaleza de una piedra, de una roca, de un peñasco–, asociaba el mensaje de su palabra a la virtud nueva y prodigiosa de este apóstol, que había de tener la función, él y quien le sucediera legítimamente, de testimoniar con incomparable seguridad ese mismo mensaje que llamamos Evangelio» (Pablo VI, Audiencia general 3-4-1968). «El mensaje de Cristo, de generación en generación, nos ha llegado a través de una cadena de testimonios, de la que Nos formamos un eslabón como sucesor de Pedro, a quien el Señor confió el carisma de la fe sin error» (Pablo VI, Homilía 20-9-1964). «Junto a la infalibilidad de las definiciones “ex cáthedra”, existe el carisma de asistencia del Espíritu Santo concedido a Pedro y a sus sucesores para que no cometan errores en materia de fe y de moral y para que, por el contrario, iluminen bien al pueblo cristiano» (Juan Pablo II, Audiencia general 24-3-1993). «Al escogerme como Obispo de Roma, el Señor ha querido que sea su Vicario, ha querido que sea la “piedra” en la que todos puedan apoyarse con seguridad» (Benedicto XVI, Homilía en la capilla Sixtina 20-4-2005).
ENLACES A LA NEO-VULGATA.- «Esta edición de la Neo-Vulgata puede servir también (además de especialmente para la liturgia) para que la tengan en cuenta las versiones en lengua vulgar que se destinan a uso litúrgico y pastoral, y (...) como base segura para los estudios bíblicos» (Juan Pablo II, Constitución apostólica “Scripturarum thesaurus” 25-4-1979).
SOLEMNIDAD DE PENTECOSTÉS
Benedicto XVI, Homilía 15-5-2005-A (ge sp fr en it po)
Regina caeli 15-5-2005-A (ge hr sp fr en it po)
Benedicto XVI, Homilía 4-6-2006-B (ge sp fr en it po)
Regina caeli 4-6-2006-B (ge hr sp fr en it po)
Regina caeli 27-5-2007-C (ge hr sp fr en it po)
Benedicto XVI, Homilía 11-5-2008-A (ge sp fr en it po)
Regina caeli 11-5-2008-A (ge hr sp fr en it po)
Benedicto XVI, Homilía 31-5-2009-B (ge sp fr en it po)
Regina caeli 31-5-2009-B (ge hr sp fr en it po)
Benedicto XVI, Homilía 23-5-2010-C (ge sp fr en it po)
Regina caeli 23-5-2010-C (ge sp fr en it po)
Benedicto XVI, Homilía 12-6-2011A (ge sp fr en it po)
Regina caeli 12-6-2011A (ge sp fr en it po)
INVOCACIÓN AL ESPÍRITU SANTO
AL COMENZAR LA ORACIÓN PERSONAL
Juan Pablo II, Homilía 19-5-1991 (it): «A través de las generaciones y los siglos, la Iglesia grita: "Envía tu Espíritu, Señor, y renueva la faz de la tierra"; y este grito encuentra siempre respuesta. Cristo mismo responde: "Recibid el Espíritu Santo" (Jn 20, 22). Y se verifican, al mismo tiempo, las palabras del salmista: "Enviarás tu Espíritu, y serán creados, y renovarás la faz de la tierra" (Sal 104, 30)»; Regina caeli 10-6-1984 (sp it): «"¡Envía tu Espíritu, Señor, y renueva la faz de la tierra!". Así ora la Iglesia por medio del Corazón de la Virgen Inmaculada, Madre de Cristo crucificado y resucitado».
«¡La Iglesia grita!». La promesa divina expresada en el salmo 104, 30, «enviarás tu espíritu, y serán creados, y renovarás la faz de la tierra, emittes spiritum tuum, et creabuntur, et renovabis faciem terrae», la Iglesia la hace objeto de súplica con su respuesta al salmo responsorial del domingo de Pentecostés: «Envía tu Espíritu, Señor, y renueva la faz de la tierra, emitte Spiritum tuum, Domine, et renova faciem terrae».
Así podría, pues, invocarse al Espíritu Santo al comenzar la oración:
– Ven, Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles, y enciende en ellos el fuego de tu amor.
– Envía tu Espíritu, Señor, / y renueva la faz de la tierra.
– Oh Dios, que has iluminado los corazones de tus hijos con la luz del Espíritu Santo; haznos dóciles a sus inspiraciones, para gustar siempre el bien y gozar de su consuelo. Por Jesucristo, nuestro Señor.
JESUCRISTO SUMO Y ETERNO SACERDOTE
(Fiesta en España. Jueves siguiente a Pentecostés)
Juan Pablo II, Audiencia general 18-2-1987 (sp it)
Benedicto XVI, Jesús de Nazaret2 IV: La Oración Sacerdotal de Jesús
UN CAMBIO EN LAS PALABRAS DE LA CONSAGRACIÓN
Benedicto XVI, Carta al Presidente de la C. E. de Alemania 14-4-2012
Texto preparado por Fr. Gregorio Cortázar Vinuesa, O.C.D. España.
Capítulo 18 del Libro de las Fundaciones
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Mensaje para la XLVI Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales
«Silencio y Palabra, camino de evangelización» (ge ar sp fr en it pl po)
SOLEMNIDAD DE LA ASCENSIÓN
NVulgata 1 Ps 2 E --- BibJer2ed (en) --- Concordia y ©atena Aurea (en)
Homilía de Benedicto XVI en Cassino, domingo 24-5-2009
Juan Pablo II, Homilía en la Gruta de Nuestra Señora de Lourdes en los jardines vaticanos, jueves 20-5-1982 (it po):
«1. "El Señor fue levantado al cielo y se sentó a la derecha de Dios" (Mc 16, 19).
En estas palabras del Evangelio según Marcos se compendia el misterio que recordamos hoy, fiesta de la Ascensión de nuestro Señor Jesucristo. Y yo me siento feliz de celebrar con vosotros esta liturgia, queridos hermanos y hermanas, en unión de fe y de intenciones, de renovada adhesión al Señor y a su Iglesia.
La solemnidad de hoy nos invita, ante todo, a meditar sobre el alcance del misterio que celebramos. ¿Qué significa que Jesús ascendió al cielo? No son las categorías espaciales las que nos permiten captar adecuadamente este acontecimiento, ya que sólo la fe descubre su sentido y su fecundidad.
"Se sentó a la derecha de Dios": he aquí el significado primero de la Ascensión. Y aun cuando la expresión es imaginaria, puesto que Dios no tiene ni derecha ni izquierda, encierra un importante mensaje cristológico: Jesús resucitado entró plenamente, incluso con su humanidad, a formar parte de la gloria divina y, más aún, a tomar parte en la actividad salvífica de Dios mismo.
Lo hemos escuchado en la segunda lectura: "Lo sentó a su derecha en el cielo, por encima de todo principado, potestad, fuerza y dominación" (Ef 1, 20-21). El cristiano ya no tiene otro jefe fuera de Jesucristo. "Y todo lo puso bajo sus pies" (Ef 1, 22). Cristo no es sólo nuestro Jefe, sino también el "Pantocrátor", el que ejerce su señorío sobre todas las cosas.
Estas afirmaciones tienen un alcance muy concreto para nuestra vida. Ninguno de nosotros debe entregarse más a quien no es Cristo, porque lo que está fuera de él le es sólo inferior.
Por tanto, estamos invitados a contemplar la grandeza y la belleza de nuestro único Señor, y a hacer nuestra la oración de la Carta a los Efesios que hemos escuchado: "Ilumine Dios los ojos de nuestro corazón para que comprendamos... cuál es la extraordinaria grandeza de su poder para nosotros, los que creemos, según la eficacia de su fuerza poderosa, que desplegó en Cristo" (Ef 1, 18-20).
Se nota en estas palabras la desbordante exultación del cristiano que sabe, o al menos intuye, y adora la profundidad del misterio pascual y la inagotable riqueza de sus virtualidades salvíficas respecto de nosotros. Así pues, la fiesta de hoy nos vuelve a llevar a los fundamentos mismos de nuestra fe.
2. Pero hay otro aspecto esencial, propio de la solemnidad de la Ascensión, que se expresa tanto en la primera lectura como en el Evangelio. "Seréis mis testigos... hasta los confines del mundo" (Hc 1, 8); "Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación" (Mc 16, 15).
Hay un deber de testimonio que dimana directamente de nuestra fe. No se puede celebrar la exaltación de Jesús Señor y luego llevar una vida despreocupada ignorando su consigna suprema. La Ascensión nos recuerda que el hecho de que Jesús se sustraiga a la experiencia sensible de sus discípulos tiene también la finalidad de dejar el campo a éstos, que continúan ya su misión en la historia y prolongan el celo pastoral y la dedicación misionera de él, aun cuando esto vaya envuelto en muchas debilidades.
Por algo, según el relato de los Hechos de los Apóstoles, sigue a breve distancia Pentecostés con el don del Espíritu Santo que abre el camino a la historia misionera de la Iglesia.
Por tanto, hoy somos invitados también a renovar nuestros compromisos de apostolado, poniendo en las manos del Señor nuestros propósitos. Al hacer esto, debemos mantener viva la certeza de que su Ascensión al cielo no ha sido una partida, sino sólo la transformación de una presencia que no es menos importante.
Cristo está entre nosotros también hoy; está con nosotros. "Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo" (Mt 28, 20). Sólo de aquí se deriva nuestra fuerza, pero también nuestra constancia y nuestra alegría.
3. Queridos hermanos y hermanas: Convirtamos en oración estas reflexiones, mientras continúa la Santa Misa. Renovemos nuestra fe cristiana y nuestro impulso apostólico. Que nos ayude la intercesión materna de María, a la que recurrimos con motivo de celebrar esta liturgia en la gruta de la Bienaventurada Virgen de Lourdes. Ella, que con toda probabilidad estuvo presente en el acontecimiento relatado por los Hechos de los Apóstoles (cf Hc 1, 9. 14), nos inspire en este momento los pensamientos oportunos y las súplicas más gratas al Señor».
Cf Juan Pablo II, Audiencia general 5-4-1989, del resumen en español: «Jesús, con su ascensión, nos indica el camino hacia la patria celeste, donde el Padre premiará con la felicidad eterna a cuantos, redimidos por su Hijo, han sido testigos fieles del amor».
La conversión de San Pablo en el camino de Damasco
25-1-2012 BibJer2ed (en) / Benedicto XVI, Audiencia general 3-9-2008 (ge hr zh-s zh-t sp fr en it po)
Juan Pablo II, Homilía en la basílica de San Pablo extramuros 25-1-1982 (it po):
«Celebramos hoy la aparición de Jesús resucitado a Saulo de Tarso, aparición que fue revelación del misterio de la Iglesia, y que llevó a Saulo a la conversión, confiriéndole una misión de importancia única para el futuro de la Iglesia.
"Yo soy Jesús Nazareno a quien tú persigues" (Hc 22, 8). Saulo, como sabemos, iba a Damasco, lleno de celo por la ley de Dios, con la misión de perseguir a los que seguían el camino de Jesús. En un momento de cegadora revelación -la revelación fue literalmente cegadora- encontró al Señor resucitado y escuchó su voz: "Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?". Preguntó con humildad: "¿Quién eres, Señor?" (Hc 9, 4s), y en la respuesta del Señor captó el misterio de la plena unidad de Cristo con sus miembros: "Yo soy Jesús a quien tú persigues" (...).
El perseguidor respondió con fe a esta revelación. A su llegada a Damasco fue recibido y bautizado por Ananías; "e inmediatamente se le cayeron de los ojos una especie de escamas" (Hc 9, 18), y la recuperación de la vista fue símbolo de la nueva visión espiritual que había adquirido. El perseguidor se hizo apóstol. Esa revelación bastó para convertir a Pablo al servicio perseverante de su Señor y a la proclamación fiel de que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios (cf Hc 9, 20-27) (...).
Su conversión en el camino de Damasco fue inmediata y radical, pero debió vivirla en la fe y en la perseverancia durante los largos años de su apostolado; desde aquel momento su vida tuvo que ser una conversión incesante, una renovación continua: "Nuestro hombre interior... se renueva de día en día" (2Co 4, 16). Esta perseverante y continua conversión fue efecto de la suprema y gratuita gracia de Dios, que se manifestó en la potencia del Señor resucitado».
DOMINGO 7-B DE PASCUA
NVulgata 1 Ps 2 E --- BiJe2 1 Ps 2 E --- Concordia y ©atena Aurea (en)
Homilía de Juan Pablo II en Koekelberb, Bruselas 19-5-1985 (nl it)
«1. "Por ellos me consagro yo para que también se consagren ellos en la verdad" (Jn 17, 19).
Queridos hermanos y hermanas: En la liturgia de este domingo siguiente a la Ascensión, la Iglesia proclama hoy las palabras de la oración sacerdotal de Cristo. A los apóstoles congregados en oración en el Cenáculo con María, la Madre de Cristo, esas palabras les resuenan con eco todavía reciente. Cristo las había pronunciado hacía muy poco, en el discurso de despedida la tarde del Jueves Santo antes de comenzar su pasión.
Entonces se dirigía al Padre como muchas otras veces, pero de manera absolutamente nueva. Pidió: "Padre santo: guárdalos en tu nombre a los que me has dado, para que sean uno, como nosotros" (Jn 17, 11).
"Guárdalos"..., como los he guardado yo, como he velado por ellos (cf Jn 17, 12), pero "ahora voy a ti" (Jn 17, 13). Me voy, dejo el mundo. "No ruego que los retires del mundo, sino que los guardes del mal" (Jn 17, 15).
"Santifícalos en la verdad: tu palabra es verdad" (Jn 17, 17): a ellos, que he enviado al mundo como tú me enviaste al mundo (cf Jn 17, 18), santifícalos en la verdad.
2. Esta es la gran oración del Corazón de Cristo.
Hoy se pronuncia en la liturgia que celebramos en el centro de vuestro país, al pie de la basílica del Sagrado Corazón. Es el lenguaje del Corazón del Redentor. En ella encontramos expresadas las características más profundas que marcaron toda su vida, toda su misión mesiánica. Ha llegado el momento en que esta vida y misión tocan a su fin y, al mismo tiempo, alcanzan la cima.
La cima es ésta: "Me consagro yo". Palabra misteriosa, profunda, que viene a decir en cierta manera: "Me santifico", "me entrego totalmente al Padre". Y también: "Me sacrifico", "ofrezco mi persona y mi vida en ofrenda santa a Dios por los hombres y, a través de ello, paso de este mundo a mi Padre". Es la palabra última y definitiva y, a la vez, la palabra suprema del diálogo que mantiene el Hijo con el Padre. Con esta expresión, Jesús en cierto modo pone el sello mesiánico sobre toda la obra de la redención.
Al mismo tiempo, los apóstoles están comprendidos en este "me consagro yo"; la Iglesia entera, hasta el final de los siglos, está comprendida en estas palabras. Y estamos también comprendidos todos nosotros que estamos aquí reunidos ante la basílica del Sagrado Corazón.
En las palabras de la oración sacerdotal, la Iglesia nace de la consagración del Hijo al Padre, para nacer seguidamente en la cruz cuando estas palabras "se encarnen", cuando el Corazón sea atravesado por la lanza del centurión romano.
3. ¿Qué pide Jesús para sus apóstoles, para la Iglesia, para nosotros? Que también nosotros seamos santificados en la verdad.
Esta Verdad es el Verbo de Dios vivo. El Verbo del Padre, el Hijo. Y es también la palabra del Padre a través del Hijo: El Verbo se ha hecho carne y luego se ha expresado en medio del mundo. En medio de la historia de la humanidad.
Y, al mismo tiempo, él, Cristo, el Verbo encarnado, "no es de este mundo" (cf Jn 17, 14). La Palabra que ha trasmitido del Padre, la Buena Noticia, el Evangelio, no es de este mundo. Y los que aceptan enteramente esta Palabra, fácilmente pueden ganarse el odio por el hecho de no ser del mundo.
Y, sin embargo, sólo esta Palabra es Verdad. Es la verdad última. Es la plenitud de la verdad. Hace compartir la Verdad en que vive el mismo Dios.
A través de la expresión patética de la oración sacerdotal, a través de la honda emoción del Corazón de Cristo, una vez por todas, la Iglesia tiene conciencia de que únicamente esta Verdad es salvadora, de que bajo ninguna condición le está permitido cambiar esta Verdad por cualquiera otra que exista, ni confundirla con otra, incluso si humanamente pueda parecer más "verosímil", más sugestiva, más adecuada a la mentalidad de hoy [cf Audiencia general 13-4-1988: Contenido y lenguaje de la catequesis cristológica (sp it)].
Por el grito del Corazón de Jesús en el Cenáculo y por la cruz que lo confirmó, la Iglesia se siente afincada en esta Verdad, consagrada en la Verdad.
La oración sacerdotal es asimismo una gran "súplica" de la Iglesia. El apóstol Pablo la mencionará al escribir a Timoteo: "Guarda el depósito" (depositum custodi, 1Tm 6, 20), y también: "No os ajustéis a este mundo" (nolite conformare huic saeculo, Rom 12, 2), en otras palabras, no os hagáis semejantes a lo que es transitorio, a lo que el mundo proclama.
4. Esta es la gran oración del Corazón del Redentor. Explica todo el designio de la redención y la redención encuentra en ella su explicación.
¿Qué pide el Hijo al Padre? "Guárdalos en tu nombre a los que me has dado, para que sean uno como nosotros" (Jn 17, 11).
La Iglesia nace de esta oración del Corazón de Jesús marcada con la señal de la unidad divina. No sólo de la unidad humana, sociológica, sino de la Unidad divina, "para que sean uno, como nosotros" (Jn 17, 22). "Como tú, Padre, en mí y yo en ti" (Jn 17, 21).
Esta unidad es el fruto del amor. "Si nos amamos unos a otros, Dios permanece en nosotros... En esto conocemos que permanecemos en él y él en nosotros: en que nos ha dado de su Espíritu... Dios es amor. Quien confiese que Jesús es el Hijo de Dios, Dios permanece en él y él en Dios" (1Jn 4, 12-13. 16).
Se trata, pues, de la unidad que tiene su origen en Dios. La unidad que hay en Dios es la vida del Padre en el Hijo y la vida del Hijo en el Padre en la unidad del Espíritu Santo. La unidad en la que Dios uno y trino se comunica en el Espíritu Santo a los corazones humanos, a las conciencias humanas, a las comunidades humanas».
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LA PALABRA DEL PAPA.- «Jesús, al dar a Simón (...) el título, más aún, el don, el carisma de la fuerza, de la dureza, de la capacidad de resistir y sostener –como es precisamente la naturaleza de una piedra, de una roca, de un peñasco–, asociaba el mensaje de su palabra a la virtud nueva y prodigiosa de este apóstol, que había de tener la función, él y quien le sucediera legítimamente, de testimoniar con incomparable seguridad ese mismo mensaje que llamamos Evangelio» (Pablo VI, Audiencia general 3-4-1968). «El mensaje de Cristo, de generación en generación, nos ha llegado a través de una cadena de testimonios, de la que Nos formamos un eslabón como sucesor de Pedro, a quien el Señor confió el carisma de la fe sin error» (Pablo VI, Homilía 20-9-1964). «Junto a la infalibilidad de las definiciones “ex cáthedra”, existe el carisma de asistencia del Espíritu Santo concedido a Pedro y a sus sucesores para que no cometan errores en materia de fe y de moral y para que, por el contrario, iluminen bien al pueblo cristiano» (Juan Pablo II, Audiencia general 24-3-1993). «Al escogerme como Obispo de Roma, el Señor ha querido que sea su Vicario, ha querido que sea la “piedra” en la que todos puedan apoyarse con seguridad» (Benedicto XVI, Homilía en la capilla Sixtina 20-4-2005).
ENLACES A LA NEO-VULGATA.- «Esta edición de la Neo-Vulgata puede servir también (además de especialmente para la liturgia) para que la tengan en cuenta las versiones en lengua vulgar que se destinan a uso litúrgico y pastoral, y (...) como base segura para los estudios bíblicos» (Juan Pablo II, Constitución apostólica “Scripturarum thesaurus” 25-4-1979).
Epifanía 2012. (P.Eduardo Sanz de Miguel) 45 kb Ver Descargar
Epifanía 2010. (P.Eduardo Sanz de Miguel) 78 kb Ver Descargar
Epifanía y las bodas de Caná.(P.Eduardo Sanz de Miguel) 59 kb Ver Descargar
La Presentación de Jesús en el Templo, 02-02-2011 (P.Eduardo Sanz de Miguel) 25 kb Ver Descargar
Jesucristo, Rey del universo 2011. (P. Eduardo Sanz de Miguel) 17 kb Ver Descargar
Asunción de María 15-08-2011. (P. Eduardo Sanz de Miguel) 13 kb Ver Descargar
Sagrado Corazón de Jesús 2011. (P.Eduardo Sanz de Miguel) 13 kb Ver Descargar
Sagrado Corazón de Jesús 11-06-10.(P.Eduardo Sanz de Miguel) 21 kb Ver Descargar
Corpus Christi 2011. (P.Eduardo Sanz de Miguel) 13 kb Ver Descargar
Corpus Christi 06-06-10. (P.Eduardo Sanz de Miguel) 17 kb Ver Descargar
Fiesta Santísima Trinidad 2011. (P.Eduardo Sanz de Miguel) 13 kb Ver Descargar
Fiesta Santísima Trinidad 30-05-10. (P.Eduardo Sanz de Miguel) 18 kb Ver Descargar
Fiesta de la Santa Cruz (3 de mayo). (P.Eduardo Sanz de Miguel) 16 kb Ver Descargar
Las celebraciones cristianas en honor de los Santos 2011. 17 kb Ver Descargar
Las celebraciones cristianas en honor de los Santos 2010. (P.Eduardo Sanz de Miguel) 38 kb Ver Descargar
Bautismo del Señor 2011. (P.Eduardo Sanz de Miguel) 14 kb Ver Descargar
Bautismo del Señor 2010. (P.Eduardo Sanz de Miguel) 14 kb Ver Descargar
La Ascensión del Señor 31-05-2011. (P.Eduardo Sanz de Miguel) 13 kb Ver Descargar
Ascensión del Señor 2010. (P.Eduardo Sanz de Miguel) 46 kb Ver Descargar
Santísimo Nombre de Jesús 01.(P.Eduardo Sanz de Miguel) 54 kb Ver Descargar
Pentecostés 2011. (P.Eduardo Sanz de Miguel) 12 kb Ver Descargar
Pentecostés 2010.(P.Eduardo Sanz de Miguel) 148 kb Ver Descargar