"La Rebelión de las Masas" (Ortega y Gasset)
Extracto del texto
Nos encontramos, pues, con la misma diferencia que eternamente existe entre el tonto y el perspicaz. Este se sorprende a sí mismo siempre a dos dedos de ser tonto; por ello hace un esfuerzo para escapar a la inminente tontería, y en ese esfuerzo consiste la inteligencia. El tonto, en cambio, no se sospecha a sí mismo: se parece discretísimo, y de ahí la envidiable tranquilidad con que el necio se asienta e instala en su propia torpeza. Como esos insectos que no hay manera de extraer fuera del orificio en que habitan, no hay modo de desalojar al tonto de su tontería, llevarle de paseo un rato más allá de su ceguera y obligarle a que contraste su torpe visión habitual con otros modos de ver más sutiles. El tonto es vitalicio y sin poros. [...]
No se trata de que el hombre-masa sea tonto. Por el contrario, el actual es más listo, tiene más capacidad intelectiva que el de ninguna otra época. Pero esa capacidad no le sirve de nada; en rigor, la vaga sensación de poseerla le sirve sólo para cerrarse más en sí y no usarla. De una vez para siempre consagra el surtido de tópicos, prejuicios, cabos de ideas o, simplemente, vocablos hueros que el azar ha amontonado en su interior, y con una audacia que sólo por la ingenuidad se explica, los impondrá dondequiera. Esto es [...] característico en nuestra época: no que el vulgar crea que es sobresaliente y no vulgar, sino que el vulgar reclame e imponga el derecho de la vulgaridad, o la vulgaridad como un derecho.
El imperio que sobre la vida pública ejerce hoy la vulgaridad intelectual, es acaso el factor de la presente situación más nuevo, menos asimilable a nada del pretérito. Por lo menos en la historia europea hasta la fecha, nunca el vulgo había creído tener “ideas” sobre las cosas. Tenía creencias, tradiciones, experiencias, proverbios, hábitos mentales, pero no se imaginaba en posesión de opiniones teóricas sobre lo que las cosas son o deben ser, sobre política o literatura. Le parecía bien o mal lo que el político proyectaba y hacía; aportaba o retiraba su adhesión, pero su actitud se reducía a repercutir, positiva o negativamente, la acción creadora de otros. Nunca se le ocurrió oponer a las “ideas” del político otras suyas; ni siquiera juzgar las “ideas” del político desde el tribunal de otras “ideas” que creía poseer. Lo mismo en arte y en los demás órdenes de la vida pública. Una innata conciencia de su limitación, de no estar calificado para teorizar, se lo vedaba completamente. La consecuencia automática de esto era que el vulgo no pensaba, ni de lejos, decidir en casi ninguna de las actividades públicas, que en su mayor parte son de índole teórica.
Hoy, en cambio, el hombre medio tiene las “ideas” más taxativas sobre cuanto acontece y debe acontecer en el universo. Por eso ha perdido el uso de la audición. ¿Para qué oír, si ya tiene dentro cuanto hace falta? Ya no es sazón de escuchar, sino, al contrario, de juzgar, de sentenciar, de decidir. No hay cuestión de vida pública donde no intervenga, ciego y sordo como es, imponiendo sus “opiniones”.[...]
Cualquiera puede darse cuenta de que en Europa, desde hace años, han empezado a pasar “cosas raras”. Por dar algún ejemplo concreto de estas cosas raras nombraré ciertos movimientos políticos, como el sindicalismo y el fascismo. No se diga que parecen raros simplemente porque son nuevos. El entusiasmo por la innovación es de tal modo ingénito en el europeo, que le ha llevado a producir la historia más inquieta de cuantas se conocen. No se atribuya, pues, lo que estos nuevos hechos tienen de raro a lo que tienen de nuevo, sino a la extrañísima vitola de estas novedades. Bajo las especies de sindicalismo y fascismo aparece por primera vez en Europa un tipo de hombre que no quiere dar razones ni quiere tener razón, sino que, sencillamente, se muestra resuelto a imponer sus opiniones. He aquí lo nuevo: el derecho a no tener razón, la razón de la sinrazón. Yo veo en ello la manifestación más palpable del nuevo modo de ser las masas, por haberse resuelto a dirigir la sociedad sin capacidad para ello. En su conducta política se revela la estructura del alma nueva de la manera más cruda y contundente, pero la clave está en el hermetismo intelectual. El hombre-medio se encuentra con “ideas” dentro de sí, pero carece de la función de idear. Ni sospecha siquiera cuál es el elemento sutilísimo en que las ideas viven. Quiere opinar, pero no quiere aceptar las condiciones y supuestos de todo opinar. De aquí que sus “ideas” no sean efectivamente sino apetitos con palabra como las romanzas musicales.
Tener una idea es creer que se poseen las razones de ella, y es, por tanto, creer que existe una razón, un orbe de verdades inteligibles. Idear, opinar, es una misma cosa con apelar a tal instancia, supeditarse a ella, aceptar su Código y su sentencia, creer, por tanto, que la forma superior de la convivencia es el diálogo en que se discuten las razones de nuestras ideas. Pero el hombre-masa se sentiría perdido si aceptase la discusión, e instintivamente repudia la obligación de acatar esa instancia suprema que se halla fuera de él. Por eso, lo “nuevo” es en Europa “acabar con las discusiones”, y se detesta toda forma de convivencia que por sí misma implique acatamiento de normas objetivas, desde la conversación hasta el Parlamento, pasando por la ciencia. Esto quiere decir que se renuncia a la convivencia de cultura, que es una convivencia bajo normas, y se retrocede a una convivencia bárbara. Se suprimen todos los trámites normales y se va directamente a la imposición de lo que se desea. El hermetismo del alma, que, como hemos visto antes, empuja a la masa para que intervenga en toda la vida pública, la lleva también, inexorablemente, a un procedimiento único de intervención: la acción directa.
El día en que se reconstruya la génesis de nuestro tiempo, se advertirá que las primeras notas de su peculiar melodía sonaron en aquellos grupos sindicalistas y realistas franceses de hacia 1900, inventores de la manera y la palabra “acción directa”. Perpetuamente el hombre ha acudido a la violencia: unas veces este recurso era simplemente un crimen, y no nos interesa. Pero otras era la violencia el medio a que recurría el que había agotado antes todos los demás para defender la razón y la justicia que creía tener. Será muy lamentable que la condición humana lleve una y otra vez a esta forma de violencia, pero es innegable que ella significa el mayor homenaje a la razón y la justicia. Como que no es tal violencia otra cosa que la razón exasperada. La fuerza era, en efecto, la última ratio. Un poco estúpidamente ha solido entenderse con ironía esta expresión, que declara muy bien el previo rendimiento de la fuerza a las normas racionales. La civilización no es otra cosa que el ensayo de reducir la fuerza a última ratio. Ahora empezamos a ver esto con sobrada claridad, porque la “acción directa” consiste en invertir el orden y proclamar la violencia como prima ratio; en rigor, como única razón. Es ella la norma que propone la anulación de toda norma, que suprime todo intermedio entre nuestro propósito y su imposición. Es la Carta Magna de la barbarie. [...]
Explicación del texto
José Ortega y Gasset fue un filósofo y ensayista español, exponente principal de la teoría del perspectivismo y de la razón vital e histórica, situado en el movimiento del Novecentismo.
Doctor en Filosofía de la Universidad de Madrid (1904) con su obra Los terrores del año mil. Crítica de una leyenda. Entre 1905 y 1907 realizó estudios en Alemania. Se vio influido por el neokantismo de Hermann Cohen y Paul Natorp, entre otros.
En su libro “La rebelión de las masas”, Ortega y Gasset trata de explicar qué es la masa y por qué se considera que estamos presenciando su particular revolución.
Según dice Ortega, la masa es el conjunto de un estereotipo de persona al que él mismo llama hombres-masa. Este hombre-masa no se corresponde con ninguna clase social ni económica, pero sí a una forma de ver la vida. El autor afirma que la difusión de esta clase de persona es producto de los sistemas políticos de su época, además del ascenso del nivel de vida. De todos modos, no niega la existencia de la masa en otros momentos históricos.
El hombre integrante de la masa se cree que con lo que sabe ya tiene más que suficiente y no tiene la más mínima curiosidad por saber más. Con el paso de los años ha perdido toda capacidad de asombro y además, desprecia todo lo que sea superior a él. “Masa es todo aquel que no se valora a sí mismo”, dice el autor al comienzo del ensayo, pero no se valora a sí mismo ni para bien ni para mal, sino que lo que realmente le hace sentirse bien es pertenecer a la masa, es decir, ser igual a los demás. Pertenecer a la masa, es por tanto, no tener iniciativas, seguir al resto, ser normal. De este modo, en tanto y cuanto uno se da cuenta de sus limitaciones, se puede sentir desdichado, pero no se sentirá masa.
En contraposición a la masa, dice Gasset, se encuentran las minorías selectas. Estas tampoco tienen que pertenecer obligatoriamente a un determinado grupo social (aunque es evidente que atribuir a minoría el adjetivo de “selecta” nos sugiere lo contrario) y que se interesan por aspectos muy concretos y muy especializados. La separación de la sociedad en masa y minorías selectas no es, por tanto, una división social. Es una fragmentación de las personas en dos tipos. Es más, afirma el ensayista que en cada clase social hay un determinado tipo de masa y minoría con diferencias al respecto de las otras clases. Antes, la masa sabía donde se hallaba su posición en la dinámica social y conocía a la perfección en qué campos no podía entrar siendo masa (tenía que dejar de serlo para introducirse, cosa que permitía a algunas personas conscientes de su “rango” medrar hacia minoría). No obstante, la propagación de la masa ha provocado la invasión de ésta en todos los ámbitos, pero sin dejar de ser masa. Esto a Ortega le parece “brutal”.
Ortega dedica unas breves palabras hacia la aristocracia Explica que no le parece nada bien que uno sea ensalzado por lo que hicieron sus mayores, tal y como pasa actualmente con los títulos de nobleza, y le parece infinitamente más razonable lo que hacen los de ascendencia oriental, que cuando realizan algún acto de importancia dignifican a sus antepasados (aunque sea un ejemplo sin la mayor trascendencia, describe a la perfección la opinión de Gasset). Por contrapartida dice también que el mundo occidental debe gran parte de su singularidad a que los “ilustres” lo han guiado con corrección
¿Por qué, entonces, estamos asistiendo a la rebelión de las masas?
Ortega responde a esta pregunta a lo largo de toda la obra, pero su pensamiento se puede enunciar de la siguiente forma: La proliferación del hombre-masa en la sociedad de la época había provocado que lujos considerados exclusivos para minorías fuesen considerados de dominio público. Se puede considerar entonces como una rebelión de la misma para cambiar la situación. Hay otro aspecto que el autor considera revolucionario, consistente en que era la primera vez que la masa tenía poder sobre sí misma y hacía valer los derechos que tanto esfuerzo le había costado conseguir a lo largo de los siglos. Es lo que llama “Imperio de las Masas” y realmente merece el calificativo de rebelión, después de muchos años de desigualdades. A Ortega todo esto no le parece mal en un principio y lo ve lógico de la ascensión del nivel de vida, pero lo ve un tanto peligroso en el sentido de que las masas son fácilmente manipulables y además la historia viene demostrando que sólo actúan de forma violenta. Es decir, las masas no son peligrosas de por sí, sino que pueden ser manipuladas y los actuantes pueden tener malas intenciones.
Para mayor información, visita el sitio web:
http://www.laeditorialvirtual.com.ar/pages/Ortega_y_Gasset/Ortega_LaRebelionDeLasMasas01.htm