A veces ensoñando trato de imaginarme la escena:Enmedio de una jungla húmeda y lluviosa, llena de mosquitos y enfermedades tropicales, en un claro al final de una escueta brecha en la maleza a punta de machete vemos el objeto más improbable de hallar en semejante lugar. Es un objeto ahusado y con forma de cañón. De hecho tiene la forma de una pequeña batería de misiles, si bien en 1919 algo así todavía no se inventaba.
Debajo de las lonas empapadas que lo resguardan de las inclemencias del tiempo, alcanzamos a notar que descansa sobre un trípode bastante sofisticado, con montura ecuatorial como un telescopio. ¿Pero qué haría un telescopio en medio de esta ísla perdida en las costas de África Occidental de la primera guerra mundial?
Seguimos acercándonos bajo la lluvia y atisbamos un cobertizo adosado a un costado del artefacto, debajo del cual, enfundado en botas de pescador y perlado de sudor (el hecho de que llueva a cántaros desde hace dos semanas no implica que el calor no sea infernal) descubrimos a un personaje cuya presencia en ese escenario es aún más extraña que la del curioso telescopio: un pálido caballero europeo alto y delgado, algo maduro ya; con delicadas gafas que tiene que secar con su pañuelo cada cierto tiempo para evitar que la condensación de la humedad lo deje ciego, y que al hacerlo revela un gesto definitivamente snob.
¿Qué es lo que hace este estirado caballero en medio de la jungla vigilando un telescopio tan peculiar? ¿Por qué en el cobertizo donde se resguarda vemos cuidadosamente preparado un pequeño estudio de revelado de placas fotográficas –vemos las botellas con químicos tóxicos, las mangas de oscuridad, las bandejas de baño de paro–? ¿PERO QUIÉN ES ESTE EXÓTICO PERSONAJE TAN FUERA DE CONTEXTO?
El día avanza y el clima no mejora mucho mientras nuestro ilustre caballero parece ansioso: se estruja los dedos intranquilo, toma unos gruesos vidrios de soldador y trata de atisbar con él hacia el Sol enmedio del encapotado cielo mientras repite una y otra vez a sus asistentes –porque al menos no está solo en esta aventura– que tengan todo listo "a tiempo"... ¿a tiempo para qué?
... Y entonces el tiempo al parecer se agota: la lluvia ya no cae desde hace quizás una hora –tiempo que aprovechó para gritar órdenes a sus asistentes a fin de retirar las lonas del poco convencional telescopio y "ponerlo a punto"–; pero el cielo permanece gris y húmedo, el ambiente brumoso y pesimista como si estuviera en su natal Kendral, en Inglaterra, cuando empieza a oscurecer rápidamente cual sortilegio de un oscuro hechicero, pasando de la resolana acerada del medio día a un negro de media noche en sólo unos pocos segundos.
De pronto ya no es de día. De pronto el cielo es un manto negro impenetrable, y nuestro caballero ansioso mira con aprehensión un cronómetro con el cual empieza una agónica cuenta de tiempo mientras musita casi sólo para sí mismo: 5... 10... 15... 20...
... Los segundos pasan y la ansiedad en todos los presentes aumenta. Se escuchan murmullos de desilusión entre algunos, maldiciones por lo bajo también entre otros, mientras este estóico aún-por-ser-caballero –aún no lo sabe pero eventualmente la corona de su patria y rey le darán tal honor... si es que el día de hoy su suerte cambia– permanece atento al cronómetro en su mano: 60... 65... 70...
... Esperaba, y quizás rezaba. Meses de preparación, años de planeación, un "evento" fallido un año antes; incluso su prestigio profesional –así como el de un físico alemán muy lejano a él en ese momento y a quien sólo había conocido en correspondencia– pendian de que el cielo se despejara antes de que la cuenta se le terminara: 120... 125... 130...
Y entonces sucede el milagro: entre jirones de nubes se empiezan a asomar las estrellas. Unas pocas al principio, los segudnos correr y algunas más. Junto con las estrellas también empieza a hacerse muy visible el evento cósmico que ha convertido momentáneamente el mediodía en noche en esa pequeña isla. Con toda la majestuosidad que pocos, muy pocos, eventos visibles a simple vista ofrecen, el Sol permanece alto en el cielo, oculto perfectamente detrás de una luna negra por completo.
Nuestro ilustre caballero alza la vista esperanzado mientras esto sucede, volviéndola abajo sólo para verificar su cuenta: 180... 185... 190... Empieza a dar órdenes a sus asistentes. El pasmo inicial de ver el cielo irse despejando para develar el magnífico espectáculo de un eclipse total de Sol es sustituído por febril actividad al derredor del telescopio: apuntándolo, enfocándolo, aún antes de que la bruma en el ambiente se haya disipado del todo aún – no es extraño que incluso alguno rápidamente maniobre para secar con mucha delicadeza las lentes y asegurarse de que ni una minúscula gota de agua entorpezca la precisión necesaria en él.
Esto es indispensable, crucial: ni una sola mota de polvo debe interferir en este momento. Los segundos siguen discurriendo implacables: 240... 245... 255... ¡el tiempo ya casi se agota!
Nuestro héroe –a estas alturas no podemos sino considerarlo un héroe de las circunstáncias, luchando contra los escazos segundos que le quedan– se apresta y decide no esperar más: toma el control del obturador del telescopio y lo oprime. Se esucha un ligero "click", pasan un par de segundos y otro "click" indica que la placa está lista.
Como un equipo artillero bien entrenado, otro asistente ya tiene lista una placa nueva que empieza a colocar tan pronto el primero –quien montaba guardia justo al lado del telescopio– apenas ha terminado de retirar esa. Otro par de "clicks".
Otra placa. Otro "click-click". Otra placa... Repiten la operación tantas veces como pueden mientras el reloj, sin nadie vigilándolo ya, sigue su curso implacable: 300... 305... 310... Los pensamientos de nuestro personaje tienen tiempo, en los segundos que separan a un disparo del siguiente, de preguntarse ansioso si la atmósfera estará lo suficientemente despejada. Mira ansioso el cielo: parece limpio y sin rastro de nubosidades visibles; pero él sabe que aún una bruma que no obstruye al ojo puede fácilmente arruinarle el día al mejor telescopio. Otro "click-click", otra placa.
360... 365... 370... La cuenta ya casi se acaba cuando llevan apenas media docena de tomas; se empieza a percibir que la magia del momento pronto culminará: el cielo ya no es tan oscuro como boca de lobo, las estrellas más diáfanas ya han comenzado a desaparecer y en la Luna negra pendiente de la bóveda céleste se atisban ya pequeños fulgores en un costado anunciando que la luz pronto volverá a reinar en la Tierra debajo de ella.
395... 400... 405... Otra placa, la última sin remedio, aunque aún quedan dos cajones de placas que no se podrán usar. "Click"... "click"... 410... y un resplandor enceguecedor hace a todos volver la vista hacia el suelo. Algunos se atreven aún a alzar la vista y así ver por un segundo el tan renombrado "anillo de diamante" que anuncia que el eclipse ha terminado. Se acabó.
Nuestro hombre musita un par de palabras de felicitación a sus asistentes, más por el esfuerzo que por el resultado – para el resultado aún faltan varias horas para saber si algo útil habrá en esas pocas placas fotográficas. Él mismo se aproxima y con cuidado casi reverencial desmonta la última placa del telescopio. Aún no lo sabe, pero esa placa en sus manos será una de las hazañas de la astronomía más importantes hasta ahora.
Algunas horas después nuestro hombre parece feliz, al menos satisfecho. Mientras el crepúsculo se ha llevado el día fuera del cobertizo él contempla con orgullo esta placa, ya revelada e intuye que ahí, en la única de todas que tiene una clara definición de las estrellas al lado del eclipse, está grabada la respuesta que busca; la respuesta que cambiará la historia de la física y la astronomía: Arthur –así se llama nuestro astrónomo aventurero– acaba de obtener la imagen que demostrará que aquel alemán medio loco pero genial llamado Albert tenía razón.
... La primera prueba de que la Relatividad General es cierta está plasmada ahí.
Una de las cosas que más me ha impactado desde hace años acerca de la Relatividad del "tío Albert" es sin duda esta casi mítica historia de cómo un astrónomo inglés se haría de un nombre perenne entre "los grandes de la Astronomía universal" probando que Einstein tenía razón [ admito que puse algo de "sabor dramático" al asunto, libertad poética considerando que no estuve ahí :P ]Einstein es sin duda uno de los nombres más influyentes en la astronomía contemporánea, a pesar de que él mismo no era astrónomo. Siendo así, y considerando que la idea de este Top-10 era hace algo en honor al Año Internacional de Astronomía, me pareció adecuado entonces hablar específicamente de un astrónomo al referime a Relatividad: Sir Arthur Eddington... el hombre que obtendría la primera prueba fotográfica de la gravedad deforma el espacio tal y como la Relatividad General lo predice.¿Cómo lo hizo?...Bueno, además de sufrir bastante esperando que el cielo se despejara sobre la isla de Príncipe en las costas de África –esa parte de la historia es real: sólo una de las placas salió bien debido al mal clima–, sir Arthur había, desde algunos años antes, casi en cuanto había podido leer la primera traducción al inglés de la teoría de Einstein, empezado a idear un experimento que pudiera poner a prueba la idea de éste genial personaje...
Evidentemente construir vehículos capaces de viajar a velocidades cercanas a la de la luz estaba bastante fuera de sus posiblidades (lo está aún de las nuestras, 100 años despues), pero de pronto Eddington notó algo que no lo estaba: medir si un campo gravitacional lo suficientemente grande podía torcer la luz del modo en que las ecuaciones de Einstein predecían – y que eran una de las mayores diferencias entre esta "nueva teoría" de la gravedad y la clásica y casi sagrada "Ley de la Gravitación Universal" de Sir Issac Newton.
... Y es por eso que Eddington, habiendo fallado un año antes en obtener una imagen contundente en otro eclipse, había empacado sus maletas y esperaba, pacientemente, bajo la lluvia tropical de Principe ese 29 de Mayo de 1919. Tenía el dispositivo, tenía las imágenes y esperaba tener la suerte de hallar alguna estrella de posición conocida que, ese día, quedara muy cerca del disco solar oculto... lo suficiente como para aparecer "desplazada" en la foto de acuerdo a la predicción de Einstein.
Y así sucedió, pues estudiando escrupulosamente la posición de estas estrellas, comparándolas con imágenes del mismo cúmulo estelar –las Hyades, en Tauro– cuando el Sol no estaba "en el camino", finalmente descubrió que la predicción era correcta: una estrella en particular que quedó en la posición apropiada mostraba un desfase de 1.61 arcosegundos respecto a su posición "normal"...
... No es casi nada, pero era casi el doble de lo que debería haberse defasado de acuerdo a Newton, ¡y era casi exáctamente lo que la nueva teoría de Einstein había predicho!
¿Por qué es tan importante para la Astronomía entonces la Relatividad?... Bueno, el buen Nacho —uno de mis buenos amigos de YR— lo dijo de una forma muy elegante:
"La Teoría de la Relatividad nos permite jugar en una cancha tan grande como el Universo, con velocidades, energías y campos gravitacionales extremos."
... Es decir, antes de la Relatividad los astrónomos ya intuían que su estudio del Universo estaba "sesgado" por el punto de vista que tenían de él: cosas tan simples como que el movmiento algo "errático" de los planetas en el cielo en realidad fuera reflejo de que los estamos viendo desde una "plataforma móvil" eran preubas de que nuestro punto de vista afecta lo que podemos observar.
Por mucho tiempo, en el medioevo, incluso se pensó ilusamente que nuestro punto de vista era realmente "el privilegiado". Pero a medida que las ciencias avanzaban y el Universo "crecía" (no es que creciera mucho en 1000 ó 2000 años, sino que cada vez atisbábamos un poco más de él) se hacía más y más evidente que esto no era precisamente cierto. Y entonces responder a algunas preguntas se volvió crucial: ¿cómo puedo saber lo que REALMENTE ES en un Universo donde "todo se mueve respecto a todo lo demás"? ¿Cómo saber lo que REALMENTE ES en un Universo donde las distacias son tan enormes que lo que veo en él está no solo "lejos en espacio" sino también "atrás en el tiempo"?
... Y Einstein fue el primer "loco" moderno que intentó respoder de manera simple —o complicada— a esta pregunta: "fácil: sólo toma en cuenta que NADA es estático..." Y de eso se trata en dos palabras la Realtividad: de "quitar" matemáticamente nuestro sesgo relativo al Universo para así tratar de interpretar lo que se ve en él desde "un punto de vista independiente", uno que no esté sesgado por nuestra posición en tiempo y espacio.
La astrfísica moderna, en especial, no tendría sentido sin la Relatividad. Tampoco se habría podido avanzar tanto en éste campo sin ella: no podríamos estar midiendo la expansión cósmica, ni hablando de objetos supermasivos reales, ni buscando la aún elusiva teoría del "Campo Unificado" sin la ayuda de Einstein...
... y sin la paciencia de Eddington; ya que ninguna teoría científica sobrevive mucho tiempo sin pruebas.
Y bueno, así entonces despido esta entrega —que agónicamente tardé, en verdad, una eternidad en escribir; gracias a todos mis amigos de YR que ayudaron a destrabar mi mente a este respecto— con una imagen que es, simplemente, soberbia (y favorita de muchos de mis conocidos).
Cortesía del Hubble, muchos conocemos su versión original de Junio de 1996, pero con gusto les comparto la "versión 2" de esta magnífica fotografía, tomada un par de años después y ayudada enormemente por observaciones más detalladas en espectro amplio (así que el color es falso, pero no por eso menos impresionante)... Les dejo a la monstruosa Eta Carinae... que algún día a alguien le dará un espectáculo soberbio de una supernova:
Gracias por la paciencia y espero que el tiempo de "ayuno" en éste blog al menos haya valido un poco la pena, intentaré no dejar que pase tanto tiempo antes de volver a retomar esta lista... aunque recuerden que el tiempo es relativo ;P