El nombre quizás no les suene tan familiar a algunos, pero corresponde al título de uno de los dos libros más importantes que se han escrito hasta ahora al respecto de específicamente Astronomía (el otro ya lo mencioné en el #6) y que se traduciría al español como "De las Revoluciones de los Orbes Celestes".
¿El año?... 1543
¿El culpable — que diga, el autor?... un tal Nicolás Copérnico.
¿La consecuencia?... Bueno, la consecuencia directa es por supuesto una de las "leyendas" más clásicas que existen hasta la fecha de "la Inquisición en contra de la verdad científica", si bien el fuero común de la gente suele salpicarla de tantos detalles extravagantes que sorpende descubrir cuan pocas personas en realidad tienen una noción más clara de lo que realmente provocó este libro en su momento.
Siendo así, naturalmente no nos quedará más que otra que treparnos a la máquina del tiempo de la imaginación y ubicarnos en la fría Polonia medieval... pero no en el año 1543, sino unos 30 años antes, para encontrarnos con un Copérnico mucho más joven que aquel que "destruiría" con su libro uno de los más grandes dogmas de fe del medioevo europeo.Hacia principios de la segunda década del siglo XIV el jóven Nicolás ya era un estudiante considerablemente "dotado" de Astronomía... en una época donde la Astronomía y la Astrología eran una misma cosa, una especie de combinación de matemáticas, filosofía y todavía grandes cantidades de sabiduría esotérica. Algo similar a la Alquimia (también muy popular en esa época) pero enfocada a los movimientos de los astros y la esfera celeste.Como estudiante de estas "finas artes" por tanto Copérnico tenía que aprender muchas matemáticas, especialmente unas algo insufribles y complejas tablas de cálculo llamadas"Tablas Alfonsinas" — nombradas así en honor al célebre rey castellano Alfonso X "el Sabio", quien las había mandado hacer expresamente para "facilitar" a los astrólogos el cálculo de los movimientos planetarios usando el complicadísimo sistema del modelo geocéntrico de Ptolomeo.
Por qué razones a ese jóven Copérnico se le "ocurrió" desafiar las matemáticas de aquel "gran padre de la Astronomía" —Ptolomeo— es algo que queda para el terreno de la especulación y leyenda; tal vez el ego de un Copérnico en apenas sus 20's era lo suficientemente inflado como para, como casi todos los jóvenes genios, autoconvencerse de que Ptolomeo había hecho demasiado lío para obtener "la respuesta que buscaba"... en vez de hacerlo más simple a fin de obtener "simplemente la respuesta".
[ Esto es importante, es uno de los principios fundamentales de la buena praxis científica: lo importante de la investigación es hallar 'LA' respuesta, no si la respuesta coincide con lo que el investigador 'supone' debe ser la respuesta... Hasta a los más grandes genios les puede falla esto; es algo meramente humano, y a menudo vemos grandes trabajos de investigación donde el 'genio' está desesperado tratando de 'hacer cuadrar sus resultados con su hipótesis' — a martillazos si es necesario ]
El asunto entonces es que Copérnico se decidió a escribir y repartir entre sus conocidos un pequeño panfleto de apenas 14 páginas titulado "Commentariolus" ("Pequeño Comentario") respecto a los "sesudos" cálculos de Ptolomeo y donde expone, a grandes rasgos, su idea...
... Copérnico no hablaba como "sabio astrónomo" (aunque lo suficientemente "sabio" como para no firmar con su nombre el panfleto, de lo contrario es probable que hubiera tenido un final similar al de Giordano Bruno) sino como "hábil matemático". Y como "hábil matemático" básicamente esbosó su teoría geocéntrica en una idea simple: los cálculos de Ptolomeo eran rebuscadamente complicados porque Ptolomeo los había hecho para "obligarlos a cuadrar" en un modelo del universo Geocéntrico... pero probablemente los cálculos de los movimientos de los planetas en un modelo Heliocéntrico serían más simples.
Puro principio de Occam: "los argumentos no deben multiplicarse innecesariamente"... o como lo conocemos más familiarmente en la actualidad: "si un problema parece tener más de una solución, la correcta suele ser aquella que sea más simple" — En defensa de Ptolomeo diremos que haber nacido once siglos antes que William Occam no le "facilitó" mucho considerar ésta idea al atacar el problema de los movimientos de los planetas :P
Así entonces, a lo largo de casi 20 años, Copérnico recabó datos. Datos de las posiciones de los planetas obtenidos de la fuente (es decir: de gente que MIRABA el cielo y ANOTABA la posición de los planetas en la fecha de la observación) en vez de obtenidos de las predicciones típicas que la mayoría de los astrónomos de la época hacían usando las susodichas Tablas Alfonsinas. Y con esos datos se puso a intentar calcular un modelo más simple del "orden del Universo"...
Y esos cálculos rápidamente le dieron una respuesta interesante: los famosísimos "epiciclos" —una especie de "miniórbita" adosada a una órbita mayor para justificar el movimiento de "ir y venir" de los planetas en el cielo— y que habían servido como elemento clave para sustentar el modelo completo de cálculos de Ptolomeo, ¡eran completamente innecesarios!... Claro: siempre y cuando la Tierra también se moviera en una órbita en torno al mismo centro que todos los planetas.
¿Y cual podía ser ese "centro" del movimiento común de planetas y Tierra? Pues sólo había dos candidatos: los únicos dos astros conocidos que NO NECESITABAN de epiciclo porque su movimiento era "armónicamente simple": la Luna o el Sol... Como era posible ver a los planetas (y al Sol) pasar por detrás de la Luna pero nunca transitar por enfrente de ella, eso hacía evidentísima la respuesta: el "centro" de todo el sistema debía ser el Sol.
La historia nos señala que para el año 1530 Copérnico ya tenía "resueltas" las matemáticas de su sistema Heliocéntrico. Un sistema sin los epiciclos de Ptolomeo, sin la complejidad monumental del Geocentrismo — si bien no eran tan perfectas sus matemáticas como para ser "LA respuesta"; apenas lo suficientemente bien estructuradas como para "darle pelea" a las Tablas Alfonsinas.
Copérnico dudó muchos años sobre si publicar o no su libro. Dudaba seguramente debido al hecho de que sus cálculos eran, aunque buenos, no "perfectos"; no más perfectos que los de Ptolomeo. Y la duda se acrecentó cuando uno de sus mejores amigos, el Obispo de Varmia, aunque emocionado con la idea de Copérnico (la cual apoyó casi de inmediato — cosa que de paso prueba que no todos los jerarcas católicos de la época eran unos "obtusos retrógradas medievales") temió por su vida: con todo y todo sabía que muchos de sus "colegas" en la jerarquía eclesíastica querrían prender fuego al manuscrito — y a Copérnico con él si se dejaba, por lo que le sugirió que no lo hicera público... todavía.
Nicolás (demostrando por segunda vez en la vida un "sabio instinto de conservación de su integridad física") decidió esperar. Y esperó... aunque no sin hacer "preparativos", los cuales incluyeron un testamento donde legaba toda su bilioteca personal, incluyendo el aún-por-ser-célebre manuscrito, a, precisamente, su amigo el Obispo — bajo la condición de que a su muerte el manuscrito fuera publicado apropiadamente.
... Y así es como sucedió entonces que finalmente en 1543, justo antes de su muerte y cuando Copérnico ya estaba literalmente "con un pie en la tumba" que el libro se publicó — el mito popular dice que la primera copia impresa del libro fue llevada a Copérnico en su lecho de muerte, quien así tuvo un momento para contemplar el trabajo de su vida materializado justo antes de morir (romántica escena, ¿no?... casi Hollywoodense).
"De Revolutionibus..." estaba en marcha... y en verdad que causaría una gran "revolución". Una revolución que en sólo unos cuantos años cambiaría por completo la perspectiva de la Astronomía; que la separaría del "mundo antiguo" y eventualmente también del esoterismo y los dogmas religiosos.
... La historia del libro es casi tan interesante como la de su autor y probablemente más legendaria aún:
La alta jerarquía elcesiástica, efectivamente, "puso el grito en el cielo" ante la "blasfemia" de afirmar que el Mundo no era el centro del Universo (jeje, grito doble cuando se enteró de que quien había resguardado el mansucrito hasta antes de su publicación había sido un propio obispo católico). Le catalogó inmediatamente entre los "textos prohibidos", aquellos que debían ser buscados y destruídos (o al menos cuidadosamente almacenados bajo tres candados en alguna oscura bóveda en Roma) y esto, curiosamente, fue lo que le dió aún un mayor impulso: ¿qué podía ser más facinante, aunque sea tan solo por el morbo, que enterarse de lo que diría un libro que había hecho retorcerse así a la "casi-todopoderosa madre Iglesia"?...
Percatándose de su error (algo tarde ya), la Iglesia entonces decidió una nueva estrategia — misma que curiosamente acabaría siendo la lápida definitiva para el modelo Geocéntrico: contratar al "más grande astrónomo" para que revisara el libro y pudiera "encontrar el error que lo desacreditara".
¿El elegido? Jeje, un tal Galileo Galilei... Y aquí es entonces donde enta "a colación" el otro gran descubrimiento astronómico que comparte este puesto.
La mayor parte de la gente sabe que Galileo terminó enfrentando él mismo un juicio ante la Inquisición. Lo que pocos saben es que fue ESE LIBRO, el "libro infame de Copérnico", el que lo llevó hasta la sala de juicios, pues Galileo no sólo no encontró ninguna falla singificativa en el libro, sino que para cuando acabó de analizarlo y COMPARARLO con los propios descubrimientos que él había hecho llegó a la conclusión de que "Copérnico DEBÍA tener razón" — a alguien que ya había desmentido a Aristóteles y sus ideas de la caida de los objetos algunos años antes, decir que Ptolomeo también estaba equivocado no le debe haber causado tanto empacho... creo.¿Pero cuál fue exáctamente el descubriento personal tan importante que había hecho Galileo que lo llevó a darle la razón a Copérnico?... Bueno, ser el primer astrónomo en la historia que usó regularmente un telescopio ayudó:Cuando Galileo observó por primera vez a Júpiter en el cielo a través de su telescopio, en el año 1610 (numerología inútil: aproximadamente 100 años exáctamente después de la "idea" original de Copérnico), descubrió cuatro pequeños "miniplanetas" orbitando alrededor de él — planetas a los cuales eventualmente dió por llamar "satélites" (palabra que significa "seguidores").
Y ese descubrimiento, simple y llano si uno quiere verlo así, era todo lo que Galileo necesitó para suponer que Copérnico probablemente tenía razón: estos cuatro "satélites" que vió orbitaban armónica y simplemente a Júpiter. Sin movimientos raros, sin epiciclos, sin extravagancias raras de "diseño divino" (a pesar de que Galileo era un ferviente católico — igual que Copérnico por cierto)... ¡Exactamente como Copérnico había supuesto lo hacían los planetas alrededor del Sol!
Quizás descubrir lunas en otro planeta, aunque siempre un evento espectacular, nunca fue igual de importante que esas primeras lunas "extraterrestres": hoy sabemos que Saturno quizás tantos como 200 satélites, que Marte tiene 2, que Neptuno tiene al menos 13 o que Júpiter tiene más de 60... Pero esos primeros cuatro —Ío, Europa, Ganímides y Calixto— sirvieron como la prueba (aunque no definitiva, la definitiva ya la mencionamos en el #6 del conteo) de que Copérnico tenía razón:
La Tierra es "sólo un planeta más"... y esta bastante lejos, desde entonces, de ser "el centro del Universo."
Y así es como concluyo esta (extensa) penúltima entrada del conteo, quedando entonces ya sólo pendiente la #1. Pero como ya es tradición no podemos irnos sin antes contemplar otra magnífica imagen de nuestro cosmos, una que seguramente habría hecho sentir a Copérnico en su lecho de muerte y estrujando con sus últimas fuerzas el libro al que dedicó su vida, o también a Galileo en su residencia, casi ciego hacia el final de su vida y privado de su libertad por la Inquisición, que "todo, TODO, había valido la pena...".
Cortesía esta vez de la sonda espacial Huygens-Cassini. Tomada en Mayo de 2005 (casi quinientos años después de la "idea loca" de Copernico y cuatrocientos del descubrimiento de las lunas Galileanas), nos permite ver a Saturno eclipsando el Sol...
... aunque lo interesante en realidad es notar entre los anillos del gigante un pequeño puntito blanco-azulado. "Otro planeta más a la distancia", pero uno que resulta ser el planeta que llamamos casa... orbitando el mismo Sol que todos los demás planetas (y Saturno era el más lejano conocido en la época de Nicolás y Galileo).