Existe en las sociedades demasiado ruido informativo. Engrudos de titulares llamativos, noticias con contenidos breves reiterativos sin crítica ni análisis, falacias, politización de todo asunto, noticias fake, explicaciones endebles contradictorias, anómalas, sensacionalistas… Un ruido informativo imbricado de soniquete permanente publicitario hasta horadar la mente anulando la libertad, enfermando a las sociedades. Un ruido remozado en música infinitesimal por cualquier lugar. Ruido. Ruido. Ruido.
Donde hay ruido, no existe espacio para el silencio. Sin silencio no existe introspección. Y sin ella no es posible viajar hacia adentro. Pero, además, al ruido queda unida la enajenación por exceso de trabajo o por exceso de ocio (videojuegos, redes…), así como la inmediatez de las emociones y vivencias o la liquidez de las relaciones humanas. Hay que vivir deprisa. Hay que vivir deprisa. Y viajar por el mundo. Viajar kilómetros con la prisa metida en la maleta.
Un viaje hacia el interior de uno mismo no requiere de kilómetros ni maletas, sino que necesita de silencio, tiempo, lentitud, consciencia y preguntas; de reflexión y análisis; de corrección de premisas erróneas y aceptación de errores para alcanzar la transformación de la persona en un nuevo yo proyectado al exterior. Un viaje interior que descubre miedos, heridas y deseos, que los comprende, que los asume. Pero para asumir hay que saber reconocer qué es. De qué se trata. Y verbalizarlo. Si nadie te enseña, nada se puede reconocer y mucho menos verbalizar.
Por ejemplo, podrías decir tengo dentro/siento rabia, soledad, rencor, odio, orgullo, envidia, resentimiento, superioridad… o tengo dentro/siento dulzura, entrega, cariño, comprensión, misericordia, belleza, generosidad, compañerismo… Si entiendo que siento rabia y verbalizo concretando en palabra esa emoción, acoto el problema. Puedo vencerla. ¿Por qué siento rabia? Porque otros tienen más que yo (envidia), porque me ignoran (irá), porqué me resiento en la necesidad de aprobación por los demás (infravaloración)… Por lo que sea.
El trabajo del viaje interior se enseñaba en algunos colegios religiosos, en los que se detenían las clases y el tiempo, donde existía como mínimo una hora completa de introspección, reflexión, análisis, verbalización de miedos, heridas y deseos. Una vez a la semana o ciento. Las que hicieran falta. La vida no es la misma con una educación religiosa que sin ella, cuando el corazón está abierto. La vida no es la misma con Dios, que sin Dios.
Las gentes antiguas creían más. Se quejaban menos. Compartían sus problemas, heridas, miedos y deseos con sus iguales o los obviaban y vivían como si no existieran en una sublimación de aceptación del yo y de la vida. Las gentes antiguas cantaban por la calles espantando su miedo, su soledad, anclándose en la esperanza, en la alegría del canturreo, en el silbar alegre cualquier canción. Las gentes hablaban con curas, que a menudo inspiraban soluciones o abrían caminos en las mentes y corazones, o porque acertaban o porque erraban. Pero siempre escuchaban. Siempre estaban ahí. Disponibles para cualquier eventualidad. Las gentes no usaban psicólogos.
Y, sin embargo, no han existido tantos psicólogos y psiquiatras en la Historia de la Humanidad como en la actualidad. Pero ellos no pueden sanar una sociedad global enferma. La sanación pasa por un viaje o ciento hacia adentro, hacia la morada del alma, con el norte en el amor. Comenzando con el amor y la comprensión hacia uno mismo.