Por: Ruvalcaba*
El Kiosco Morisco, la joya viajera de nuestra colonia, el punto de encuentro obligado de nuestra colonia, un lugar donde las generaciones se entrelazan y los lazos vecinales se fortalecen. Es el corazón de Santa María la Ribera, el espacio que contiene todos nuestros sueños, anhelos y tradiciones.
La historia de cómo fue concebido y cómo llegó hasta nuestra colonia, es simplemente fascinante.
La decisión de construir este singular edificio la tomó Porfirio Díaz justo en el breve periodo de cuatro años (1880-1884) en que le dejó la presidencia a su compadre Manuel González. Para Díaz, era crucial mostrar una imagen moderna de nuestra nación al mundo. Por eso, se autoproclamó Comisionado General de la delegación mexicana en la Exposición Universal del Algodón de Nueva Orleans, que se llevó a cabo del 16 de diciembre de 1884 hasta el 1 de junio de 1885.
Para lograrlo, Díaz contó con la ayuda de su asesor favorito en temas del Medio Oriente: José Ramón Ibarrola, un brillante ingeniero civil recibido de la Academia de San Carlos. Y, a su vez, Ibarrola se apoyó en su amigo Andrew Carnegie, con quien estudió metalurgia en Estados Unidos. De hecho, en 1906, juntos recibieron títulos honoríficos de la Universidad de Pennsylvania.
Su idea era crear un edificio de estilo neo-mudéjar, inspirado en los diseños moriscos que habían tenido gran éxito en la Exposición Universal de Filadelfia apenas unos años antes, en 1876, pero sobre todo se trató de un homenaje a una famosa mezquita en el barrio musulmán de Jerusalén, Israel: El domo de la cadena.
El edificio se fundió en la Union Mills Steel Foundry en Lawrenceville, Pennsylvania, uno de los tantos negocios metalúrgicos de Andrew Carnegie. Se decidió que fuera una estructura de hierro fundido con forma octagonal, ensamblable y transportable, siguiendo la tendencia de la época, al igual que la Torre Eiffel (1889) o el Museo Universitario del Chopo (1902).
Domo de la cadena en Jerusalén, Israel.
Union Iron Mills en Pennsylvania (arriba)
El Kiosco en la exposición mundial de Nueva Orleans (abajo)
Fuente: cityvisions.com
Después de Lawrenceville, el edificio viajó hasta Nueva Orleans, donde fue conocido como el "Mexican Pavilion" (Pabellón Mexicano), el "Mexican mining pavilion" (Pabellón Minero Mexicano) o el "Mexican Alhambra Palace" (Palacio mexicano de la Alhambra). El ingeniero de minas Gilberto Crespo y Martínez fue el encargado de las exhibiciones mexicanas durante la exposición. Además del Kiosco Morisco, se construyó un edificio de madera para albergar a un escuadrón de caballería y una banda de guerra. Esta última se convirtió en un gran éxito y, con el tiempo, muchos músicos locales reconocen que fue una de las inspiraciones para la invención del jazz en Nueva Orleans.
Dentro del Kiosco se exhibieron destacadas muestras de la minería mexicana, incluyendo hierro, cobre, zinc, plomo, oro, y piedras preciosas coronado todo en el centro con una montaña de plata de una tonelada. También se colocaron diversas colecciones de arbustos tropicales debajo de las ventanas de vidrio de colores que rodeaban el edificio. Los medios locales informaron que el pabellón mexicano fue uno de los más visitados y exitosos de toda la exposición.
El Kiosco en Nueva Orleans.
Fuente: cityvisions.com
Dibujo del Kiosco en la exposición de Nueva Orleans 1884
Fuente: Alamy.com
Dibujos promocionales de la exposición.
Fuente: cityvisions.com
Al finalizar la exposición, se generaron múltiples debates en el Congreso de la Unión sobre el destino del pabellón minero mexicano. Como puede constatarse en el Archivo histórico de la Ciudad de México, algunos diputados no querían que regresara a la Ciudad de México, mientras que otros sugerían su destrucción o su renta como lugar para fiestas y exposiciones. Finalmente, se decidió ubicarlo en la Alameda Central, justo en el lugar donde ahora se encuentra el Hemiciclo a Juárez. A pesar de todos los mitos, el Kiosco nunca viajó a París (exposiciones de 1889 y 1900) o a San Luis Missouri (1904), ya que existen evidencias documentales (ver aquí) que demuestran que otros edificios diferentes representaron a México en dichas exposiciones mundiales.
El Kiosco Morisco en la Alameda Central. 1907.
Fuente: Colección Casasola. Mediateca INAH.
Domingo en la Alameda central. 1904.
Fuente: Mediateca INAH.
Primera imagen conocida del interior del Kiosco ya en Santa María y sin los vitrales de los arcos. 1910.
Fuente: Mediateca INAH.
Desde el 27 de septiembre de 1910, por orden de Porfirio Díaz y en el marco de las fiestas del centenario de la Independencia, el Kiosco Morisco encontró su hogar definitivo (esperemos) en la Alameda de Santa María, donde brilla como la joya más preciada y el orgullo indiscutible de nuestra colonia.
Cada vecino de Santa María guarda en su corazón recuerdos entrañables y únicos junto al Kiosco: aquel primer beso robado en sus cercanías, las risas compartidas mientras jugábamos a su alrededor, y los inolvidables conciertos que nos han hecho vibrar en su presencia. Este icónico símbolo es mucho más que un edificio, es testigo de nuestras historias y vive en cada rincón de nuestra memoria colectiva. Mucho más que un monumento, es el símbolo eterno de nuestra identidad y un emblema que nos une como comunidad.