La Oración Eficaz
Por Jesús Briseño Sánchez
INTRODUCCIÓN
Así dice el Señor: “De cierto, de cierto os digo, que todo cuanto pidiereis al Padre en mi nombre, os lo dará” (Juan 16.23).
Una de las principales dificultades a la hora de interpretar y de aplicar correctamente las Escrituras de Dios, es la de aislar ciertas expresiones, ignorar su contexto correspondiente y entenderlas y usarlas en términos absolutos.
Uno de los textos que más nos sirve de ejemplo de este error, es Filipenses 4.13: “Todo lo puedo en Cristo que me fortalece”; algunos creen que pueden hacer cualquier cosa (‘todo’), a veces cosas absurdas, e incluso prohibidas. Pero si leemos más detenidamente el contexto inmediato (versos 10-12), nos damos cuenta de que Pablo no está afirmando que puede hacer todo lo que quiera, sino que puede vivir con escasez igualmente que con abundancia, pues las circunstancias de la vida se lo han enseñado y lo han capacitado para ello.
Otro ejemplo es la frase “para ellos y para todos” (2Corintios 9.13). Muchos creen que esos ‘todos’ a quienes Pablo se refiere son todas las personas, sean cristianas o no. Pero por el contexto inmediato y remoto nos damos cuenta de que se refiere solamente a cristianos. En el importantísimo contexto, sea inmediato o general, en ocasiones en la misma frase, está la clave para interpretarla correctamente y saber con certeza a qué se está refiriendo el Señor en su palabra.
Muchos otros creen que cuando Jesús dice: “todo cuanto pidiereis os lo dará”, está diciendo que absolutamente cualquier cosa que se le pida a Dios, e incluso todo lo que se le pida, de la forma que sea y hasta por cualquier persona, será otorgado de forma inmediata e incondicional. Vamos a analizar esta frase y esta creencia a la luz del contexto inmediato y general de la Palabra de Dios, y tal vez nos sorprenda ver que el cumplimiento de esta promesa y verdad, tiene varios e importantes requisitos.
DESTINATARIO Y MEDIADOR
En las mismas palabras del Señor se encuentra el primero de ellos: “al Padre en mi nombre”. Sin embargo, muchas personas no le piden al Padre, sino a ídolos e imágenes religiosas. Otros, no le piden a Dios por medio de Cristo, sino por medio de María, de santos, de profetas modernos y otros intercesores humanos. Los unos no se dirigen al único Dios y los otros no aceptan a Jesús como el único mediador.
Pero dice el apóstol Pablo: “Porque hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre” (1Timoteo 2.5). Dice también 1Juan 2.1: “abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo”, y Romanos 8.34: “Cristo es el que murió; más aun, el que también resucitó, el que además está a la diestra de Dios, el que también intercede por nosotros”. En Cristo tenemos a nuestro único mediador, abogado e intercesor. Estas cosas no se dicen de nadie más.
Se pone mucha atención a la frase “todo cuanto pidiereis”, pero no a la que dice “al Padre en mi nombre”. ¿Escuchará Dios semejantes oraciones y les concederá todo cuanto pidieren? ¡Por supuesto que No!
SOLO POR SUS DISCÍPULOS
Ahora, ¿a quienes dirigía el Señor Jesús esta promesa en Juan 16.23? ¿A todos los hombres? ¿Pedirían sus adversarios judíos en su nombre? ¿Pedirían al Padre los gentiles paganos? Las palabras de Cristo se encuentran dentro de una conversación con sus discípulos durante la cena de la pascua. Jesús es abogado, intercesor y mediador solamente de aquellos que lo aceptan como tal y que le pertenecen.
¿No lo cree? Habiendo tenido Jesús esta conversación con sus discípulos, y antes de dirigirse al huerto de Getsemaní, Jesús ora al Padre: “Yo ruego por ellos; no ruego por el mundo, sino por los que me diste; porque tuyos son” (Juan 17.9). Jesús no ruega por el mundo, sino ‘por ellos’, por sus discípulos.
¿Y qué pasa con nosotros? Bueno, dice un poco más adelante: “Mas no ruego solamente por éstos, sino también por los que han de creer en mí por la palabra de ellos” (Juan 17.20). La Palabra de Dios siempre es maravillosamente clara y específica, y no deja lugar a dudas.
Santiago 5.16 dice que “La oración eficaz del justo puede mucho”. ¿La oración de quién, de cualquiera? ¡No! Del justo. La Biblia en Lenguaje Sencillo dice: “La oración de una persona buena es muy poderosa, porque Dios la escucha”. La Palabra de Dios para Todos dice: “La oración de quien está bien con Dios es poderosa y efectiva”.
Dice el Antiguo Testamento: “Si en mi corazón hubiese yo mirado a la iniquidad, el Señor no me habría escuchado” (Salmos 66.18). Dios no escucha las oraciones de quien tiene iniquidad en su corazón. Hay quienes se atreven a orar a Dios teniendo en su corazón quejas o rencores contra hermanos, pero Cristo dice:
“Y cuando estéis orando, perdonad, si tenéis algo contra alguno, para que también vuestro Padre que está en los cielos os perdone a vosotros vuestras ofensas” (Marcos 11.25). Limpia tu corazón, para que puedas dirigirlo a Dios con toda confianza.
No solo los gentiles no son escuchados por Dios, sino que a su mismo pueblo le había advertido: “Cuando extendáis vuestras manos, yo esconderé de vosotros mis ojos; asimismo cuando multipliquéis la oración, yo no oiré” (Isaías 1.15). Los judíos del tiempo de Jesús sabían algo muy importante: “Y sabemos que Dios no oye a los pecadores; pero si alguno es temeroso de Dios, y hace su voluntad, a ése oye” (Juan 9.31).
Aun a cristianos les advierte el apóstol Pedro sobre un posible ‘estorbo’ a sus oraciones: “Vosotros, maridos, igualmente, vivid con ellas sabiamente, dando honor a la mujer como a vaso más frágil, y como a coherederas de la gracia de la vida, para que vuestras oraciones no tengan estorbo” (1Pedro 3.7).
Si aún queda alguna duda, lea también 1Pedro 3.12: “Porque los ojos del Señor están sobre los justos, y sus oídos atentos a sus oraciones; Pero el rostro del Señor está contra aquellos que hacen el mal”. La Palabra de Dios no solo nos habla de las características de la oración eficaz, sino de las cualidades y del carácter de aquellos cuyas oraciones son escuchadas.
No debemos motivar a la gente a que le pida cosas a Dios, sino a que obedezca el evangelio para que entre en la comunión íntima con la Deidad: “Respondió Jesús y le dijo: El que me ama, mi palabra guardará; y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada con él” (Juan 14.23). Si las gentes del mundo creen que pueden orar a Dios, ser escuchadas y aun perdonadas, ¿para qué querrían hacerse cristianas?
EN EL NOMBRE DE CRISTO
Pero aun hay más y en la misma frase. Dice “en mi nombre”. Esto no significa meramente mencionar a Jesús al final de la oración, sino que hacer algo en su nombre va más allá. Dice el apóstol Pablo: “Y todo lo que hacéis, sea de palabra o de hecho, hacedlo todo en el nombre del Señor Jesús, dando gracias a Dios Padre por medio de él” (Colosenses 3.17).
Explicando este pasaje en el libro sobre la autoridad, dijimos:
“Aquí ‘nombre’, como en la mayoría de los casos, no se refiere meramente a mencionarlo en nuestras actividades, sino en sujetarnos a su potestad”. Dice el Comentario de Jamieson-Fausset-Brown: “como discípulos llamados por su nombre como suyos, buscando su dirección y ayuda, y deseando obrar de modo de ganar su aprobación”. Nuestras oraciones deben de llevar el propósito y la intención de dar gloria a Dios y de ser aprobadas por él.
Hacer o decir algo en el nombre de Jesucristo, es hacerlo según su autoridad, bajo su dirección y principios, siguiendo sus instrucciones, buscando su honor y gloria. Conviene memorizar las palabras del apóstol Pedro: “Si alguno habla, hable conforme a las palabras de Dios; si alguno ministra, ministre conforme al poder que Dios da, para que en todo sea Dios glorificado por Jesucristo, a quien pertenecen la gloria y el imperio por los siglos de los siglos. Amén” (1Pedro 4.11).
Así, solamente en el versículo de Juan 16.23, encontramos ya cuatro requisitos indispensables para que se cumpla la promesa contenida en la frase “todo cuanto pidiereis”:
Ø La petición ha de ser hecha por sus discípulos, aquellos que le pertenecen.
Ø Ha de ser dirigida directa y exclusivamente al Padre.
Ø Ha de tener a Cristo Jesús como único mediador.
Ø Ha de ser en el nombre de Cristo, según su autoridad.
Una vez que hemos analizado esta frase en su contenido y contexto inmediato, pasemos a considerar, en el contexto general de las Escrituras, otros requisitos que tiene la oración que es eficaz.
CONFORME A SU VOLUNTAD
Dice el apóstol Juan: “Y esta es la confianza que tenemos en él, que si pedimos alguna cosa conforme a su voluntad, él nos oye” (1Juan 5.14). Podemos tener toda la confianza del mundo, de que Dios nos oye, ¿cuándo? cuando pedimos conforme a su voluntad. Pero, si pedimos algo contrario a la voluntad de Dios, ¿podemos tener la misma confianza de que seremos escuchados? Obviamente que no.
¿Se imagina pedir la muerte de alguien? ¿Pedir cualquier mal para alguien? ¿Pedir que nuestro pecado quede en secreto? ¿Pedir que nos crean cuando hemos mentido?, etc. Hay delincuentes que antes de cometer sus crímenes encomiendan el resultado a Dios. ¿En qué tipo de Dios estarán creyendo?
La oración, pues, puede ser hecha por sus justos discípulos, dirigirse al Padre, ser en el nombre y por medio de Cristo, y aun así, no será escuchada si no es conforme a la voluntad de Dios. Luego, la frase “todo cuanto pidiereis” no ha de ser entendida en forma absoluta.
Para pedir conforme a la voluntad de Dios, debemos de pedir por lo que su palabra nos enseña: por el pan de cada día, por el avance de su reino, por la obra de la congregación, por el perdón de pecados, por sabiduría, por los gobernantes, por los enfermos, por todos los hombres, por los predicadores, etc. (Mateo 6.9-13; 1Timoteo 2.1-2; Santiago 1.5; Hechos 4.29; 12.5; Efesios 6.18-20).
CON INTENCIONES Y PROPÓSITOS CORRECTOS
Santiago nos da un ejemplo de pedir en contra de la voluntad de Dios, y sus resultados negativos: “Pedís, y no recibís, porque pedís mal, para gastar en vuestros deleites” (Santiago 4.3).
La Nueva Versión Internacional dice “piden con malas intenciones” y la Biblia de las Américas dice “con malos propósitos”. Y las intenciones y los propósitos con los que pedimos algo, se revelan en el uso que le damos o que le queremos dar a lo que esperamos recibir.
La palabra ‘para’ es enfática de lo que estamos diciendo. ¿Desea usted una casa grande para dedicarla a la obra de Dios? ¿Desea usted salud y larga vida para ponerla al servicio de Dios? ¿Desea usted más recursos para ayudar a sus hermanos necesitados, o para apoyar al evangelismo? ¿O todo esto es nada más para malgastarlo en sus placeres personales? Bien dice nuestro hermano Bill H. Reeves: “Dios no da bendiciones para ser malgastadas”.
Si usted siente que pide y no recibe, no dude del poder o de la bondad de Dios, más bien analice en su corazón sus propósitos e intenciones, sin olvidar que “Dios conoce vuestros corazones” (Lucas 16.15). Antes de dirigirnos a Dios en oración, debiéramos de ser conscientes de qué tanto nos conoce: “Pues aún no está la palabra en mi lengua, y he aquí, oh Jehová, tú la sabes toda” (Salmos 139.4).
Dice también Jesús: “porque vuestro Padre sabe de qué cosas tenéis necesidad, antes que vosotros le pidáis” (Marcos 6.8). Antes de que nosotros expresemos palabra alguna, el Señor ya conoce nuestro corazón, sabe nuestras peticiones y está al tanto de nuestras necesidades. ¿No debiera esto de darnos mucha confianza?
SIENDO OBEDIENTES
Otro texto que incluye el requisito: “y cualquiera cosa que pidiéremos la recibiremos de él, porque guardamos sus mandamientos, y hacemos las cosas que son agradables delante de él” (1Juan 3.22). ¿Qué le parece? A estas alturas, espero que ya estemos más despiertos y conscientes de la importancia del contexto inmediato.
Dice el apóstol Juan que cualquier cosa que pidamos la recibiremos, ¿Incondicionalmente? ¿En términos absolutos? ¡De ninguna manera! ¿Cuál es el requisito?: Guardar sus mandamientos y hacer las cosas que son agradables delante de él. Comenta nuestro hermano Bill H. Reeves: “Los verbos ‘recibiremos’, ‘guardamos’, y ‘hacemos’ todos son del tiempo presente en el texto griego, e indican acción continua: estamos recibiendo, estamos guardando, estamos haciendo”. No es una proyección a futuro, es una realidad de vida.
Vea el ejemplo de Jesús: “Porque el que me envió, conmigo está; no me ha dejado solo el Padre, porque yo hago siempre lo que le agrada” (Juan 8.29). “Jesús les dijo: Mi comida es que haga la voluntad del que me envió, y que acabe su obra” (Juan 4.34). ¿Hacemos siempre lo que agrada a Dios? ¿Hacer su voluntad es nuestra comida? Así como estamos siempre pensando y ocupándonos en los alimentos, ¿así procuramos nuestras responsabilidades espirituales?
Quizá pudiéramos objetar: “bueno, es que Jesús es el Hijo de Dios, no podía hacer otra cosa más que la voluntad de Su Padre”. Pues así debiéramos de afirmar también de nosotros: “como soy hijo de Dios, no puedo hacer otra cosa más que la voluntad de mi Padre”. Si hacer la voluntad de Dios es exclusivo de un ser divino como Jesús, es decir, si nosotros no podemos seguir su ejemplo (1Pedro 2.21), entonces estamos perdidos (Mateo 7.21; Marcos 3.35).
Entre las Personas de la Deidad existe plena comunión y armonía, ¿no debe de haberla también entre Dios y nosotros? Vea la petición de Cristo: “para que todos sean uno; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros; para que el mundo crea que tú me enviaste” (Juan 17.21). El deseo de Dios es que seamos uno entre nosotros, en sumisión a su voluntad, y que seamos uno con Dios mismo, en propósito, en intención, en voluntad.
Vea la promesa de Jesús: “Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid todo lo que queréis, y os será hecho” (Juan 15.7).
Nada será negado a quienes permanecen en Cristo, y lo pueden saber con toda certeza, si sus palabras (enseñanzas y mandamientos) permanecen en ellos.
Cuando un hijo ama a su padre, quiere ser como él en todo. Dice Pablo: “Sed, pues, imitadores de Dios como hijos amados. Y andad en amor, como también Cristo nos amó, y se entregó a sí mismo por nosotros, ofrenda y sacrificio a Dios en olor fragante” (Efesios 5.1-2). Cuando andemos en amor y nuestras obras sean sacrificio a Dios en olor fragante, dedicados a hacer las cosas que son agradables delante de él, no deberemos dudar de que cualquier cosa que pidamos la recibiremos.
VALORANDO Y SIENDO AGRADECIDOS
Cuando todos estos requisitos se cumplan, podremos decir con toda confianza las palabras del apóstol Pablo: “El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas?” (Romanos 8.32).
Dice también el apóstol Pedro: “Como todas las cosas que pertenecen a la vida y a la piedad nos han sido dadas por su divino poder, mediante el conocimiento de aquel que nos llamó por su gloria y excelencia” (2Pedro 1.3). En estos dos textos, y según sus contextos, la frase ‘todas las cosas’ se refiere a aquellas que son necesarias para la vida eterna.
De tal manera nos amó Dios, que ha dado a su Hijo unigénito, para que no nos perdamos y tengamos vida eterna (Juan 3.16), pero ¿cómo nos va a negar las cosas menores pero necesarias para esta vida, siendo el dueño y Señor del universo? Antes, las cosas necesarias para la vida terrenal vienen por y como añadidura: “Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas” (Mateo 6.33).
Ahora, cuando usted le da algo a su hijo, exige por lo menos una sola cosa: que sea agradecido, valorando y cuidando lo que le da. Nosotros le pedimos muchas cosas a Dios pero: ¿Qué tan agradecidos somos por todas las cosas que ya nos ha dado?
¿Cuántas de nuestras oraciones son solamente para darle gracias? ¿Qué tanto las valoramos y cuidamos? ¿Qué tanto las respetamos y honramos? Vaya ¿qué tanto las conocemos y perseveramos en ellas? A veces actuamos como niños caprichosos, no valoramos ni cuidamos todo lo que tenemos, pero seguimos exigiendo más cosas como si las mereciéramos y, encima, enfocados en lo material.
Tenemos, además de la vida y la salud, el don supremo del sacrificio de Cristo, el amor eterno de Dios, el perdón de nuestros pecados, la salvación de nuestras almas, la adopción como hijos de Dios, nos ha hecho parte de su familia, nos ha trasladado a su reino, nos ha dado toda bendición celestial, su comunión y compañía, su misericordia y su paciencia, todo el conocimiento y el acceso directo al trono de la gracia, nos ha dado el vivir en un tiempo de libertad donde no somos perseguidos, dormimos bajo un techo y tenemos alimentos y con qué vestirnos.
Muchos millonarios quisieran por lo menos entender nuestras riquezas espirituales, aun los ángeles anhelan mirar las cosas que hemos recibido (1Pedro 1.12).
Ahora, ¿por qué un cristiano le pediría a Dios abundancia de bienes materiales? ¿Acaso al servir a Dios no buscamos intereses espirituales? En cuanto al modelo de oración de Jesús, ¿no se nos enseña a pedir por el pan de cada día? (Mateo 6.11), ¿no debemos pedir el pan necesario? (Proverbios 30.8), ¿no debemos estar contentos con sustento y abrigo? (1Timoteo 6.8).
Cuando nos evangelizaron, ¿nos dijeron que con Cristo íbamos a tener riquezas, salud y se iban a acabar todos nuestros problemas? ¿Vemos eso en la vida de los profetas, de Jesús, o de los apóstoles? ¿No dijo el Señor que él mismo no tenía ‘donde recostar su cabeza’? (Mateo 8.20). ¿No dijo Pablo que: ‘Es necesario que a través de muchas tribulaciones entremos en el reino de Dios’? (Hechos 14.22). ¿Qué es lo que nosotros estamos buscando en Cristo? ¿Por qué estamos aquí? Más aun, ¿Por qué tratamos a Dios como si nos debiera algo?
Las gentes del mundo, aquellos que no conocen a Dios, buscan con afán en las riquezas y los placeres del mundo el sentido para su existencia (Mateo 6.32), pero nosotros estamos completos en Cristo (Colosenses 2.10). Por eso Pablo nos describe: “como entristecidos, mas siempre gozosos; como pobres, mas enriqueciendo a muchos; como no teniendo nada, mas poseyéndolo todo” (2Corintios 6.10).
Cuando no estamos completos y no sentimos poseer una verdadera riqueza y, por lo tanto, no enriquecemos a otros, le estamos diciendo al mundo que no hay ninguna diferencia entre ellos y nosotros.
Vea con que palabras lo explica Jesús: “Estos son los que fueron sembrados entre espinos: los que oyen la palabra, pero los afanes de este siglo, y el engaño de las riquezas, y las codicias de otras cosas, entran y ahogan la palabra, y se hace infructuosa” (Marcos 4.18-19).
Cuando sentimos que pedimos y no recibimos, cuando hay frustración en nuestra vida, y conflictos en el corazón, tal vez se debe a que pedimos porque no estamos satisfechos, y la razón de no estar satisfechos, es que no somos agradecidos. Por eso dice Pablo: “Y la paz de Dios gobierne en vuestros corazones, a la que asimismo fuisteis llamados en un solo cuerpo; y sed agradecidos” (Colosenses 3.15). Ser agradecidos no es solamente un consejo de Pablo, sino un mandamiento de Dios.
CON FE Y SEGURIDAD
Cuando entendamos y apliquemos todas estas cosas, nuestras oraciones podrán ser con toda confianza y con plena seguridad.
Porque de hecho, este es otro requisito elemental para la oración eficaz: “Pero pida con fe, no dudando nada; porque el que duda es semejante a la onda del mar, que es arrastrada por el viento y echada de una parte a otra. No piense, pues, quien tal haga, que recibirá cosa alguna del Señor” (Santiago 1.6-7). Este pasaje es tan claro que no requiere ninguna explicación.
Considere el ejemplo de Abraham: “Tampoco dudó, por incredulidad, de la promesa de Dios, sino que se fortaleció en fe, dando gloria a Dios, plenamente convencido de que era también poderoso para hacer todo lo que había prometido” (Romanos 4.20-21).
La frase ‘se fortaleció’ (gr. endunamoo), el erudito Vine la explica como: “fortalecido internamente, sugiriéndose fortaleza en el alma y en el propósito”. La Nueva Versión Internacional traduce: “Ante la promesa de Dios no vaciló como un incrédulo, sino que se reafirmó en su fe y dio gloria a Dios”.
Abraham se encargó de fortalecer su fe al depositar toda su confianza en la fidelidad de Dios. Para los que creemos en un Dios Todopoderoso, es fácil creer que tiene el poder para cumplir todas sus promesas, incluso cuando las evidencias nos dicen lo contrario. Abraham tenía muchas razones para dudar de la palabra de Dios, pero fijó los ojos de su corazón, no en su debilidad y la de su esposa, sino en el poder, la veracidad y la bondad de su Dios. Y él no tenía Escrituras que le infundieran aliento.
Cuando se pasa por pruebas difíciles, se duda del poder de Dios, y entonces se le pueden dirigir peticiones ofensivas: “Y muchas veces le echa en el fuego y en el agua, para matarle; pero si puedes hacer algo, ten misericordia de nosotros, y ayúdanos. Jesús le dijo: Si puedes creer, al que cree todo le es posible” (Marcos 9.22-23).
No se trata de si Dios puede o no, sino de si nosotros podemos tener una fe verdadera. Recuerde: “Pero sin fe es imposible agradar a Dios; porque es necesario que el que se acerca a Dios crea que le hay, y que es galardonador de los que le buscan” (Hebreos 11.6). No es la mera creencia en la existencia de Dios, sino la fe, la certeza y convicción de que Dios es Todopoderoso y que es galardonador de aquellos que lo buscan de veras (Hebreos 11.1).
Según creo, no es solamente que desconfiemos del poder o de la bondad de Dios. Además, hemos creado lastimosamente un círculo vicioso: no hacemos todo lo que Dios nos manda, por lo mismo pedimos con duda y desconfianza, así, no recibimos lo pedido y, como consecuencia, seguimos en desobediencia, alimentando y perpetuando este terrible círculo.
Dios está ahí, lleno de todo género de bendiciones, dispuesto a darnos sobreabundantemente, solo depende de nuestra decisión de romper y acabar con ese círculo para siempre. La respuesta corresponde a cada uno.
ACEPTANDO SU VOLUNTAD
Como una última consideración, pero no menos importante, es el hecho de orar a Dios conscientes de que la respuesta será únicamente de acuerdo a su voluntad: “Y él se apartó de ellos a distancia como de un tiro de piedra; y puesto de rodillas oró, diciendo: Padre, si quieres, pasa de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya” (Lucas 22.41-42).
Jesús no ora para que se modifique el plan para la salvación del hombre, pues él mismo había participado en el diseño, anuncio y cumplimiento de ese plan eterno. Pero su carne es puesta en tal angustia, que sus labios exclaman lo que es común en semejantes circunstancias. Esto, en lo que a nuestro tema refiere, nos enseña que aun en los momentos más angustiosos y difíciles de nuestra vida, en los trances de extremo dolor o sufrimiento, debemos de someternos a la decisión final de Dios.
En los últimos tiempos, muchas personas parecen creer que cuando se ora a Dios se le está dictando una orden que debe de obedecer cómo y cuándo ellas quieren. Incluso, como una moderna herejía, se han inventado los famosos ‘decretos’. Según el Diccionario de la Real Academia, decreto significa: “Decisión de un gobernante o de una autoridad, o de un tribunal o juez, sobre la materia o negocio en que tengan competencia”. Sinónimos de decreto son orden y mandato.
¿Usted cree que Dios acepta órdenes de sus criaturas? ¿Quién manda a quién en semejante creencia? Esas personas deben de leer Proverbios 16.1: “Del hombre son las disposiciones del corazón; Mas de Jehová es la respuesta de la lengua”. La Biblia en Lenguaje Sencillo traduce: “El hombre propone y Dios dispone”.
Santiago reprende semejante soberbia: “¡Vamos ahora! los que decís: Hoy y mañana iremos a tal ciudad, y estaremos allá un año, y traficaremos, y ganaremos; cuando no sabéis lo que será mañana. Porque ¿qué es vuestra vida? Ciertamente es neblina que se aparece por un poco de tiempo, y luego se desvanece. En lugar de lo cual deberíais decir: Si el Señor quiere, viviremos y haremos esto o aquello. Pero ahora os jactáis en vuestras soberbias. Toda jactancia semejante es mala” (Santiago 4.13-16).
En este ejemplo hipotético, se hacían planes para todo un año, cuando no se sabe si mañana mismo estaremos aun aquí. “¿Qué es nuestra vida?” es una buena pregunta para hacernos constantemente.
Nosotros entendemos que, sin importar lo justas, correctas y sublimes que puedan ser nuestras oraciones, la decisión final es y será siempre de Dios. Ni cumpliendo todos los mandamientos de Dios, ni derramando nuestra alma con fervor, ni orando con toda precisión según su dirección, podemos cambiar lo que él finalmente decidirá.
Él es el Soberano del Universo, Rey de reyes y Señor de los señores (Apocalipsis 17.14), no nosotros. Él es el Arquitecto, Creador y Sustentador del hombre, del cielo y de la tierra, y el que ha elaborado los términos de su relación con nosotros. Él se encarga de decir como son y cómo serán las cosas.
A Dios nadie lo puede asesorar: “¡Oh profundidad de las riquezas de la sabiduría y de la ciencia de Dios! ¡Cuán insondables son sus juicios, e inescrutables sus caminos! Porque ¿quién entendió la mente del Señor? ¿O quién fue su consejero? ¿O quién le dio a él primero, para que le fuese recompensado?” (Romanos 11.33-35). “Mas antes, oh hombre, ¿quién eres tú, para que alterques con Dios?” (Romanos 9.20).
El requisito más importante de todos para que nuestra oración sea efectiva, es estar bien conscientes de la grandeza del Dios al que servimos y al que nos dirigimos. Cuando reflexionemos sobre nuestra relación personal con Dios, especialmente en cuanto a nuestras oraciones ante él, recordemos lo infinito de su poder, de su amor, de su sabiduría, de su misericordia y de su benignidad.
Nos conoce a la perfección porque él ha creado cada fibra de nuestro ser, nuestro espíritu, nuestra mente, y nuestro cuerpo, así como el mundo que nos rodea. No solo sabe de antemano lo que le vamos a pedir y nuestras verdaderas necesidades, sino que también decide en base a lo que más nos conviene espiritualmente.
Cumplir con los requisitos de la oración eficaz, no solo la mejora a ella, sino que mejora nuestras cualidades espirituales y mejora lo que recibimos de Dios. El Señor le dio riquezas y gloria a Salomón, porque él pidió espiritualmente, solo sabiduría para cumplir con la gran responsabilidad que Dios le había dado, de gobernar a su pueblo (2Crónicas 1.7-12). Pablo pidió salud, pero aprendió que lo que había recibido era mucho más grande, y que mediante su enfermedad y debilidad reposaba sobre él el mismo poder de Cristo (2Corintios 12.7-10).
Como Dios nos ha creado y nos conoce mejor que nosotros mismos, sabe muy bien, como un padre que ama a su hijo, qué cosas nos pueden dañar, qué cosas nos pueden alejar de él, y qué cosas son convenientes solo a su debido tiempo. Aprendamos a esperar en la bondad de Dios.
CONCLUSIÓN
Cuando sienta que Dios es injusto, que Dios no quiere su felicidad o que se equivoca con usted, salga a contemplar las estrellas y pregúntese muy seriamente si parecen la obra de un Dios que se equivoca. Entonces entenderá qué significa aquello de ‘Los cielos cuentan la gloria de Dios’ (Salmos 19.1).
Como tarea: vaya a Dios en oración y dígale que deja su corazón, su alma y su vida en sus manos, bajo su señorío, y, antes que pedirle cosas, crea y confíe reposadamente en su sabio control. Si sabiamente nos ha preparado una morada eterna, sabiamente también nos conducirá hasta ella.
“Ciertamente el bien y la misericordia me seguirán todos los días de mi vida, y en la casa de Jehová moraré por largos días” (Salmos 23.6)
Amén. Dios le guarde y muchas gracias por su atención.
Tonalá, Jalisco - Enero de 2023