La Adoración de Cristo
Por Jesús Briseño Sánchez
La Adoración de Cristo
Por Jesús Briseño Sánchez
Cristo Jesús cita Deuteronomio 6.13, para mostrar que las Santas Escrituras enseñan y ordenan que solo a Dios se debe de adorar: “Respondiendo Jesús, le dijo: Vete de mí, Satanás, porque escrito está: Al Señor tu Dios adorarás, y a él solo servirás” (Lucas 4.8).
El verbo adorar es traducción del vocablo griego proskuneo. Según el erudito W. Vine significa: “hacer reverencia, dar obediencia a (de pros, hacia, y kuneo, besar). Es la palabra que con más frecuencia se traduce adorar”. Esta palabra se usa principalmente de adoración a Dios y a Cristo, pero también de adoraciones erradas, como a Satanás (Lucas 4.7), al dragón y la bestia en Apocalipsis (13.4; 13.15; 14.11; 16.12), a demonios (Apocalipsis 9.20), o a ídolos (Hechos 7.43). De las 60 veces que aparece este vocablo en el Nuevo Testamento, solo en una es usado respecto al hombre, cuando Jesús, dentro de una parábola, se refiere a la extrema súplica de un siervo hacia su amo, en Mateo 18.26.
Dios prohíbe la adoración hacia los ángeles: “Yo Juan soy el que oyó y vio estas cosas. Y después que las hube oído y visto, me postré para adorar a los pies del ángel que me mostraba estas cosas. Pero él me dijo: Mira, no lo hagas; porque yo soy consiervo tuyo, de tus hermanos los profetas, y de los que guardan las palabras de este libro. Adora a Dios” (Apocalipsis 22.8-9).
Juan se dispone a adorar (proskuneo) delante del ángel, pero este le instruye: adora (proskuneo) a Dios. La principal razón que expresa el ángel, es que tanto los ángeles (mensajeros), como los profetas (que dan revelación de Dios) y los santos en general, son consiervos, siervos de Dios y no dignos de adoración.
El apóstol Pablo ya había escrito al respecto: “Nadie os prive de vuestro premio, afectando humildad y culto a los ángeles, entremetiéndose en lo que no ha visto, vanamente hinchado por su propia mente carnal” (Colosenses 2.18). La humildad de considerarnos indignos de acercarnos a Dios, no debe llevarnos a la herejía de adorar a los ángeles, quienes a su vez también son seres creados y adoradores de Dios. Con toda claridad, el texto bíblico reserva y ordena la adoración solo para Dios.
Igualmente significativo es Hechos 10.25-26: “Cuando Pedro entró, salió Cornelio a recibirle, y postrándose a sus pies, adoró. Mas Pedro le levantó, diciendo: Levántate, pues yo mismo también soy hombre”.
Así como la mente de Juan fue llevada a sobrevalorar al ángel que le mostraba aquellas grandes revelaciones, ahora Cornelio cree que Pedro ha de ser alguien muy importante, pues un ángel le dio mediante una visión, la instrucción de llamarlo (Hechos 10.5). El vocablo griego involucrado es el mismo: proskuneo. Tanto el ángel de Apocalipsis como el apóstol Pedro, como fieles siervos del verdadero Dios, dan una expedita, firme y encomiable respuesta a estas pretensiones. (Este ejemplo lo pudiera seguir el Papa de Roma, si no fuera porque es considerado vicario de Cristo, es decir, puesto en el lugar de Cristo).
En el Comentario de Jamieson, Fausset y Brown, se lee: “En el oriente, esta manera de demostrar respeto era común, no sólo a reyes, sino también a personas de alta distinción; pero entre los griegos y romanos era un homenaje reservado para los dioses. Pedro, por lo tanto, lo rechaza como impropio para ser ofrecido a mortal alguno”. La adoración dada a criaturas es muestra de la degradación de la sociedad que desconoce a Dios: “ya que cambiaron la verdad de Dios por la mentira, honrando y dando culto a las criaturas antes que al Creador, el cual es bendito por los siglos. Amén” (Romanos 1.25). Queda, pues, prohibida la adoración también hacia los hombres.
El escritor de la carta a los hermanos judíos declara: “Y otra vez, cuando introduce al Primogénito en el mundo, dice: Adórenle todos los ángeles de Dios” (Hebreos 1.6).
El vocablo griego traducido como adórenle es proskunesatosan. El erudito A. T. Robertson lo explica así: “Primer aoristo de imperativo en voz activa, tercera persona del plural, de proskuneo, aquí en su pleno sentido de adoración, no de mera reverencia o cortesía”. A Cristo lo deben adorar todos los ángeles, cosa imposible si él mismo fuera un ángel.
Un dato interesante acerca de la Sociedad Watchtower, es que las millones de biblias que distribuyeron desde las ediciones de 1963 y 1967, dicen también así: “Y que todos los ángeles de Dios le adoren”. Sin embargo, a partir de 1971, sus biblias dicen: “Y que todos los ángeles de Dios le rindan homenaje”. Adorar y rendir homenaje no es lo mismo, por eso modificaron su propia versión.
Ahora, ¿la Sociedad Watchtower se equivocó en la versión de 1967? Y si no, ¿por qué la modificaron en 1971? Ellos no solo adulteran la misma Palabra de Dios, sino aun sus mismas biblias falsas, para que digan lo que ellos quieren. Esto demuestra su selectiva manipulación del texto sagrado, su malicia al hacerlo y su falibilidad como “organización de Dios”.
De la manera más solemne, Jehová declara: “Mirad a mí, y sed salvos, todos los términos de la tierra, porque yo soy Dios, y no hay más. Por mí mismo hice juramento, de mi boca salió palabra en justicia, y no será revocada: Que a mí se doblará toda rodilla, y jurará toda lengua” (Isaías 45.22-23). Solo ante Jehová puede doblarse toda rodilla, y ahora, también en el nombre (o autoridad) de Cristo Jesús, pues él es el Señor: “Para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, y en la tierra, y debajo de la tierra; y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre” (Filipenses 2.10-11). Cabe decir que la Traducción del Nuevo Mundo dice exactamente igual.
La exaltación universal de Cristo es para gloria de Dios Padre, cosa que no sería así si fuera un simple mortal. F. F. Bruce lo explica así: “A veces se pregunta si "el nombre sobre todo nombre" es "Jesús" o "Señor". Realmente es ambos, porque por decreto divino el nombre de "Jesús" de allí en adelante tiene el valor del nombre "Señor" y esto en el sentido más alto que ese nombre puede llevar: el sentido hebreo de Yahveh o Jehovah”.
Esto concuerda con la afirmación de Pablo: “…sentándole a su diestra en los lugares celestiales, sobre todo principado y autoridad y poder y señorío, y sobre todo nombre que se nombra, no sólo en este siglo, sino también en el venidero; y sometió todas las cosas bajo sus pies…” (Efesios 1.20-22). ¿Aceptará usted, amable lector, que Jesucristo es el Señor y que debe doblar sus rodillas ante su Nombre? Esto es para darle gloria al Padre, quien lo revela y lo manda. De otra forma, deberá hacerlo obligadamente en el día final, pero no con gozo.
Dice el apóstol Juan: “Y a todo lo creado que está en el cielo, y sobre la tierra, y debajo de la tierra, y en el mar, y a todas las cosas que en ellos hay, oí decir: Al que está sentado en el trono, y al Cordero, sea la alabanza, la honra, la gloria y el poder, por los siglos de los siglos” (Apocalipsis 5.13). Este texto enseña que a Cristo se debe dar alabanza, honra y gloria, y que se le dará finalmente con toda seguridad. Nuevamente, la Traducción del Nuevo Mundo vierte el pasaje igual.
Expresa Dios por medio del profeta Isaías: “…y mi honra no la daré a otro” (Isaías 48.11). Pero Jesucristo dice en Juan 5.23: “Para que todos honren al Hijo como honran al Padre. El que no honra al Hijo, no honra al Padre que le envió”. No se habla de cualquier tipo común de honra, sino de aquella exclusiva con la cual se honra a Dios el Padre. Cristo no dice meramente “…que todos honren al Hijo…”, sino que lo honren como honran al Padre.
La palabra ‘como’ cumple la función de adverbio de modo. De la misma forma en que se honra al Padre debe de honrarse a Jesús; y si no se le da esta honra, es equivalente a deshonrar a Dios mismo. Por lo tanto, Cristo es Dios.
Si lee este capítulo desde el versículo 17, tendrá una de las referencias más completas acerca de la igualdad entre el Padre y el Hijo: igualdad en su obra (v.17), en su autoridad y Deidad (v.18), en su poder (v.19), en su capacidad de dar vida (v.21), en su función de juzgar (v.22), y en la honra que se les debe de dar (v.23). ¿Para qué permitió Dios todas estas cosas? El versículo 23 es la respuesta.
Por eso el apóstol Pedro decía: “Antes bien, creced en la gracia y el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo. A él sea gloria ahora y hasta el día de la eternidad. Amén” (2Pedro 3.18).
Asimismo, la Biblia también nos relata, en abundantes y variados textos, la adoración dada al Hijo de Dios. Como muestra podríamos citar los siguientes:
“Y he aquí vino un leproso y se postró (prosekunei) ante él, diciendo: Señor, si quieres, puedes limpiarme” (Mateo 8.2).
“Entonces los que estaban en la barca vinieron y le adoraron (prosekunesan), diciendo: Verdaderamente eres Hijo de Dios” (Mateo 14.33).
“He aquí, Jesús les salió al encuentro, diciendo: ¡Salve! Y ellas, acercándose, abrazaron sus pies, y le adoraron (prosekunesan)” (Mateo 28.9).
“Y cuando le vieron, le adoraron (prosekunesan); pero algunos dudaban” (Mateo 28.17).
“Ellos, después de haberle adorado (proskunesantes), volvieron a Jerusalén con gran gozo” (Lucas 24.52).
“Y él dijo: Creo, Señor; y le adoró (prosekunesen)” (Juan 9.38).
Otros textos similares serían Mateo 2.2; Mateo 9.18; Mateo 15.25 y 20.20. Marcos 3.11; Marcos 5.6-7 y 11.9-10. Lucas 5.8. Hechos 7.59-60. Y muy significativamente Apocalipsis 5.8,12-14. ¿Podrían tal cantidad de textos inspirados tratar, ordenar y aun relatar la adoración de Cristo, si no fuera Dios mismo? ¿No existiría contradicción, error, y aun blasfemia, en tal caso? ¿Qué es entonces Jesucristo?
Alister McGrath, acreditado teólogo, comenta: “Dentro del contexto judío en el cual los primeros cristianos funcionaban, era Dios y sólo Dios el que había de ser adorado. Pablo advirtió a los cristianos en Roma que había un constante peligro de que los seres humanos adoraran a las criaturas cuando debían estar adorando al Creador (Rom. 1:23). Sin embargo la iglesia cristiana primitiva adoraba a Cristo como Dios, práctica que es claramente reflejada en el Nuevo Testamento”.
Es el hecho de la adoración ordenada y dada al Señor Jesús, por si sola, prueba contundente de lo que venimos estudiando: Que Cristo es el Hijo de Dios, partícipe plenamente de la naturaleza divina del Padre. Es decir Cristo Jesús es Dios en persona, “manifestado en carne” (1Timoteo 3.16).
Capítulo 3 de mi sencillo libro
"La Deidad de Cristo"
Capítulo 1: La Voz de la Profecía
Capítulo 2: Declaraciones del Nuevo Testamento