El Arte de Controlar el Enojo

Jesús Briseño Sánchez



INTRODUCCIÓN

 

Lo primero que debemos atender en este estudio, es una aparente contradicción en las palabras del apóstol Pablo y en unos cuantos versículos de distancia, en su Carta a los Efesios capítulo 4, específicamente en la comparación de los versos 26 y 31.

 

El versículo 26 da permiso para airarse: “Airaos, pero no pequéis; no se ponga el sol sobre vuestro enojo”. La Biblia Latinoamericana traduce: “Enójense, pero sin pecar”. Por su parte, el verso 31 ordena otra cosa: “Quítense de vosotros toda amargura, enojo, ira, gritería y maledicencia, y toda malicia”.

 

Lo que sucede, es que las dos palabras involucradas no son una traducción del mismo vocablo en el texto griego.

 

Airaos, del verso 26, es del griego orgizo, y sugiere una condición más fija o permanente de la mente, frecuentemente con vistas a tomar venganza. Es menos súbita, pero más duradera. Por eso indica Pablo: “que este enojo no les dure todo el día” llevándolos a pecar. Es entonces un enojo más calmado y que tiene que ver más con el pensamiento. 


Por su parte, la palabra enojo en el versículo 31 es thumos, e indica una condición más agitada de los sentimientos, una explosión de ira debida a la indignación interna. Expresa más los sentimientos internos. Es más súbita, aunque menos duradera. Este enojo es más explosivo y tiene que ver más con las emociones.

 

Se entiende entonces, que podemos sentir enojo pero sin perder el control de forma que nos haga pecar. Un enojo razonado, limitado, enfocado, y no una explosión de ira incontrolable con sus efectos de violencia, amargura, gritería y maledicencias. Un cristiano puede, y en ocasiones hasta debe, de enojarse. Pero no tiene permiso divino para pecar tomando como excusa su enojo. Asimismo, el texto de Efesios 4.26 no justifica a hermanos que se caracterizan por ser ‘enojones’.

 

El enojo es un estado emocional, se suele referir a él como una alteración anímica. Es a la vez un sentimiento común y, para muchos, difícil de manejar. Al ser una emoción humana, no se puede hablar de erradicarla o evitarla. Por ello, nuestro estudio trata sobre el arte de controlar el enojo. Se requiere aprender y desarrollar verdaderas habilidades artísticas para mejorar en su control y conducción. 


El humano es un ser altamente emocional. Así como algunas cosas nos causan temor o tristeza, y otras nos proveen felicidad o tranquilidad, de la misma manera existen razones o factores que pueden detonar nuestro enojo o enfado.


Como todos los sentimientos comunes en el ser humano, puede ser normal que respondamos con esta emoción ante ciertas circunstancias, pero, como todos ellos, debe de controlarse para que no se convierta en un problema mayor o en un pecado.

 

Debemos orar a Dios pidiendo no ser puestos en circunstancias que no podemos manejar (Mateo 6.13); pero, al mismo tiempo, cuidemos de no meternos nosotros mismos en ellas; no entremos en asuntos, circunstancias, relaciones o discusiones que nos inciten al enojo.

 

Dice así la palabra de Dios: “No te entremetas con el iracundo, ni te acompañes con el hombre de enojos, no sea que aprendas sus maneras, y tomes lazo para tu alma” (Proverbios 22.24-25). La Biblia en Lenguaje Sencillo traduce: “No te juntes con gente de mal genio ni te hagas amigo de gente violenta, porque puedes volverte como ellos y pondrás tu vida en peligro”.

 

Cuida tus asociaciones. Aléjate de las personas tóxicas, a menos que notes que puedes influir en ellas para bien. Pero si ves que cada que se te acerca determinada persona tu estado de ánimo se debilita o se altera, aléjate de ella. Y si te sientes o estás obligado a permanecer junto a esa persona, entonces vence con el bien el mal: sé tan positivo y optimista que sea ella quien termine por cambiar o por alejarse.

 

Cuida las cosas a las que dedicas tu tiempo y atención. ¿Te molesta la política? Pues no te metas en política. A menos que seas un gran revolucionario social, la política puede fácilmente vivir sin ti. ¿Te molesta el deporte, los espectáculos, las redes sociales? Pues no entres en esos asuntos y polémicas. Y si crees que tienes derecho o necesidad de meterte en esas cosas, entonces primero desarrolla tu dominio propio y tu capacidad emocional para que las controles y que no te controlen ellas a ti. Pablo lo aconseja así: “Todas las cosas me son lícitas, mas no todas convienen; todas las cosas me son lícitas, mas yo no me dejaré dominar de ninguna” (1Corintios 6.12).

 

Otra clave es poner orden y disciplina en tu vida y en tus cosas, en tus compromisos y en tus actividades diarias. A cada persona le molestan diferentes cosas y en grado distinto; pero existen detalles como no tomar el debido tiempo para nuestras tareas, citas y responsabilidades, o no dejar ciertos objetos en su lugar acostumbrado. Las prisas y el estrés que esto provoca, puede ser causa del enojo o de que este crezca innecesariamente. Cosas tan sencillas como que tarde el transporte en pasar o que no encontremos las llaves, o que alguna persona o circunstancia nos entretenga, pueden echarnos a perder el día y, sin darnos cuenta o saber por qué, ya estamos enfadados.


De igual forma, muchas personas tienen un carácter irritable por no dormir el tiempo que el cuerpo y la mente necesitan. Como el cuerpo necesita comida, agua y aire, de la misma forma necesita el descanso necesario. Tal vez deban, en lugar de robarle tiempo al sueño, disminuir sus compromisos y actividades.

 

Cuida las cosas en las que involucras tu corazón: “Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón; Porque de él mana la vida” (Proverbios 4.23).

 

Ejercita a tu mente, para escuchar más de lo que hablas: “Por esto, mis amados hermanos, todo hombre sea pronto para oír, tardo para hablar, tardo para airarse; porque la ira del hombre no obra la justicia de Dios” (Santiago 1.19-20). La Biblia en Lenguaje Sencillo dice: “Mis queridos hermanos, pongan atención a esto que les voy a decir: todos deben estar siempre dispuestos a escuchar a los demás, pero no dispuestos a enojarse y hablar mucho. Porque la gente violenta no puede hacer lo que Dios quiere”.

 

Escucha a las personas con verdadera atención y humildad, con silencio en tus labios y en tu interior. Ocupa a tu mente en razonar qué parte de lo que oyes es verdad. Acepta esa parte. Date tiempo para analizar lo demás; entre más tiempo pase, mejor lo examinarás y, sobre todo, mejor responderás a ello. ¿Recuerdas el comercial de los años 80 en la televisión, donde se mostraba la necesidad de contar hasta diez, ante momentos de provocación o desafío al estado emocional? Si después de diez segundos tu respuesta ya no es la misma, imagínate días después, cuando ya le diste vueltas al asunto y lo analizaste fríamente.

 

Aunque creas lo contrario, no estás obligado a responder inmediatamente a nada y, en determinados casos, no estás obligado a responder en ningún momento y bajo ninguna circunstancia. Ofrece y acepta dialogar, pero si la otra persona no quiere tratar un asunto hermanablemente o por lo menos respetuosamente, más vale que lo ignores, porque si no, terminarás por ignorar la voluntad de Dios. Dice Pablo: “Si es posible, en cuanto dependa de vosotros, estad en paz con todos los hombres” (Romanos 12.18). Debes buscar la conciliación y el entendimiento, pero si la otra parte siempre responde violentamente, ya no depende de ti.

 

Enmudece. Si lo que vas a decir compromete tu fe en Cristo, tu relación con Dios o tu testimonio como cristiano, enmudece. Ignoro a qué fenómeno psicológico se deba, pero siempre nos sentimos obligados a defender nuestros derechos, nuestra postura, nuestra imagen o nuestra reputación.


Pero lo más importante en tu vida no es lo que el mundo cree o dice de ti, sino lo que Dios sabe de ti. Cuida tus acciones y tu comunión con Dios y permite que tu imagen se cuide sola. Si de Jesús hablaron mal y lo calumniaron, no creo que tú te vayas a escapar. Además, no estás obligado a caerle bien a todo el mundo, si ese es tu objetivo, no lo vas a lograr. Un hombre muy sabio dio este consejo: “Tampoco apliques tu corazón a todas las cosas que se hablan, para que no oigas a tu siervo cuando dice mal de ti; porque tu corazón sabe que tú también dijiste mal de otros muchas veces” (Eclesiastés 7.21-22).

 

Habla el texto de Santiago de una disposición. Prepárate para los momentos de tentación. Es cierto que no puedes evitar ser provocado, y hasta es cierto que a veces no podrás evitar enojarte. Está bien, no te preocupes tanto por esto. Pero prepárate de antemano, para estar dispuesto a responder de la mejor manera posible y, sobre todo, a no cometer pecado en tu respuesta, porque esto sí lo puedes y debes de lograr. “Mejor es el que tarda en airarse que el fuerte; y el que se enseñorea de su espíritu, que el que toma una ciudad” (Proverbios 16.32).

 

Si no puedes evitarlo, sino que regularmente debes tratar con equis persona o pasar por determinada situación, prepara tu mente y tu corazón para que no sean desafiados más allá de lo que puedan soportar. Prepara tu ánimo, prepara tus emociones y pensamientos, prepara tu distancia, tu conducta, tu norma y tu lenguaje. Jamás trates un asunto importante sin el control total de tus emociones. Verás que serás notoriamente mucho menos afectado, y la gloria de Cristo también. Entre más te prepares, menos sufrirá la gloria de Cristo. Porque, desgraciadamente, cuando pierdes el control de tus emociones, la gente no dice: “que enojón es este hombre” la gente lo que dice es: “y dice que es cristiano”.

 

Sigue el ejemplo de Cristo: “Y siendo acusado por los principales sacerdotes y por los ancianos, nada respondió. Pilato entonces le dijo: ¿No oyes cuántas cosas testifican contra ti? Pero Jesús no le respondió ni una palabra; de tal manera que el gobernador se maravillaba mucho” (Mateo 27.12-14).

 

Jesús no se sintió obligado a responder, y su ejemplo nos muestra que no es pecado guardar silencio ante los ataques y las provocaciones. Jesús no respondió a los cuestionamientos de los fariseos (Mateo 21.27), no le respondió a sus acusadores (Mateo 27.12), no le respondió al concilio (Lucas 22.66-68), no le respondió al Sumo Sacerdote (Mateo 26.62-63), no le respondió al rey Herodes (Lucas 23.9) y no le respondió al mismo representante del poder romano (Juan 19.9-10).


Algunos dicen: ‘es que yo no soy Jesús, yo soy Fulano de tal’, o ‘yo no puedo compararme con Cristo’. Pero vea la orden del apóstol Pedro: “Pues para esto fuisteis llamados; porque también Cristo padeció por nosotros, dejándonos ejemplo, para que sigáis sus pisadas; el cual no hizo pecado, ni se halló engaño en su boca; quien cuando le maldecían, no respondía con maldición; cuando padecía, no amenazaba, sino encomendaba la causa al que juzga justamente” (1Pedro 2.21-23).

 

Cierto que no podemos compararnos con él en sus características divinas, en su autoridad o en su obra, pero en su carácter, conducta y cualidades morales, es mandamiento, es indispensable e imperativo que lo hagamos, pues dice también el apóstol Juan: “El que dice que permanece en él, debe andar como él anduvo” (1Juan 2.6). Un cristiano no es el que se pone ese nombre, sino aquel que le pertenece en cuerpo y alma al Señor e intenta con todas sus fuerzas parecerse cada día más a él.

 

A lo mejor usted dice: ‘es que usted no sabe lo que me han hecho o lo que han hablado de mi’. Entonces acompáñeme a los pies de la cruz: “Angustiado él, y afligido, no abrió su boca; como cordero fue llevado al matadero; y como oveja delante de sus trasquiladores, enmudeció, y no abrió su boca” (Isaías 53.7). Para lo que abrió su boca, fue para perdonar y orar por aquellos que lo estaban asesinando (Lucas 23.34).

 

Sucede que nos creemos más importantes que Jesucristo, pues respondemos violentamente si alguien murmura de nosotros, si alguien nos acusa falsamente de algo, si alguien nos insulta, reta o amenaza, si alguien se queda con un peso nuestro, si alguien se nos mete en la fila o en el tráfico, si alguien no nos saluda, y un largo etc. En ocasiones es suficiente la sola sospecha de que alguien nos quiere dañar.

 

Puede ser normal el enojo, pero ¿por estas cosas? Dios reprendió el enojo de un profeta: “Y Jehová le dijo: ¿Haces tú bien en enojarte tanto?” (Jonás 4.4). De verdad, ¿ganas algo con enojarte tanto? ¿Solucionas algo? ¿Es mejor para ti, para tu salud física y espiritual? Jonás estaba enojado porque Dios había perdonado a la ciudad de Nínive y porque se había secado una calabacera que le daba sombra. Es necesario aprender a darle a las cosas, las personas y los eventos la importancia real que tienen.

 

Ok, ya te quitaron 5 pesos, ¿también quieres que te quiten tu tranquilidad, tu gozo y tu comunión con Dios? Analice por qué cosas se ha molestado en los últimos días, y luego medite cuál de ellas es más importante que su relación con Dios.


Existen dos extremos en este asunto. En primer lugar, no tener enojo alguno, o sentir enojo y reprimirlo guardándolo en nuestro ser, puede representar un extremo perjudicial, pues jamás se soluciona, ni se corrige, ni se mejora nada. El otro extremo, igual de perjudicial, es permitir la explosión del enojo haciéndonos olvidar las instrucciones divinas y nuestra fe en la voluntad de Dios.

 

¿No lo cree? Esto lo vemos en el caso de Moisés: “Y habló Jehová a Moisés, diciendo: Toma la vara, y reúne la congregación, tú y Aarón tu hermano, y hablad a la peña a vista de ellos; y ella dará su agua, y les sacarás aguas de la peña, y darás de beber a la congregación y a sus bestias. Entonces Moisés tomó la vara de delante de Jehová, como él le mandó. Y reunieron Moisés y Aarón a la congregación delante de la peña, y les dijo: ¡Oíd ahora, rebeldes! ¿Os hemos de hacer salir aguas de esta peña? Entonces alzó Moisés su mano y golpeó la peña con su vara dos veces; y salieron muchas aguas, y bebió la congregación, y sus bestias. Y Jehová dijo a Moisés y a Aarón: Por cuanto no creísteis en mí, para santificarme delante de los hijos de Israel, por tanto, no meteréis esta congregación en la tierra que les he dado” (Números 20.7-12).

 

Moisés estaba molesto, y con razón, con el pueblo de Israel, pero por su enojo, se olvidó de las Palabras de Dios. La instrucción divina era muy sencilla: hablen a la peña. No necesitaban hacer nada más. Pero en lugar de hablar a la peña habla Moisés al pueblo y golpea la peña. Al hacer esto, el gran conductor del pueblo mostró no solo falta de dominio propio y de atención a las palabras divinas, sino también falta de fe en Dios y falta de deseo de querer santificarlo. Jehová no le reclama que lo desobedeció, sino que no creyó en él. La consecuencia fue que, a pesar de sus súplicas, Moisés no entraría a la tierra prometida.

 

Si a Moisés, el hombre más humilde de toda la tierra (Números 12.3), el gran profeta, legislador, gobernante, mediador y uno de los gigantes de la fe le pasó esto, no es difícil que nos pueda ocurrir a nosotros. ¿No le ha sucedido que, después de responder incorrectamente a alguna provocación, le empiezan a venir a la mente los pasajes que ha olvidado y que ha quebrantado? (Lea Salmos 119.11 y 1Juan 3.9).

 

¿Cuál sería entonces la opción correcta? Darle solución a aquella circunstancia que nos está causando el enojo. Esto fue lo que hizo Jesús: “Estaba cerca la pascua de los judíos; y subió Jesús a Jerusalén, y halló en el templo a los que vendían bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas allí sentados. Y haciendo un azote de cuerdas, echó fuera del templo a todos, y las ovejas y los bueyes; y esparció las monedas de los cambistas, y volcó las mesas; y dijo a los que vendían palomas: Quitad de aquí esto, y no hagáis de la casa de mi Padre casa de mercado. Entonces se acordaron sus discípulos que está escrito: El celo de tu casa me consume” (Juan 2.13-17).

 

Jesús no cayó en el primer extremo, de no sentir enojo o de ser indiferente ante estas actividades ofensivas contra Dios. Jesús no miró hacia otro lado, ni tampoco se sentó a esperar que otros pusieran la solución. Tampoco cayó en el otro extremo. No perdió el control de sí mismo, no insultó ni golpeó a estas personas, no murmuró de ellas, ni tomó el evento como pretexto para ya no hacer nada. Jesús enfrentó directamente y de frente el pecado, basándose en la autoridad de las Palabras de Dios.

 

Ejemplo similar del apóstol Pablo: “Mientras Pablo los esperaba en Atenas, su espíritu se enardecía viendo la ciudad entregada a la idolatría” (Hechos 17.16). La Biblia Dios Habla Hoy traduce: “se indignó mucho”; otras versiones dicen: “le dio mucha tristeza” (BLS), “le dolió en el alma” (NVI).

 

Pablo, como fiel siervo de Dios, se enoja, se indigna al ver a la gente dando a dioses falsos la adoración que corresponde solo al Dios verdadero. ¿Pero qué hizo? ¿Murmuró de ellos, los golpeó, los insultó, se burló de sus creencias, se quedó en su casa a lloriquear? No, dice el verso 17 que discutía con quienes ya tenían conocimiento del Dios verdadero, y dicen los versos 22 y 23, que habló educadamente a los ciudadanos atenienses. Siendo él mismo buen conocedor de su cultura, se esforzó para actuar y hablarles en sus formas y, reconociendo la parte genuina de su búsqueda, les presenta al verdadero Dios y su mensaje de salvación.

 

Es cierto que se necesita coraje para aceptar con humildad los errores, para dejar el pecado definitivamente, para contender ardientemente por la fe dada una vez a los santos, para contrarrestar las artimañas del error donde se encuentren, etc.

 

Vea el exhorto que Dios mismo hace a Josué, el sucesor de Moisés: “Solamente esfuérzate y sé muy valiente, para cuidar de hacer conforme a toda la ley que mi siervo Moisés te mandó; no te apartes de ella ni a diestra ni a siniestra, para que seas prosperado en todas las cosas que emprendas. Nunca se apartará de tu boca este libro de la ley, sino que de día y de noche meditarás en él, para que guardes y hagas conforme a todo lo que en él está escrito; porque entonces harás prosperar tu camino, y todo te saldrá bien. Mira que te mando que te esfuerces y seas valiente; no temas ni desmayes, porque Jehová tu Dios estará contigo en dondequiera que vayas” (Josué 1.7-9).


No solo Josué, sino todo el pueblo de Dios, necesitaron esfuerzo, valentía, coraje, arrojo, decisión, para primeramente tener presentes las palabras de Dios, cumplirlas sin apartarse a izquierda ni derecha y conquistar la tierra prometida. Los primeros cristianos necesitaron coraje y valentía para salir de su temor y de sus escondites y proclamar a Cristo desde las azoteas (Hechos 4.29-31). Pablo mismo pide valentía para predicar el evangelio de Cristo (Efesios 6.19-20). Se requiere valentía para dejar el mundo y aceptar el camino de Cristo (Hechos 22.16).

 

Es espiritual enojarse cuando la iglesia no está haciendo la obra de Dios, cuando hermanos andan desordenadamente, cuando hay pecados y faltas evidentes. Qué bueno que se indigne, siempre y cuando esa indignación no lo lleve a hacer exactamente lo mismo, que no lo lleve a murmurar de sus hermanos, que no lo lleve a dejar de hacer lo correcto, a dejar de adorar a Dios, a multiplicar el pecado, sino a ser valiente, controlar su enojo y conducirlo como una herramienta según el ejemplo de Jesús y de Pablo. Ya que el enojo puede ser inevitable, por lo menos sáquele provecho espiritual.

 

¿Está usted controlando su enojo y enfocándolo en la mejora de su comunión con Dios y en el rescate de los demás?

 

Debemos evitar que nuestra inteligencia sea esclava de nuestras emociones, y poner a nuestras emociones al servicio de nuestra inteligencia.

 

Dios le bendiga y muchas gracias por su atención a este sencillo escrito.

 

Tonalá, Jalisco, México – Julio de 2021 

 

Os obsequio una buena frase de hace 2,300 años:

Cualquiera puede enfadarse, eso es algo muy sencillo. Pero enfadarse con la persona adecuada, en el grado exacto, en el momento oportuno, con el propósito justo y del modo correcto, eso, ciertamente, no resulta tan sencillo” (Aristóteles)