El Pecado de la Murmuración

Por Jesús Briseño Sánchez



Así dice la Palabra de Dios: “Hermanos, no murmuréis los unos de los otros. El que murmura del hermano y juzga a su hermano, murmura de la ley y juzga a la ley; pero si tú juzgas a la ley, no eres hacedor de la ley, sino juez” (Santiago 4.11).

Uno de los pecados más comunes en el que todas las personas solemos caer, es el pecado de la murmuración. Tan común y frecuente es este pecado, que ya estamos acostumbrados a él, parece ser parte de nuestra vida cotidiana. Aparte de común, es un pecado que resulta sumamente fácil de practicar. Tan fácil es, que ni cuenta nos damos cuando ya lo cometimos.

Esto se debe a que uno de nuestros grandes errores, es que medimos los pecados según la opinión humana, y no según el punto de vista de Dios. Atendemos al sentir y parecer humano, pues el mundo considera a la murmuración como algo entretenido, atractivo y hasta encantador.

Pero hermanos, la Biblia nos habla y previene mucho acerca de la murmuración. Dios nos dice que es pecado, nos dice que ese pecado es muy destructor, que trae graves consecuencias, para la persona que es denigrada, para la congregación en su obra y comunión, pero sobre todo para aquel que practica ese pecado. Por todo esto, es importante que atendamos a la voluntad de Dios y nos prevengamos en contra de esta fea acción de murmurar.

¿Qué significado tiene la palabra murmuración? Según el Diccionario de la Real Academia Española, la murmuración es: “Conversación en perjuicio de un ausente”. Según el Diccionario de James Swanson, en el hebreo, murmuración (teluná) significa: “hablar palabras de queja expresando descontento”.

Joseph Thayer explica murmuración en el griego como: “un disgusto secreto no confeso abiertamente”. Según el Diccionario Vine, el vocablo griego que ha sido traducido en este pasaje de Santiago, es katalaleo, (kata, contra; laleo, hablar). Por eso, otras versiones de la Biblia dicen “no se critiquen” (BLA) o “no hablen mal unos de otros” (NVI).

De ahí que entendemos que la murmuración puede ser incluso sobre cosas ciertas. En ocasiones, como excusa para defender a la murmuración, se dice que no se están diciendo mentiras. Pero si fueran mentiras, entonces sería calumnia. La murmuración hermanos, es pecado, incluso cuando lo que se está diciendo del ausente sea verdad.

Esto lo vemos en el ejemplo de los hermanos de Moisés: “María y Aarón hablaron contra Moisés a causa de la mujer cusita que había tomado; porque él había tomado mujer cusita. Y dijeron: ¿Solamente por Moisés ha hablado Jehová? ¿No ha hablado también por nosotros? Y lo oyó Jehová” (Números 12.1-2).

Aquí vemos que los hermanos de Moisés se molestaron porque había tomado una mujer extranjera. Es muy probable que ellos tuvieran toda la razón, pero eso no es lo que se discute. Ellos hablaron en contra de Moisés a sus espaldas, y no de frente.

Y dice la Palabra de Dios “y lo oyó Jehová”. El Señor escucha todas y cada una de nuestras palabras, y esto es lo que deberíamos de recordar y lo que debería de preocuparnos. Antes de que la persona ofendida se entere, Dios ya lo escuchó. Dios es omnipresente y omnisciente, y María y Aarón deberían saberlo muy bien, porque ellos mismos eran profetas y servidores de Jehová. Pero tuvieron en poco no solo la dignidad de su hermano y el mandamiento de Dios, sino también la grandeza del Señor.

Como todos los pecados que se cometen en contra de Dios, el de la murmuración también tiene sus defensores. Hay quienes dicen que el pecado, los errores o las deficiencias de algún hermano, son la causa que provoca la murmuración en contra de él. Pero no puede haber algo más falso. Ningún pecado que el hombre cometa se justifica; todos nacen de una voluntaria elección. Nada ajeno a mi voluntad puede causar que yo peque en contra de Dios.

¿Qué se debe hacer entonces?: “Hermanos, si alguno fuere sorprendido en alguna falta, vosotros que sois espirituales, restauradle con espíritu de mansedumbre, considerándote a ti mismo, no sea que tú también seas tentado” (Gálatas 6.1).

El pasaje no dice: “Si alguno fuere sorprendido en alguna falta, ustedes que son carnales, hablen de él con espíritu de cobardía”. Cuando un hermano comete pecado, eso no motiva a que yo ande hablando de él a sus espaldas. A lo que motiva es a que yo tome mi Biblia, me asegure de la voluntad de Dios, hable de frente con mi hermano y lo rescate de su pecado.

Cuando observo a un hermano pecar, tengo el desafío o la oportunidad de rescatar a un alma del infierno o de condenarme junto con él. Me condeno si soy indiferente ante su pecado y me condeno si murmuro del pecador con otros. El único camino correcto es corregir bíblicamente el pecado, y esto, en caso de que me conste a mi o sea yo el ofendido; si no es así, entonces no es asunto mío. Hermanos, si un asunto ya se arregló, no tengo por qué enterarme, y si no se ha arreglado, que lo arreglen los implicados.

Si la falta de un hermano no es lo que provoca la murmuración, ¿cuál es entonces la causa? El pecado. No existe ninguna murmuración que no tenga su origen en otro pecado. La murmuración es solo el resultado o producto final de un pecado engendrado en el corazón, en el pensamiento.

La murmuración puede surgir principalmente de la hipocresía, de la carnalidad, del prejuicio, del odio, del orgullo, del egoísmo o, como en el caso de los hermanos de Moisés, de la envidia. “Y dijeron: ¿Solamente por Moisés ha hablado Jehová? ¿No ha hablado también por nosotros? Y lo oyó Jehová” (Números 12.2). Aarón y María estaban celosos de que Dios favoreciera a Moisés. Tenían envidia de su jerarquía y autoridad, y eso motivaba sus murmuraciones. Como es común, un pecado originó el siguiente.

Otra de las defensas preferidas por quienes murmuran, es aparentar espiritualidad y preocupación por la obra de Dios. Incluso, llegan a fingir preocupación por la situación espiritual de aquel de quien están murmurando. Si se fija en la actitud de quienes murmuran al interior de la iglesia, hablan como si estuvieran motivados por fines espirituales, como si estuvieran preocupados realmente por la congregación, como si se estuvieran encargando de arreglar los problemas; casi parece que merecen o esperan el elogio, felicitación o agradecimiento por su murmuración. Si realmente buscaran la salvación de alguien, se dirigirían directamente con el indicado.

¿Se acuerda de las murmuraciones de los fariseos contra Jesús? Ellos presumían apego estricto a la ley de Dios, basaban sus acusaciones en la letra divina, se mostraban celosos y preocupados por su religión, por el templo y por su pueblo. ¿Tenían buenas intenciones hacia Jesús? ¿Deseaban rescatar a Jesús de sus errores? Ellos pensaban en sí mismos, en sus propios intereses y privilegios, en su propia imagen. Y toda su murmuración, no era sino el reflejo, resultado y manifestación de su propio pecado: odiaban a Jesús, le tenían temor y envidia y deseaban desacreditarlo. Esto fue evidente incluso a Pilato (Mateo 27.18).

Eso es precisamente lo que en ocasiones se persigue: no se busca rescatar al hermano, se busca dañar su imagen, demostrar que no es quien dice ser. Pero esto se llama venganza.

Vemos aquí también otro detalle interesante: el pecado de la murmuración siempre es estimulado por quien la escucha. La murmuración, para existir, requiere de oídos prestos para recibir basura. La murmuración no existiría si fuera frenada a tiempo. Pero otra debilidad del ser humano, nacida de un complejo de inferioridad, no es solo hablar contra el ausente, sino escuchar todo aquello que denigre a los demás.

La murmuración, pues, es un pecado compartido: peca quien habla contra su prójimo, y peca quien escuchándolo, no hace nada para frenarlo o, peor aún, lo continúa esparciendo. En ocasiones nos resulta más fácil, cómodo o tentador repetir a otros lo que hemos oído, en lugar de ir con el indicado y arreglar el asunto de frente. Y el pecado de la murmuración va creciendo y los problemas multiplicándose. Dice la Biblia que “la lengua es un mundo de maldad, inflamada por el infierno, llena de veneno mortal” (Santiago 3.5-8).

La murmuración destruye matrimonios, la comunión entre hermanos, y hasta congregaciones enteras, y luego nos quejamos de la murmuración, cuando a su debido tiempo, permitimos que nos enredaran en pecados ajenos, dimos oídos a chismes y alentamos al murmurador a continuar. Y es que el pecado de la murmuración es sumamente seductor, placentero y hasta gracioso, solamente nos parece repulsivo cuando se usa contra nosotros, o contra nuestros familiares. ¡Ahí sí apelamos a la justicia divina, a la congregacional y hasta a la legal! Ahí sí sabemos los pasos que se deben de seguir.

Dios castiga la murmuración: “Ni murmuréis, como algunos de ellos murmuraron, y perecieron por el destructor. Y estas cosas les acontecieron como ejemplo, y están escritas para amonestarnos a nosotros, a quienes han alcanzado los fines de los siglos” (1Corintios 10.10-11).

Cuando nosotros leemos en la Biblia acerca de casos de murmuración, es para nuestra instrucción y advertencia. Dios castiga la murmuración, además de todo el daño que causa. 

El más dañado de todos es el mismo murmurador. Quizá dañe la unidad y la obra de la iglesia, quizá perjudique en algo la reputación de algún hermano, pero, el más grande daño lo sufre el mismo murmurador. Pierde en automático la comunión con Dios, se condena al castigo eterno, queda ante sus propios oyentes como alguien con complejo de inferioridad, necesitado de denigrar a otros para hacerse notar a sí mismo. 

¿Cuál es la ganancia de la murmuración? ¿Qué ganamos al hablar mal de otros? La murmuración no resuelve ningún problema, sino que los acrecienta y multiplica el pecado así como sus consecuencias. Si la murmuración resolviera algo, Dios la mandaría.

Además de todo, se arriesga a meterse en un gran problema personal, si es que se topa en su práctica con alguien que actuará como un verdadero cristiano. 

En el pecado de la murmuración, ¿se fija que no se habla mal de otros con creyentes sabedores de las Escrituras? Casi siempre, toda la murmuración va dirigida, cobardemente, a nuevos convertidos, a inexpertos en las cosas de Dios, o a quienes tienen mucho tiempo en la iglesia, pero no han mostrado otra cualidad, sino la de andar de chisme en chisme.

Hay hermanos que no saben evangelizar, no pueden memorizar un texto, ni siquiera saben cuántos libros tiene la Biblia, pero sí saben en qué pecado está otro hermano, sí saben lo que se dice de él, sí saben qué hermanos están peleados, sí saben el pasado de alguna hermana, y además, se lo pueden narrar a usted en orden y con lujo de detalles sin problema alguno. Para satisfacer a la carne sí que tenemos memoria y capacidades.

Si usted es elegido para escuchar alguna murmuración, tenga cuidado e indígnese, porque el murmurador lo está catalogando como alguien ignorante o igual de chismoso y pecador que él. Debiera de tomar como un grave insulto cuando alguien le dice: “yo sé que tú eres de confianza” o “sé que lo que te diga quedará entre nosotros”. 

Si alguien le dice frases como: “a mí no me consta, pero…”, “yo supe que…”, “a mí se me hace que…” cállele inmediatamente la boca y repréndalo duramente.

Si lo escucha, además de hacerlo parte de pecados ajenos que ahora tendrá que atender, indagar y solucionar, lo mete a usted en gran dificultad: El pecado de la murmuración trae como consecuencia el castigo eterno, por lo tanto, usted es testigo de un pecado que tendrá que reprender y exponer ante otros, si no desea la condenación de su hermano murmurador. Acuérdese: peca no solo quien dice cosas de algún ausente, sino también quien lo escucha y no lo aclara con el señalado.

El pecado de la murmuración es muy fácil de cometer, pero muy difícil de reparar. Lo más recomendable y sencillo es frenar la murmuración antes de que se manifieste. Sin embargo, la murmuración corre veloz, y cuando nos damos cuenta, ya nos embarcaron.

Vea el ejemplo del apóstol Pablo: “Porque he sido informado acerca de vosotros, hermanos míos, por los de Cloé, que hay entre vosotros contiendas. Quiero decir, que cada uno de vosotros dice: Yo soy de Pablo; y yo de Apolos; y yo de Cefas; y yo de Cristo. ¿Acaso está dividido Cristo? ¿Fue crucificado Pablo por vosotros? ¿O fuisteis bautizados en el nombre de Pablo?” (1Corintios 1.11-13).

El apóstol es informado acerca de un problema personal que estaba causando cisma en la iglesia. Esa información no podía ser ignorada por el apóstol, y una vez escuchada, no podía quedarse sin hacer nada. Pero Pablo cita los nombres necesarios.

Cito del comentario de nuestro hermano Bill H. Reeves: “El amor a la verdad, a la unidad de la iglesia, y a la salvación de almas involucradas en el pecado, exige que se busque la solución, revelándose información concreta a quienes puedan contribuir a la solución. (Los de Cloé eran personas responsables que no vacilaron en dar este reporte a quien podía ayudar efectivamente a los corintios). La solución se realiza si todos apelan a órdenes apostólicas. Pablo no dijo simplemente: “he oído que”, o “se dice que”, sino que nombró a sus informantes y declaró la acusación en términos precisos. La persona que viene diciendo: “Le voy a decir algo, pero no diga usted a nadie que yo se lo dije”, o que dice: “Le voy a decir algo pero no puedo mencionar nombres”, no merece ninguna atención. ¡Ignórese!”

Cuando escuchamos una murmuración, la unidad de la iglesia y las personas involucradas están en grave peligro.

Si alguien le quiere comentar algo, adviértale primero dos cosas:

Ø Si no puede decirme nombres, y no quiere que diga el suyo, mejor no me diga nada.

Ø Si no quiere que se sepa lo que me va a decir, no me lo diga.

Si no se previno, y ya escuchó algo sobre alguien, deberá decirle al murmurador que vaya con el señalado y arregle ese asunto, de lo contrario, lo tendrá que hacer usted, por amor, con amor y buscando la salvación del murmurador, del señalado y de usted mismo.

La murmuración es un pecado público, es el que murmura quien se encarga de hacerlo público. Por lo tanto, no es suficiente con que le pida perdón a Dios. La persona que ha murmurado, deberá pedir perdón al afectado públicamente, independientemente de aclarar lo cierto o falso de su dicho. Como se decía hace poco, el pecado de la murmuración es muy fácil de cometer, pero muy difícil de reparar. Pero si se toman estas medidas preventivas y si se corrige el pecado como Dios dice, verá como desaparece el poder satánico de la murmuración.

Dios le bendiga y gracias por su atención a este estudio.

Tonalá, Jalisco - Agosto de 2013 - Segunda Edición - Agosto de 2021


“Porque por tus palabras serás justificado, y por tus palabras serás condenado” (Mateo 12.37).

“Pon guarda a mi boca, oh Jehová; Guarda la puerta de mis labios” (Salmos 141.3).