El Tesoro de Cristo

Por Jesús Briseño Sánchez



INTRODUCCIÓN

Dice así la Palabra de Dios: “Además, el reino de los cielos es semejante a un tesoro escondido en un campo, el cual un hombre halla, y lo esconde de nuevo; y gozoso por ello va y vende todo lo que tiene, y compra aquel campo” (Mateo 13.44). 


Esta es una parábola, es decir, una enseñanza por comparación mediante una narración ficticia. Está basada en un hecho común a los oyentes: un labrador que, trabajando la tierra de su amo, descubre un tesoro escondido. Para evitar que el dueño del campo lo reclame suyo, lo esconde de nuevo, reúne el capital necesario y lo compra, para quedarse también con el tesoro. En un solo versículo se esconde a su vez una grandiosa enseñanza.


En ese tiempo, y a falta de bancos, era habitual que la gente escondiera de esa forma sus preciadas pertenencias, y que fueran descubiertas por otras personas ante la desaparición por diversos motivos de sus dueños. Según una ley tradicional de los judíos, los tesoros pertenecían a quien los encontrara. Ese tipo de relatos era frecuente entre la población campesina, y Jesús lo utiliza para despertar la atención de sus discípulos y animarlos a invertir todos sus recursos en la búsqueda de un tesoro superior, de hecho, el tesoro más grande y fabuloso del mundo.


Es normal, lógico y razonable, que los seres humanos busquemos algún tipo de ganancia o de beneficio por nuestras acciones, incluso en el terreno de lo espiritual. En una ocasión, el apóstol Pedro le preguntó a Jesús: “He aquí, nosotros lo hemos dejado todo, y te hemos seguido; ¿qué, pues, tendremos?” (Mateo 19.27).


La respuesta de Jesús no lo ha de haber dejado descontento: “Respondió Jesús y dijo: De cierto os digo que no hay ninguno que haya dejado casa, o hermanos, o hermanas, o padre, o madre, o mujer, o hijos, o tierras, por causa de mí y del evangelio, que no reciba cien veces más ahora en este tiempo; casas, hermanos, hermanas, madres, hijos, y tierras, con persecuciones; y en el siglo venidero la vida eterna” (Marcos 10.29-30). 


Las bendiciones materiales no son ni profanas ni ajenas, sino parte de las bendiciones espirituales que Cristo ofrece a quienes lo siguen y soportan las persecuciones por su causa.


Jesús promete que aquel que para seguirlo haya tenido que dejar familia, trabajo o pertenencias, recibirá cien veces más ahora en esta vida. Si usted ha obedecido el evangelio, comienza a prosperar verdadera y tangiblemente, desde el momento en que ahora como cristiano administra sus recursos según la voluntad de Dios.


Lo que antes disipaba en diversos deleites, en vicios, y en intentar comprar el cariño de la gente, ahora lo usa para vestirse bien, alimentarse sanamente e invertir en hacerse tesoros en el cielo ayudando a sus hermanos necesitados. Si pierde su casa, ahora tiene miles de casas en casi todas las ciudades del mundo. Si pasa por alguna enfermedad o necesidad grande, hay miles de cristianos que pueden ayudarle y orar a Dios por usted alrededor del mundo. Quienes antes eran unos desconocidos, ahora están dispuestos a dar la vida por usted, gracias al maravilloso Nombre de Nuestro Señor Jesucristo.


Si por seguir a Cristo Jesús algún familiar ya no lo quiso, no se preocupe, ahora usted es parte de la familia de Dios: “Así que ya no sois extranjeros ni advenedizos, sino conciudadanos de los santos, y miembros de la familia de Dios” (Efesios 2.19). ¿Cuánto no batallamos por ser aceptados en algún equipo, club o empresa importante?, pero Jesús nos ha hecho parte del mejor equipo del mundo: su iglesia. Ahí no sufrirá por ser el más atractivo, el más inteligente o el más rico; usted será amado porque es hijo de Dios y miembro del cuerpo de Cristo.


Nuestra familia terrenal irá acabándose poco a poco, pero nuestra familia espiritual estará con nosotros siempre, aquí, y por toda la eternidad. Ame y sirva ahora a esa familia, para que la promesa de Cristo Jesús se siga cumpliendo también para otros. Dice Pablo: “Así que, según tengamos oportunidad, hagamos bien a todos, y mayormente a los de la familia de la fe” (Gálatas 6.10). Dice Jesús: “En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros” (Juan 13.35). La marca de distinción, el sello de garantía, la doctrina visible que caracteriza a los verdaderos creyentes, es el amor fraternal, incansable e incondicional.


Estas bendiciones espirituales, tanto el bienestar como la familia de Dios, son parte del tesoro escondido que hemos encontrado, que nos pertenece por haber sido encontrados por Cristo, que debemos de gozar, pero que también debemos de cuidar, dar el primer lugar en nuestra vida y luchar por él con todas nuestras fuerzas. “Gozaos con los que se gozan; llorad con los que lloran” (Romanos 12.15).


Cada uno de nosotros somos una piedrecita importante en el templo de Dios; jamás dañe en lo más mínimo a otra piedrecita, no la abandone, no hable mal de ella, no la menosprecie, no la lastime, ámela, cuídela, entregue su vida por ella, “porque somos miembros los unos de los otros” (Efesios 4.25).


La carta del apóstol Pablo a los efesios, resume a grandes rasgos muchas otras de las grandes bendiciones que hemos recibido como parte del tesoro de Cristo: “Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos bendijo con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo, según nos escogió en él antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de él, en amor habiéndonos predestinado para ser adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo, según el puro afecto de su voluntad” (Efesios 1.3-5).


Debemos amarnos porque hemos sido engendrados por el mismo Padre: “Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios; los cuales no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios” (Juan 1.12-13). Jesucristo es el eterno y unigénito Hijo de Dios, de la misma naturaleza que el Padre, nosotros somos sus hermanos porque hemos sido adoptados por nuestra fe y obediencia al evangelio (Efesios 1.5; Gálatas 4.5). Cuando fuimos bautizados en Cristo nacimos como hijos de Dios mediante el agua y el espíritu (Juan 3.5). Muchas personas buscan ser reconocidos como hijos de algún personaje famoso; pero nosotros hemos sido reconocidos desde antes de la fundación del mundo. ¿En qué cofre terrenal pudiéramos encontrar tan rico tesoro como el reconocimiento y la paternidad de Dios mismo?


De esa adopción espiritual se desprenden a su vez muchísimas más bendiciones: “para alabanza de la gloria de su gracia, con la cual nos hizo aceptos en el Amado, en quien tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados según las riquezas de su gracia” (Efesios 1.6-7). Dios nos ha hecho aceptos; varias versiones dicen “nos agració”, la Biblia Torres Amat dice: “nos hizo gratos a sus ojos”.


Ni siquiera tuvimos que adornar nuestra apariencia, pues Cristo nos ha revestido de sí mismo: “porque todos los que habéis sido bautizados en Cristo, de Cristo estáis revestidos” (Gálatas 3.27). Por nuestra obediencia al evangelio en el bautismo, han sucedido varias cosas espirituales: Dios nos ha buscado, nos ha hecho agradables ante sus ojos, nos ha perdonado todos los pecados, nos ha redimido con la sangre de su amado Hijo, y nos ha transformado ante quienes nos rodean. Ellos ya no miran en nosotros la bajeza, tristeza y miseria del pecador, ahora ven la gloria, la hermosura y el reflejo de Cristo mismo. ¿Cómo no vamos a valorar, agradecer y alabar la gloria de su gracia? Estas son las riquezas del tesoro de Cristo Jesús.


Continúa diciendo nuestro hermano Pablo: “que hizo sobreabundar para con nosotros en toda sabiduría e inteligencia, dándonos a conocer el misterio de su voluntad, según su beneplácito, el cual se había propuesto en sí mismo, de reunir todas las cosas en Cristo, en la dispensación del cumplimiento de los tiempos, así las que están en los cielos, como las que están en la tierra” (Efesios 1.8-10).


Jesucristo no solo ha sido declarado Hijo de Dios con poder, a él ha sido dada toda la autoridad en el cielo y en la tierra, es la propiciación por nuestros pecados, él es el único mediador, abogado e intercesor entre Dios y los hombres, él es la cabeza del cuerpo que es su iglesia, y es nuestro único Salvador y Redentor. Este plan, dice Pablo, es el misterio que como un tesoro escondido no fue conocido en tiempos antiguos: “misterio que en otras generaciones no se dio a conocer a los hijos de los hombres, como ahora es revelado a sus santos apóstoles y profetas por el Espíritu” (Efesios 3.5).


Vea de que hermosa forma lo expresa el apóstol Pedro: “Los profetas que profetizaron de la gracia destinada a vosotros, inquirieron y diligentemente indagaron acerca de esta salvación, escudriñando qué persona y qué tiempo indicaba el Espíritu de Cristo que estaba en ellos, el cual anunciaba de antemano los sufrimientos de Cristo, y las glorias que vendrían tras ellos. A éstos se les reveló que no para sí mismos, sino para nosotros, administraban las cosas que ahora os son anunciadas por los que os han predicado el evangelio por el Espíritu Santo enviado del cielo; cosas en las cuales anhelan mirar los ángeles” (1Pedro 1.10-12).


Santos, ángeles, reyes y profetas ansiaban ver estas cosas, pero como dice Jesús: “porque os digo que muchos profetas y reyes desearon ver lo que vosotros veis, y no lo vieron; y oír lo que oís, y no lo oyeron” (Lucas 10.24). Dice Pablo: “Antes bien, como está escrito: cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido en corazón de hombre, son las que Dios ha preparado para los que le aman” (1Corintios 2.9).


Los que aman al Señor y han recibido este tesoro, se les da también el privilegio y la responsabilidad de compartirlo con las demás personas: “A mí, que soy menos que el más pequeño de todos los santos, me fue dada esta gracia de anunciar entre los gentiles el evangelio de las inescrutables riquezas de Cristo, y de aclarar a todos cuál sea la dispensación del misterio escondido desde los siglos en Dios, que creó todas las cosas; para que la multiforme sabiduría de Dios sea ahora dada a conocer por medio de la iglesia a los principados y potestades en los lugares celestiales” (Efesios 3.8-10).


La palabra inescrutables es un adjetivo de lo que no se puede saber o averiguar. Las riquezas de Cristo ahora han sido reveladas, pero no pueden ser contadas. La Nueva Versión Internacional y la Biblia Latinoamericana traducen “incalculables”, la Biblia Dios habla Hoy dice “incontables”, la Biblia de Jerusalén dice “insondable”. El tiempo falta para hablar de la amistad y comunión de Dios, de la compañía y del caminar de Dios con nosotros, de su consuelo y fortaleza mediante las Escrituras, de su sanidad y limpieza continua, y tantas bendiciones más.


Este tesoro sigue permaneciendo oculto para muchas personas que aún no conocen a Cristo, e incluso para muchos hermanos que no tienen tiempo de leer su Biblia. (A muchos les sucede lo del libro de Russell Conwell, Una mina de diamantes bajo tus pies, sobre el oriental que vendió su tierra y se fue por el mundo a buscar diamantes, y se suicida, sin saber que bajo su tierra existía la mina de diamantes más grande del mundo). 


Dios quiere que su sabiduría sea dada a conocer por medio de la iglesia. No se imagina el privilegio que es dar a conocer este misterio, este tesoro a las personas. Uno sale de las casas con un vibrar y un canto de alabanza en el corazón. Y si alguien llega a bautizarse gracias a usted, le aseguro que se hincará ante Dios y llorará de alegría. Es bendición sobre bendición, es la sobreabundante gracia de Dios.


Abriendo este maravilloso cofre de tesoros celestiales, sabiendo que aunque no lo merecía, aunque era un miserable pecador, estuve en la mente y en el corazón de Dios desde antes de la fundación del mundo, amándome y proveyendo un extraordinario plan para mi salvación, ahora me pregunto: ¿Cómo puedo menospreciar estas riquezas? ¿Cómo puedo no estudiarlas? ¿Cómo puedo no temblar ante su predicación? ¿Cómo puedo callarme y guardarlas para mí solo? ¿Cómo puedo quedarme tranquilamente en casa el primer día de la semana?


Aunque me ofrecieran un gran negocio, aunque alguien me lo prohibiera, aunque sufriera algún dolor o pesar, aunque tuviera que ir a rastras, yo voy a estar donde Dios me quiere, yo voy a estar donde está su iglesia, yo voy a adorarlo conforme a su voluntad, yo voy a visitar y amar a mis hermanos, yo voy a estudiar y predicar su palabra, porque es mi Dios, mi Creador y Salvador, porque no tengo nada más importante que hacer y porque eso es lo menos que él merece de mí. 


¡Venda ahora mismo todo lo que tiene, y compre este inmarcesible tesoro de Cristo!


Tonalá, Jalisco – Diciembre de 2020