Buscando a Jesús
Por Jesús Briseño Sánchez
INTRODUCCIÓN
Así dice la Palabra del Señor: “Iban sus padres todos los años a Jerusalén en la fiesta de la pascua; y cuando tuvo doce años, subieron a Jerusalén conforme a la costumbre de la fiesta” (Lucas 2.41-42).
Tres veces al año todo judío debía de presentarse en la ciudad de Jerusalén: en la fiesta de la Pascua, en la de Pentecostés y en la de los Tabernáculos (Éxodo 23.14-17; Deuteronomio 16.16).
La religión judía ponía mucho énfasis no solo en el cumplimiento estricto de los mandamientos, sino también en que esto se hiciera en familia. Precisamente a partir de los doce años, un joven judío debía de estar en donde estaba su padre: en las cosas de Dios y en el aprendizaje de un oficio.
Los hijos nunca van delante, sino que ellos andarán siempre sobre las pisadas de sus padres. La única forma de lograr que los jóvenes se interesen en las cosas de Dios, es amándolos y respetándolos, siendo ejemplo para ellos y llevándolos de forma natural a las reuniones de la iglesia. Si se les deja sin estos cuidados y cuando crecen se les quiere enseñar, es como gritarles desde otra ciudad el camino que deben de seguir.
“Al regresar ellos, acabada la fiesta, se quedó el niño Jesús en Jerusalén, sin que lo supiesen José y su madre” (Lucas 2.43).
Solamente el escritor Lucas nos menciona este evento, y no existe más información acerca de Jesús durante su adolescencia. Sirve la narración para hablarnos de un suceso trágico pero al mismo tiempo sumamente aleccionador, como todo lo que tiene que ver con la persona de Cristo. Los padres del niño Jesús lo pierden de vista. No es el tema de nuestro estudio pero, de paso, nos damos cuenta de que ni José ni María eran omniscientes o poseían algún tipo de conocimiento especial.
No puedo imaginar lo terrible que es perder a un niño; ahora imagínese que ese niño sea nada más y nada menos que Jesús de Nazaret. De todas las personas que no se deben de perder, ¡esta es la principal! Muchas personas sufren por la pérdida de algún ser querido, o de alguna amistad especial, pero muy pocos se interesan o se preocupan por saber si acaso han perdido a Jesús.
“Y pensando que estaba entre la compañía, anduvieron camino de un día; y le buscaban entre los parientes y los conocidos” (Lucas 2.44).
El primer error es perder de vista a Jesús, el segundo error, es suponer que está en donde no está. La Biblia de las Américas dice ‘suponiendo’, la Biblia Latinoamericana dice ‘seguros’. Ellos pensaron, supusieron, estaban seguros de que Jesús estaría entre la compañía, tal vez con familiares o con muchachos de su edad. Tan seguros estaban que viajaron durante un día sin tomarlo en cuenta. De igual forma, muchas personas piensan que Jesús está en alguna imagen religiosa, o en alguna iglesia numerosa, o en alguna experiencia mística, o en la astrología; pero están suponiendo mal, pues Jesús no está y no puede estar ahí, por mucho tiempo que lo hayan creído.
La Biblia habla de trabajar en vano. Muchas personas religiosas entregan su vida a “servir a Cristo” de una forma en que él no lo ha mandado, no lo ha autorizado. Más bien sirven a sus propios pensamientos, a su grupo religioso o a sus tradiciones. Lo hacen sinceramente sí, pero están sinceramente equivocados. Dice la Palabra de Dios que si Jehová no edificare la casa, en vano trabajan los que la edifican (Salmos 127.1). Jesús mismo dice que no todo el que le diga “Señor, Señor”, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de su Padre que está en los cielos (Mateo 7.21). No se trata solo de trabajar mucho, sino de hacerlo correctamente.
Aún nosotros podemos estar seguros de que Jesús está en nuestra vida, en nuestro corazón, o en nuestra adoración como iglesia. Pero si hemos perdido de vista a Jesús, si no tenemos puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe (Hebreos 12.2), solo estaremos suponiendo que Jesús está aquí. Debemos de cerciorarnos de verdad, de estar plenamente convencidos y de creerlo con cada fibra de nuestro ser.
Cuando los padres de Jesús se dan cuenta de que no está entre ellos, comienzan a buscarlo. Pero se puede buscar a Cristo sincera y afanosamente, por mucho tiempo y con mucho cansancio, pero no se encontrará si se busca en el lugar equivocado. Estas personas buscaban a Jesús entre sus parientes y conocidos. Así, muchos que desean conocer algo de Jesucristo, le preguntan a sus familiares y amigos, o anhelan conocer a Jesús a través de la religión de sus padres. Aún hay quienes dicen: ‘yo soy fiel a la religión de mis padres’, aunque no vayan a misa, ni lean la Biblia, y vivan en pecados, ¿qué tipo de religión y de búsqueda es esa?
“pero como no le hallaron, volvieron a Jerusalén buscándole” (Lucas 2.45).
Diríamos: pero como no le podían hallar; no le hallaron porque no era posible hallarle ahí. Lo bueno que hicieron es que no se pasaron el resto de sus vidas buscándole ahí, ¿se imagina?
Una persona que busca sinceramente a Cristo, y no lo encuentra, no sigue buscando en el mismo lugar. Amigo que nos visita: ¿en donde ha buscado a Jesús lo ha encontrado? ¿de verdad pasaría el resto de su vida buscándolo ahí?
¿Quiere una primera clave para encontrar a Jesús? Haga lo mismo que los padres de Jesús: vuelva a Jerusalén. Porque según los profetas, de Jerusalén saldrá la Palabra de Jehová (Isaías 2.3), porque en las afueras de Jerusalén derramó Cristo su sangre bendita para que todos pudiéramos tener la vida eterna, en Jerusalén resucitó el Señor, en Jerusalén vino el poder del Espíritu Santo sobre los apóstoles (Hechos 2), porque en Jerusalén comenzó el reino de Dios con poder, y comenzando desde Jerusalén se ha predicado en su nombre el arrepentimiento para perdón de los pecados a todas las naciones (Lucas 24.47).
Dicho figuradamente, volver a Jerusalén significa: vuelva al comienzo, vuelva a las fuentes originales, vuelva a la Biblia. Porque en ninguna literatura, corriente o grupo de hombres de la actualidad podrá usted encontrar a Jesús.
Él mismo lo dice así: “Escudriñad las Escrituras; porque a vosotros os parece que en ellas tenéis la vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de mí” (Juan 5.39). Solamente en la Biblia se registra de una forma infalible la naturaleza, el nacimiento, la vida, el carácter, el ministerio, las enseñanzas, la obra, la muerte y la resurrección de Jesús de Nazaret. Todo lo escrito y dicho después es solo especulación.
“Y aconteció que tres días después le hallaron en el templo, sentado en medio de los doctores de la ley, oyéndoles y preguntándoles. Y todos los que le oían, se maravillaban de su inteligencia y de sus respuestas” (Lucas 2.46-47).
Quienes buscan sinceramente a Jesús terminan por encontrarlo. Sentado en medio de los doctores significa que él les estaba enseñando. La forma de enseñar entre los judíos era por medio de preguntas y respuestas. La sabiduría divina de Jesús causa asombro entre los más eruditos del pueblo de Dios.
La persona de Jesús no es una que pueda pasar desapercibida; cautiva, inquieta, atrae e intriga a los más grandes desde su nacimiento. Intriga a los profetas (Lucas 2.25-38), turba al rey Herodes y a toda Jerusalén con él (Mateo 2.3), inquieta a los principales sacerdotes y a los escribas (Mateo 2.4), atrae a los astrólogos de oriente (Mateo 2.1), llena de gozo a humildes pastores (Lucas 2.20), y ahora maravilla a los mismos doctores y expertos de la ley de Dios.
“Cuando le vieron, se sorprendieron; y le dijo su madre: Hijo, ¿por qué nos has hecho así? He aquí, tu padre y yo te hemos buscado con angustia. Entonces él les dijo: ¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que en los negocios de mi Padre me es necesario estar?” (Lucas 2.48-49).
Jesús no dice ‘los negocios de nuestro Padre’, sino ‘los negocios de mi Padre’. Será su costumbre a lo largo de toda su vida, el hacer una clara distinción entre la relación que él tenía con Dios y la que tenía o tiene cualquier otro miembro del pueblo. Él siempre fue consciente de su naturaleza divina y de su obra redentora.
Jesús se encontraba atendiendo, aunque de forma incipiente, los negocios de Su Padre. Aunque aún faltara mucho tiempo, la predicación de Juan el bautista, el bautismo de Jesús y el comienzo oficial de su ministerio, ese edificio era su templo, su casa; él era la gloria del templo.
Cuando Jesús, ya mayor, viniera al templo de Jerusalén, cumpliría majestuosamente la última profecía del Antiguo Testamento: “He aquí, yo envío mi mensajero, el cual preparará el camino delante de mí; y vendrá súbitamente a su templo el Señor a quien vosotros buscáis, y el ángel del pacto, a quien deseáis vosotros. He aquí viene, ha dicho Jehová de los ejércitos” (Malaquías 3.1).
La presencia de Jesús respondería a una sedienta búsqueda de siglos por parte de su pueblo, y aún al deseo anhelante de todas las naciones: “y haré temblar a todas las naciones, y vendrá el Deseado de todas las naciones; y llenaré de gloria esta casa, ha dicho Jehová de los ejércitos” (Hageo 2.7).
Imagínese: el templo de Jerusalén era su casa. ¿Recuerda que cuando nació Jesús no hubo lugar para él en el mesón? Si el dueño de ese lugar hubiera sabido a Quien había rechazado, se hubiera golpeado la cabeza el resto de su vida. Qué indignante es cuando sabemos que hubo quienes rechazaron de una fea manera a Jesús, ¿verdad?
Ahora, ¿a qué negocios está usted entregado? ¿En qué negocios está dejando lo mejor de su tiempo, de sus recursos, de sus fuerzas, de sus capacidades, de su mente y corazón? Es necesario que usted se encuentre también atendiendo los negocios del Padre Celestial, para que se cumpla la hermosa promesa de Jesús que dice: ‘para que donde yo estoy, ustedes también estén’ (Juan 14.3).
Dice el apóstol Pablo: “Palabra fiel es esta: Si somos muertos con él, también viviremos con él; Si sufrimos, también reinaremos con él; Si le negáremos, él también nos negará” (2Timoteo 2.11-12). Muchos buscan a Jesús pero tienen que trabajar, muchos buscan a Jesús pero su riqueza no los deja, muchos buscan a Jesús pero no pueden dejar su pecado.
Quieren conocer a Cristo, pero no lo quieren obedecer, quieren vivir con Cristo, pero no quieren morir con él, quieren reinar con Cristo, pero no quieren sufrir con él, y terminan negando a Cristo y diciéndole: ‘no hay lugar para ti en el mesón de mi vida’.
¿Quiere otra clave para encontrar a Jesús? Déjese encontrar por él. Porque también Jesús siempre lo ha buscado, así como el amante pastor que busca a su oveja perdida: “¿Qué hombre de vosotros, teniendo cien ovejas, si pierde una de ellas, no deja las noventa y nueve en el desierto, y va tras la que se perdió, hasta encontrarla? Y cuando la encuentra, la pone sobre sus hombros gozoso; y al llegar a casa, reúne a sus amigos y vecinos, diciéndoles: Gozaos conmigo, porque he encontrado mi oveja que se había perdido. Os digo que así habrá más gozo en el cielo por un pecador que se arrepiente, que por noventa y nueve justos que no necesitan de arrepentimiento” (Lucas 15.4-7).
Si es usted un santo y fiel hijo de Dios, las Escrituras le dicen con toda seguridad: “Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro” (Romanos 8.38-39). Si es usted cristiano, pero en algún aspecto de su vida no ha sido fiel con Dios, si hay cosas que necesita cambiar, o que necesita dejar o que le faltan por hacer, Cristo lo llama hoy a reencontrarse con él y a no perderlo más.
Si usted no es cristiano pero anhela encontrar al Señor, sepa que Cristo lo ha creado, lo ha cuidado y le ha dado todas las cosas, y ahora está dispuesto a recibirlo y a darle también la vida eterna. Jesús quiere limpiarlo de toda suciedad, lo quiere poner sobre sus hombros, y depositarlo en los brazos del Padre, de donde nadie lo puede arrebatar (Juan 10).
Yo lo desafío a tomar una decisión en este preciso momento, no lo deje para después porque el mañana nunca llega. Si ha buscado sinceramente a Jesús, escuche entonces su voz y siga sus instrucciones (Romanos 10.17). Crea en él con todo su corazón (Juan 3.16), arrepiéntase de sus pecados (Hechos 3.19), confiese su fe (Romanos 10.9-10) y sea bautizado en su Nombre para perdón de los pecados (Hechos 2.38), y habrá gozo, una verdadera fiesta en el cielo, porque habrá encontrado a Jesús.
Gracias por su atención a este sencillo escrito.
Tonalá, Jalisco - Abril de 2022