La disciplina de Dios en su iglesia
Por Jesús Briseño Sánchez
INTRODUCCIÓN
Así dice la Palabra de Dios: “He aquí, bienaventurado es el hombre a quien Dios castiga; por tanto, no menosprecies la corrección del Todopoderoso” (Job 5.17).
Uno de los temas más difíciles y menos populares de tratar al interior de la iglesia es el de la disciplina. Por lo mismo es un tema poco mencionado y, cuando llega a ser tratado, enseñado o propuesto, muy a menudo su inadecuado estudio o aplicación genera muchos malos entendidos, conflictos y hasta división en las congregaciones. No son muy populares los hermanos que hablan de este tema.
La Palabra de Dios comienza por enseñarnos que el hombre que es disciplinado por Dios es bienaventurado. Otras versiones dicen bendecido, dichoso, afortunado. Por lo tanto, no se debe de despreciar, o menospreciar, es decir quitar valor, a la disciplina de Dios. Darle a la disciplina de Dios el valor y aprecio que merece, comienza con estudiarla bien, tener una buena actitud ante ella y aceptarla y aplicarla a nuestra vida y en nuestra obra espiritual.
Es la idea que retoma el escritor de la Carta a los Hebreos: “Y habéis ya olvidado la exhortación que como a hijos se os dirige, diciendo: hijo mío, no menosprecies la disciplina del Señor, ni desmayes cuando eres reprendido por él” (Hebreos 12.5).
La disciplina de Dios no debe de olvidarse, no debe de menospreciarse y no debe de causar cansancio. Para esto, es necesario que analicemos algunos pasajes, algunas definiciones y las instrucciones que la Palabra de Dios nos proporciona acerca de este importante tema para la vida de la iglesia y para cada uno de nosotros.
DEFINICIÓN, ORIGEN Y PERTENENCIA DE LA DISCIPLINA
La palabra ‘disciplina’ en el griego, paideia, “denota la formación dada a un niño, incluyendo la instrucción; de ahí, disciplina, corrección” (Diccionario Vine). Efesios 6.4: “en disciplina y amonestación del Señor” y 2Timoteo 3.16: “para instruir en justicia”, traducen el mismo vocablo griego. La disciplina comienza con la enseñanza.
Lo primero que debemos de saber, es que la disciplina es del Señor; como toda revelación y relación entre Dios y los hombres, debe su diseño, origen y existencia a la mente del Santo Espíritu de Dios. La disciplina no existe o surge de la iniciativa o sabiduría humanas. Le pertenece exclusivamente a Dios y él es quien la lleva a cabo en sus hijos. Puede hacer una simple búsqueda de la palabra disciplina en su concordancia del Nuevo Testamento, y no encontrará nada como ‘disciplina de la iglesia’, ‘disciplinado por la iglesia’, o la muy común ‘disciplina congregacional’. Estas frases no solo no son bíblicas, sino que no expresan conceptos bíblicos.
LOS PROPÓSITOS DE LA DISCIPLINA DE DIOS
La Biblia en Lenguaje Sencillo dice: “ni te pongas triste cuando él te reprenda”; la mayoría de las versiones dicen: “no te desanimes”. La disciplina de Dios no tiene como objetivo entristecernos, enojarnos o desanimarnos, pero Dios sabe que eso sucede, que a menudo no asimilamos con madurez la disciplina, y que debe de referirse a esto y enseñarnos acerca de los buenos propósitos de su voluntad. Todo lo que Dios ha hecho para nosotros es bueno en gran manera, y nada es perjudicial.
Mire la hermosa razón: “Porque el Señor al que ama, disciplina, y azota a todo el que recibe por hijo” (Hebreos 12.6). Esta es una frase que debemos de grabar en nuestra mente. Haría bien en subrayarla en su Biblia o memorizar el pasaje. Es una verdad excelsa que debe de tener bien presente en su vida. Las personas generalmente se sienten especiales cuando se saben amadas, ¡imagínese tener el amor eterno, fiel e incondicional de Dios!
Dios nos disciplina porque nos ama y porque somos sus hijos. La disciplina de Dios es una prueba, muestra y expresión del amor de Dios. Así como cuando viene a nuestra mente el sacrificio de Cristo y nos sentimos amados y agradecidos, de la misma manera cuando estudiamos la disciplina de Dios, debemos de sentir lo mismo. El primer propósito de la disciplina de Dios es amarnos.
Esta hermosa verdad y estas exhortaciones de parte de Dios, deberían de ser suficientes para que nos agrade este tema y estemos unidos en él.
Dice Pablo: “Os ruego, pues, hermanos, por el nombre de nuestro Señor Jesucristo, que habléis todos una misma cosa, y que no haya entre vosotros divisiones, sino que estéis perfectamente unidos en una misma mente y en un mismo parecer” (1Corintios 1.10).
Ver también en Filipenses 2.2 “unánimes”, y en 3.16 “sigamos una misma regla”. De la manera que tenemos un mismo parecer en cuestiones como la salvación, el bautismo, o la deidad de Cristo, así debe de ser en el tema de la disciplina del Señor.
La palabra disciplina puede tener el sentido tanto de enseñar o instruir, como en varios pasajes, o de castigar, como en este de Hebreos 12.6. El castigo correctivo de parte de Dios es para nuestro solo bien, como el castigo de los padres a sus hijos.
La disciplina es una bendición de Dios. Es una de las formas en que Dios demuestra su preocupación por nuestro estado espiritual. No imagino un escenario más triste y desolador, que tener a un Dios que no se preocupara por nosotros, que no le importara nuestra vida, que no nos advirtiera y que no nos corrigiera con su amor. Hasta los criminales, y aún los animales, tratan de disciplinar a sus crías, ¡imagínese el Dios Todopoderoso!
“Si soportáis la disciplina, Dios os trata como a hijos; porque ¿qué hijo es aquel a quien el padre no disciplina? Pero si se os deja sin disciplina, de la cual todos han sido participantes, entonces sois bastardos, y no hijos” (Hebreos 12.7-8).
El sentido de esta frase no es: “si soportan la disciplina son hijos de Dios y si no, no”. La versión Palabra de Dios para Todos dice: “Entonces soporten esos sufrimientos como se acepta la disciplina de un padre, porque Dios lo hace como un padre que corrige a sus hijos”. Las razones de la misma existencia y aplicación de la disciplina de Dios son porque nos ama y porque somos sus hijos.
La disciplina es una parte inherente e inseparable de la relación espiritual entre Dios y nosotros. Si no contáramos con la disciplina de Dios, entonces seríamos bastardos (Ese es el sentido de la siguiente frase del versículo). Cuando los cristianos somos participantes de ella, recibimos clara evidencia de que somos hijos de Dios. El segundo propósito de la disciplina de Dios, es ejercer su paternidad con nosotros.
Dios mismo se compara a un padre amoroso que corrige a su hijo. Dice el libro de los Proverbios que: “El que detiene el castigo, a su hijo aborrece; Mas el que lo ama, desde temprano lo corrige” (Proverbios 13.24). También dice que “La vara y la corrección dan sabiduría; Mas el muchacho consentido avergonzará a su madre” (Proverbios 29.15). Dios no desea avergonzarse de nosotros, por eso nos habla, nos guía y nos reprende por medio de su palabra inspirada.
Todos hemos comprobado los terribles y fatales resultados de dejar a los hijos hacer lo que quieren. A veces hemos señalado a los padres su negligencia. En ocasiones es demasiado tarde la búsqueda de ayuda espiritual. ¿Usted deja a sus hijos hacer lo que quieren? Bueno, ¡pues Dios tampoco!
Dice el apóstol Pablo: “Porque el deseo de la carne es contra el Espíritu, y el del Espíritu es contra la carne; y éstos se oponen entre sí, para que no hagáis lo que quisiereis” (Gálatas 5.17). La Biblia en Lenguaje Sencillo traduce: “Porque los malos deseos están en contra de lo que quiere el Espíritu de Dios, y el Espíritu está en contra de los malos deseos. Por lo tanto, ustedes no pueden hacer lo que se les antoje”. (Ver también 1Pedro 2.16). La disciplina del Señor tiene, en tercer lugar, el propósito de dirigirnos por los caminos de Dios.
Quien se entristece, se desanima y desecha la disciplina de Dios, está rechazando la misma paternidad de Dios, su amor y su dirección. No es que deje de ser hijo de Dios, sino que aborrece, como el hijo pródigo, esa relación filial. Este mismo personaje, no le dice a su padre: ‘ya no soy tu hijo’, sino que le dice: ‘ya no soy digno de ser llamado tu hijo’ (Lucas 15.21).
Cuando no queremos saber nada de la disciplina de Dios, cuando no la queremos estudiar, aceptar o incluso aplicar, eso estamos haciendo, diciéndole al Señor que preferimos ser bastardos (espiritualmente hablando). Esa palabra era muy fuerte en su uso entre los hebreos. ¿Sabía usted que un bastardo (literal) no podía ser parte de la congregación de Israel, hasta la decima generación? (Deuteronomio 23.2).
¿Qué sentiría usted si su hijo, aquel que crió y sustentó en sus brazos, aquel por quien dio todo su tiempo, sus recursos y su corazón mismo, le gritara: “no me importa lo que hayas hecho por mí, tú no eres mi padre”? ¿Cómo se ve en el mundo ese tipo de actitudes? ¿Cómo la ven los mismos paganos que no conocen a Dios? ¡Imagínese cómo lo ve Dios y qué siente su corazón!
Les voy a contar una anécdota verdadera de hace muchos años, por lo que pueda servir. Estaban dos niñas platicando y se acerca la mamá de una de ellas para llamarle la atención. La hija le responde groseramente a su madre, y la otra niña le pega fuertemente en la boca gritándole: “no le hables así a tu madre”. Después le explicó que ella no tenía mamá, y que si la tuviera, jamás la trataría así. Hermano, nosotros tenemos en Dios al Padre más amoroso que muchos no tienen, ¡no lo tratemos ingratamente!
Cuando nosotros escuchemos hablar de disciplina, debemos de recordar que se va a hablar de algo que es conveniente para nuestra vida y para nuestro espíritu, de algo que nos va a ayudar a ser mejores hijos de Dios, y que nos va a acercar a nuestro destino deseado, pues para eso somos cristianos.
¿Acaso nos reunimos porque no tenemos nada qué hacer? ¿Somos miembros de la iglesia solo como pasatiempo? ¿Se bautizó usted porque hacía calor? Todo lo que hemos creído y hemos hecho, es porque lo sabemos necesario para nuestra salvación. Y la disciplina de Dios es para nuestro beneficio y salvación.
“Por otra parte, tuvimos a nuestros padres terrenales que nos disciplinaban, y los venerábamos. ¿Por qué no obedeceremos mucho mejor al Padre de los espíritus, y viviremos? Y aquéllos, ciertamente por pocos días nos disciplinaban como a ellos les parecía, pero este para lo que nos es provechoso, para que participemos de su santidad” (Hebreos 12.9-10).
Cuando fuimos jóvenes no nos gustaba, ni entendíamos, ni aceptábamos la disciplina de nuestros padres. Pero los obedecíamos, aunque no quisiéramos. Tuvieron que pasar muchos años para que llegáramos a entender que nuestros padres nos amaban, que quizás nadie les enseñó a ser padres, que tenían defectos y cometían errores, pero que sus propósitos eran buenos, y que todo lo que se preocuparon, todo lo que hicieron y todo lo que nos decían, fue solo para nuestro propio beneficio.
Y si nuestros padres nos disciplinaron según sus pocos recursos y capacidades, Dios lo hace de forma perfecta y aun más provechosa. El cuarto propósito de la disciplina de Dios, es que participemos de su santidad. Siempre los beneficiados somos solamente nosotros. Su disciplina trae solamente bendiciones espirituales y promesas eternas, cuando se estudia, enseña y aplica según los principios de Dios.
Mediante la disciplina, el Señor nos prepara y santifica para estar un día delante de su presencia, y no tener que alejarnos avergonzados: “Y ahora, hijitos, permaneced en él, para que cuando se manifieste, tengamos confianza, para que en su venida no nos alejemos de él avergonzados” (1Juan 2.28). Dios no quiere ser avergonzado por nuestra conducta, pero tampoco quiere que seamos avergonzados nosotros en el día más determinante de nuestra existencia, aquel día en el cual todos los cristianos debemos de estar anhelantes y sobre todo, concentrados.
“Seguid la paz con todos, y la santidad, sin la cual nadie verá al Señor” (Hebreos 12.14). Dios nos ha apartado del mundo para un servicio santo, y mediante su disciplina nos sigue limpiando, apartando y preparando cada día (Juan 15.2).
Dice el apóstol Pedro: “Por tanto, ceñid los lomos de vuestro entendimiento, sed sobrios, y esperad por completo en la gracia que se os traerá cuando Jesucristo sea manifestado; como hijos obedientes, no os conforméis a los deseos que antes teníais estando en vuestra ignorancia; sino, como aquel que os llamó es santo, sed también vosotros santos en toda vuestra manera de vivir; porque escrito está: Sed santos, porque yo soy santo” (1Pedro 1.13-16).
En el verso 13, la versión Palabra de Dios para Todos dice: “preparen su mente para servir y practiquen el dominio propio”. Debemos de tener mentalidad de siervos. Más adelante el mismo apóstol explica: “como libres, pero no como los que tienen la libertad como pretexto para hacer lo malo, sino como siervos de Dios” (1Pedro 2.16).
Según este pasaje, Dios no quiere hijos ignorantes, sino sobrios, obedientes y santos. (Ver 1Juan 3.3). El apóstol de Cristo cita un pasaje del Antiguo Testamento porque la santidad de Dios no se limita a una ley; Dios es santo, sigue siendo santo, y solo se le puede servir “en la hermosura de la santidad” (Salmos 29.2).
La disciplina de Dios trae en su semilla una gran promesa: “Es verdad que ninguna disciplina al presente parece ser causa de gozo, sino de tristeza; pero después da fruto apacible de justicia a los que en ella han sido ejercitados” (Hebreos 12.11).
Así como hoy, muchos años después, hemos llegado a reconocer, a valorar y a decir: “qué razón tenían mis padres”, un día entenderemos que toda la disciplina del Señor, toda la exhortación y las advertencias que nos comunicó en Su Palabra, únicamente fueron para nuestro bienestar presente y eterno (Job 22.2). El quinto y último propósito de la disciplina de Dios, es nuestra salvación eterna.
Aquí nos molestamos y nos enfadamos quizás, pero en el cielo daremos las gracias a aquellos hermanos que se preocuparon por nosotros, que estudiaron diligentemente la voluntad del Señor, que nos dieron primeramente su buen ejemplo, y que nos corrigieron de frente, con respeto y afecto, y con la verdad de Dios.
LA DISCIPLINA DE DIOS EN SU IGLESIA
Y es que la obra y los cuidados de Dios no terminan al darnos su santa voluntad por escrito, sino que además “nos ha librado de la potestad de las tinieblas, y trasladado al reino de su amado Hijo” (Colosenses 1.13).
Ese reino no fue gratuito, sino comprado con la sangre de Cristo: “Por tanto, mirad por vosotros, y por todo el rebaño en que el Espíritu Santo os ha puesto por obispos, para apacentar la iglesia del Señor, la cual él ganó por su propia sangre” (Hechos 20.28).
El reino es la familia de Dios: “Así que ya no sois extranjeros ni advenedizos, sino conciudadanos de los santos, y miembros de la familia de Dios” (Efesios 2.19). En ella encontramos a los hijos de Dios, la familia espiritual y eterna, superior por mucho a nuestra familia terrenal (ver Romanos 9.26).
La iglesia de Cristo es también llamada templo de Dios: “en quien todo el edificio, bien coordinado, va creciendo para ser un templo santo en el Señor” (Efesios 2.21). Dios mora entre aquellos que hacen su voluntad (ver Juan 14.23 y Apocalipsis 7.15).
Para eso nos ha revelado Su Palabra, para que el hombre no edifique según cree, piensa u opina, sino que seamos: “edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo” (Efesios 2.20). Por eso, si alguno habla, lo hace conforme a la Palabra de Dios, y si alguno ministra lo hace conforme al poder que Dios da (1Pedro 4.11), no introduce sus propias ideas ni se extralimita en sus funciones (1Corintios 4.6).
Dios nos pone en conjunto entonces de hermanos espirituales, santos y sinceros, que nos acompañaremos, ayudaremos y facilitaremos el conducirnos por el camino de Dios, y que nos enseñaremos, nos alentaremos y nos reprenderemos cuando y como sea preciso y necesario: “en quien vosotros también sois juntamente edificados para morada de Dios en el Espíritu” (Efesios 2.22).
EL INTRUSO MORTAL
Dios nos advierte claramente de lo que sucede si accedemos al pecado: “Entonces la concupiscencia, después que ha concebido, da a luz el pecado; y el pecado, siendo consumado, da a luz la muerte” (Santiago 1.15). En cuanto el pecado nace de nuestra concupiscencia seducida, da paso a la muerte. La muerte referida es la separación de Dios. Como Dios es santo, no puede tener comunión con el pecado.
La separación entre Dios y el pueblo de Israel se debió a esta misma situación: “He aquí que no se ha acortado la mano de Jehová para salvar, ni se ha agravado su oído para oír; pero vuestras iniquidades han hecho división entre vosotros y vuestro Dios, y vuestros pecados han hecho ocultar de vosotros su rostro para no oír” (Isaías 59.1-2).
Hasta los judíos del tiempo de Jesús sabían esta gran verdad: “Y sabemos que Dios no oye a los pecadores; pero si alguno es temeroso de Dios, y hace su voluntad, a ése oye” (Juan 9.31). (Y conste que este personaje había nacido ciego).
El apóstol Pablo expone los resultados diferentes de dos caminos distintos: “Porque la paga del pecado es muerte, mas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro” (Romanos 6.23). El único medio de reconciliación y salvación que el pecador tiene, es el evangelio de Cristo (Romanos 1.16; Hechos 4.12; Juan 14.6), y para el cristiano, el arrepentimiento y la confesión (1Juan 1.8-9).
LA REACCIÓN ESPIRITUAL
Como vemos, cuando un cristiano comete una falta, Dios no se queda de brazos cruzados, él hace algo y actúa inmediatamente, pero la iglesia también tiene que reaccionar, actuar y hacer varias cosas lo más pronto posible.
Es cierto que el hermano que comete pecado y que no se arrepiente rompe su comunión con Dios, pero eso no es todo lo que sucede. Cuando un hermano decide pecar, su decisión desata varios efectos en cadena pues también, para empezar, y por lógica consecuencia, rompe automáticamente su comunión con la iglesia. Así como Dios es santo, la iglesia también lo es, y no tiene ninguna comunión con el error, con el pecado, con las tinieblas:
“Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla, habiéndola purificado en el lavamiento del agua por la palabra, a fin de presentársela a sí mismo, una iglesia gloriosa, que no tuviese mancha ni arruga ni cosa semejante, sino que fuese santa y sin mancha” (Efesios 5.25-27). Ver 2Corintios 11.2: “una virgen pura” y Apocalipsis 19.8.
La Biblia en Lenguaje Sencillo traduce: “Cristo quiso regalarse a sí mismo una iglesia gloriosa, apartada del mal y perfecta, como un vestido sin una sola arruga ni una sola mancha, ni nada parecido”. La versión Palabra de Dios para Todos dice: “Cristo murió para hacer que la iglesia fuera santa” (v. 26), “Cristo murió para que la iglesia fuera pura” (v. 27). Dice el apóstol Juan que Cristo “apareció para quitar nuestros pecados” (1Juan 3.5), y “para deshacer las obras del diablo” (1Juan 3.8).
La misma razón de la obra de Jesucristo, desde su encarnación, su vida y enseñanzas, su sacrificio y resurrección, es la destrucción del pecado y sus consecuencias eternas. En el último lugar donde Dios esperaría ver pecado y obras del diablo, ¡es en su iglesia! La iglesia de Cristo no es un grupo religioso, ¡es la luz del mundo! (Mateo 5.14), así como su Maestro lo es (Juan 8.12).
¿Puede la congregación en donde se reúne cumplir con estas expectativas de Dios?
Si las personas andan huyendo del pecado, si buscan santidad y luz de Dios, ¿podemos realmente decirles: vengan a conocernos? ¿Podemos decir con seguridad las palabras del apóstol Pablo: “Sed imitadores de mí, así como yo de Cristo”? (1Corintios 11.1).
Así como la Biblia nos habla y nos manda a creer y a hacer muchas cosas, de la misma manera nos dice claramente qué hacer, con qué propósitos, con qué actitud y con qué formas y palabras, con aquel hermano que ha sido sorprendido y está endurecido por el engaño del pecado (Hebreos 3.13).
CASOS, TEXTOS Y CONTEXTOS
Antes de pasar a citar, analizar y aplicar varios pasajes del Nuevo Testamento, es necesario recordar nuevamente, que ninguno de los textos que hablan de qué hacer con el hermano que anda en pecado, usa la palabra ‘disciplina’. No es la iglesia la que disciplina, sino que ésta proviene de Dios. Lo que toca a la iglesia local es la reprensión (gr. epitimia) y, en su caso, apartarse del hermano pecador; pero la iglesia no disciplina. Mucho menos puede hablarse de ser esta otra disciplina aparte de la de Dios. En todo caso, lo que toca hacer a la iglesia es parte de la disciplina de Dios. De aquí en adelante, si bien pasamos de hablar de lo que Dios hace a lo que la iglesia debe de hacer, pasamos de un punto a otro, pero no de un tema a otro, el tema es uno y el mismo: la disciplina de Dios en su iglesia.
Es deber de todo cristiano velar por los demás y exhortar al trabajo espiritual y a la comunión con Dios: “También os rogamos, hermanos, que amonestéis a los ociosos, que alentéis a los de poco ánimo, que sostengáis a los débiles, que seáis pacientes para con todos” (1Tesalonicenses 5.14).
Este pasaje nos muestra a tres tipos de hermanos: los ociosos, los de poco ánimo y los débiles. En los tres casos existe algo diferente que hacer, pero en todos los casos hay que hacerlo con el amor, la misericordia y la paciencia que Dios ha tenido con nosotros.
El vocablo griego makrothumeo, significa: “ser paciente, sufrido, soportar, literalmente, tener largura de ánimo” (Diccionario Vine). Hogg y Vine comentan esta palabra diciendo: “La longanimidad es aquella cualidad de dominio propio frente a la provocación, que no toma apresuradas represalias ni castiga con celeridad; es lo opuesto a la ira, y está asociada con la misericordia, utilizándose de Dios (Éxodo 34.6; Romanos 2.4; 1Pedro 3.20)”.
Nuestro hermano Bill H. Reeves comenta: “La longanimidad es, pues, una de las características de Dios que debemos imitar. Está asociada con la paciencia, la benignidad, la bondad, el amor sincero, y todos los frutos del Espíritu. Es lo opuesto de la impaciencia, la exasperación y la iracundia”.
(Vea el fruto del Espíritu: Gálatas 5.22; Efesios 4.2; Colosense 3.12).
Algo inexplicable cuando un hermano falla ofendiendo a Dios, es la molestia de otros, como si fueran los ofendidos. Esa molestia crece y se convierte en falta de dominio propio y descontrol del temperamento. Semejante actitud no hace sino exhibir la incapacidad para atender dichos casos y puede terminar por hundir, destruir y perder al hermano que comete la falta y también al que lo intenta ayudar. Y ya hemos visto que ese no es el propósito de Dios.
Otro error surge por nuestro limitado uso de algunos términos. Creemos que exhortar es regañar y nos la pasamos regañando a todo mundo de la misma forma y con la misma intensidad. Debemos de ver la diferencia entre los términos usados por la Escritura, entre las diversas personas y entre sus diferentes hechos.
1. Amonestar, es traducción del griego noutheteo, y significa: “poner en la mente, advertir” (Diccionario Vine), “amonestar, advertir, exhortar” (Thayer), “advertir o regañar gentilmente” (Strong). En Colosenses 3.16 se traduce “exhortándoos”.
Esto se debe hacer según el apóstol Pablo, con los que cometen el pecado del ocio, por ejemplo, o cualquier otro pecado.
2. Alentar, es traducido del griego paramutheomai, y significa: “hablar con, dirigirse a uno, ya sea por medio de la amonestación y el incentivo, o para calmar y consolar” (Thayer), “(de para, con y muthos, consejo). Se traduce ‘alentéis’ en 1Ts 5:14, refiriéndose ahí a estimular el cumplimiento de los deberes ordinarios de la vida” (Vine), “relacionarse cerca (por implicación) animar, consolar” (Strong).
Esto se debe de hacer con los de poco ánimo, aquellos que, siendo nuevos creyentes o no, se encuentran desanimados por alguna circunstancia. Si bien el desánimo pudiera no ser pecado en sí, está relacionado con diversos pecados o es fuente de ellos.
3. Sostener, es traducción del griego antechomai, que significa en primer lugar “sujetar frente o en contra, retener, soportar, aguantar” y en segundo: “mantenerse justo enfrente de cualquier persona, sostenerla con firmeza, unirse a ella, prestarle atención” (Thayer).
Esto es lo que se va a hacer con los débiles. Los débiles, llamados flacos en otras versiones, son aquellos creyentes, generalmente nuevos en la fe, que no han desarrollado la capacidad de luchar eficazmente contra las tentaciones y las dudas. (Ver Romanos 14.1,10; 1Corintios 8.12). A los pecadores, pues, se les va a amonestar, a los desanimados se les va a alentar y a los nuevos se les va a sostener. Diferentes términos, diferentes personas y diferentes hechos.
Dice el apóstol Pablo: “Hermanos, si alguno fuere sorprendido en alguna falta, vosotros que sois espirituales, restauradle con espíritu de mansedumbre, considerándote a ti mismo, no sea que tú también seas tentado” (Gálatas 6.1).
La palabra ‘restaurar’, (gr. katartizo), según los eruditos Vine y Thayer, tiene tres significados: “1. Remendar, reparar, 2. Equipar completamente, preparar, 3. Fortalecer, perfeccionar”. Otras versiones bíblicas dicen: enderezar (Bover-Cantera), restituir (Septuaginta), y reajustar (Traducción del Nuevo Mundo).
La Biblia en Lenguaje Sencillo traduce: “Hermanos, ustedes son guiados por el Espíritu de Dios. Por lo tanto, si descubren que alguien ha pecado, deben corregirlo con buenas palabras. Pero tengan cuidado de no ser tentados a hacer lo malo”.
¿Se imagina al pastor y al rebaño enojados contra aquella oveja que ha sido apresada por una fiera? ¿Se enfadan los venados contra aquel pequeño de ellos que ha sido atrapado por un león? ¿No más bien se preocupan, se unen y tratan de rescatarlo? ¿Acaso si su hijo se cae le da de patadas? ¿No más bien acude pronto a él, lo levanta y con amor y paciencia lo alienta a seguir intentándolo? Si Dios hace eso con nosotros, ¿es mucho pedir que hagamos lo mismo por nuestros hermanos en Cristo?
Así, cuando un hermano comete una falta contra Dios, debe de causarnos en primer lugar tristeza, verdadera preocupación y disposición para rescatarlo y restaurarlo lo más pronto posible. Si de momento no contamos con la madurez y el control emocional necesarios para realizar este trabajo, es preferible que se lo dejemos a otros hermanos, antes que echar a perder la obra de Dios.
No estoy diciendo que haya hermanos que no deban de amonestar, todos lo debemos de hacer, así como todos debemos de predicar el evangelio, pero hay que reconocer que no todos estamos capacitados para todo en todo momento, que debemos primeramente cerciorarnos de cuál es la voluntad de Dios y cuáles son la forma y la actitud correctas para realizarla. Si todos supiéramos e hiciéramos de todo, ¿para qué entonces tantas clases y sermones? ¿No lo cree?
Otro error que se comete, es el de tratar igual todos los asuntos, como si requirieran la misma respuesta. ¿Se imagina ir al doctor por un resfriado y que éste nos quiera amputar una mano? No en todo caso o circunstancia se requiere el mismo protocolo o la misma fuerza, no en todo caso se necesitan las mismas palabras y no se van a tomar decisiones drásticas de buenas a primeras. ¿Se imagina a un restaurador de arte agarrando a martillazos siempre a toda obra? Primero analiza cada pieza, evalúa el daño y desarrolla un plan de acción. Restaurar es en sí mismo un arte.
Por ejemplo, el Señor Jesús reprendió el error entre sus mismos discípulos (Marcos 8.33, Lucas 9.55). Juan el Bautista se dirigió con aspereza a rebeldes perversos que rechazaban la verdad y que terminarían llevando a la muerte al mismo Hijo de Dios (Mateo 3.7). El apóstol Pedro describe con dureza a quienes apostatan de la fe (2Pedro 2.22). El apóstol Pablo se refirió con severidad a hermanos en pecado (1Timoteo 1.20; 1Corintios 5.5 y 13).
Por su parte, y con palabras y maneras muy distintas, Pablo se dirige fraternalmente a hermanitas en Cristo: “Ruego a Evodia y a Síntique, que sean de un mismo sentir en el Señor” (Filipenses 4.2). ¿Qué pasó con Pablo? ¿Dónde quedó su dureza? Bueno, son hechos y personas diferentes, y corresponden formas y palabras distintas.
Dice el Señor: “No reprendas al anciano, sino exhórtale como a padre; a los más jóvenes, como a hermanos; a las ancianas, como a madres; a las jovencitas, como a hermanas, con toda pureza” (1Timoteo 5.1-2).
A los hermanos de edad háblales como si fueran tus padres, con reverencia. ¿Cómo y con qué palabras corregirías a tu madre si fuera necesario? A las jovencitas como si fueran tus hermanas; Vine, explicando específicamente este verso, define la palabra ‘pureza’ (gr. jagneia) diciendo: “donde denota la castidad que excluye toda impureza de espíritu, estilo o actuación”.
En estos casos, no dejes de exhortar, pero cuida tu mente, cuida tu estilo y cuida tu actuación, aparte de la precisión de las palabras. Muchos somos toscos al exhortar, pero no nos gustaría que así se exhortara a nuestra familia; qué raro ¡Ahí sí queremos formas y palabras distintas! ¡Ahí sí sabemos y queremos lo que Dios dice!
Volviendo a la enseñanza de Gálatas 6.1: Antes de querer arreglar el mundo, considérate a ti mismo. Si tú estás espiritualmente bien con Dios, si cuentas con el amor, la paciencia y la mansedumbre necesarios, y si eres capaz de sortear las tentaciones y de usar bien la palabra de verdad (2Timoteo 2.15), bien puedes cumplir con el mandamiento de sostener, alentar y amonestar a los hermanos.
Aquel que se dirige a restaurar a un hermano, puede caer en varias tentaciones: ser seducido por el mismo pecado, caer en provocaciones del que es reprendido, perder su dominio propio (exasperarse), e incluso hacer más grande el problema original.
Ordena el apóstol Pablo: “Que prediques la palabra; que instes a tiempo y fuera de tiempo; redarguye, reprende, exhorta con toda paciencia y doctrina” (2Timoteo 4.2). Aquí aparece un cuarto término: reprender.
Es traducción del griego epitimao, que significa: “juzgar, reprender, encargar con rigor” (Vine), “regañar, reprobar, censurar severamente” (Thayer), “denunciar, expresar intensa desaprobación” (Diccionario Swanson).
Este trabajo es de todos, comenzando por los predicadores del evangelio, como Timoteo. No solo debía predicar la palabra, sino también redargüir, reprender y exhortar. Timoteo no debía de ocuparse solo en la lectura y la enseñanza, sino “en la lectura, la exhortación y la enseñanza” (1Timoteo 4.13). Hablando con otro predicador acerca de la exhortación, Pablo le dice: “Esto habla, y exhorta y reprende con toda autoridad. Nadie te menosprecie” (Tito 2.15).
El pecado ha de ser reprendido donde se encuentre: “Y no participéis en las obras infructuosas de las tinieblas, sino más bien reprendedlas” (Efesios 5.11).
¿Qué hacer cuando un hermano comete pecado?
Primero: que el asunto te conste a ti, no salgas con que “me enteré, me dijeron, escuché, yo supongo, sospecho, me parece” y cosas por el estilo. Si no te consta a ti, no es trabajo ni responsabilidad tuya, sino de aquel a quien le consta, no participes ni quieras solucionar pecados ajenos.
Segundo: asegúrate, estudia bien la Palabra de Dios para comprobar si el hermano realmente está en pecado. Es necesaria toda paciencia, pero también la doctrina. Si no estás seguro, consulta primero el caso sin mencionar nombres con hermanos más espirituales y capacitados. Pecado es infracción a la ley de Dios, no infracción a los prejuicios, criterios o escrúpulos humanos. Si acusas sin estudiar y sin estar seguro, estarás cometiendo pecado tú. A veces se expresa con ligereza que equis hermano está haciendo algo incorrecto, pero, si realmente es infracción a la ley de Dios, ¿Por qué no se atiende y corrige bíblicamente?
Tercero: una vez seguro, dirígete directamente con el hermano indicado y enséñale con la Palabra de Dios, hazle ver lo más claramente posible su falla, cómo puede vencer al pecado y qué cosas debe de hacer para restaurar su condición delante de Dios. El principio de la disciplina de Dios es la enseñanza.
No importa que el asunto sea aparentemente sencillo de saber y de entender. Quizás para ti lo es, pero para él no. ¿Cuántas cosas sencillas de entender y de hacer, Dios nos las tiene que seguir recordando, y tantos años después?
Cuarto: en el proceso, ten en mente siempre los objetivos principales. No se trata de ganar un debate o una discusión, de humillar al hermano o dejarlo sin palabras, de demostrar tu conocimiento, ni mucho menos de mostrarte como modelo de perfección. Se trata de rescatarlo del pecado, salvar su alma del castigo eterno y restaurarlo a la plena comunión con Dios y con la iglesia. Esa es la meta y todo lo que hagas y digas debe de estar firmemente enfocado en eso. Si lo ‘dejas callado’ no lo habrás ayudado; necesitas tener su confianza para que se exprese y puedas saber cómo está. Si no sabes cómo está no lo puedes ayudar.
“Hermanos, si alguno de entre vosotros se ha extraviado de la verdad, y alguno le hace volver, sepa que el que haga volver al pecador del error de su camino, salvará de muerte un alma, y cubrirá multitud de pecados” (Santiago 5.19-20).
Quinto: no olvides también los requisitos del carácter (espíritu de mansedumbre). Considérate a ti mismo, haz oración por él y por ti, sé paciente y humilde, escúchalo con verdadero interés, hazle saber y sentir al hermano que lo amas y que te preocupa sinceramente, comunícale lo valioso, importante y necesario que es para Cristo y para su iglesia.
Es necesario tener en mente estas cosas, pues así estaremos más y mejor preparados para entender las malas actitudes que a menudo muestran quienes son reprendidos. Si fallas en esto, no solo fracasarás en tu misión, sino que el hermano pecador podrá decir: “por esto, por cómo me hablaste, por eso no me arrepiento”. ¿Crees que son solo excusas? Bueno, ¡pues sé inteligente y no le des excusas! Con todo, la exhortación hecha no requiere la aprobación del hermano pecador, sino de Dios. De antemano has de estar consciente de que el hermano errado jamás te va a decir: ¡gracias hermano, esta era la reprensión que me hacía falta!
Debemos de desarrollar la capacidad de solucionar problemas, no de complicarlos, de hacerlos más grandes o de multiplicarlos. Pablo instruye a un predicador: “presentándote tú en todo como ejemplo de buenas obras; en la enseñanza mostrando integridad, seriedad, palabra sana e irreprochable, de modo que el adversario se avergüence, y no tenga nada malo que decir de vosotros” (Tito 2.7-8).
Habrá hermanos que a pesar de recibir la correcta enseñanza y la amorosa amonestación, decidan persistir en su pecado. Aquí es donde hay quien dice: “si ya le dijiste y no hace caso, déjalo, ya no hay nada más que hacer”, pero la Biblia no dice eso. La Biblia instruye que de la enseñanza, la animación, la exhortación y la amonestación, se pasa a la reprensión pública:
“A los que persisten en pecar, repréndelos delante de todos, para que los demás también teman. Te encarezco delante de Dios y del Señor Jesucristo, y de sus ángeles escogidos, que guardes estas cosas sin prejuicios, no haciendo nada con parcialidad” (1Timoteo 5.20-21).
La versión Palabra de Dios para Todos dice: “Corrige delante de los creyentes a los que pecan, de manera que sirva de advertencia a todos”.
Se le informa a la iglesia que el hermano ha estado cometiendo determinado pecado, que se le ha enseñado y que él persiste en seguir pecando. El primer propósito es que la iglesia se entere, se interese y se incluya en el trabajo de rescatar al hermano. Cuando la iglesia completa se entera de la condición del hermano y actúa espiritualmente, hay posibilidades de que el infractor sea rescatado del pecado. No es lo mismo que uno o dos hermanos exhorten al pecador, a que lo haga la congregación entera. El segundo propósito es que todos se den por enterados de que no se tolerarán semejantes desobediencias a Dios (ver Hechos 5.11).
‘Sin prejuicios...’ = Sin juzgar nada antes de tiempo, o antes de tener y analizar todas las evidencias necesarias, o antes de escuchar a todos los involucrados. ‘…ni parcialidad’ = sin tomar partido o mostrar preferencia por alguna de las partes.
Lo que se está dispuesto a hacer con un hermano, debe ser igual para cualquier otro, no debe de existir acepción de personas (Deuteronomio 16.19; Santiago 2.9). Acepción: “Acción de favorecer o inclinarse a unas personas más que a otras por algún motivo o afecto particular” (DRAE).
Lo más nocivo de ignorar o solapar el pecado de alguien, es que después ya no se puede corregir en nadie. Fíjese bien en esto: una de las peores consecuencias de la falta de disciplina de Dios en su iglesia, es que crea un mal precedente. La iglesia que no obedece a Dios en reprender el pecado en uno, ya no lo podrá hacer en otros. Porque no solo sería inconsecuente sino que actuaría injustamente, con prejuicios, parcialidad y acepción de personas.
Es lo que sucede con la crianza de los hijos. El más joven va viendo qué cosas le permiten al mayor para también irlas, no pidiendo, sino exigiendo. Si usted no fue estricto con el mayor, ¿cómo lo podrá ser con el menor?
En ocasiones el mayor exige el mismo castigo para el menor. No recuerdo donde leí la siguiente anécdota: una niña le reclama a su papá diciendo: “cuando era más chica me pegabas por cualquier cosa, pero a mi hermana no”. El papá le responde: “hijita, contigo cometí muchos errores de los que me arrepiento, ¿quieres que los cometa también con tu hermanita?” Seamos sabios: cuando hablamos de no hacer acepción de personas, nos referimos a ser justos en todos los casos, no a seguir cometiendo los mismos errores solo porque así fue en casos pasados.
Cuando la indisciplina se generaliza, el resultado final es una iglesia llena de pecado y de pecadores, ¿Quién puede reprender, por qué lo haría y para qué? Ese escenario es terriblemente sombrío: que pueda llegar a considerarse a una congregación de Cristo como un caso perdido.
Quienes no están dispuestos a hablar de la disciplina de Dios en su iglesia, la privan de una parte importante del consejo de Dios (Hechos 20.26-27), al tiempo que tratan como bastardo al hermano que está cometiendo pecado (Hebreos 12.8). Aparentan amor y preocupación por la paz y la unidad de la iglesia, pero no muestran ningún amor por los mandamientos de Dios, ni tampoco por la vida y el alma del hermano.
Quienes prefieren y proponen otro curso de acción, u otras alternativas, contradicen a Dios y se creen más sabios que él. Quienes dicen: “si ya le dijiste, y no hace caso, déjalo, ya no hay nada más que hacer”, ignoran la Palabra de Dios, considerando que su consejo es superior a las instrucciones de Dios reveladas por el Espíritu Santo.
En caso de que el pecado sea una ofensa personal, el proceso es diferente: “Por tanto, si tu hermano peca contra ti, ve y repréndele estando tú y él solos; si te oyere, has ganado a tu hermano. Mas si no te oyere, toma aún contigo a uno o dos, para que en boca de dos o tres testigos conste toda palabra. Si no los oyere a ellos, dilo a la iglesia; y si no oyere a la iglesia, tenle por gentil y publicano” (Mateo 18.15-17).
En el caso anterior se habla de un pecado público como, por ejemplo, beber alcohol, faltar a las reuniones o decir malas palabras. En este segundo caso, se nos habla de una ofensa directa de un hermano hacia otro. En este caso, es necesario buscar hacer las paces con el hermano a solas, si no acepta, llevar a dos testigos, si no hace caso, decirlo a la iglesia para que esta busque una solución y, en caso de ignorar también a la iglesia, la congregación debe de apartarse del hermano ofensor.
Hay quienes reclaman este proceso en caso de pecado público. El hermano peca delante y a sabiendas de todos, o falta a las reuniones y todos se dan cuenta, o publica él mismo un error doctrinal, y luego quiere que se le amoneste o corrija en privado, citando este pasaje. Pero hermanos, quien peca públicamente, él mismo se encarga de hacer público su pecado, y ha de ser reprendido tan públicamente como pecó.
No puedo yo ofender a uno de ustedes delante de todos, o hablar mal de él a todo el mundo, y luego pedirle perdón a solas, y esperar que ahí termine el problema. Todos los que supieron de mi pecado, deben de saber también de mi arrepentimiento y restauración.
Pablo reprende fuertemente, de frente y delante de todos a otro apóstol de Cristo:
“Pero cuando Pedro vino a Antioquía, le resistí cara a cara, porque era de condenar. Pues antes que viniesen algunos de parte de Jacobo, comía con los gentiles; pero después que vinieron, se retraía y se apartaba, porque tenía miedo de los de la circuncisión. Y en su simulación participaban también los otros judíos, de tal manera que aun Bernabé fue también arrastrado por la hipocresía de ellos. Pero cuando vi que no andaban rectamente conforme a la verdad del evangelio, dije a Pedro delante de todos: Si tú, siendo judío, vives como los gentiles y no como judío, ¿por qué obligas a los gentiles a judaizar?” (Gálatas 2.11-14).
Si la falta hubiera sido una ofensa personal de Pedro a Pablo, este hubiera hablado primeramente con él a solas. Si la reprensión de Pablo hubiera sido incorrecta, Pedro lo habría corregido. Los pecados de Pedro eran públicos y los daños evidentes, y requerían una confrontación pública y categórica. Si Pablo hubiera ‘seguido la fiesta en paz’, por ser Pedro apóstol de Cristo, habría cometido acepción de personas y dejado un pésimo precedente para toda la posteridad.
Sea en caso de pecado público o de ofensa personal, si ya se enseñó y habló con el hermano y no se arrepiente y corrige, Dios ordena hacer dos cosas: señalarlo y no juntarse con él, en bastantes, claros y variados textos.
El apóstol Pablo en este mandamiento, apela a la autoridad de Jesucristo: “Pero os ordenamos, hermanos, en el nombre de nuestro Señor Jesucristo, que os apartéis de todo hermano que ande desordenadamente, y no según la enseñanza que recibisteis de nosotros. Si alguno no obedece a lo que decimos por medio de esta carta, a ése señaladlo, y no os juntéis con él, para que se avergüence. Mas no lo tengáis por enemigo, sino amonestadle como a hermano” (2Tesalonicenses 3.6,14-15).
Aquel que desobedece a Dios, debe de ser señalado (es decir, identificado por nombre) y apartado de la comunión de la iglesia (no debe de existir asociación espiritual ni convivencia social con él). Esto es para que la vergüenza lo haga recapacitar y lo ayude a arrepentirse. Algunos no quieren avergonzar al hermano, pero él ya está siendo avergonzado por el pecado. No es la acción de la iglesia lo que lo avergüenza.
El infractor no se convierte ni puede ser considerado o tratado como enemigo, sigue siendo hermano y por tanto, hijo de Dios (dice el v.6: ‘todo hermano’). Si por el pecado se dejara de ser hijo de Dios, entonces no se debería de reprender, pues la reprensión es solo para hermanos, para hijos de Dios (1Corintios 5.9-13).
En el contexto de este pasaje, el pecado es el de no trabajar: “Porque oímos que algunos de entre vosotros andan desordenadamente, no trabajando en nada, sino entremetiéndose en lo ajeno” (2Tesalonicenses 3.11).
Ya en la primera carta habían recibido este mandamiento apostólico: “y que procuréis tener tranquilidad, y ocuparos en vuestros negocios, y trabajar con vuestras manos de la manera que os hemos mandado” (1Tesalonicenses 4.11; ver Efesios 4.28).
Según esto, los hermanos pueden y deben exhortarme, reprenderme y apartarse de mí, aun en los casos en los que yo considere que es mi vida privada o personal, pues aun ahí expresa Dios su voluntad. Ya sea que esté haciendo algo que la Biblia prohíbe, o que no esté haciendo algo que la Biblia manda, quedo considerado como transgresor de la ley de Dios (1Juan 3.4).
Es verdad que desde el momento en que estos hermanos andaban desordenadamente, no tenían comunión ni con Dios ni con su iglesia, y sin embargo, a la congregación le faltaba hacer su parte: no juntarse con ellos.
Texto paralelo del mismo escritor: “Más bien os escribí que no os juntéis con ninguno que, llamándose hermano, fuere fornicario, o avaro, o idólatra, o maldiciente, o borracho, o ladrón; con el tal ni aun comáis. Porque ¿qué razón tendría yo para juzgar a los que están fuera? ¿No juzgáis vosotros a los que están dentro? Porque a los que están fuera, Dios juzgará. Quitad, pues, a ese perverso de entre vosotros” (1Corintios 5.11-13).
La palabra ‘quitad’ traduce el vocablo griego exairo, compuesto de ek (fuera de) y airo (levantar, llevar, tomar arriba o afuera). Otras versiones traducen: ‘saquen’ (BLA, PB), ‘expulsen’ (LBLA, NVI, BAD). La Biblia de Jerusalén dice ‘arrojen’.
Sí, desde el momento de su pecado ya no tenía comunión con Dios ni con la iglesia, pero algo tenía que hacer la iglesia. Es posible que, tanto en el caso de la iglesia en Tesalónica, como en la de Corinto, los hermanos que andaban en diversas faltas, fueran tratados por los demás con toda normalidad. Pablo ordena que la situación de estos hermanos sea bien conocida y que quede bien clara para todos los miembros de la congregación a la que pertenecen.
Hay quienes creen que esto es solo para pecados escandalosos como la fornicación, pero Pablo pone varios pecados como ejemplo, incluidos el no trabajar, o ser malhablado o avaro. Y manda hacer exactamente lo mismo: no juntarse con él, no tener asociación espiritual ni convivencia social.
La frase ‘ni aún comáis’ no significa simplemente no comer con él, sino no hacer ni siquiera eso. A menos que exista alguna asociación o interrelación que no dependa de uno, como trabajar en la misma empresa, o que trate de un familiar directo que viva en la misma casa y sea dependiente, es decir, haya mandamiento de responsabilidad familiar (esposa, progenitor, menor de edad, enfermo).
Se puede ayudar a un familiar no dependiente en casos de necesidad, pues el apartamiento no excluye ni suprime a la misericordia, solo hay que cuidar de no hacer cosas que él interprete como muestra de comunión.
Más textos con la misma instrucción apostólica: “Mas os ruego, hermanos, que os fijéis en los que causan divisiones y tropiezos en contra de la doctrina que vosotros habéis aprendido, y que os apartéis de ellos” (Romanos 16.17). “Al hombre que cause divisiones, después de una y otra amonestación deséchalo” (Tito 3.10).
Otro pecado de ejemplo: la división (gr. dicostasia, lit. mantenerse aparte), sea en contra de la enseñanza apostólica o sea por pleitos personales. Es una obra de la carne (Gálatas 5.20). La misma acción colectiva: apartarse de los tales. La gente dice: “tú no te fijes”, pero Dios dice que nos fijemos (‘tengáis los ojos sobre’ Nacar-Colunga), y que nos apartemos de ellos.
La gente dice “tú no juzgues”, pero Dios dice “juzgad con justo juicio” (Juan 7.24). La gente dice: “la iglesia no es perfecta para juzgar a nadie”, pero la iglesia en Corinto, aún llena de defectos, debía de expulsar al fornicario. Hay quienes dicen: “hay que darle tiempo al hermano”, pero Dios dice: “después de una y otra amonestación…”. La gente dice “tú ve a lo tuyo”, pero Dios dice que lo nuestro es identificar y apartarnos del hermano infiel.
Primera nota importante acerca de estos pasajes: no tratan de acción individual, sino colectiva. No habla de que algunos, o la mayoría, se aparten del hermano en pecado, sino todos los miembros de la iglesia local. No existe tal cosa como una excomunión personal de un hermano hacia otro. Tampoco se ve que una iglesia excomulgue a otra, o que una iglesia excomulgue a miembros de otra congregación.
Es cierto que se puede y debe refutar y exponer el error dondequiera que se encuentre, pero no hablamos de esto, sino de lo que debe de hacer la iglesia de una localidad con aquel de sus miembros que comete pecado y que no desea arrepentirse.
Segunda nota importante: estos textos no hablan de acción por parte de la iglesia en sentido universal. Quien actúa es la iglesia local y hacia sus miembros. No es asunto de otras congregaciones. Deben dejar de juntarse con ellos los que se juntan con ellos. De otra forma se quebranta la autonomía congregacional, pues se obliga a una iglesia local a sujetarse a la decisión de otra iglesia local.
A veces se cae en el absurdo de presionar a hermanos de otras localidades a que corten comunión con alguien, cuando muchas ocasiones la iglesia local donde es miembro ni siquiera lo ha hecho. ¿A quién le corresponde?
Otras veces se hace una persecución personal y se llega al ridículo de andar de policías investigando con quien platica, con quien se relaciona, con quien pasea o qué cosas publica determinado hermano. Eso no es la disciplina de Dios en su iglesia, eso es andar de entremetido y chismoso.
Ahora, cuando exista la posibilidad de que el hermano apartado busque reunirse en otra congregación, es conveniente enviar cartas de referencia a las iglesias con las que se comulga; pero, lo que estas determinen hacer, será asunto solamente de ellas.
Ni murmurar del hermano a sus espaldas, ni perseguirlo, ni dejar de hablarle o saludarlo, ni prohibirle la entrada al lugar de reunión, ni impedirle participación en el culto, ni darle tiempo para que se arrepienta, ni torturarlo como la Santa Inquisición, son parte de la voluntad y las instrucciones de Dios. Es curioso que se rechace la clara disciplina de Dios pero se ejecute una oscura disciplina humana.
En cuanto a falsos maestros que pervierten la doctrina de Cristo, y con los cuales pudiéramos tener contacto, dice el apóstol Juan: “Cualquiera que se extravía, y no persevera en la doctrina de Cristo, no tiene a Dios; el que persevera en la doctrina de Cristo, ése sí tiene al Padre y al Hijo. Si alguno viene a vosotros, y no trae esta doctrina, no lo recibáis en casa, ni le digáis: ¡Bienvenido! Porque el que le dice: ¡Bienvenido! participa en sus malas obras” (2Juan 1.9-11).
Si pertenece a la iglesia local, se le aparta de la comunión. Si no pertenece a la iglesia local, no se le recibe ni se trabaja con él; se le puede enseñar la verdad, pero si no acepta escuchar o rehúsa la enseñanza, no puede existir asociación espiritual.
Ya vimos lo que se debe de hacer y el carácter con el que se debe de hacer, así como lo que no se debe de hacer. Pero ¿Cómo hacerlo entonces?: “En el nombre de nuestro Señor Jesucristo, reunidos vosotros y mi espíritu, con el poder de nuestro Señor Jesucristo, el tal sea entregado a Satanás para destrucción de la carne, a fin de que el espíritu sea salvo en el día del Señor Jesús” (1Corintios 5.4-5).
Las medidas que competen a acciones colectivas de parte de la iglesia local, se realizan en conjunto. Esto es actuar según la autoridad del Señor Jesucristo. Quien comete pecado obedeciendo a Satanás, debe ser entregado a su dominio, con el propósito y la esperanza de que, arrepintiéndose, su espíritu alcance la salvación. Si el plan de Dios para la salvación del creyente no funciona en él, mucho menos funcionarán los planes hechos según la sabiduría humana.
Otro hecho curioso, es que los varones se reúnen formalmente para decidir el horario del culto, para decidir la adquisición de algún material, para decidir ayudar a algún santo en necesidad, y hasta para asuntos menores ¿pero no para rescatar al hermano cuya alma va directo al fuego? (Judas 1.23), ¿eso no le preocupa a nadie? (Ahora, los textos que ordenan que hacer con el hermano en pecado, no implican una decisión o votación, sino una acción determinada).
Ese precisamente era el problema de la iglesia en Corinto: “Y vosotros estáis envanecidos. ¿No debierais más bien haberos lamentado, para que fuese quitado de en medio de vosotros el que cometió tal acción? No es buena vuestra jactancia. ¿No sabéis que un poco de levadura leuda toda la masa?” (1Corintios 5.2,6).
Los corintios se estaban acostumbrando al pecado, estaban envanecidos (gr. fusioo, hinchado), otras versiones dicen arrogantes, engreídos, orgullosos. La Biblia en Lenguaje Sencillo dice: “deberían estar avergonzados”.
Uno de los principales propósitos de Dios al quitar la levadura, es que no termine por leudar a toda la masa. No es solo la perdición eterna de un alma, lo cual ya es lamentable. Al no existir reprensión, otros seguirán el mal ejemplo y el mismo destino. ¿No retira usted la manzana podrida para que no dañe a las demás? ¿Nos importará más un puñado de manzanas que la salvación de los hermanos?
Algunos no quieren avergonzar al pecador, pero el pecador sí expone a la vergüenza a la iglesia, sí arrastra el nombre de cristiano y sí pisotea la sangre de Cristo. El pecador es congruente, no se la piensa tanto. La iglesia que es indolente con miembros en pecado, no puede tener buen testimonio e influencia con los de afuera, no puede tener calidad y autoridad moral y su mensaje no puede ser creíble.
Una de las características de la iglesia de Cristo, es que en ella existe la disciplina del Señor; pero si esta deja de ser, los católicos y sectarios podrán fácilmente callarnos la boca.
Si la iglesia no quiere, no desea o no se pone de acuerdo para cortar comunión con el hermano pecador, la iglesia entera se mete en problemas con Dios. Así como el apóstol Pablo a los corintios, Jesucristo reprende duramente a la iglesia en Pérgamo (Apocalipsis 2.14-16) y a la iglesia en Tiatira (Apocalipsis 2.20) por tolerar falsas doctrinas entre sus miembros. Y advierte a la iglesia en Éfeso que si no se arrepiente, quitará su candelero de su lugar (Apocalipsis 2.5), tan solo por haber dejado su primer amor. ¿Dos mil años después estas advertencias ya no tienen ningún valor?
En ocasiones, y por muy diversas circunstancias, que merecen atención y ser examinadas a detalle, existen hermanos que no están de acuerdo en cortar comunión con el hermano pecador. Pero si el pecado es flagrante y se han hecho los pasos bíblicos, el no estar de acuerdo con la iglesia es pecado de división, aparte de hacerse partícipe de las faltas de aquel que anda en pecado (2Juan 1.11).
Qué triste es darse cuenta del poco amor que existe entre la mayoría de los hermanos, que observamos al hermano perderse, condenarse al castigo eterno, y no hacemos absolutamente nada o, peor aún, hacemos todo lo contrario: nos enojamos en lugar de entristecernos, nos desanimamos en lugar de actuar, hablamos del pecado del hermano con otros, en lugar de ir con el indicado, minimizamos el pecado, justificamos al pecador y nos mostramos vanos, en vez de preocuparnos y ocuparnos realmente por la presencia del mal. No se espante por la disciplina del Señor, espántese más bien por la presencia del pecado en la santa iglesia de Dios.
El apartamiento no es algo cruel ni es permanente, en cuanto el hermano se corrija, debe de ser recibido con amor, alegría y consolación: “Le basta a tal persona esta reprensión hecha por muchos; así que, al contrario, vosotros más bien debéis perdonarle y consolarle, para que no sea consumido de demasiada tristeza. Por lo cual os ruego que confirméis el amor para con él. Porque también para este fin os escribí, para tener la prueba de si vosotros sois obedientes en todo” (2Corintios 2.6-9).
Cuando un hermano es noble y busca su salvación, analiza la Palabra de Dios y se arrepiente de su pecado, lo expresa públicamente y pide ser restaurado, la iglesia debe de perdonarlo inmediatamente y recibirlo a la plena comunión.
La iglesia que sí expulsa al transgresor, pero luego no acepta perdonarlo, no es obediente en todo. (Leer todo el capítulo 15 de Lucas). Dios no quiere que ninguno perezca, sino que todos nos arrepintamos y alcancemos la salvación eterna que nos ha prometido y preparado, y que tanto le ha costado (2Pedro 3.9). Para eso debemos considerarnos, cuidarnos y ayudarnos efectivamente.
CONCLUSIÓN
Dice el Señor: “Yo reprendo y castigo a todos los que amo; sé, pues, celoso, y arrepiéntete” (Apocalipsis 3.19). Dios, para mostrar su amor y en su infinita sabiduría, diseñó la disciplina, nos dejó claros mandamientos y ejemplos en cuanto a tratar con el pecado y con aquel que lo comete. Sus intenciones y propósitos son los mejores, tanto para la iglesia como para aquel que se aparta de su comunión.
Ignorar o mostrarse en contra de la disciplina de Dios en su iglesia, no solo atenta directamente contra su santidad, integridad, unidad, y aun contra su misma identidad y existencia, sino que además se rechaza el amor, la autoridad y el pensamiento de Dios. Todo esto convierte a la iglesia de Cristo en un club social, o en el mejor de los casos, en un grupo religioso más, sin Dios y sin esperanza en el mundo. ¿Somos hermanos o somos amigos? ¿Qué dice usted? ¿Qué vamos a hacer?
Por último, un consejo personal: disciplínate a ti mismo. No es necesario que otros te vigilen, sé tú mismo el guardián de tu propia alma: “Sed sobrios, y velad; porque vuestro adversario el diablo, como león rugiente, anda alrededor buscando a quien devorar” (1Pedro 5.8). Está atento a la dirección del Espíritu Santo: “para que si tardo, sepas cómo debes conducirte en la casa de Dios, que es la iglesia del Dios viviente, columna y baluarte de la verdad” (1Timoteo 3.15).
No esperes que los demás te estén sosteniendo, alentando, amonestando, reprendiendo. Golpea tu cuerpo y ponlo en servidumbre ante Cristo: “sino que golpeo mi cuerpo, y lo pongo en servidumbre, no sea que habiendo sido heraldo para otros, yo mismo venga a ser eliminado” (1Corintios 9.27).
No estés esperando que te arrastren o que te empujen hacia la salvación, crece, prepárate y sé un ejemplo a seguir para los que te rodean: “Ninguno tenga en poco tu juventud, sino sé ejemplo de los creyentes en palabra, conducta, amor, espíritu, fe y pureza” (1Timoteo 4.12).
Dios le bendiga y muchas gracias por su atención.
Tonalá, Jalisco - Junio de 2015
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