La Destrucción de Jerusalén

Por Jesús Briseño Sánchez



INTRODUCCIÓN

Así dice la Palabra de Dios: Pero cuando viereis a Jerusalén rodeada de ejércitos, sabed entonces que su destrucción ha llegado. Entonces los que estén en Judea, huyan a los montes; y los que en medio de ella, váyanse; y los que estén en los campos, no entren en ella. Porque estos son días de retribución, para que se cumplan todas las cosas que están escritas. Mas ¡ay de las que estén encintas, y de las que críen en aquellos días! porque habrá gran calamidad en la tierra, e ira sobre este pueblo. Y caerán a filo de espada, y serán llevados cautivos a todas las naciones; y Jerusalén será hollada por los gentiles, hasta que los tiempos de los gentiles se cumplan. (Lucas 21.20-24)

Con el objeto de que tengan señales y puedan salvar sus vidas, Jesús les anuncia a sus seguidores lo que sucederá en esa misma generación: la destrucción total de la ciudad de Jerusalén.

Este es un estudio acerca de la destrucción de la ciudad santa de Jerusalén, de la nación judía entera y del segundo templo ceremonial llamado también templo de Herodes. Uno de los acontecimientos más impactantes de la historia antigua, es este acto que el Señor ejecutó en su pueblo, una vez colmada toda la paciencia que Dios había tenido para con Israel por cientos de años.

El mundo se asombró entonces, el mundo quedó impactado por la destrucción de una ciudad que ellos sabían muy bien que tenía un pacto con el Señor de los ejércitos. Es precisamente por ese pacto, que este acontecimiento adquiere para nosotros suma importancia: porque ese pueblo así como nosotros, había recibido un pacto, tenía una comunión muy estrecha con Dios, era el pueblo especial de Dios.

La historia es apasionante cuando refleja nuestras aspiraciones de virtud, pero también es entristecedora, cuando solo desnuda nuestras deficiencias. Y si la historia universal es apasionante y altamente instructiva, la bíblica es sumamente indispensable para pulir nuestra vida cristiana y afinar nuestra relación filial con Dios. La importancia capital de la historia consiste en el hecho, generalmente aceptado y muchas veces verificado, de que el pueblo que olvida su historia está obligado a repetirla.

Es mi oración a Dios, que esta sencilla obra nos ayude a conocer y ponderar un poco más la historia bíblica, hacer de ella profundas y prácticas aplicaciones espirituales y mejorar nuestro servicio y relación personal con nuestro Dios.

PRIMERA PARTE: EL AMOR DE DIOS POR ISRAEL

Para comprender en su justa dimensión la magnitud y lo terrible de la destrucción de Jerusalén, del templo y la nación judía, se hace necesario recordar primero los cuidados que el Señor se había tomado para con el pueblo de Israel por cientos de años; todo su amor, toda su compañía, toda su molestia, toda su misericordia y toda su paciencia. Grandes cosas el Señor había realizado con y por su pueblo amado.

LA CREACIÓN POR GRACIA DEL PUEBLO DE DIOS

Dice la Escritura: Porque tú eres pueblo santo para Jehová tu Dios; Jehová tu Dios te ha escogido para serle un pueblo especial, más que todos los pueblos que están sobre la tierra. No por ser ustedes más que todos los pueblos os ha querido Jehová y os ha escogido, pues ustedes eran el más insignificante de todos los pueblos; sino por cuanto Jehová os amó, y quiso guardar el juramento que juró a sus padres, os ha sacado Jehová con mano poderosa, y os ha rescatado de servidumbre, de la mano de Faraón rey de Egipto. (Deuteronomio 7.6-8)

Por principio de cuentas, Dios no se agradó de las naciones existentes antes de la creación de Israel. Grandes naciones existían y grandes cultos se realizaban en diversas partes del mundo, y esos cultos no eran cosa insignificante; constituían verdaderos sacrificios humanos.

Unos pueblos eran regidos por estrictos códigos morales, otros construían inmensos y costosísimos edificios ceremoniales, e incluso muchos entregaban la vida de sus seres más queridos. Eso sin mencionar el campo específicamente socio-político y militar, en el cual se desenvolvían reinos vastos, poderosos y soberbios, tales como Egipto, Babilonia y Mesopotamia. El Señor Creador del cielo y de la tierra, y de todas estas naciones, no solamente tenía la oportunidad de elegir a una de estas grandes naciones, sino que además merecía un pueblo glorioso, digno y acorde a su grandeza.

Pero en contra de todo eso, el Señor elige y se agrada de uno de los pueblos más insignificantes del mundo, un pueblo sin identidad, sin territorio, sin soberanía, esclavo y humillado. Este pueblo a simple vista no tenía atractivo alguno, pero sí contaba con una particularidad especial: Dios había prometido a sus padres convertirlos en una nación libre, fuerte y próspera, una nación que andaría de la mano de Dios y moraría a la sombra del Omnipotente. 

Esas promesas se habían declarado en diversos tiempos y de diferentes maneras. El Señor no solo elegía a un pueblo para sí, sino que lo había formado desde el vientre de una mujer, Sara, la esposa de Abraham, de quien dice la Escritura que recibió fuerzas para dar a luz aun siendo de edad avanzada y estéril, tan solo porque creyó que era fiel quien lo había prometido (Hebreos 11.11). El Señor eligió de pura gracia al pueblo de Israel, aun desde el vientre eligió a Jacob, siendo Esaú el primogénito (Romanos 9.10-13).

¿Ha oído pueblo alguno la voz de Dios, hablando de en medio del fuego, como tú la has oído, sin perecer? ¿O ha intentado Dios venir a tomar para sí una nación de en medio de otra nación, con pruebas, con señales, con milagros y con guerra, y mano poderosa y brazo extendido, y hechos aterradores como todo lo que hizo con ustedes Jehová su Dios en Egipto ante tus ojos? A ti te fue mostrado, para que supieses que Jehová es Dios, y no hay otro fuera de él. Desde los cielos te hizo oír su voz, para enseñarte; y sobre la tierra te mostró su gran fuego, y has oído sus palabras de en medio del fuego. Y por cuanto él amó a tus padres, escogió a su descendencia después de ellos, y te sacó de Egipto con su presencia y con su gran poder, para echar de delante de tu presencia naciones grandes y más fuertes que tú, y para introducirte y darte su tierra por heredad, como hoy. Aprende pues, hoy, y reflexiona en tu corazón que Jehová es Dios arriba en el cielo y abajo en la tierra, y no hay otro. (Deuteronomio 4.33-39)

Asimismo, los atributos de Dios, sus cualidades y particularidades exclusivas e inherentes a su Deidad, toda su grandeza, toda su misericordia, todo su poder, todo su amor, debían mostrarse y manifestarse al elegir a su pueblo.

Para Dios no era un acontecimiento más, la elección de su pueblo era algo especial para él; el pueblo de Dios debía nacer de una forma memorable, con grandes prodigios y señales. La creación del pueblo de Dios debía ser para el mundo una señal también; una señal de la misma existencia de Dios, una señal de su Omnipotencia y de su soberanía en el universo.

La salida de Israel de Egipto, la conquista de la tierra prometida, el establecimiento del reino de Israel, su supervivencia y supremacía sobre todas las demás naciones, la promesa del advenimiento del Mesías y de un reino que no tendría fin. Todo lo que el Señor ha querido hacer, lo ha hecho sin que falte detalle alguno. Todo lo que Dios prometió se cumplió al pie de la letra, casi siempre contra todas las probabilidades, tan solo porque la boca del Señor lo dijo, y por ninguna otra razón (Josué 23.14).

¿Qué otra bendición había sido derramada sobre los hijos de Israel?

LOS AMOROSOS CUIDADOS DE UN PADRE

La Santa Escritura es prolífica, al declarar sobre el amor de Dios para con su naciente pueblo: Cuando ellos eran pocos en número, y forasteros en ella, y andaban de nación en nación, de un reino a otro pueblo, no consintió que nadie los agraviase, y por causa de ellos castigó a los reyes. No toquen, dijo, a mis ungidos, Ni hagan mal a mis profetas. (Salmos 105.12-15)

Le halló en tierra de desierto, y en yermo de horrible soledad; lo trajo alrededor, lo instruyó, lo guardó como a la niña de su ojo. Como el águila que excita su nidada, revolotea sobre sus pollos, extiende sus alas, los toma, los lleva sobre sus plumas, (Deuteronomio 32.10-11)

Y luego que Faraón dejó ir al pueblo, Dios no los llevó por el camino de la tierra de los filisteos, que estaba cerca; porque dijo Dios: Para que no se arrepienta el pueblo cuando vea la guerra, y se vuelva a Egipto. Mas hizo Dios que el pueblo rodease por el camino del desierto del Mar Rojo. (Éxodo 13.17-18)

Dios, habiendo sacado a su pueblo de la tierra de Egipto con grandes señales y prodigios, no permite que pueblo alguno lo trastorne.

Al ejército más poderoso del mundo lo ahoga en el Mar Rojo; hace que Israel rodee un territorio enorme con tal de que no vea la guerra y se desanime. La compañía de Dios con el pueblo de Israel se manifestaba por medio de lo que ellos llamaban la Shekinah, o la gloria de Dios, que los conducía de día en una nube y de noche en una columna de fuego, y llenaba el tabernáculo de reunión (cb. Éxodo 13.21-22). 

Son pues los cuidados para con Israel como los cuidados de un Padre con su hijo, que sabe que existe un proceso de desarrollo, en el cual cuida cada paso de su hijo, está al pendiente de cualquier posible peligro, cuida que nada desanime su andar, y sobre todo, lo lleva de la mano, lo acompaña (Deuteronomio 1.31).

El Señor hace lo mismo con nosotros por medio del Espíritu Santo y Su Palabra: nos protege de lo que nos puede hacer caer, y nos evita grandes pruebas en nuestra infancia espiritual. Debiéramos de ser dóciles entonces, cuando su amorosa mano nos lleva por donde pensamos que nos tardamos más. En ocasiones esperar, rodear, o incluso desistir de un asunto si la voluntad de Dios así lo quiere, es la forma más conveniente de llegar a lo verdaderamente importante (Mateo 6.33).

LOS PRIVILEGIOS ESPIRITUALES DEL PUEBLO DE DIOS

Porque eres pueblo santo a Jehová tu Dios, y Jehová te ha escogido para que le seas un pueblo único de entre todos los pueblos que están sobre la tierra. (Deuteronomio 14.2)

El tiempo no alcanza para contar una a una todas las bendiciones que los israelitas recibieron al ser adoptados como los hijos de Dios, solo contar las materiales demandaría una enciclopedia, pero no es el propósito. Baste pues con contar las grandes bendiciones y privilegios espirituales con que la nación judía contaba dentro de su relación con Dios.

Pregunta Dios por Jeremías: “¿qué maldad hallaron en mi sus padres, que se alejaron de mi, y se fueron tras la vanidad?” (Jeremías 2.5). Pues bien, en primer lugar solamente los israelitas tenían el privilegio de tener un pacto con Dios.

Dice Moisés: “Y ¿qué nación grande hay que tenga estatutos y juicios justos como es toda esta ley que yo pongo hoy delante de ustedes?” (Deuteronomio 4.8). Solamente Israel contaba como pueblo con una ley divina que regía todos sus asuntos civiles y religiosos. Solamente ellos dentro de todos los pueblos del mundo habían escuchado directamente la voz de Dios. Solamente a los judíos les dio Dios su palabra, en directo, por escrito y por medio de ángeles, visiones y profetas.


Únicamente los judíos podían decir que tenían un Dios y una esperanza. Solamente de ellos se había agradado el Señor para que le sirvieran. Solamente de ellos aceptaba Dios sacrificio, y solamente en tierra de Israel. En Israel estaba la casa de Dios; en Jerusalén, específicamente, estaba el lugar en el cual solamente los judíos debían y podían santificar y ofrecer sus sacrificios al Señor. Solamente ellos habían contemplado los milagros y el poder de Dios.

Jamás ha habido reyes más sabios en el mundo que los de Israel. Solamente del pueblo judío nacería el Mesías, salvador del mundo, nuestro Señor Jesucristo. Y aun Jesús de Nazaret, solamente a los judíos les dio su palabra, solamente a los judíos vino, y solamente a los judíos les entregó todo su ministerio (Mateo 15.24). ¿Se puede encontrar en el mundo en toda la historia una nación tan bendecida por Dios como el pueblo de Israel? Definitivamente que no.

Ese es el amor de Dios por su pueblo elegido, esas y más cosas son las que el Señor les había concedido, con todos esos privilegios contaban como el pueblo de Dios. Eran los judíos un pueblo especial, con un llamado y un Rey muy especial. Nada de lo que el Señor les había dado era malo, ninguna maldad les había hecho, no les pedía grandes cosas ni sacrificios, nada que les dañara.

Moisés les dijo: Ahora, pues, Israel, ¿qué pide Jehová tu Dios de ti, sino que temas a Jehová tu Dios, que andes en todos sus caminos, y que lo ames, y sirvas a Jehová tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma; que guardes los mandamientos de Jehová y sus estatutos, que yo te prescribo hoy, para que tengas prosperidad? (Deuteronomio 10.12-13).

Jesucristo oró y lloró por ellos, y muy especialmente por Jerusalén. Dice el Señor: “Cuantas veces quise juntarlos como la gallina junta a sus pollitos debajo de sus alas, y no quisiste” (Mateo 23.37).

UNA APLICACIÓN A LA IGLESIA DE CRISTO

¿Qué luz arroja todo esto sobre nuestra situación espiritual, o qué reflexiones surgen sobre nuestra relación con Dios? Si los judíos fueron bendecidos, nosotros como el actual pueblo de Dios hemos sido más que bendecidos.

La actual nación de Israel no puede identificarse con el bíblico pueblo judío. La iglesia es el reino de Dios que no tendrá fin, y a ella se dirigen y en ella se cumplen todas las promesas de Dios en su palabra y todos sus planes eternos. Vea la profecía del ángel Gabriel sobre Jesús: “Este será grande, y será llamado Hijo del Altísimo; y el Señor Dios le dará el trono de David su padre; y reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin” (Lucas 1.32-33).

¿Ha notado alguna similitud entre el origen y llamado del pueblo de Israel y el de la iglesia de Cristo? En Hechos 2 se relata el nacimiento de la iglesia de Cristo con grandes prodigios y milagros. Dios mismo los rescató, los añadió y los puso por cabeza de las naciones, moviendo a celos al pueblo de Israel con un pueblo que no es pueblo (Deuteronomio 32.21). (Esta frase profética significa que la iglesia de Cristo, aunque pueblo de Dios, no es un pueblo en el sentido de país).

Pero déjeme decirle que no solo el origen de la iglesia guarda similitud con el del pueblo judío, sino que aun el llamado que cada uno de nosotros ha recibido de parte del Señor para servirlo.

En esto es glorificado mi Padre, en que lleven mucho fruto, y sean así mis discípulos. No me eligieron ustedes a mí, sino que yo os elegí a ustedes, y os he puesto para que vayan y lleven fruto, y su fruto permanezca; (Juan 15.8,16)

Otro texto dice: “ustedes son la luz del mundo, no se enciende una luz para esconderla, sino para que alumbre a los demás, así alumbre su luz, para que se vean sus buenas obras y el nombre de Dios sea glorificado” (Mateo 5.14-16).

Indudablemente, cada semana se reúnen alrededor del mundo millones de personas pretendiendo rendir adoración a Dios. Hay aun multitud de cultos, todos diferentes y antagónicos entre sí y que van de un extremo a otro en cuanto a práctica y doctrina. Tan solo de grupos religiosos que se denominan cristianos, en este solo país de México existen como cinco mil.

Asimismo, allá afuera hay miles de personas que aman a Dios, que son mucho mejores que usted y que yo, que oran a Dios y hacen grandes sacrificios por servir al prójimo (1Corintios 10.20).

Sin embargo y a pesar de todo eso, el Señor quiso que usted y yo estemos en su iglesia adorando y alabando su santo y bendito Nombre. El Señor nos ha elegido pues, sin merecerlo (Efesios 2.8-9). El Señor nos ha sacado de la insignificancia del mundo para trasladarnos a su inconmovible reino de luz (Colosenses 1.13). Al igual que el llamado de Israel y el origen de la iglesia de Cristo, nuestro llamado al ministerio de Cristo ha sido con prodigios espectaculares.

A nosotros nos ha sacado de la esclavitud del pecado, de la tristeza de la soledad y la amargura, de los vicios y de las malas compañías, de la mala conducta y las malas palabras. Lo que no pudimos lograr nosotros, lo hizo Cristo por medio de nuestra fe y el poder del evangelio (Romanos 1.16). Dios ha transformado nuestra vida, nuestra mente, nuestro corazón, nuestra familia, nuestro trabajo, nuestro espíritu y nuestro cuerpo, y eso es un verdadero milagro (1Tesalonicenses 5.23).

No es por conveniencia ni por interés que servimos a Dios; no servimos a Dios para que nos vaya bien, sino por amor y agradecimiento por todo lo que ya ha hecho por nosotros. “Así que, recibiendo nosotros un reino inconmovible, tengamos gratitud, y mediante ella sirvamos a Dios agradándole con temor y reverencia” (Hebreos 12.28).

Por eso intentamos ser dignos de ese supremo llamado, por eso valoramos el sacrificio de nuestro Señor Jesucristo, por eso valoramos los grandes tesoros que se nos han confiado en el reino de Dios, por eso llegamos temprano a la adoración, por eso nos saludamos todos con amor y sin hipocresía, por eso no juzgamos ni criticamos los defectos de nuestros hermanos, por eso les decimos de frente lo que pensamos, porque los amamos y queremos ayudarlos, por eso no hacemos ruido durante el culto ni en las clases ni en los momentos intermedios, porque apreciamos el lugar donde se adora a Dios, y porque queremos que esté saturado de una atmósfera de reverencia y espiritualidad. Porque no servimos a la apariencia ni a la sombra, sino al Dios vivo (Filipenses 1.23; Colosenses 1.10).

Cuando esto no sucede hermanos, cuando fallamos tan solo en estas pequeñas cosas y detalles, dejamos en ridículo a nuestro Salvador (Romanos 2.24). El mundo se burla de la fe en Cristo, el mundo se burla de los cristianos y el mundo se burla de Cristo Jesús, y duele el corazón saber y reconocer, que la mayoría de las veces, eso es gracias a nuestra conducta, lenguaje, vestimenta, o a una adoración deficiente.

Una deficiente adoración comienza simplemente con llegar tarde al culto, cuando a ningún otro compromiso llegamos tarde, únicamente a aquello que no nos interesa. Es por eso que en ocasiones no decimos ser sus hijos, sino sus siervos, pero lo que es más triste para nosotros, es que al Señor le da vergüenza cuando nos presentamos incluso sencillamente como sus siervos. Dios aborrece todo pecado, se ofende por y castiga toda transgresión, pero el pecado que cometen sus hijos, sencillamente es un insulto en el rostro de Dios.

Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos bendijo con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo, según nos escogió en él antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de él, en amor habiéndonos predestinado para ser adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo, según el puro afecto de su voluntad, para alabanza de la gloria de su gracia, con la cual nos hizo aceptos en el Amado, en quien tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados según las riquezas de su gracia, que hizo sobreabundar para con nosotros en toda sabiduría e inteligencia, dándonos a conocer el misterio de su voluntad, según su beneplácito, el cual se había propuesto en sí mismo, de reunir todas las cosas en Cristo, en la dispensación del cumplimiento de los tiempos, así las que están en los cielos, como las que están en la tierra. En él asimismo tuvimos herencia, habiendo sido predestinados conforme al propósito del que hace todas las cosas según el designio de su voluntad, a fin de que seamos para alabanza de su gloria, nosotros los que primeramente esperábamos en Cristo. (Efesios 1.3-12)

Dios nos ha colmado de bendiciones, nos ha guiado también como un Padre a su hijo en sus primeros pasos, en toda circunstancia adversa nos ha protegido para que no caigamos más. Tenemos comunión con Dios, y el Señor acepta los sacrificios de nuestras humildes manos, nuestro culto glorifica su Nombre, nuestra oración es escuchada (1Pedro 2.5). Todas las bendiciones del pueblo de Israel, el Señor nos las ha dado a nosotros. Hemos sido injertados en un árbol que nos era ajeno, en una naturaleza que no nos correspondía (Romanos 11.16-22).

Y más aun, las bendiciones que no se ofrecieron a Israel, nos han sido obsequiadas por el amor y la gracia de Dios: a ellos no se les ofreció la vida eterna, Jesucristo la ganó para nosotros (Hebreos 11.39-40).

Pero de todas esas bendiciones, más que jactarnos, debemos hacer tres cosas principalmente: ser agradecidos, valorar esos tesoros del Señor, y ser dignos de esos privilegios espirituales, y la única forma de hacer y demostrar esas tres cosas es obedeciendo en todo la voluntad de Nuestro Señor y Salvador Jesucristo.

ALTAS EXPECTATIVAS

¿Qué expectativas tenía Dios sobre su pueblo Israel?

Has declarado solemnemente hoy que Jehová es tu Dios, y que andarás en sus caminos, y guardarás sus estatutos, sus mandamientos y sus decretos, y que escucharás su voz. Y Jehová ha declarado hoy que tú eres pueblo suyo, de su exclusiva posesión, como te lo ha prometido, para que guardes todos sus mandamientos; a fin de exaltarte sobre todas las naciones que hizo, para loor y fama y gloria, y para que seas un pueblo santo a Jehová tu Dios, como él ha dicho. (Deuteronomio 26.17-19)

Dios no había creado al pueblo de Israel tan solo por crear un pueblo más. El Señor tenía altas expectativas de ese pueblo: el mundo debía glorificar el nombre de Dios gracias a la conducta santa de su pueblo, pero casi nunca fue así.

¿Qué expectativas tiene el Señor de su iglesia?, ¿acerca de usted? El momento de su bautismo fue un momento especial para Dios en el cielo; una nueva criatura, renacida del agua y del Espíritu a una nueva vida, y una vida en abundancia (Lucas 15.10).

El Señor quiere que nos comportemos, que nos sepamos y que nos sintamos como un pueblo especial porque somos un pueblo especial. Somos gente especial, somos templo del Espíritu Santo, piedras vivas de una morada espiritual, tesoro especial de Dios, hijos de luz, familia de Dios, sencillamente hijos de Dios (Efesios 5.8). El Señor espera grandes cosas de su pueblo elegido. Falta ver cuáles son nuestras expectativas personales, con qué pensamientos hemos llegado al reino de Dios.

Las expectativas de los judíos estaban clavadas en la tierra, siempre le pidieron al Señor el bienestar material. De hecho los judíos no esperaban un Mesías sufriente, sino uno que los liberara del poder romano.

Incluso eso llegó al colmo, cuando al mismo Jesucristo, y los mismos apóstoles, le pidieron privilegios especiales dentro de su concepto terrenal del reino de Dios (Marcos 10.37). A punto de caer sobre ellos el poder del Espíritu Santo, ellos siguen pensando y preguntando sobre la restauración del reino a Israel (Hechos 1.6). Ellos aun pretendían ser los nuevos gobernantes de una nación israelita restaurada.

Es posible que nosotros tengamos expectativas personales, o que nuestro único propósito sea la gloria de Dios. ¿Cómo podemos saber cuáles son nuestras expectativas? Sólo examínese y vea qué porcentaje de su tiempo y de sus recursos dedica usted al estudio de la Palabra de Dios, a cumplir con los mandamientos de Dios y a enseñar a otros el evangelio de Cristo (2Corintios 13.5). Sea su propio juez.

Hemos visto el amor y las bendiciones con que Dios había elegido y amado a los israelitas como su pueblo y especialmente a Jerusalén, como morada de su Nombre y estrado de sus pies. Asimismo hemos visto como nosotros podemos considerarnos como más privilegiados y con muchas más responsabilidades como actual pueblo de Dios. Un consejo: la próxima vez que usted se presente como siervo de Dios, piense muy bien lo que está diciendo.

SEGUNDA PARTE: LA REBELDÍA DEL PUEBLO DE DIOS

Una vez que hemos considerado todas las bendiciones que Dios había derramado sobre el pueblo de Israel, vamos a comenzar a detallar de una en una las principales transgresiones y rechazos que los judíos le hicieron a Dios, como respuesta a su bondad, misericordia y amor. Cómo habían ellos menospreciado aquella relación espiritual con el Creador del universo, y sobre todo veremos el porqué de ese rechazo, lo que significaba ese rechazo y los resultados catastróficos que ese rechazo produciría en la historia de la nación judía entera.

Asimismo también, nuevamente vamos a identificar aquellas similitudes entre el pueblo de Dios y la actual iglesia de Cristo, similitudes que comienzan en el hecho de ser pueblo de Dios y tener comunión y un pacto con el Señor. Así como ya vimos que las bendiciones recibidas de Dios son más numerosas e importantes en nosotros, también es posible que algún síntoma espiritual de los que tenía el pueblo de Israel en su conducta, se esté presentando en la iglesia del Señor. ¿Qué rechazaron los judíos?

LA PALABRA DE DIOS

Y envió el rey a Jehudí a que tomase el rollo, el cual lo tomó del aposento de Elisama secretario, y leyó en él Jehudí a oídos del rey, y a oídos de todos los príncipes que junto al rey estaban. Y el rey estaba en la casa de invierno en el mes noveno, y había un brasero ardiendo delante de él. Cuando Jehudí había leído tres o cuatro planas, lo rasgó el rey con un cortaplumas de escriba, y lo echó en el fuego que había en el brasero, hasta que todo el rollo se consumió sobre el fuego que en el brasero había. Y no tuvieron temor ni rasgaron sus vestidos el rey y todos sus siervos que oyeron todas estas palabras. Y aunque Elnatán y Delaía y Gemarías rogaron al rey que no quemase aquel rollo, no los quiso oír. También mandó el rey a Jerameel hijo de Hamelec, a Seraías hijo de Azriel y a Selemías hijo de Abdeel, para que prendiesen a Baruc el escribiente y al profeta Jeremías; pero Jehová los escondió. (Jeremías 36.21-26)

Ellos rechazaron en primer lugar la Palabra de Dios, ellos casi nunca se gozaron en conocer la voluntad de Dios agradable y perfecta, y su constante histórica fue el rechazo total a la revelación divina. Ese rechazo no vendría únicamente de parte del pueblo, sino precisamente de los encargados de conducir al pueblo por el camino de la ley: los reyes y los sacerdotes de Israel y de Judá.

A lo largo de la historia de Israel veremos una trágica constante, veremos que la desobediencia de los conductores del pueblo siempre llevaba a la desobediencia de todo el pueblo a la Ley de Dios. Asimismo, cuando se levantaba algún rey con el ánimo de cumplir la voluntad de Dios, el pueblo lo seguía igualmente.

Dice Nehemías: Y los hijos vinieron y poseyeron la tierra, y humillaste delante de ellos a los moradores del país, a los cananeos, los cuales entregaste en su mano, y a sus reyes, y a los pueblos de la tierra, para que hiciesen de ellos como quisieran. Y tomaron ciudades fortificadas y tierra fértil, y heredaron casas llenas de todo bien, cisternas hechas, viñas y olivares, y muchos árboles frutales; comieron, se saciaron, y se deleitaron en tu gran bondad. Pero te provocaron a ira, y se rebelaron contra ti, y echaron tu ley tras sus espaldas, y mataron a tus profetas que protestaban contra ellos para convertirlos a ti, e hicieron grandes abominaciones. Entonces los entregaste en mano de sus enemigos, los cuales los afligieron. Pero en el tiempo de su tribulación clamaron a ti, y tú desde los cielos los oíste; y según tu gran misericordia les enviaste libertadores para que los salvasen de mano de sus enemigos. Pero una vez que tenían paz, volvían a hacer lo malo delante de ti, por lo cual los abandonaste en mano de sus enemigos que los dominaron; pero volvían y clamaban otra vez a ti, y tú desde los cielos los oías y según tus misericordias muchas veces los libraste. (Nehemías 9.24-28)

Otra tragedia espiritual de los judíos, es que el rechazo a la voluntad de Dios siempre fue violento.

No les era suficiente con ignorar a los profetas, era menester también asesinarlos (1Reyes 19.10); no era suficiente con no hacer lo que la Ley decía, era necesario también quemarla, intentar destruirla. La historia bíblica da testimonio de cómo en los tiempos del rey Josías fue encontrada en el templo una copia de la ley, y cómo era desconocida hasta por el mismo rey, debido a la persecución de la cual fue objeto el libro sagrado. No, no fue perseguido por los imperios extranjeros, sino por el mismo reino y pueblo de Israel y de Judá.

Otra constante en el rechazo de la Palabra de Dios es que siempre ocurría cuando prosperaban más (Hageo 1.2-4). Cuando eran afligidos los judíos se acordaban que tenían Dios y a él clamaban y él los escuchaba y salvaba. Pero una vez volvían a tierra santa y reedificaban sus casas, de lo menos que se acordaban era de la Palabra de Dios o de darle gracias, menos de darle honor y gloria.

EL MENSAJE Y A LOS MENSAJEROS

De veintiún años era Sedequías cuando comenzó a reinar, y once años reinó en Jerusalén. E hizo lo malo ante los ojos de Jehová su Dios, y no se humilló delante del profeta Jeremías, que le hablaba de parte de Jehová. Se rebeló asimismo contra Nabucodonosor, al cual había jurado por Dios; y endureció su cerviz, y obstinó su corazón, para no volverse a Jehová el Dios de Israel. También todos los principales sacerdotes, y el pueblo, aumentaron la iniquidad, siguiendo todas las abominaciones de las naciones, y contaminando la casa de Jehová, la cual él había santificado en Jerusalén. Y Jehová el Dios de sus padres envió constantemente palabra a ellos por medio de sus mensajeros, porque él tenía misericordia de su pueblo, y de su habitación. Mas ellos hacían escarnio de los mensajeros de Dios, y menospreciaban sus palabras, burlándose de sus profetas, hasta que subió la ira de Jehová contra su pueblo, y no hubo ya remedio. (2Cronicas 36.11-16)

Duros de cerviz, e incircuncisos de corazón y de oídos, ustedes resisten siempre al Espíritu Santo; como sus padres, así también ustedes. ¿A cuál de los profetas no persiguieron sus padres? Y mataron a los que antes anunciaron la venida del Justo, del cual ustedes ahora han sido entregadores y matadores; que recibieron la ley por disposición de ángeles, y no la guardaron. Escuchando estas cosas, se enfurecían en sus corazones y crujían los dientes contra él. Pero Esteban, lleno del Espíritu Santo y puestos los ojos en el cielo, vio la gloria de Dios, y a Jesús que estaba de pie a la diestra de Dios. Y dijo: ¡He aquí, veo los cielos abiertos y al Hijo del Hombre de pie a la diestra de Dios! Entonces gritaron a gran voz, se taparon los oídos y a una se precipitaron sobre él. Le echaron fuera de la ciudad y le apedrearon. Los testigos dejaron sus vestidos a los pies de un joven que se llamaba Saulo. Y apedreaban a Esteban, mientras él invocaba diciendo: ¡Señor Jesús, recibe mi espíritu! (Hechos 7.51-59)

Nuestro hermano Wayne Partain comenta: “Como eran los padres, así son los hijos. Esta fue una acusación dura, fuerte y muy ofensiva. Los judíos se gloriaban mucho de ser los circuncisos, pero Esteban les dice que en cuanto a su actitud hacia Dios (su rebelión contra Dios) eran iguales a los gentiles incircuncisos. Esteban denuncia al concilio con las palabras reservadas para los gentiles y para israelitas apóstatas. No hubiera sido posible escoger palabras más cortantes”.

Ellos no solo ignoraban la Palabra de Dios, no solo no la ponían en práctica, no solo la aventaban tras sus espaldas como si la Ley de Dios fuera basura; no tenían respeto por los portadores de la Palabra de Dios. Ellos no creían a su mensaje. Ellos se burlaban de los mensajeros de Dios, hacían escarnio de ellos (Ezequiel 33.30-32). Y cuando eso no funcionaba, los asesinaban.

EL PACTO CON DIOS

Y me dijo Jehová: Conspiración se ha hallado entre los varones de Judá, y entre los moradores de Jerusalén. Se han vuelto a las maldades de sus primeros padres, los cuales no quisieron escuchar mis palabras, y se fueron tras dioses ajenos para servirles; la casa de Israel y la casa de Judá invalidaron mi pacto, el cual había yo concertado con sus padres. Por tanto, así ha dicho Jehová: He aquí yo traigo sobre ellos mal del que no podrán salir;  y clamarán a mí, y no los oiré. E irán las ciudades de Judá y los moradores de Jerusalén, y clamarán a los dioses a quienes queman ellos incienso, los cuales no los podrán salvar en el tiempo de su mal. Porque según el número de tus ciudades fueron tus dioses, oh Judá; y según el número de tus calles, oh Jerusalén, pusiste los altares de ignominia, altares para ofrecer incienso a Baal. (Jeremías 11.9-13)

Ellos rechazaron el pacto con Dios. Ellos no quisieron ser aquel pueblo privilegiado guiado por la diestra del Señor, que podía presumir de ser amigo de Dios. El pacto que Dios había hecho con Israel era perpetuo en la mente de Dios (Éxodo 31.16; Ezequiel 37.26), pero los judíos lo invalidaron.

Es interesante ver que cuando en el corazón ellos seguían a otros dioses, el pacto con Dios quedaba invalidado, y eso lo vamos a analizar más adelante.

SUS MANDAMIENTOS

El hijo honra al padre, y el siervo a su señor. Si, pues, soy yo padre, ¿dónde está mi honra? y si soy señor, ¿dónde está mi temor? dice Jehová de los ejércitos a ustedes, oh sacerdotes, que menosprecian mi nombre. Y dicen: ¿En qué hemos menospreciado tu nombre? En que ofrecen sobre mi altar pan inmundo. Y dijeron: ¿En qué te hemos deshonrado? En que piensan que la mesa de Jehová es despreciable. Y cuando ofrecen el animal ciego para el sacrificio, ¿no es malo? Asimismo cuando ofrecen el cojo o el enfermo, ¿no es malo? Preséntalo, pues, a tu príncipe; ¿acaso se agradará de ti, o le serás acepto? dice Jehová de los ejércitos. Ahora, pues, oren por el favor de Dios, para que tenga piedad de nosotros. Pero ¿cómo pueden agradarle, si hacen estas cosas? dice Jehová de los ejércitos. ¿Quién también hay de ustedes que cierre las puertas o alumbre mi altar de balde? Yo no tengo complacencia en ustedes, dice Jehová de los ejércitos, ni de su mano aceptaré ofrenda. Porque desde donde el sol nace hasta donde se pone, es grande mi nombre entre las naciones; y en todo lugar se ofrece a mi nombre incienso y ofrenda limpia, porque grande es mi nombre entre las naciones, dice Jehová de los ejércitos. Y ustedes lo han profanado cuando dicen: Inmunda es la mesa de Jehová, y cuando dicen que su alimento es despreciable. Han además dicho: ¡Oh, qué fastidio es esto! y me desprecian, dice Jehová de los ejércitos; y trajeron lo hurtado, o cojo, o enfermo, y presentaron ofrenda. ¿Aceptaré yo eso de su mano? dice Jehová. Maldito el que engaña, el que teniendo machos en su rebaño, promete, y sacrifica a Jehová lo dañado. Porque yo soy Gran Rey, dice Jehová de los ejércitos, y mi nombre es temible entre las naciones. (Malaquías 1.6-14)

“El que engaña” (heb. Nakál, defraudar, actuar traicioneramente, conspirar, engañar, pensar mal). Tanto la Biblia Dios Habla Hoy, la de Jerusalén, la Latinoamericana, la Nueva Versión Internacional, e incluso la Reina Valera Actualizada, dicen: “Maldito sea el tramposo”, mientras que la Nácar - Colunga le llama fraudulento.

Ellos profanaron el templo y la adoración a Dios, rechazando sus mandamientos y cumpliéndolos como a ellos les parecía mejor (Ezequiel 23.38).

Dentro de algunas de las irregularidades en que los judíos estaban cayendo, era que presentaban para el sacrificio los animales que habían sido robados en el camino a Jerusalén, eran desleales en su matrimonio y robaban a Dios en los diezmos (Malaquías 2.14; 3.8). Por parte de los sacerdotes, aceptaban animales que no cumplían con las características que en la ley de Moisés habían sido claramente especificadas.

Debía ser una vergüenza para el pueblo israelita el que naciones paganas y extrañas estuvieran dando un mejor servicio a Dios que su mismo pueblo. Para Dios eso era una vergüenza, pero el pueblo judío lo que menos tenía ya era precisamente vergüenza (Jeremías 3.3; 6.15).

Y eso es una realidad inevitable, que cuando se introduce otro Dios en el corazón del hombre, sigue el rechazo a la palabra y voluntad de Dios, después se afecta considerablemente la adoración y por último se pierde toda vergüenza, habiendo perdido toda sensibilidad espiritual.

 Ellos estaban despreciando a Dios, decían que la mesa del Señor era despreciable, menospreciaban el nombre de Dios, su autoridad, ofrecían pan inmundo, pretendían edificar la adoración a Dios con las sobras y además decían: “oh que fastidio es esto”, estaban sumamente fastidiados de adorar al Señor. ¿Quiénes? Los sacerdotes levitas, los encargados de la dirección espiritual del pueblo, los encargados de la adoración sacrificial, los encargados de interceder por todo el pueblo de Israel ante Dios, los encargados de la conducción del pueblo por los caminos de Dios. Los encargados de la preservación, estudio y proclamación de las Santas Escrituras a la nación judía. Ellos estaban menospreciando, deshonrando e insultando al Señor Creador del Cielo y de la Tierra (Isaías 56.11).

Pero, ¿cuál era el origen de todo este rechazo? ¿Por qué los judíos rechazaban la Palabra de Dios, rechazaban a los conductores del pueblo de Dios y su mensaje, rechazaban el pacto con Dios y últimamente estaban rechazando la adoración a Dios? La respuesta es que mucho antes en la historia de Israel, ellos ya habían rechazado…

A DIOS MISMO

Entonces todos los ancianos de Israel se juntaron, y vinieron a Ramá para ver a Samuel, y le dijeron: He aquí tú has envejecido, y tus hijos no andan en tus caminos; por tanto, constitúyenos ahora un rey que nos juzgue, como tienen todas las naciones. Pero no agradó a Samuel esta palabra que dijeron: Danos un rey que nos juzgue. Y Samuel oró a Jehová. Y dijo Jehová a Samuel: Oye la voz del pueblo en todo lo que te digan; porque no te han desechado a ti, sino a mí me han desechado, para que no reine sobre ellos. Conforme a todas las obras que han hecho desde el día que los saqué de Egipto hasta hoy, dejándome a mí y sirviendo a dioses ajenos, así hacen también contigo. Ahora, pues, oye su voz; mas protesta solemnemente contra ellos, y muéstrales cómo les tratará el rey que reinará sobre ellos. Y refirió Samuel todas las palabras de Jehová al pueblo que le había pedido rey. Y clamarán aquel día a causa de su rey que os habrán elegido, mas Jehová no os responderá en aquel día. Pero el pueblo no quiso oír la voz de Samuel, y dijo: No, sino que habrá rey sobre nosotros; y nosotros seremos también como todas las naciones, y nuestro rey nos gobernará, y saldrá delante de nosotros, y hará nuestras guerras. (1Samuel 8.4-10,18-20)

¿Quiénes se juntaron? Todos los ancianos de Israel, obviamente representando un sentir nacional, no hablaban por ellos únicamente. En la respuesta de los judíos a Samuel, la Biblia Latinoamericana y la versión Dios Habla Hoy, rezan: “No importa, queremos tener rey”. ¿Cuál era en realidad la aspiración de los judíos al pedir rey? ¿Realmente era que los hijos de Samuel no andaban en sus caminos? ¿Realmente era una genuina preocupación por la correcta conducción del pueblo? La respuesta contundente es no.

Si leemos entre líneas, en las mismas palabras de los judíos estaban explícitas las verdaderas razones, y las más importantes eran dos: Ya no querían estar bajo la autoridad de Dios mismo, y deseaban ser igual que las demás naciones, no querían ser un pueblo gobernado por leyes divinas, no querían ser súbditos del gran Rey del universo, no querían ser un pueblo especial entre los pueblos de la tierra. Y la razón oculta entre todas esas era que no amaban a Dios.

Cumplir el primer mandamiento es la base que permite cumplir todo lo demás, cuando no se ama a Dios con todo el corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas y con toda la mente, sencillamente deja de importar y se rechaza todo lo demás (Marcos 12.30).

La historia de Israel es la historia de la apostasía. En los tiempos de Moisés simplemente hicieron un becerro de oro, su idolatría era sencilla. Con el tiempo fueron refinándose, adoptaron como sus ídolos a los dioses babilonios, todo un misterio atractivo. Después crearon su propia idolatría, la cábala judía, origen y fundamento de diversas herejías, sectas y logias masónicas en el mundo. El pecado de Israel fue llevado al extremo, a un extremo inconcebible, ellos rechazaron...

A NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO

El Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, el Dios de nuestros padres, ha glorificado a su Hijo Jesús, a quien ustedes entregaron y negaron delante de Pilato, cuando este había resuelto ponerle en libertad. Mas ustedes negaron al Santo y al Justo, y pidieron que se os diese un homicida, y mataron al Autor de la vida, a quien Dios ha resucitado de los muertos, de lo cual nosotros somos testigos. (Hechos 3.13-15)

Después de rechazar a Dios, con todo lo que ello significaba, ellos rechazan al mismo Hijo de Dios, al Verbo Divino encarnado en Jesús de Nazaret, y no solo lo rechazan de la forma más insultante y humillante, sino que además lo asesinan.

Cuando no se ama a Dios y se aborrecen sus leyes, cae el hombre a lo más bajo y vil, y es capaz de las peores atrocidades. Nada bueno les ofrecían los baales al pueblo hebreo, nunca los salvaron de ningún aprieto, ningún bien recibieron de sus alianzas con pueblos paganos, nada bueno les dejaron los reyes que pusieron sobre sí.

Y a Jesucristo que vino a los suyos, que vino como Rey primeramente a los judíos, a quienes les entregó todo su ministerio, a quienes sanó de sus dolencias y enfermedades, a quienes les habló como ningún otro había hablado, a quienes les dio su ejemplo y tuvieron el privilegio de ver su gloria, por quienes lloró al contemplar lo que vendría, por quienes oró para que Dios enviara más pastores, por quienes intercedió aun estando en la misma cruz (Lucas 23.34), ellos, la nación de Israel, lo rechazaron hasta el cansancio, lo llamaron loco y que tenía espíritu inmundo (llamando así inmundo al mismísimo Espíritu Santo, Marcos 3.28-30), se burlaron de él aun en su misma muerte, lo deshonraron y al final lo asesinaron. ¿Qué otra cosa rechazaron por último los judíos?

LA VIDA ETERNA

Pero viendo los judíos la muchedumbre, se llenaron de celos, y rebatían lo que Pablo decía, contradiciendo y blasfemando. Entonces Pablo y Bernabé, hablando con denuedo, dijeron: A ustedes a la verdad era necesario que se os hablase primero la palabra de Dios; mas puesto que la desechan, y no se juzgan dignos de la vida eterna, he aquí, nos volvemos a los gentiles. (Hechos 13.45-46)

Así es, ellos rechazaron la salvación que Dios les ofrecía, no se consideraron dignos de ella. Y es que el hecho es que cuando rechazaban los mandamientos de Dios, la Palabra de Dios y el Pacto, en realidad estaban rechazando la salvación que todo ello comportaba. Por supuesto que ellos no rechazaban la salvación en sí misma, pero al rechazar a Dios, al invalidar la ley de Moisés y rechazar el evangelio de Cristo, prácticamente estaban rechazando su misma salvación.

En resumen, los judíos como nación, y como pueblo de Dios, rechazaron todo lo más bueno que Dios les ofrecía, insultaron lo más sagrado de Dios, estaban haciendo todo lo que Dios les había prohibido y se estaban olvidando de todo lo que les había mandado.

¿Sabe usted lo que significa la palabra Israel?: “el que lucha con Dios”. Teólogos judíos arguyen que significa: “el que lucha al lado de Dios”, pero su significado primario es: “el que lucha en contra de Dios”. (“él lucha contra Dios”, Diccionario Bíblico Holman).

EJEMPLO PARA NOSOTROS

Porque no quiero, hermanos, que ignoren que nuestros padres todos estuvieron bajo la nube, y todos pasaron el mar; y todos en Moisés fueron bautizados en la nube y en el mar, y todos comieron el mismo alimento espiritual, y todos bebieron la misma bebida espiritual; porque bebían de la roca espiritual que los seguía, y la roca era Cristo. Pero de los más de ellos no se agradó Dios; por lo cual quedaron postrados en el desierto. Mas estas cosas sucedieron como ejemplos para nosotros, para que no codiciemos cosas malas, como ellos codiciaron. Ni sean idólatras, como algunos de ellos, según está escrito: Se sentó el pueblo a comer y a beber, y se levantó a jugar. Ni forniquemos, como algunos de ellos fornicaron, y cayeron en un día veintitrés mil. Ni tentemos al Señor, como también algunos de ellos le tentaron, y perecieron por las serpientes. Ni murmuren, como algunos de ellos murmuraron, y perecieron por el destructor. Y estas cosas les acontecieron como ejemplo, y están escritas para amonestarnos a nosotros, a quienes han alcanzado los fines de los siglos. Así que, el que piensa estar firme, mire que no caiga. Miren a Israel según la carne; los que comen de los sacrificios, ¿no son partícipes del altar? ¿Qué digo, pues? ¿Que el ídolo es algo, o que sea algo lo que se sacrifica a los ídolos? Antes digo que lo que los gentiles sacrifican, a los demonios lo sacrifican, y no a Dios; y no quiero que ustedes os hagáis partícipes con los demonios. No pueden beber la copa del Señor, y la copa de los demonios; no pueden participar de la mesa del Señor, y de la mesa de los demonios. ¿O provocaremos a celos al Señor? ¿Somos más fuertes que él? (1Corintios 10.1-12,18-22)

Nuestro hermano Bill H. Reeves comenta:

“Como ellos no entraron en la tierra de promisión, tampoco entrará en la vida eterna el que se fíe de sí mismo en lugar de ejercer el debido dominio propio y la abnegación necesaria. El abuso de las libertades puede traer al cristiano más seguro la perdición de su alma. Aunque el cristiano no está bajo la Ley de Moisés del Antiguo Testamento, sino bajo la Ley de Cristo, no obstante las Escrituras del Antiguo Testamento le sirven bien en la ilustración de los principios de Dios al tratar casos de obediencia, como de desobediencia. Dios nos habla por medio de ejemplos bíblicos. No hemos de menospreciarlos”.

¿Pero qué hay de nosotros? ¿En qué cosas sí y en qué cosas no podemos identificarnos con el pueblo de Israel, con su historia y sobre todo con su relación con Dios? ¿De qué comparación nos escapamos o podemos considerarnos limpios?

Dios nos ha dado más bendiciones que al pueblo de Israel, y eso conlleva superiores responsabilidades. Tenemos la misma capacidad de pecar y podemos caer en los mismos pecados que ellos, no existen distinciones importantes. Asimismo tenemos severas advertencias de parte de Dios. El Dios que destruyó hasta la raíz a la nación israelita es el mismo al cual servimos, y una de las principales razones de por qué la destruyó, es porque le presentaron un servicio y una adoración deficientes.

Siendo específicos: ¿rechazamos la Palabra de Dios? Muchas veces se piensa que escuchar atentamente las predicaciones cada semana es no rechazar la Palabra de Dios. Existen algunos que ni siquiera eso pueden hacer, sino que se atreven a dormir increíblemente en el preciso instante en que pretendemos rendir culto al Dios Omnipotente. ¿Y qué decir de los que no dormimos, sino que estamos aparentemente bien atentos, pero luego no ponemos en práctica absolutamente nada de lo que se enseña? (Romanos 2.13; Santiago 1.22).

¿Rechazamos la Palabra de Dios? Dicen los predicadores que hay que evangelizar, y no lo hacemos. Dicen que hay que visitar y nos burlamos. Nos hablan de pecado y los matamos en el corazón. Otras veces aceptamos el mensaje depende de quien venga: si el predicador me cae bien acepto todo lo que diga, por fuerte que sea; pero si me cae mal no acepto nada, así sea sabiduría de Dios. Cuando no venimos a las reuniones, despreciamos el trabajo y esfuerzo que se llevó un hermano al preparar su sermón.

Una hermana me dijo un día: “imagínese hermano, venir desde tan lejos para escuchar un sermón sin chiste”. Y ¿Por qué creemos que los sermones han de contener chistes? En la adoración a Dios estamos esperando que el sermón sea todo un show, que me entretenga, que sea divertido si es posible. Cuando debiéramos de preguntarnos si fue útil y correcto, si fue bíblico y si dio gloria al Señor. ¿Rechazamos pues la Palabra de Dios? La respuesta es sí. ¿Rechazamos a los predicadores y su mensaje? La respuesta es sí, y muy feo.

¿Rechazamos el pacto con Dios? Eso ya suena más fuerte. La verdad es que el pacto que Dios ha establecido con nosotros, como parte de su santa iglesia, tiene cláusulas bien claras tanto respecto a las bendiciones que recibimos y sobre todo que recibiremos, como de las numerosas responsabilidades que voluntariamente adquirimos y que debemos cumplir, para poder considerarnos dentro de ese pacto.

Ese pacto también tiene advertencias que no están escritas con letras chiquitas, sino que son bien conocidas, por mucho que usted siga diciendo: “ay hermano, yo no sé nada”. En ocasiones decimos: “soy cristiano pero no me gusta visitar ni que me visiten, soy cristiano pero no evangelizo, soy cristiano pero me reúno cuando me sobra tiempo” y un largo y penoso etcétera. Cuando no cumplimos con los mandamientos de Dios para el primer día y para toda la semana, estamos efectivamente anulando, invalidando, rechazando y tirando a la basura el pacto de Dios sellado con la sangre de Cristo.

Y al igual que con los judíos todo eso se traduce en una adoración defectuosa. Nosotros también estamos presentando a Dios pan inmundo. Nosotros también menospreciamos su Nombre cuando decimos o pensamos que la mesa del Señor es despreciable, y cuando decimos o pensamos: “oh que fastidio es todo esto”. En otro texto del mismo Malaquías, dicen los judíos: “de qué sirve tanto sacrificio, de qué sirve tanta oración, qué ganamos” en pocas palabras.

Se dice que se prefiere una adoración de calidad y no de cantidad. Preferimos adorar con calidad, pero llegamos religiosamente tarde a las reuniones con el propósito de no participar en el servicio, preferimos adorar con calidad, pero nunca evangelizamos, nunca producimos un folletito, menos un sermón. Y cuando entra en nuestra mente servir a Dios con calidad y no con cantidad corremos el riesgo de terminar por “servir” a Dios sin calidad y sin cantidad. 

Aparte de que ese pensamiento es anti bíblico, si queremos servir a Dios correctamente, tenemos que ir a los ejemplos de Cristo y los apóstoles. Ellos sí que sabían servir a Dios. Ellos no conocían la distinción entre calidad y cantidad, sencillamente porque para ellos solo existía la voluntad de Dios, y la idea de calidad incluye la cantidad, no son conceptos encontrados. Si fuéramos sirvientes de nuestro gobernante, ¿lo serviríamos de esa forma? (Malaquías 1.8).

Decía Malaquías como el Señor rechazaba la adoración israelita, recordándoles que en todo el mundo, naciones paganas lo estaban sirviendo mejor. Pero en el momento actual, no solo el sectarismo, sino el mundo pagano e ignorante, nos pone el ejemplo en muchas cosas, y eso es una verdadera vergüenza. Aun mujeres del mundo andan vestidas mejor que algunas de nuestras hermanas. No se ve la necesaria distinción. Por supuesto, el sectarismo nos barre y nos trapea en cuestiones de conocimiento, conducta, amor y unidad, y eso debiera de causarnos vergüenza.

¿Rechazamos a Dios? ¿Rechazamos a Cristo? ¿Rechazamos su sacrificio? No se puede rechazar la palabra de Dios y tener un pacto con él. No se puede rechazar los mandamientos de Dios y amar a Cristo (1Juan 5.3). Sencillamente no se puede.

Y la razón es la misma que la que tenían los judíos en tiempos del profeta Samuel: queremos ser igual al mundo, no queremos una distinción, nos da vergüenza. Y ese es un síntoma que ataca principalmente a nuestra juventud cristiana, cada vez menos numerosa y menos cristiana. Nuestros jóvenes observan el comportamiento del mundo y como aparentemente se goza con los elementos modernos, y empiezan a querer ser iguales al mundo. Se visten igual al mundo, hablan igual que el mundo y terminan ahogados por los mismos afanes, objetivos y destino que el mundo (1Juan 2.15-17).

Aquel que quiera hacer la voluntad de Dios, que quiera agradar a Dios para su propio bien y salvación, no importa su edad, debe saber que su hablar y comportamiento debe ser mejor que el del mundo, su servicio a Dios debe ser superior al del sectarismo, de todo corazón, su vestimenta debe reflejar esa relación especial con Dios, solamente al verles, el mundo debe notar que son hijas e hijos de Dios. Debe existir pues, una evidente y notable distinción.

No es que nuestra voluntad se sujete o se complemente con la voluntad de Dios, más bien, nuestra voluntad desaparece, para que exista sólo la de Dios (Hebreos 13.20-21; Romanos 12.2; Juan 6.38). Entendiendo lo cual debiéramos decir: “Señor, hágase tu voluntad, no la mía” (Lucas 22.42).

Una cuestión muy importante e interesante de todo este asunto, es saber quien dictó la sentencia sobre el pueblo judío. Se piensa que fue Dios el Padre, o Jesucristo o el Espíritu Santo; o quizá el imperio romano. Pero si leemos bien, Cristo solo profetiza lo que vendría sobre este pueblo. El Espíritu Santo solo les comunica por medio de los santos profetas la voluntad de Dios, y les advierte lo que sucedería si dejaban al Señor de los Ejércitos. El Padre, por medio del mensaje profético y aun apostólico, les presenta las opciones que ellos tenían y les da a elegir. El imperio romano solo fue el instrumento divino, que en los azares del destino histórico ejecuta aquella sentencia.

Pero, ¿Quién, pues, dicta con sus propios labios la sentencia?: Pero los principales sacerdotes y los ancianos persuadieron a la multitud que pidiese a Barrabás, y que Jesús fuese muerto. Y respondiendo el gobernador, les dijo: ¿A cuál de los dos quieren que os suelte? Y ellos dijeron: A Barrabás. Pilato les dijo: ¿Qué, pues, haré de Jesús, llamado el Cristo? Todos le dijeron: ¡Sea crucificado! Y el gobernador les dijo: Pues ¿qué mal ha hecho? Pero ellos gritaban aún más, diciendo: ¡Sea crucificado! Viendo Pilato que nada adelantaba, sino que se hacía más alboroto, tomó agua y se lavó las manos delante del pueblo, diciendo: Inocente soy yo de la sangre de este justo; allá ustedes. Y respondiendo todo el pueblo, dijo: Su sangre sea sobre nosotros, y sobre nuestros hijos. (Mateo 27.20-25)

¿Quién dicta la sentencia? Asómbrese, es el mismo pueblo judío quien echa sobre su cabeza, y sobre la generación siguiente, toda la sangre que se ha derramado, desde la sangre de Abel el justo, hasta la sangre de Zacarías hijo de Berequías, a quien matasteis entre el templo y el altar, dice el Señor (Mateo 23.35).

Pero además de todo esto, echan voluntariamente sobre sus cabezas y las de sus hijos la sangre bendita de Nuestro Señor Jesucristo, el Santo Señor de la Gloria de Israel, el Cordero de Dios, el Salvador del Mundo, Aquel que venía a amarlos, a enseñarles, a redimirlos y a salvarlos.

Ellos dicen: “no nos importa, su sangre sea sobre nuestras cabezas y las de nuestros hijos”. Es totalmente seguro que ellos no tenían ni la más mínima idea de lo que estaban diciendo ni de la real trascendencia de sus palabras. Pero es todavía más seguro, que cuando la destrucción vino sobre la nación judía, ellos lo entendieron y aun se arrepintieron de todas sus maldades, más como dice la Escritura: “no hubo ya remedio”.

Un hecho inquebrantable que nos marca claramente la Escritura, es que una vez viniendo el fatal desenlace, ya no hay tiempo para la misericordia: Ya no hubo remedio para los judíos en los tiempos de la deportación a Babilonia. Ya no hubo lugar para el arrepentimiento de Esaú después de vender su primogenitura, aunque lo procuró con lágrimas. Y juicio sin misericordia se hará a todo aquel que rechaza el evangelio para ser salvo menospreciando así la sangre de Cristo.

¿Estamos rechazando la salvación de Dios? Otro hecho trascendente es que se salva quien desea salvarse y se condena quien así lo decide. El Señor no salva a nadie a fuerzas ni tampoco es el culpable de nuestras malas decisiones. Y es que sobre muchas cosas usted no decide en su vida, pero la más importante de ellas, la decisión de en donde pasará la eternidad, esa le corresponde solamente a usted.

Nadie puede juzgarlo en esta vida, únicamente la Palabra que ha recibido del Señor, ella lo juzgará en el día postrero (Juan 12.48; 15.22).

En aquel día, mirando al Señor bajando en las nubes con los ángeles del cielo, muchos, multitud de gentes, llenas de espanto y de terror, acudirán a las personas de religión implorando saber cómo salvarse (Apocalipsis 9.6). Muchos cristianos correremos a los hermanos que ofendimos a pedirles perdón, ahora sí de una forma sincera. Muchos entonces querremos obedecer a Dios. Muchos en aquel día querremos evangelizar, otros querremos visitar, y aun otros estaremos dispuestos a dar todo nuestro ser, vida y dinero para la obra y por la gloria del reino de Dios.

Pero ya no habrá tiempo para hacer obras, ya no habrá lugar para el arrepentimiento, ya no habrá oportunidad para ponerse a cuentas con los demás y con Dios, ya no habrá misericordia. ¿Por qué? Porque habremos hecho lo mismo que los judíos, habremos rechazado a Cristo y pisoteado su bendita sangre, y además dicho: su sangre sea sobre mí, no me importa. Dios nos ama y desciende a rescatarnos, nos busca y nos perdona, nos da la vida de su Hijo, nos envía su Espíritu Santo para guiarnos, nos regala la vida eterna.

Pero nosotros estamos pensando que eso no es suficiente para nosotros, que hay cosas más importantes, que estamos muy ocupados, con la  familia, en el trabajo, con los negocios, y rechazamos al Señor, rechazamos su palabra, rechazamos su sacrificio, rechazamos a sus mensajeros, y por consiguiente rechazamos su salvación, y muchas veces todo eso es a cambio de un miserable plato de lentejas.

TERCERA PARTE: LA DESTRUCCIÓN TOTAL DEL PUEBLO DE DIOS

Vamos a concluir nuestro estudio sobre la destrucción de Jerusalén, de la nación de Israel y del glorioso segundo templo ceremonial, llamado también templo de Herodes.

Hemos visto como el pueblo de Dios había sido altamente bendecido, más que ningún otro pueblo en la historia y en el mundo. Hemos considerado también, como ese pueblo había respondido a Dios con un total rechazo y  había llegado al extremo de los extremos en esa actitud, al punto de asesinar, por medio del imperio romano, al mismísimo Señor de la Gloria de Israel.

Ahora vamos por último a conocer y a reflexionar un poco sobre toda la tribulación, angustia, muerte y destrucción que sufrió el pueblo judío entero a causa de sus actos y de sus propias decisiones. Y más importante que eso aun, es el hecho de ver las consecuencias espirituales de este desastre, lo que significaba verdadera y trascendentalmente este desastre en la vida y destino escatológico de la nación de Israel.

Sin el afán de convertir nuestro estudio en una clase de historia, únicamente vamos a repasar las advertencias que el pueblo judío había recibido en la Palabra de Dios, cómo el mismo Jesús de Nazaret les había descrito a detalle las tribulaciones que vendrían sobre este pueblo, y brevemente veremos como la historia inmediatamente posterior a los tiempos bíblicos, nos confirma cabalmente que todas las profecías sobre la destrucción de Jerusalén se cumplieron con exacta fidelidad. “El cielo y la tierra pasaran, pero mis palabras no pasaran” les dijo el Señor (Marcos 13.31).

Vamos a entrar en materia haciendo la misma invitación que en ocasiones anteriores, es decir, que meditemos sobre este trágico fin de una milenaria relación espiritual entre Dios y el pueblo judío, pero sin olvidarnos de que nosotros, como los israelitas en aquellos tiempos, tenemos ahora una milenaria relación filial y espiritual con el mismo Señor de los Ejércitos, Creador del cielo y de la tierra, de quien somos linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, nosotros que en otro tiempo no éramos pueblo, pero que ahora somos pueblo de Dios (1Pedro 2.9-10).

LOS TIEMPOS DEL FIN

Vamos a ver rápidamente algunos pormenores de las predicciones bíblicas sobre aquella destrucción. En primer lugar veremos como la Palabra de Dios no deja detalle al aire, sino que incluso las fechas de aquellos acontecimientos se cumplieron al pie de la letra.

He aquí, yo envío mi mensajero, el cual preparará el camino delante de mí; y vendrá súbitamente a su templo el Señor a quien ustedes buscan, y el ángel del pacto, a quien desean ustedes. He aquí viene,  ha dicho Jehová de los ejércitos. (Malaquías 3.1)

Habla pues el profeta en los tiempos de los judíos, y les dice que el Mesías Redentor de Israel vendrá a su Templo, y su Templo en aquel entonces no era otro sino el Segundo Templo de Jerusalén, restaurado en los tiempos del escriba, sacerdote y conductor del pueblo Esdras, por la voluntad de Dios que había sido comunicada a Ciro, rey de los persas (Esdras 1.1-2). El primer Templo, como todos sabemos, edificado por el rey Salomón, había sido destruido, saqueado y quemado por las tropas de Nabucodonosor, rey del imperio de Babilonia (2Reyes 25.9).

Aquí es interesante preguntarse entonces, ¿cómo es que el actual pueblo de Israel aun espera la venida de su Mesías, cuando este solo vendría estando aun en pie el Templo de Jerusalén?

El profeta Daniel habla de esta destrucción 600 años antes:

Setenta semanas están determinadas sobre tu pueblo y sobre tu santa ciudad, para terminar la prevaricación, y poner fin al pecado, y expiar la iniquidad, para traer la justicia perdurable, y sellar la visión y la profecía, y ungir al Santo de los santos. Sabe, pues, y entiende, que desde la salida de la orden para restaurar y edificar a Jerusalén hasta el Mesías Príncipe, habrá siete semanas, y sesenta y dos semanas; se volverá a edificar la plaza y el muro en tiempos angustiosos. Y después de las sesenta y dos semanas se quitará la vida al Mesías, mas no por sí; y el pueblo de un príncipe que ha de venir destruirá la ciudad y el santuario; y su fin será con inundación, y hasta el fin de la guerra durarán las devastaciones. Y por otra semana confirmará el pacto con muchos; a la mitad de la semana hará cesar el sacrificio y la ofrenda. Después con la muchedumbre de las abominaciones vendrá el desolador, hasta que venga la consumación, y lo que está determinado se derrame sobre el desolador. (Daniel 9.24-27)

El Señor de la Gloria de Israel, el Mesías Príncipe, no solo vendría estando en pie su santuario, sino que sería crucificado y, posteriormente, cesarían los sacrificios y las ofrendas según el antiguo pacto.

La Palabra de Dios pues, nos da una precisa cadena de acontecimientos que se relacionan de forma perfecta, para cumplir todo lo que el Señor tenía determinado y había predicho. El Mesías vendría mientras el Templo estuviera en pie. Después de la muerte del Mesías el Templo sería destruido y no habría más sacrificios. La destrucción del Templo y de la santa ciudad estaría a cargo del pueblo de un príncipe que ha de venir (nótese que Tito, el general a cargo de la guerra, era hijo del emperador Tito Flavio Vespasiano, es decir, un príncipe; no él, sino su pueblo, decide la destrucción del templo). En tiempos de Daniel, Roma no existía aun ni siquiera como ciudad importante. Todo esto no era posible que sucediera por simple casualidad, ni tampoco puede aplicarse a ningún otro momento de la historia universal. 

PANORAMA HISTÓRICO

Veamos algunos detalles sobre la situación socio-política del pueblo judío en los tiempos inmediatamente posteriores al sacrificio de Cristo. Un hecho conocido es la naturaleza sumamente rebelde y sediciosa del pueblo judío. Siempre buscaban y causaban problemas a sus dominadores, y siempre eran sangrientamente aplastados.

En los tiempos de Jesús existía en Israel una secta político-religiosa llamada los zelotes, ellos eran extremistas tanto en su aplicación literal y celo por la ley de Moisés como por su fanatismo y lucha armada por lograr la independencia y restauración de Israel. En los años sesenta del primer siglo comienzan a aumentar su influencia sobre el pueblo judío, y comienzan a realizar sabotajes cada vez más importantes contra la dominación romana.

En el año 66 inicia una sublevación judía contra el imperio romano, encabezada principalmente por la secta de los zelotes.

Sin embargo, es el carácter sumamente agresivo y extremista de este grupo beligerante lo que crea su propia ruina, principalmente en dos cosas: Son los ataques imprudentes de los zelotes contra el poder romano lo que desencadena la guerra, y provocan al interior del mismo ejército judío luchas fratricidas entre sus facciones, lo que lo debilita y provoca la derrota final.

LA DESTRUCCIÓN TOTAL

Y cuando llegó cerca de la ciudad, al verla, lloró sobre ella, diciendo: ¡Oh, si también tú conocieras, a lo menos en este tu día, lo que es para tu paz! Mas ahora está encubierto de tus ojos. Porque vendrán días sobre ti, cuando tus enemigos te rodearán con vallado, y te sitiarán, y por todas partes te estrecharán, y te derribarán a tierra, y a tus hijos dentro de ti, y no dejarán en ti piedra sobre piedra, por cuanto no conociste el tiempo de tu visitación. (Lucas 19.41-44)

Nuestro Señor Jesucristo predice que la ciudad de Jerusalén sería sitiada y sumamente estrechada.

El comandante del ejército romano, Tito Flavio Vespasiano, hijo del emperador del mismo nombre, y que después sería también emperador de Roma, encabeza la guerra contra los judíos al mando de 70, 000 soldados profesionales. Judea intenta resistir con 25, 000 hombres mal armados, sin adiestramiento, sin experiencia y sin unidad, enfrentándose entre ellos mismos muchas veces a muerte.

Las principales ciudades son sitiadas, de tal forma que solo escapan los que subsisten en los campos y en los montes. Comienza a faltar los alimentos y no hay agua suficiente.

Opina el historiador judío Flavio Josefo, testigo presencial: “Henchido, pues, el foso, y puestas sus máquinas, las cuales había traído de Tiro, y hechas sus torres encima de sus montecillos, comenzaron a combatir los muros. Los de arriba fácilmente los echaban con muchas piedras, aunque mucho tiempo resistiesen las torres, excelentes en grandeza y gentileza, y sufriesen la fuerza de los que contra ellos peleaban. Tres meses después que tenía puesto el cerco, sin haber casi derribado ni una torre, dieron el asalto, y el primero que osó subir por el muro fue Fausto Cornelio, hijo de Sila, y después dos centuriones con él, Furio y Fabio, con sus escuadras; y habiendo rodeado por todas partes el templo, mataron a cuantos se retiraban a otra parte, y a los que en algo resistían. Los naturales y amigos de la otra parte mataban muchos de estos; muchos se despeñaban, otros se echaban a los enemigos como furiosos, encendidos todos los que estaban por el muro en gran ira y desesperación”.

Moisés se los advirtió: Y quedarán pocos en número, en lugar de haber sido como las estrellas del cielo en multitud, por cuanto no obedecieron a la voz de Jehová tu Dios. Así como Jehová se gozaba en hacerles bien y en multiplicarlos, así se gozará Jehová en arruinarlos y en destruirlos; y serán arrancados de sobre la tierra a la cual entran para tomar posesión de ella. Y Jehová te esparcirá por todos los pueblos, desde un extremo de la tierra hasta el otro extremo; y allí servirás a dioses ajenos que no conociste tú ni tus padres, al leño y a la piedra. Y ni aun entre estas naciones descansarás, ni la planta de tu pie tendrá reposo; pues allí te dará Jehová corazón temeroso, y desfallecimiento de ojos, y tristeza de alma; y tendrás tu vida como algo que pende delante de ti, y estarás temeroso de noche y de día, y no tendrás seguridad de tu vida. Por la mañana dirás: ¡Quién diera que fuese la tarde! y a la tarde dirás: ¡Quién diera que fuese la mañana! por el miedo de tu corazón con que estarás amedrentado, y por lo que verán tus ojos. (Deuteronomio 28.62-67)

Los romanos comienzan a crucificar a miles de prisioneros judíos en los montes alrededor del muro de Jerusalén, a vista de los residentes de la santa ciudad.

El sitio duraría más de tres años, causando miles de muertes por hambre, enfermedades, luchas intestinas y suicidios (muchos se volvían locos por la desesperación).

La razón por la cual hemos llamado a esta parte la destrucción total del pueblo de Dios, es porque no existió segmento social, político o religioso que no sufriera los estragos de la guerra. También porque el pueblo judío fue totalmente destruido: físicamente, geográficamente y religiosamente. La destrucción fue total.

Y como siempre pasa en los conflictos armados del mundo, los más humildes y débiles son siempre los más perjudicados. Les había dicho el Señor:

Hijas de Jerusalén, no lloren por mí, sino lloren por ustedes mismas y por sus hijos. Porque he aquí vendrán días en que dirán: Bienaventuradas las estériles, y los vientres que no concibieron, y los pechos que no criaron. Entonces comenzarán a decir a los montes: Caed sobre nosotros; y a los collados: Cubridnos. Porque si en el árbol verde hacen estas cosas, ¿en el seco, qué no se hará? (Lucas 23.28-31)

¿Qué les había predicho la Palabra de Dios a las mujeres israelitas?:

Por cuanto no serviste a Jehová tu Dios con alegría y con gozo de corazón, por la abundancia de todas las cosas, servirás, por tanto, a tus enemigos que enviare Jehová contra ti, con hambre y con sed y con desnudez, y con falta de todas las cosas; y él pondrá yugo de hierro sobre tu cuello, hasta destruirte. Jehová traerá contra ti una nación de lejos, del extremo de la tierra, que vuele como águila, nación cuya lengua no entiendas; gente fiera de rostro, que no tendrá respeto al anciano, ni perdonará al niño; y comerá el fruto de tu bestia y el fruto de tu tierra, hasta que perezcas; y no te dejará grano, ni mosto, ni aceite, ni la cría de tus vacas, ni los rebaños de tus ovejas, hasta destruirte. Pondrá sitio a todas tus ciudades, hasta que caigan tus muros altos y fortificados en que tú confías, en toda tu tierra; sitiará, pues, todas tus ciudades y toda la tierra que Jehová tu Dios te hubiere dado. Y comerás el fruto de tu vientre, la carne de tus hijos y de tus hijas que Jehová tu Dios te dio, en el sitio y en el apuro con que te angustiará tu enemigo. El hombre tierno en medio de ti, y el muy delicado, mirará con malos ojos a su hermano, y a la mujer de su seno, y al resto de sus hijos que le quedaren; para no dar a alguno de ellos de la carne de sus hijos, que él comiere, por no haberle quedado nada, en el asedio y en el apuro con que tu enemigo te oprimirá en todas tus ciudades. La tierna y la delicada entre ustedes, que nunca la planta de su pie intentaría sentar sobre la tierra, de pura delicadeza y ternura, mirará con malos ojos al marido de su seno, a su hijo, a su hija, al recién nacido que sale de entre sus pies, y a sus hijos que diere a luz; pues los comerá ocultamente, por la carencia de todo, en el asedio y en el apuro con que tu enemigo te oprimirá en tus ciudades. (Deuteronomio 28.47-57)

Los judíos que no morirían en las batallas, los que no murieron de hambre y sed, ni por las enfermedades, aquellos que no se suicidaron, ni se volvieron locos, sobrevivirían comiéndose a sus propios hijos. Cuenta la historia como unos soldados judíos buscando comida por las calles de Jerusalén, percibieron un olor a carne asada en una casa; derribaron la puerta de la casa y contemplaron con horror una de las escenas más tristes y desgarradoras de la historia: una mujer estaba cocinando a su propio bebé para comérselo. Los soldados salen de esa casa espantados, y entonces comprendieron que la ira de Dios se había desatado sobre su pueblo y sobre la santa ciudad de Jerusalén.

Después de la guerra, el general Tito rehusó ser condecorado con la famosa corona de hierbas, considerando que no había ningún merito en destruir a un pueblo que había sido abandonado por su Dios.

Habla Flavio Josefo, testigo presencial: “Pompeyo maravillábase por ver el trabajo grande que los judíos sufrían con gran tolerancia, y principalmente porque estando entre armas, no dejaban perder punto ni cosa alguna de lo que tocaba a sus ceremonias, antes, ni más ni menos que si tuvieran muy sosegada paz, celebraban cada día los sacrificios y ofrendas, y honraban a Dios con una muy gran diligencia. Ni aun en el mismo momento que los mataban... dejaban de hacer todo aquello que legítimamente eran obligados para cumplir con su religión... aunque muchos de los sacerdotes viesen venir con las espadas sacadas los enemigos contra ellos, no por eso dejaban de entender las cosas divinas y tocantes al servicio de Dios, tan sin miedo como antes solían, y en el servicio del templo y sacrificios los mataban, teniendo en más la religión que su salud... descendieron los sacerdotes muertos ya de hambre, y los que estaban de guarda lleváronlos a Tito, los cuales solamente le pedían les guardase la vida y dejase salvos. Respondiendo este que ya el tiempo para alcanzar el perdón se les había pasado y había perecido ya todo aquello por lo cual él les había de perdonar y dejarlos méritamente con la vida, y que convenía que los sacerdotes pereciesen con el templo, pues este era ya consumido, mandólos llevar a que fuesen todos degollados”.

Los judíos entonces comprendieron muchas cosas: Comprendieron que habían sido totalmente abandonados por Dios. Comprendieron que todo lo que les estaba sucediendo era por la mano de Dios. Comprendieron que ya no había esperanza de salvación, ni forma de pedir perdón. Comprendieron que todas las palabras de los profetas habían sido Palabra de Dios. Comprendieron que hubiera sido mejor haber hecho caso a Dios y vivir como su pueblo elegido, santo, y especial. Pero también comprendieron, que ya no había lugar para la misericordia.

40, 000 personas de una ciudad de Israel llamada Josapata se rindieron a las tropas romanas, quienes asesinaron a los 40, 000. Ya no querían prisioneros los romanos, ya no había lugar para acuerdos, tratados ni siquiera para rendiciones. El resto de la población de la ciudad ya se había suicidado.

Cuando por fin las tropas romanas entran a Jerusalén, en el año 70, los judíos sobrevivientes se refugian en el Templo de Herodes y la fortaleza Antonia, e inicia la inmisericorde masacre de todos los habitantes de Jerusalén, hombres, ancianos, mujeres y niños. Cuenta la historia que la sangre de los judíos literalmente corría por las calles y salía por las puertas de la ciudad.

La cifra de muertos judíos fue de aproximadamente 1, 100, 000 personas, tan solo en la toma de las principales ciudades. Solamente menos de 100, 000 judíos, de toda la nación, sobrevivirían, los cuales fueron vendidos como esclavos y esparcidos por varias regiones. ¿Sabe usted el significado de la palabra Jerusalén?: la Ciudad de la Paz.

Entre los años 133-135 ocurre la conversión de Jerusalén en ciudad totalmente pagana, Aelia Capitolina, y se inicia la diáspora, esto es, el resto de los judíos es expulsado de Jerusalén y comienza su peregrinaje por todos los países del mundo, y en todas partes serían perseguidos, de acuerdo a las profecías bíblicas.

Se tuvo el proyecto inconcluso de allanar todo monte del territorio palestino, con el objetivo de que los israelitas no volvieran a identificarse con algún lugar sagrado.

Por más de 1800 años los judíos no podrían pisar Jerusalén (Lucas 21.24). Eso solo terminaría hace apenas 72 años, con la fundación del moderno Estado de Israel. Y sin embargo, en la actual ciudad de Jerusalén sigue corriendo la sangre, al ser el lugar sagrado para las tres religiones más grandes e importantes del mundo, así como el epicentro de la guerra más antigua de la historia.

LA DESTRUCCIÓN TOTAL EN LO RELIGIOSO

Cuando Jesús salió del templo y se iba, se acercaron sus discípulos para mostrarle los edificios del templo. Respondiendo él, les dijo: ¿Ven todo esto? De cierto os digo, que no quedará aquí piedra sobre piedra, que no sea derribada. (Mateo 24.1-2)

Ya vimos los detalles de la destrucción total del pueblo de Dios en los aspectos militares y sociopolíticos, ahora pasaremos a ver la destrucción en lo religioso. En el aspecto religioso es donde más la ciudad de Jerusalén había sido bendecida, al ser elegida como la ciudad donde el Señor pondría su Nombre para siempre, donde sería edificado el Templo de Salomón casa de Dios, y el único lugar de todo Israel donde los judíos podían preparar, santificar, y comer la pascua. Claramente el Señor les había dicho:

No podrás sacrificar la pascua en cualquiera de las ciudades que Jehová tu Dios te da; sino en el lugar que Jehová tu Dios escogiere para que habite allí su nombre. (Deuteronomio 16.5-6)

Y claramente les había advertido: También quitaré de mi presencia a Judá, como quité a Israel, y desecharé a esta ciudad que había escogido, a Jerusalén, y a la casa de la cual había yo dicho: Mi nombre estará allí. (2Reyes 23.27)

Vemos pues la bendición de Dios sobre Jerusalén y su Templo, pero vemos también la clara advertencia de que Dios quitaría su Nombre, presencia y autoridad de Jerusalén y dejaría desierta su habitación:

Mas si no oyeran estas palabras, por mí mismo he jurado, dice Jehová, que esta casa será desierta. (Jeremías 22.5)

Palabras recordadas por el Señor mismo al llorar sobre la ciudad:

¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas, y apedreas a los que te son enviados! ¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos, como la gallina a sus polluelos debajo de sus alas, y no quisiste! He aquí, su casa os es dejada desierta; y os digo que no me verán, hasta que llegue el tiempo en que digan: Bendito el que viene en nombre del Señor. (Lucas 13.34-35)

Habiendo los judíos rechazado el sacrificio de Cristo, habiendo invalidado el antiguo pacto, y no queriendo ser parte de la nueva alianza, persisten sin embargo en realizar los sacrificios de animales y la pascua en el Templo de Jerusalén. No aceptaron ellos el cambio de sacerdocio ni el cese del sacrificio continuo, cosas que eran símbolo y figura de lo que habría de venir, pero que una vez realizado el sacrificio de Cristo, ya no eran conforme a la voluntad de Dios (Hebreos 9.12).

Eso no significa otra cosa sino que los judíos, hasta el último momento de su vida, a punto de venir sobre ellos la destrucción total, siguieron pensando en lo externo, en lo que se ve, en la materia, en la apariencia. Y es en esa hipocresía que rechazaron el sacrificio del Hijo de Dios, el verdadero Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, y pretendieron seguir festejando la pascua con un simple animal. La gloria visible del culto ceremonial era el todo para ellos. Pero el velo del Templo se había rasgado de arriba abajo, dejando al descubierto el lugar santísimo y dando fin al sistema sacrificial (Mateo 27.51).

¿Qué pasó con el Templo de Jerusalén cuando entran las tropas romanas a la ciudad? Lo que el Señor determina destruir lo destruye aunque se oponga el hombre más poderoso del mundo: el general romano Tito ordena previamente que el Templo no sea destruido, pero de acuerdo a la costumbre judía ahí se refugian para resistir la guerra. El templo es tomado por los romanos y asesinados todos sus ocupantes. Y en el lugar santísimo, donde moraba la misma presencia de Dios, los soldados romanos rinden culto a sus estandartes, lo que diversos comentaristas identifican como la abominación desoladora del profeta Daniel. Una simple antorcha es lanzada al interior del Templo e inicia un fuego que lo consume todo. Sucedido esto los romanos toman la decisión de destruirlo por completo, dejando en pie solamente la pared occidental, como símbolo de su victoria, llamada aun hoy en día el Muro de las Lamentos.

Escribe Flavio Josefo, testigo presencial: “Pareció cosa grave y de mayor pérdida a los judíos, descubrir aquel secreto santo e inviolado, no visto antes por ninguno, a todos los extranjeros. Entrando, pues, Pompeyo, juntamente con sus caballeros, dentro del templo, donde no era lícito entrar, excepto al pontífice, vio y miró los candeleros que allí había encendidos, y las mesas, en las cuales acostumbraban celebrar sus sacrificios y quemar sus inciensos; vio también la multitud de perfumes y olores que tenían, y el dinero consagrado, que era la suma de dos mil talentos”.

¿Consecuencias espirituales de la destrucción del Templo? Los judíos ya no podrían santificar y festejar la pascua, ni cumplir sus votos, ni presentar las ofrendas y los sacrificios ordenados en la Ley de Moisés. Al paso de la historia se han levantado dos corrientes principales dentro del judaísmo ortodoxo: una que dice que deben celebrar la pascua con cordero aunque no exista donde santificarlo; la otra, más numerosa, que afirma que se debe celebrar sin cordero (Oseas 4.6). Es decir, se quedaron sin el cordero pascual, y se quedaron sin el Cordero de Dios.

En el punto más sagrado para los judíos, el lugar preciso donde se encontraba el Templo de Jerusalén, hoy se levanta una importante e imponente mezquita musulmana, llamada Al-Aqsa, como símbolo visible de que los judíos no son ya más el pueblo de Dios. El instrumento que utilizaron los judíos para quitar la vida al Autor de la Vida, fue el mismo instrumento con el cual el Señor descarga su ira sobre Israel. Esta fue pues la destrucción de Jerusalén, de su Templo y de la nación judía entera en el siglo primero.

EL ISRAEL ESPIRITUAL

¿Y qué sucede con nosotros? Nosotros hemos recibido una patria celestial:

Mas ustedes son linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para que anuncien las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable; (1Pedro 2.9) (Ver también Hebreos 11.13-16)

Somos conciudadanos de los santos y miembros de la familia de Dios, somos más que especiales (Efesios 2.19).

Tenemos un templo santo: “¿No saben que son templo de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en ustedes? Si alguno destruyere el templo de Dios, Dios le destruirá a él; porque el templo de Dios, el cual son ustedes, santo es” (1Corintios 3.16-17) (Ver también Efesios 2.19-22). En nosotros mora el mismo Espíritu de Dios, Dios ya no habita en templos hechos por manos humanas, nosotros somos Su Templo (Hechos 17.24).

Esperamos una Jerusalén celestial:

Vi un cielo nuevo y una tierra nueva; porque el primer cielo y la primera tierra pasaron, y el mar ya no existía más. Y yo Juan vi la santa ciudad, la nueva Jerusalén, descender del cielo, de Dios, dispuesta como una esposa ataviada para su marido. Y oí una gran voz del cielo que decía: He aquí el tabernáculo de Dios con los hombres, y él morará con ellos; y ellos serán su pueblo, y Dios mismo estará con ellos como su Dios. Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor; porque las primeras cosas pasaron. Y el que estaba sentado en el trono dijo: He aquí, yo hago nuevas todas las cosas. Y me dijo: Escribe; porque estas palabras son fieles y verdaderas. Y me dijo: Hecho está. Yo soy el Alfa y la Omega, el principio y el fin. Al que tuviere sed, yo le daré gratuitamente de la fuente del agua de la vida. El que venciere heredará todas las cosas, y yo seré su Dios, y él será mi hijo. Y no vi en ella templo; porque el Señor Dios Todopoderoso es el templo de ella, y el Cordero. La ciudad no tiene necesidad de sol ni de luna que brillen en ella; porque la gloria de Dios la ilumina, y el Cordero es su lumbrera. (Apocalipsis 21.1-7, 22-23)

Dice también el Señor: Al que venciere, yo lo haré columna en el templo de mi Dios, y nunca más saldrá de allí; y escribiré sobre él el nombre de mi Dios, y el nombre de la ciudad de mi Dios, la nueva Jerusalén, la cual desciende del cielo, de mi Dios, y mi nombre nuevo. El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias. (Apocalipsis 3.12-13) (Ver también Gálatas 4.25-26; Hebreos 12.22-23)

Comenta nuestro hermano Bill Reeves: “Como Isaías habló por inspira­ción acerca de la era mesiánica bajo la figura de cielos nuevos y tierra nue­va, ahora la misma figura es empleada para referirse al estado glorioso y final del pueblo de Dios en la eternidad. Dado que "las primeras cosas pasaron", y ya pasó con ellas el pecado, no habrá estas cinco cosas que el pe­cado causó; o sea, lágrimas, muerte, llanto, clamor, y do­lor. Estas cosas pertenecen a los sufrimientos de la vida física en nuestra tierra que, para Juan, ya se desinte­gró; pero ahora ellas ya no existen en el cielo. Todas las promesas hechas a las siete iglesias de Asia fueron hechas a "vencedores". Como Cristo venció, el cristiano por su fe vence. La herencia es solamente para vencedores. En el cielo los redimidos no tendrán por qué temer a ningún enemigo, pues no va a entrar en él ninguna per­sona mundana. Es por esto que todo cristiano tiene que cuidar mucho en esta vida, de no manchar su vida con el pecado”.

Grandes cosas son las que el Señor ha hecho por nosotros, grandes cosas las que el Señor nos ha concedido, pero aun más glorioso es, que esa Jerusalén celestial no será jamás destruida, es eterna, su Templo no puede ser quemado, porque es el Señor Todopoderoso. Su reino es uno que nunca tendrá fin, es inconmovible desde ahora mismo; los más grandes imperios de la historia, desde el romano hasta el soviético, han luchado contra la iglesia de Cristo, y han sido destruidos, y la iglesia sigue adelante, hasta la manifestación gloriosa de los santos hijos de Dios, porque es sostenida, guiada y protegida, por el eterno poder de la invisible diestra de Dios (Juan 10.27-29).

La Palabra de Dios, además de referirse a las eternas bendiciones, también tiene advertencias muy claras para nosotros, y nos pone como ejemplo la misma severidad de Dios mostrada en tiempos antiguos:

Por tanto, es necesario que con más diligencia atendamos a las cosas que hemos oído, no sea que nos deslicemos. Porque si la palabra dicha por medio de los ángeles fue firme, y toda transgresión y desobediencia recibió justa retribución, ¿cómo escaparemos nosotros, si descuidamos una salvación tan grande? La cual, habiendo sido anunciada primeramente por el Señor, nos fue confirmada por los que oyeron, testificando Dios juntamente con ellos, con señales y prodigios y diversos milagros y repartimientos del Espíritu Santo según su voluntad. (Hebreos 2.1-4)

La comparación entre el pueblo de Israel y la iglesia de Cristo es odiosa, pero inevitable en todos los aspectos. Los judíos cuidaban mucho la forma, la apariencia de las cosas, era más importante el acto en sí que la actitud y el propósito con que se hacía. Hoy en día se nos escapan los mismos detalles, y descuidamos la misma salvación, ofendiendo al mismo Dios, arriesgándonos a las mismas consecuencias.

“No teman a los que matan el cuerpo y mas no pueden hacer, teman más bien a quien puede destruir el alma y el cuerpo en el infierno” dice el Señor (Mateo 10.28). Y sin embargo, se siguen pidiendo y prefiriendo mensajes suavecitos; es más el interés en que el mensaje no ofenda a nadie. Atendemos más a la sensibilidad del hermano que peca que a la misma gloria de Dios (Juan 12.43). Se pone el énfasis en sermones homocéntricos, es decir, que satisfacen el gusto y necesidades del hombre, cuando la predicación debiera ser más teocéntrica, buscar solamente la gloria de Dios mediante la exposición de su voluntad y verdaderas exigencias (2Timoteo 4.3).

Y la falla comienza muchas veces por quienes están encargados de poner el ejemplo. La obra del Señor se pospone, se desdeña, se menosprecia. De muchos su ministerio se reduce a predicar un sermón cada mes. ¿Acaso es suficiente eso para la gloria de Dios? (Santiago 3.1). Se suspenden clases en pleno día del Señor por una comida, se realizan eventos en los cuales está presente un hermano que anda mal, y se invita a hermanos a convivir con él, y no pasa absolutamente nada. Se nos va el tiempo en comidas, veladas, convivios y más convivios sin ningún provecho espiritual (1Corintios 10.7).

Ya ni hablemos del nuevo liberalismo al interior de muchas iglesias de Cristo (Reuniones Nacionales de Predicadores, de Damas, de Jóvenes, Cultos Unidos, etc.). El gusto y la opinión del hombre se han constituido en el señor de la iglesia.

¡Para esas cosas el Señor no la compró con su sangre! (Hechos 20.28). ¿Y la evangelización, los hermanos enfermos? ¿Y la obra del Señor? ¿Y la gloria de Dios?

Pues si algunas de las ramas fueron desgajadas, y tú, siendo olivo silvestre, has sido injertado en lugar de ellas, y has sido hecho participante de la raíz y de la rica savia del olivo, no te jactes contra las ramas; y si te jactas, sabe que no sustentas tú a la raíz, sino la raíz a ti. Pues las ramas, dirás, fueron desgajadas para que yo fuese injertado. Bien; por su incredulidad fueron desgajadas, pero tú por la fe estás en pie. No te ensoberbezcas, sino teme. Porque si Dios no perdonó a las ramas naturales, a ti tampoco te perdonará. Mira, pues, la bondad y la severidad de Dios; la severidad ciertamente para con los que cayeron, pero la bondad para contigo, si permaneces en esa bondad; pues de otra manera tú también serás cortado. (Romanos 11.17-22)

Las advertencias del Señor, al compararnos con el pueblo de Israel, no terminan solamente en la desobediencia, sino que hablan también de consecuencias de no producir los frutos para los cuales fuimos injertados en el olivo de la salvación. Dice el Señor que “el pámpano que en él no permanece se seca, y son echados fuera, y los echan al fuego, y arden” (Juan 15.6). Nos hace falta entender el verdadero sentido de la Palabra de Dios, ser de un mismo sentir en sus aspectos más importantes: la doctrina, la comunión, la unidad, la membrecía y la obra de la iglesia (1Corintios 1.10).

Las características de los hijos de Dios, de los verdaderos cristianos, de aquellos que tienen comunión con Dios, están claramente expresadas en su palabra. “¿Por qué me llamáis Señor, Señor, y no hacéis lo que yo les digo?” pregunta el Señor (Lucas 6.46). “Aquel que haga la voluntad de mi Padre que está en el cielo, ese es mi hermano” (Mateo 12.50). Y si usted no hace las cosas que Dios manda, si no escudriña las Escrituras, si no evangeliza, si no visita a los enfermos y si no es miembro de ninguna iglesia o no se reúne en la iglesia local de la cual usted es miembro, entonces ¿cual comunión existe, cual fe en Cristo, cual hermano, hermano de qué? (Juan 5.17).

Y considerémonos unos a otros para estimularnos al amor y a las buenas obras; no dejando de congregarnos, como algunos tienen por costumbre, sino exhortándonos; y tanto más, cuanto ven que aquel día se acerca. Porque si pecáremos voluntariamente después de haber recibido el conocimiento de la verdad, ya no queda más sacrificio por los pecados, sino una horrenda expectación de juicio, y de hervor de fuego que ha de devorar a los adversarios. El que viola la ley de Moisés, por el testimonio de dos o de tres testigos muere irremisiblemente. ¿Cuánto mayor castigo pensáis que merecerá el que pisoteare al Hijo de Dios, y tuviere por inmunda la sangre del pacto en la cual fue santificado, e hiciere afrenta al Espíritu de gracia? Pues conocemos al que dijo: Mía es la venganza, yo daré el pago, dice el Señor. Y otra vez: El Señor juzgará a su pueblo. ¡Horrenda cosa es caer en manos del Dios vivo! (Hebreos 10.24-31)

La palabra del Señor es clara y terminante, no existe más sacrificio para aquel que, una vez recibido el conocimiento de la verdad, peca voluntariamente rechazando el medio de salvación. Y pecado no solo es hacer lo que Dios prohíbe, pecado es también no hacer lo que Dios manda (Hebreos 4.11; Romanos 2.6).

Lo más triste de todo hermanos, es que pecamos contra Dios haciendo el peor negocio de nuestra vida. Destruimos el Templo de Dios, renegamos de nuestra ciudadanía en los cielos, menospreciamos el sacrificio y pisoteamos la sangre de nuestro Señor Jesucristo; con ello perdemos la comunión con Dios, la salvación de nuestras almas, la vida eterna, y todo a cambio de un miserable plato de lentejas (1Corintios 3.16-17).

“¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero, si pierde su alma?” dice el Señor (Marcos 8.36). En juego está el destino eterno de su alma; usted será el único afectado por su decisión, y usted será el único beneficiado por sus acciones y palabras (Job 22.2-3). El templo de Dios, la nueva Jerusalén y nuestra patria celestial no pueden ser destruidos, ¿pero cuántos podremos entrar ahí? (Apocalipsis 21.27).

A muchas cosas uno le llama sacrificio, pero Cristo realizó por nosotros el verdadero sacrificio. Y si aun queremos ver nuestra obra como un sacrificio, hagámoslo, pues es un sacrificio que vale la pena.

Vaya en oración a Dios y dígale la verdad: dígale que no quiere ir a visitar a los enfermos y desanimados, que no quiere ir a predicar su evangelio. Esa es la verdad. Dígale que prefiere quedarse a ver la televisión, o a estar con la familia. Y en seguida dígale: “Señor, porque te amo, pero sobre todo porque Tú me amas, no haré lo que yo quiero, sino lo que Tú me digas”.

Pídale que no le quite los obstáculos, sino que le dé la fuerza necesaria para afrontarlos. Espero que este sencillo estudio aporte alguna utilidad para su vida espiritual, muchas gracias por su tiempo y que Dios lo bendiga y lo acerque un poco más a su corazón.

1ª Edición: Guadalajara, Jalisco - 2009

2ª Edición: Tonalá, Jalisco - Mayo de 2017

3ª Edición: Tonalá, Jalisco - Junio de 2020