Tubito tenía una bicicleta Erelco que según él decía, era de media carrera, cosa que nosotros no nos explicábamos muy bien. Algunos creíamos que la diferencia estribaba en las formas del manubrio, asiento o ruedas; y otros, que como era una bicicleta baja, en ello consistía lo de media carrera. En fin, un problema que no lográbamos resolver, puesto que nadie, ni el mismo dueño, lo podía explicar. La causa real de tanto argumentar (que si era de media o de carrera entera), no tenía otra razón que halagar a Tubito para ver si con ese procedimiento conseguíamos el préstamo de tan envidiada “bici”, ya que su dueño la guardaba como inestimable tesoro.
Al fin y al cabo, para nosotros, tener una bicicleta era suprema ambición.
—Tubito, prestame la bici —le pedía yo.
—No, no la presto —contestaba.
—Tubito, préstamela a mí —rogaba el Mocochicho. Así apodamos a un muchachito, porque le colgaban los mocos por las narices.
—No, no la presto —respondía terco, y se alejaba pedaleando raudamente, para hacernos sufrir, este jorobado maligno, que era Tubito, y allí nos quedábamos mirando acongojados, cómo se alejaba nuestro amigo en su bicicleta de media carrera.
Tal estado de cosas fue creando una situación de ansiedad por andar en bicicleta y por eso continuamente y a cada rato, le pedíamos que nos la prestara y como siempre, Tubito nos la negaba.
Hasta que un día y de sorpresa, yendo al Parque Sarmiento por Boulevard Chacabuco, que en aquel entonces estaba empedrado con piedra bola, y que en su tramo más importante era un yuyeral con un pequeño sendero en el medio, Tubito nos propuso al Mocochicho y a mí, este arreglo:
—Al que no se desprenda de la bicicleta, y siga tomado del asiento mientras pedaleo por el Boulevard, se la prestaré para dar una vuelta al llegar al Parque.
Aceptamos sin vacilación ni cálculo alguno.
Arrancó Tubito y empezó a pedalear con toda el alma, para asegurarse el más absoluto fracaso de nuestra parte… Y nosotros prendidos desesperadamente al asiento de su bicicleta, saltando yuyos, pozos, piedras; angustiados, con los ojos tremendamente abiertos, las piernas a todo correr y a más no poder, con los dedos cerrados en el hierro del asiento, como un candado, con el corazón presto a estallar; en fin, dispuestos a cualquier sacrificio con tal de no perdernos de dar una vuelta en la bici de media carrera de Tubito.
Y así corrimos anhelantes, esperanzados, ante ese faro de luz que era la promesa de dar un paseo en la bici, hasta llegar al Parque Sarmiento, en la Avenida del Dante en Los Carolinos. Sudorosos, exhaustos, temblando aún por el esfuerzo hecho pero contentos, increíblemente contentos. Ninguno de los dos se desprendió de la bicicleta y había llegado el momento en que Tubito tenía que cumplir lo prometido.
Nos miraba incrédulo y apesadumbrado: ¡lo irrealizable había sido logrado! Y medio buscando pretextos y mucho con pocas ganas, tuvo que aceptar nuestro triunfo.
—¡Muy bien! —dijo— ¿quién va a dar la vuelta primero?
—¡YOOO! —se apresuró a contestar el Mocochicho.
—Bueno —respondió Tubito— y sacando, no sé de dónde, una tiza (lo había previsto todo, el maldito jorobado) trazó una línea aproximadamente a diez metros de donde estábamos y aclaró:
—¡Si te pasás de esa raya, nunca más te la voy a prestar!
—Está bien —aceptó Mocochicho.
Subió a la bicicleta, no alcanzaba a pedalear y ya se cumplió la distancia. Algo es algo, habrá pensado, esperando que su hermano de mocos más reducido sería mayor, es decir, que debía haber hecho mérito suficiente para que otra vez se le concediera un paseo más largo.
—Ahora te toca a vos, Juan; pero no te vas a hacer el loco y te vayas a disparar —me dijo— como adivinando mis aviesas intenciones.
—No, Tubito, cómo te creés, no me voy a pasar de la raya.
—No te creo —contestó— si te pasás de la raya, no te la voy a prestar más, sentenció de nuevo. Sobre todo tenía miedo por la integridad de su bici y quería que volviera lo más pronto posible a sus manos sana y salva.
—Está bien, Tubito, así será —le contesté.
Monté en la bicicleta, miré de reojo a Tubito, me paré en los pedales y arranqué con toda la rabia acumulada por tanto deseo y tantas negativas, amén del enorme sufrimiento de la carrera que por más de diez cuadras aguantamos, y salí como una exhalación... Y si Tubito no se hace a un lado, seguro que le paso por encima... Y me fui y di el más largo paseo en bicicleta que recuerdo. Anduve cuatro horas, por aquí, por allá, en subidas, en bajadas, pedal libre, pedal fijo, en fin, un paseo espléndido.
Volví al anochecer a la Avenida del Dante. Tubito sentado en el cordón de la vereda me esperaba furioso y ansioso.
Llegué y le dije:
—Di la vueltita, tomá tu bici, Tubito.
Subió a la bicicleta y solamente me dijo: —Nunca más te la presto. Así fue.
¡Pero qué paseo en bicicleta me di, qué venganza feliz! ¡Pobre Tubito!
de Tubito y la pandilla cordobesa, de Juan Mereb
editado por Plus Ultra en 1980.
QRLIJ-Septiembre 2025