Esa mañana cuando me desperté fui a la cocina a desayunar. Por la ventana se podía ver que el sol se había tomado un descanso, dejando que el gris se adueñara del cielo. Algo sucedía, lo olfateaba y no era el aroma a tostadas calentitas. Papá y mamá me recibieron con un tibio “Buenos días”. No era un “Buenos días” de sol, sino un saludo que hacía juego con el cielo de esa mañana.
Mamá tenía los ojos brillosos (tal vez se largara a llover) y papá el ceño fruncido como cuando me retaba (tal vez se formara tormenta).
Mi hermano no estaba. Como el sol. ¿Se habría tomado un descanso? Pregunté por él. Mamá miró a papá, pero él no abrió la boca. En cambio, bajó la cabeza y comenzó a revolver el café con la cuchara, haciendo un remolino.
Ella me dijo sollozando: –Se fue. Lo llamó la Patria.
No dije nada. Creí que Patria era alguna novia nueva que a mamá no le caía bien y por eso lloraba. Como cuando Marce le presentó a María y le dijo que esa no era una chica para él.
Antes de irme, me abrazó fuerte y dijo: –Portáte bien, hacéle caso a la maestra. Papá se subió al auto y me llevó a la escuela. Esta vez no encendió la radio como hacía todas las mañanas.
El soldado Ejo, una historia de Malvinas de Diego Javier Rojas (texto), con ilustraciones de Hurón
Abran cancha ediciones, 2022
QRLIJ - Abril 2026