Hacía muuuuucho frío
y teníamos ganas de girar y girar
para entrar en calor, pero los grandes nos habían dicho
que nos quedáramos bien quietos y mirando el cielo.
Hicimos caso pero nos aburríamos un montón
porque el cielo estaba igual que siempre;
entonces mi prima me preguntó si tenía un papel
y yo le dije que tenía porque siempre llevo una carpeta
para escribir lo que me salga. Ella dijo que iba a enseñarme
a hacer un trompo de papel y yo le dije:
«Imposible, nadie hace un trompo con un papel»
y ella dijo «¡Mirá bien!».
Agarró la hoja, la cortó al medio
y dobló a lo largo cada una de las dos partes.
Después dobló los extremos de cada parte
haciendo triángulos:
un triángulo para un lado,
un triángulo para el otro.
Puso una parte sobre la otra
y fue doblando los triángulos
hacia el centro, de tal manera
que uno iba quedando sobre el otro
hasta armar un cuadradito bien compacto.
Con ayuda de un escarbadientes, hizo en el centro
un agujero del tamaño de una hormiga para que quede
del otro lado una pequeña punta de papel y listo.
¡TROMPO ARMADO!
«Hacelo girar con las dos manos», dijo mi prima.
Yo lo agarré como si fuera un tesoro y lo hice girar fuerte,
muy cerquita del piso. Era como un plato volador pero al revés.
Giraba y en sus giros también girábamos nosotros. Con eso tuvimos
para divertirnos toda la tarde, hasta que nos avisaron que ya podíamos
volver a casa. Desde ese día, el trompo de papel que hizo mi prima
es mi trompo favorito.
Texto de Carlos Ríos
Tomado del periódico Rampante, Número 2, invierno 2018.
QRLIJ-septiembre 2024