—Así como el río engaña a quien lo mira —prosigue la abuela—, así debemos mostrarnos. Por mucho tiempo, el blanco nos mató sólo por ser diferentes, por creer en nuestra Madre Tierra, por ofrendarle, por creer en cosas tan distintas. Los abuelos veían cómo nuestra gente moría y no podían hacer nada. Así, un día lloraron tanto, tanto, tanto, que el viento se llevó sus llantos a dar vueltas por ahí.
—Cuando ese viento volvió a bajar, había empezado a soplar en sentido contrario al río. Los abuelos que seguían ahí llorando, oyeron ese llanto en el viento. Así se callaron para escuchar y cuando el viento también se calló, pudieron ver la sabiduría que les había traído. Porque cuando el viento sopla, el río que viene, parece que en realidad va. Así comprendieron qué debían hacer para que sus hijos y sus nietos sobrevivieran: «Por arriba de la piel, tenemos que hacer de cuenta que nos han civilizado Francisca, por debajo de la piel, sigue corriendo nuestra sangre». Por eso Francisca, nunca olvides que nadie puede creerse sabio, es arrogante quien se cree que sabe mucho, porque quien es el dueño de la sabiduría es el territorio, sólo él. Aunque haya muchas cosas que no le podemos contar a nadie. Y no las contamos para guardarlas mejor y para que nadie nos haga daño por seguir siendo indios.
de Mariela Tulián, disponible en La pequeña Francisca : un cuento comechingón,
A capela
2020.
QRLIJ - Julio 2026