De todos lados lo habían echado.
Llegó a nuestra casa y traía la compañía de los desamparados: unos gusanitos que le hablaban sin cansarse de lo poco que la vida lo quería.
Cuando empezó a pasearse por el pasto y a recibir los besos de su nueva amiga Fermina, los gusanitos se aburrieron de no ser escuchados.
Lo que los mantenía vivos era la atención que les prestábamos. Se fueron marchitando y un día... no los vimos más.
A él le gustaba la cara vibrante del cielo, por eso, se dormía mirándolo en los días más calurosos, con su compañera de sol. Así, su pelaje se hacía azul, a veces.
Extremo, corría hasta que dejó un círculo en el verde.
Comía las flores de los jazmines para dejarse el perfume en el cuerpo con su lengua de pétalo.
Tenía una voz ronca con la que corría las palomas y los sapos que trataban de quedarse en el patio.
Un día, después de muchos, sus patas, cansadas porque habían venido desde muy lejos, dejaron de acompañarlo, y otro, no quisieron más.
Él, por no dejarlas solas, se echó, tranquilo como los señores.
Ahí se quedó, haciéndose pasto, hojitas, cada día azulándose en pimpollos que brillaban desde sus ojos.
Las semillas se subieron al lomo del viento y se fueron volando... volando... volando...
En todo el barrio hay flores azules...
Él me acompaña.
Siento que en cada transformación está la vida.
Helena Borrás
tomado de El perro que se convirtió en flor azul, Duara Ediciones en 2021
QRLIJ-abril 2025