¿Conocen una isla que se llama Lemnos? Es una isla muy solitaria y allí vivía un señor llamado Sueño.
Su casa estaba en una gruta silenciosa, donde todos dormían, y cuando estaban despiertos, no hacían ruido ni hablaban fuerte. ¡Es claro! Estaban tan poco acostumbrados a estar despiertos que no sabían qué hacer. Entonces, no hacían nada.
Esa gruta era muy oscura porque la luz del día no podía llegar hasta allí. ¿Ustedes creen que se podía saber cuándo era de día y cuándo era de noche? ¡Imposible! Además, el señor Sueño no estaba solo en ese lugar. También vivían allí sus hijos, los Sueños y los Sueñitos, y su esposa, la señora Noche.
Los Sueños y los Sueñitos eran muchos hermanos que no se parecían entre sí. Los sueños eran gordos, altos, grandes. Hacían ruidos raros cuando estaban despiertos y se disfrazaban de fantasmas, de animales salvajes o de piratas.
Los Sueñitos eran más chicos de estatura, caminaban muy ligerito, y siempre estaban haciendo bromas y jugando a las escondidas. O cuando se aburrían, salían a dar una vuelta por los alrededores de la isla.
Mamá Noche y papá Sueño dormían en la gruta. Los hijitos Sueños y Sueñitos, dormían en medio del campo, rodeados de amapolas.
Nunca sabían si era de día o si era de noche. Se despertaban y se volvían a dormir. Se dormían y se volvían a despertar.
Así pasaban los días, los meses, los años.
Pero uno de los sueños, que se llamaba Morfeo, se escapó un día de la isla, y se fue a correr mundo, aburrido de no hacer otra cosa que dormir todo el santo día.
Viajó en tren, en motocicleta, en avión y en monopatín.
Conoció artistas, vendedores de chocolatines, chicas que van a la escuela, príncipes y gobernadores.
Comió helados, chupetines, tortas de miel y puré de papa.
Oyó el canto de los pájaros, la música de los pianos y el ruido que hace un niño chiquito cuando toma la sopa.
¡Qué alegría cuando regresó a la isla! Tenía tantas cosas que contar…
Pero qué lástima, no pudo hacerlo. Porque allí, en la isla, todo era silencio y dormir, dormir… ¡uf! puro dormir. Solamente las amapolas se movían de un lado para otro, empujadas por el viento.
Morfeo, a pesar de todo, se sentía el más feliz de todos los Sueños de la isla. Había aprendido el lenguaje de los hombres, el lenguaje que se habla y el lenguaje que se piensa.
Entonces, cuando Morfeo descubría que alguien, más lejos de la isla, tenía ganas de dormir y no podía, se colocaba sus alas de mariposa, tomaba entre sus manos la más linda amapola del jardín y corría hasta donde lo llamaban.
Allí, una vez que llegaba, tocaba con la puntita del tallo de la flor al que quisiera echarse a dormir; y la flor le transmitía el sueño enseguida.
Por eso, desde que Morfeo hizo el viaje a la tierra, cuando alguien tiene sueño, mucho sueño, y quiere dormir y no puede, lo llama Morfeo, y lo sigue llamando, ¡Morfeo! ¡Morfeo!, hasta que se le cierran los ojos. Y los hermanos de Morfeo, los Sueños y los Sueñitos, vienen corriendo y empiezan a bailar a su alrededor.
Este cuento fue escrito por María Luisa Cresta de Leguizamón,
y nosotros lo tomamos del libro Mundo Malicha,
editado en 2013 por Ediciones Letras y Bibliotecas Córdoba.