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30 de octubre de 1932. Hubo chasquidos de carbón. Recuerdos de los petardos en la temporada de vacaciones, amontonamientos de piedras duras y grumos de tierra. Quedaron restos de ramitas de matorral que se escaldaron sobre las llamas. Todo ello mientras descendía una invernada de ceniza, golpeando y chocando con los vientos nocturnos en el patio. Calvin se quedó allí, mudo e impotente. Llorar no le serviría de nada a un corazón encogido y lleno de rabia que había perdido la cuenta de cada una de sus desgracias. Wyatt ya no podía contenerse, las horas de autocontención habían alimentado lo que quedaba de su buena voluntad hacia cualquier otro hecho de carne y hueso. Podía reírse a carcajadas de la agonía, la locura le esperaba. Sonriéndole a través de las ventanas, detrás de un pino lejano en las pistas, a la vuelta de una página y entre las líneas del periódico. O justo dentro de su taza de café humeante y negro como el carbón. Apenas recordaba la sepultura, la gente iba y venía por sus caminos. Llevar seres queridos a dos metros bajo tierra podía secar las tripas de cualquiera hasta marchitarse. La fractura estaba en lo más profundo de sus fibras. El corazón. El alma. Enterrar a toda la familia Bixbee había deshecho cualquier tolerancia que hubiera ganado con los años. Se llevaba a sí mismo como una sombra, solo una aparición en las paredes.
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Un espectro le había observado todos sus movimientos. Silencioso, absorto e imperceptible. Vestido con atuendos de ébano, Wyatt había pateado una pila de libros regalados en la mezquina y poco confortable habitación de hotel que compartía con su hermano. La familia Bixbee había sido demasiado considerada. Demasiado vecinales. Demasiado blandos y dados a ser agradables para este mundo. Habían muerto cercados por las llamas, un incendio deslumbro su casa según lo que decía la gente. Pero bajo el aliento de la ventisca, nada era seguro. Solos, al amanecer, nada era seguro. Los cadáveres quemados, los cimientos de las casas y una camioneta cargada de gasolina abandonada con bolsas de semillas oleaginosas eran lo único que había. Una pregunta en las llamas. Donny Bixbee, Bárbara—esposa y madrastra—Vivian y sus dos primastras se encontraban ahora bajo un montículo de suciedad acumulada y restos de carbón. Lápidas talladas en la parte superior, como un maldito helado y su cereza. Demasiado abajo, sordos y silenciosos en cuestión de horas.
Krishanu había seguido entonces a Wyatt y a Calvin por los pasillos de La Casa Posada, mientras llevaban a la planta baja cestas llenas de todo tipo de publicaciones. Calvin Elsner, de doce años, presentaba un estado enfermizo y descolorido. Emocionalmente indispuesto e irreflexivo a veces, una mente vacía no era buena señal. El fantasma tomó nota del lamentable estado y siguió a los hermanos hasta el vestíbulo. Los chicos tomaron la puerta trasera del hotel y se adentraron en su escaso patio sin césped. Allí, las acciones de Wyatt tomaron un giro cuestionable. Cavó un rápido agujero con los dedos, la tierra estaba húmeda, pulposa y fácil de remover, aunque pegajosa debido a las constantes nevadas. Recogió madera de un cobertizo insignificante situado en un lateral de la estructura del hotel que se utilizaba para almacenar grasa, forraje para los caballos, granos para las gallinas del patio trasero y donde también almacenaban botellas de leche de cabra congelada. Los residentes de La Casa Posada eran una comunidad resistente a pesar de todo. Wyatt y Calvin, entre todos ellos, habían contribuido a una buena parte de las tareas requeridas, recados y favores para ganarse su lugar en el hotel. Cambiar los pomos de las puertas, asegurar las tejas del tejado antes de cada tormenta, reparar las paredes fracturadas, entre otras tareas. Pero los pobres eran pobres.
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Wyatt consideró que sus acciones eran necesarias, por lo que no se sintió culpable mientras encendía la hoguera en la que estaba trabajando. Calvin, desconcertado, no le quitaba los ojos de encima. Su hermano mayor dejó caer enciclopedias, novelas, folletos y otros libros de texto en el pozo de fuego. Las tapas duras de los libros se convirtieron apresuradamente en fibras que se doblaban como conchas de mar, retorciéndose y encogiéndose, cortadas por las cuchillas de la perdición. Sin embargo, ni salado ni fresco como la orilla del mar. El papel se transformó en alas de insecto negras como el carbón, haciendo piruetas en los vientos ligeros. Había millones de ellos.
Krishanu no se tomó estas demostraciones con agrado, ¿un niño expuesto al tormento? La situación le llenó de rabia hasta lo más profundo de su núcleo etéreo, y se vio obligado a responder con deterioro. El espectro se acercó al niño petrificado, con sus pulgares descarnados floreciendo con destellos de colores, rodeando sus muñecas y el resto de sus dedos. Se inclinó ante él con movimientos perezosos, levantó una mano reluciente y rozó con tres yemas de dedos la frente del joven de norte a sur. El pulgar, el índice y el dedo medio a la vez. El menor de los hermanos Elsner se estremeció de rabia.
Con mucho talento como libre pensador, Krishanu era un espectro al que se le había otorgado lo que sus asociados identificaban como la capacidad de canalizar como un recipiente del Cosmos, el gran orden orgánico. Sus adversarios, sin embargo, no compartían tal hipótesis, ya que su vasta erudición no llegaba a una concesión con tales teorías. Su desafío bajo las ligas de los Defensores del Resplandor había alimentado las discusiones entre ellos. Este clan consagrado y conocido solo por su folclor proveniente de los indígenas y mortales, Renou, encontraba campos nuevos que estudiar nada optimistas. Aquellos nuevos valores que se alejaban de sus antiguos principios.
“Para. Para, ¡es suficiente!” gritó Calvin. Pero su hermano era implacable y elegía obras enteras, libros de texto sin siquiera verlos. Las flamas volvieron cada libro ligero, aquel era un demonio hambriento que exhalaba cenizas. Aun así, Wyatt aterrizó en el suelo pardo y congelado del patio sobre su trasero y luego saboreó la sangre que salía de sus fosas nasales. Una roca se había estrellado contra su cara.
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“¡¿QUÉ DEMONIOS, ESTÁS LOCO, DIABLILLO DE MEDIO CEREBRO! PODRÍA HABER PERDIDO UN OJO.” El joven se limpió la nariz con un puño de su chaqueta de piel de oveja, pero eso solo lo hizo mucho peor. Los empobrecidos residentes de La Casa Posada se apiñaron a su alrededor, hablando en voz baja.
“¡¿QUIÉN TE DIO EL DERECHO DE PISOTEAR SUS RECUERDOS DE ESA MANERA?!” Las lágrimas que venían eran evidentes en los ojos del chico. “CULPAR A TODOS LOS INOCENTES QUE TE RODEAN ES TU TIPO DE MIERDA. NO LA MÍA!” Calvin continuó, arrojando un segundo proyectil de pedazos de escombros, sin embargo, su hermano lo esquivo rodando sobre su costado. Wyatt se tambaleó al levantarse con un movimiento enérgico de las rodillas, con la sangre caliente aun bajando a la mandíbula. Los espectadores miraban en sutil silencio, pero el muchacho de veintitrés años se abrió paso entre todos como una tempestad.
Marut, la hermana de Krishanu, emanó entre destellos de color cobalto y telas vaporosas y cristalinas en el momento justo, su energía se mezcló con los páramos nevados del pueblo. Vestida con cortinas que cambiaban de sus dorados naturales a sus inconfundibles tonos azul cielo. Un dupatta de plumas con los mismos pigmentos enfundaban sus brazos y codos. Ella se había materializado y alcanzado a observar la nariz ensangrentada de Wyatt al salir de La Casa Posada. Rápidamente, se encontró con los restos de aquel altercado entre hermanos en el patio trasero, sus vecinos se dispersaron para continuar con sus tareas.
La delicada y pacífica conocida Marut, El Viento, condenó a su hermano gemelo con una mirada larga y dura. “¿Puedo preguntar qué has hecho ahora, mi gemelo? Uno pensaría que a estas alturas te abstendrías de perpetrar acciones tan miopes, teniendo en cuenta la deliberación final del clan.”
“El clan no puede ver más allá que yo, Marut. No pueden ver a través de los tejidos de la continuidad y la perpetuidad.” Su gemelo refutó. “Todos obedecemos a la misma entidad, pero la han dejado sin hacer, su llamada . . . si la hubieras visto con tus ojos. La imagen posterior que el
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Cosmos me ha concedido. Su vista me ha traído a estos chicos. El futuro puede no ser brillante para nosotros. Pero será brillante.”
“Muy bien, aunque no me guardaré mis convicciones.” Se cruzó de brazos con conocimiento de causa. “Por cierto, he concluido mi parte del trato en la frontera norte. La pelota ya está puesta en marcha, mi gemelo. Pero no sé cómo poner a los chicos en contra del otro en tiempos de anhelo y hambruna va a impulsar otra anomalía, una brecha entre ellos no es lo que estamos buscando. ”
“Parece que es el momento adecuado para dejar que se separen. Puedes llamarlo visión. . . Una premonición, quizás. Solo el tiempo dirá si mis sospechas están libres de error, es lo que más temo. La posibilidad de que tengamos que enfrentarnos a esta tarea con meros presagios y juicios de valor . . . Es enloquecedor.”
“Pero, eso no te va a detener. ¿No es así?”
“Hermana . . . ”
“Sabes que te seguiría hasta las cavernas del abismo más profundo, Krishanu. No hay necesidad de probarme como una aliada.”
“Gracias.” Krishanu se inclinó ante su gemela con un ligero movimiento de su brazo descarnado junto con su torso. Le dirigió una mirada desde esa postura: “¿Te importaría vigilar al niño por ahora? Yo me ocuparé de Wyatt, puede que necesite un punto de vista coherente después de todos estos acontecimientos tan molestos. Puede que haya . . . exagerado.”
“Claro, despreocúpate. Ahora que tenemos uno o dos aliados de nuestro lado es mejor no perder la esperanza, el resto del clan podría seguir pronto, dales tiempo. Con o sin presagio.”
Con ese reflexivo y breve intercambio, los gemelos se separaron. Marut subió a la habitación de hotel de los chicos en busca del niño de doce años. Su naturaleza maternal demostró estar en lo cierto al tropezar con Calvin, mientras este alimentaba al cachorro de zorro con la ayuda de un cuentagotas de cristal y una cuchara de azucarera. Leche cruda de cabra, tibia y trozos de pan duro
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empapados en un plato hondo de color rojizo para la cena. El fantasma de temperamento dulce los observaba sin hacer ruido. Contempló sus incrédulos ojos gris perla, hinchados por el llanto. Tonos rojos, cereza en sus mejillas, nariz y párpados.
Marut se sentó en el colchón de la cama individual de la habitación y fijó sus cuencas huecas en la vista de la ventana, mientras Calvin—sentado en el suelo de madera crujiente—daba vida al pozo de la chimenea, luego envolvió al cachorro de zorro con un manto de lana y permaneció cerca del resplandor durante una o dos horas. Mientras tanto, el fantasma femenino no paso por alto las altas vibraciones de su mente perturbada por el luto y la angustia. Pero no era por nada que los gemelos tuvieran títulos separados—La Llama y el Viento—por lo que se sabía que eran uno solo, pero no lo eran al mismo tiempo. Dos criaturas como la noche y el día, una apenas podía existir sin la otra, con o sin defectos. Por lo tanto, ella estaba obligada a calmar al niño para mantener el orden en sus profundidades, para construir la fortaleza dentro de él.
Calvin se sentó allí. Sus brazos envolvían con cautela el nido de lana que cobijaba al pequeño zorro en su regazo, lágrimas que brillaban con el suave calor de la chimenea. Marut se levantó y presionó sus rodillas pálidas sobre el suelo de madera. En lugar de concentrar sus poderes en la frente, deslizó tres dedos en la parte posterior de su cabeza. En el proceso, le rozó el pelo con ternura. Luego apretó su cabeza contra la de él, y la penumbra desapareció parcialmente.
Jadeó y miró a Carol, pero ella dormitaba tranquilamente sobre él. El chico se levantó, colocándola cuidadosamente sobre el colchón con la esperanza de que no se despertara. “¿Qué hora es?” Susurró para sí mismo.
Miró por la ventana, el sol había bajado y se había escondido tras el monte Mowaki y la cumbre fronteriza de Noruega. Sabía que Wyatt no vendría hasta el amanecer, cuando su turno en las pistas hubiera terminado.
“No vayas a ninguna parte.” Le respiro al cachorro de zorro. La hermana de Krishanu permaneció en su sitio hasta que él cerró la puerta tras de sí, fue entonces cuando atravesó la pared y le siguió hasta el vestíbulo. Allí, Calvin le dio un vistazo al único reloj del edificio, un cronómetro de péndulo
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que colgaba sobre la pared del vestíbulo con brazos de bronce, números romanos y un cuerpo delicado y afiligranado del mismo material de níquel. Eran pasadas las 10:00 P.M. con treinta y seis minutos dentro de la hora para ser exactos.
Calvin se apresuró a subir las escaleras y se puso el enorme abrigo de piel de doble botonadura de Wyatt sobre su atuendo de invierno. Metió dos pequeñas fundas de algodón en uno de sus enormes bolsillos bajos y envolvió a Carol con cuidado antes de apagar el fuego. El cachorro de zorro bostezó y echó un vistazo fuera del bolsillo con un agradable movimiento de la cola, sumergiéndose de nuevo cuando sintió el frío de las calles de Nooktown.
Era una noche venturosa, sin nieve danzante, nubes o tormentas. Solo un fondo apagado de color ciruela para el cielo. Las casas de descuento estaban cargadas, la gente subía a los tranvías, y de vez en cuando salían bocinazos y vapor de las tuberías subterráneas. Todo ello mientras Calvin caminaba hacia la lavandería con una enorme bolsa de algodón al hombro.
Una vez en el establecimiento, echó toda la ropa en una de las muchas cajas de plata colocadas en fila, metió una moneda en la compleja maquinaria y calmó sus oídos con el sonido del agua, pulsando un solo botón. Se sentó en un banco y estudió la vista desde un gran ventanal. Cada parte de esta rutina le recordaba a Vivian Bixbee, y tal vez un impulso le había traído aquí tan tarde en la noche.
La cría de zorro asomó la cabeza desde la cómoda cama de viaje y, al darse cuenta, el niño la acarició antes de prestarle un dedo para que lo chupara. Chupó, mordió y ladró. Y volvió a ladrar. La soledad se fue, y Marut también.
FIN DEL CAPÍTULO #14