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El lucero del día había ido y venido durante días en el aislamiento de aquel inquietante espacio del dormitorio, la habitación infantil del pequeño Tobey Luna. Su viejo estaba sentado en la alfombra, con las fosas nasales manchadas de sangre y empapadas de suciedad, oliendo a hierba fresca. La noche anterior había sido muy movida, había resbalado varias veces en el descuidado jardín mientras llovía tratando de proteger su hogar. Descalzo, con la espalda y la cabeza pegadas a la pared, profundamente dormido junto a la cuna del niño, pero con el rifle bien agarrado. Una mano áspera con dedos de salchicha apretujando aquella arma, mientras con el otro brazo se tapaba sus cansados y espasmódicos ojos. La ventana abierta era la prueba de que el tiempo seguía aquí y mantenía su curso sin una sola preocupación en el universo, incluso cuando la mayoría de nosotros ya se había ido, los que acabaron con sus vidas en la desesperación por escapar de los confines de sus mentes o los que murieron debido a las constantes convulsiones y las fatales hemorragias nasales.
El niño de tres años se despertaba todas las mañanas a las 6:05 A.M. hambriento, con los ojos fijos en la ventana. Miraba fijamente las tiras de luz solar sobre la alfombra mullida de su habitación, partículas que se elevaban bajo la luz como el polvo de hadas de Peter Pan, decía él. Se reía de los colores cálidos y los tonos fríos. Entonces Tobey cogía su juguete de béisbol acolchado y se lo lanzaba a su hermano mayor Stevee entre los barrotes. Stevee dormía en un colchón frente al niño, con un edredón blanco para el frío de las noches y un puñado de almohadas matrimoniales desparramadas, rara vez alguna bajo la cabeza después de una buena noche de sueño. Stevee era un joven inhibido de diecisiete años con síndrome de Down, tenía los hermosos ojos color café y los labios carnosos de su madre.
Elías, su padre, recordaba mucho de ella, Florence Montecinos, una chica criada en la gran ciudad, santiagueña de nacimiento. La recordaba como la recién llegada y un caso perdido que llevaba su guitarra a todas partes, chocando con cada alma que no reconocía de inmediato, sino solo para pedir perdón.
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Quién era él para juzgarla, sino un aburrido estudiante extranjero de Buenos Aires al que no le gustaba la música alternativa latina como a todo el mundo. Sin embargo, ella venía y pasaba el rato con él y sus compañeros de piso mientras fumaban mariguana y resolvían cubos de Rubik, y luego subía a follar. Después de que ambos se graduaran con una licenciatura en Ingeniería Eléctrica, y una licenciatura en Producción Músical respectivamente, dejaron Santiago de Chile y volvieron a su querida ciudad de Buenos Aires, donde se casaron. Sin embargo, volverían a mudarse al poco tiempo, ya que su nueva esposa quería experimentar el sueño americano con la esperanza de avanzar en su carrera, Elías nunca había tenido el corazón para usar la palabra ‘no’ contra ella. Aterrizaron en Los Ángeles con un préstamo y dos deudas universitarias, y tras un duro año en la ciudad de los actores y las estrellas del pop se trasladaron a Las Vegas. Florence nunca superó su decepción mientras él conseguía un trabajo que los mantendría a flote como ingeniero de energía en una empresa solar llamada Ophiuchus Corp.
Todas las mañanas la llevaba a su lugar de trabajo antes que al suyo, un mini-mercado del centro. No era que Florence no pudiera conseguir un trabajo mejor, era el trabajo que le parecía complaciente y que le permitía trabajar en su música en su tiempo libre, por muy poco práctico que fuera dejar que Elías pagara la mayoría de las facturas. Su madre se mostraba muy contundente cada vez que hablaban por teléfono, lo que siempre terminaba en una tremenda pelea. Él le preparaba los almuerzos y las dos jarras de café con una sonrisa por la mañana para hacerla feliz, pero a veces la empresa llamaba a horas intempestivas y él tenía que irse mientras ella dormía. Esto solía causarles problemas a ambos, ya que su mujer a veces decidía faltar al trabajo cuando él no estaba para quedarse escribiendo música o asistiendo a una audición. Por suerte, el dueño del mini-mercado también era argentino y, al ver su resistencia a centrarse en otra cosa, había intentado apoyar a Elías lo mejor posible por ser un compatriota.
Pasaron siete meses y Florence por fin esperaba su primer hijo. Hubo un cambio inmediato en ella al darse cuenta. Era lo más cerca que la había visto de asumir alguna responsabilidad, dejó de faltar a su trabajo y de vez en cuando se levantaba antes que él para preparar el desayuno. Apenas necesitaba que él le hiciera de niñera. Una pequeña victoria para él y para la madre de ella, Tatiana, que se mantenía a su lado en cada discusión. Pero las cosas se detuvieron por completo a las once semanas de embarazo. El examen del primer trimestre mostró que su primogénito nacería con una copia extra de su cromosoma
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21. Síndrome de Down era el término médico. La noticia fue destructiva para la familia, a pesar de ello, Florence estaba decidida a levantarse. Lamentablemente, solo a ella misma. Pasaron los meses y su mujer parecía ser un poco descuidada con sus citas para la ecografía, era algo que a pesar de mostrar un pequeño bulto no se podía olvidar simplemente. Semanas más tarde, le dijo que iba a elegir un nuevo médico para ver al bebé, lo que parecía bastante normal si se pensaba que simplemente quería una segunda opinión sobre la salud del pequeño. Pero en aquel punto, ella insistió en ir sola, por supuesto, Elías no se tomó en serio su sugerencia.
Al conocer al nuevo médico, el Dr. Connor Schwartz se mostró muy empático con ambos, el bebé—ya conocido como Stevee en la familia—se enfrentaría sin duda a un diagnóstico de síndrome de Down, pero aseguró a la pareja que sus expectativas no debían ser bajas, ya que los niños con estas condiciones son muy inteligentes y expresivos. Stevee Luna nació entre gritos propios y de su madre, más sano que nunca y durante mucho tiempo se convirtió en su motor. Su fuente de energía y propósito diario, Florence y él por el momento parecían ser inseparables mientras cuidaban de su único hijo con la asistencia pediátrica del Dr. Schwartz. Y como si las buenas noticias no pudieran dejar de llegar, a Elías le ofrecieron trabajar en una nueva ramificación de Ophiuchus Corp. apreciando su dedicación a la empresa.
Ophiuchus Corp. había puesto sus ojos en la creación de un vehículo de energía solar que pudiera desplegar a escala de masas. Para ser más precisos, un vehículo volador que pudiera servir como opción de transporte para la gente común y corriente. El futuro de los coches voladores estaba todavía muy lejos y la empresa lo entendía muy bien, pero un servicio de transporte volador era tentador, ya que sabían que los cielos estaban relativamente despejados, teniendo en cuenta que el vehículo que imaginaban no estaba destinado a volar tan alto. Al principio, los planos pasaron por los diseñadores e ingenieros de la empresa de todo el país antes de cualquier deliberación. Elias estaba entre ellos y recibió un buen sueldo antes del anuncio del lanzamiento de dicho proyecto. Seis meses más tarde, tenía una nueva oficina en la rama de Destine en Las Vegas y trabajaba en turnos más largos de lo que nunca imaginó. Llegaba a casa alrededor de las 3:00 A.M., cenaba y despertaba brevemente a Stevee para jugar con él antes de dormirse un par de horas para volver a empezar el día. Florence había dejado su trabajo para cuidar de Stevee a tiempo completo mientras su equipo revisaba mil veces su material de trabajo.
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La necesidad de sofisticación de Destine se hizo indudable con el paso del tiempo, lo que solo significaba una década de trabajo en el horizonte. El diseño del vehículo sería al igual que el de un tren subterráneo, transportando al menos a diez personas por carro de estilo metro flotante, que además podría magnetizarse a cualquier carro encontrado en el camino con un sensor hidráulico en la parte trasera de cada vagón. Para mantener el rumbo del sistema, era necesario trazar una ruta de vuelo en diferentes ciudades congestionadas—los objetivos principales del proyecto—trabajo que ya había comenzado años atrás, ya que necesitaban prever cada minúsculo problema antes de invadir el espacio aéreo de cada lugar. El material de investigación recopilado y el arduo trabajo de generación de energía mediante hemiciclos de células fotovoltaicas de película fina que se deslizaban en cuatro puntos del carro fue su verdadero avance—les permitirían recoger la energía solar de cualquier punto en el que estuviera el sol durante el día fijados a un campo magnético que los mantendría en su sitio. Debajo de los carros brotaban una serie de turbinas, que se movían hacia arriba y hacia abajo como los acordes de un piano para estabilizarse.
En acción, la máquina que Ophiuchus Corp. había creado era mucho más agraciada de lo que habían previsto, como un reloj, subiendo horizontalmente como un teleférico hasta llegar al primer punto de control. Bolas cromadas flotantes con luces láser que salían disparadas hacia el siguiente prototipo exacto y así sucesivamente para iniciar una reacción en cadena, este láser indicaba al vehículo cuál era la siguiente dirección a tomar a través de un sencillo software muy parecido a la palanca de un tren automático, cada bola no podía procesar más de cuatro rutas diferentes, estas limitaciones y variaciones tendrían que ser resueltas en el futuro. Y el futuro llegó.
Como si nada, habían pasado once años y la creciente popularidad de Destine no podía detenerse, Las Vegas solo había sido el principio, sufragar los costes por cada ciudad importante sería algo en lo que se trabajaría en exceso. Las pruebas públicas habían sido un éxito rotundo un mes antes. Un sistema único que fue ajustado a la perfección. Cada puerto estaba a nivel del suelo como las estaciones de autobuses comunes, establecer los primeros de estos en los lugares correctos era clave, el equipo trabajó en la etapa final ese mismo año.
Toda la operación de lanzamiento estaba terminada cuando Stevee ya había cumplido los trece años, la mayoría de las ciudades del primer mundo habían sido cartografiadas y funcionaban en cierta medida.
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Este había sido el trabajo de toda una vida de Elias, quien permaneció en la compañía durante un año más. A los catorce años, Florence estaba embarazada de nuevo, una alegría más por venir. Elías se había sentado con su hijo adolescente y le había platicado sobre su hermano en camino, mientras bebía una cerveza sobre la azotea de su casa. Las noches eran realmente frías, pero contemplar el horizonte al calor de sus pesadas chaquetas mientras su padre dejaba la parrilla al aire libre cocinando carne asada y pimientos era algo que les gustaba hacer con bastante frecuencia. Su hijo lo observaba con asombro cada vez que bajaba del techo para ver los filetes y luego volvía a trepar por las paredes, lo que le hacía reír.
Stevee siempre había sido el tipo callado, propenso a los cambios de humor. Su madre le llevaba siempre a competiciones de atletismo después de la escuela de educación especial, el atletismo era algo que le hacía feliz. También le encantaban los sombreros, de todo tipo, y quería coleccionarlos, gorras de béisbol, sombreros de rodeo, boinas, fedoras, también sombreros de copa porque le recordaban a los magos. La Srta. Krissy, su profesora, tenía instrucciones de sentarse a su lado durante las comidas para asegurarse de que comiera, eso no le gustaba y tenía la costumbre de hacer arrebatos por ello, excepto con la Srta. Natalie, que siempre había querido besar, lo que le había confesado a su padre varias veces.
La segunda ecografía confirmó que venía otro hombrecito, al que habían decidido llamar Tobey, esta vez sin síndrome de Down. Florence siempre había elegido los nombres, todo lo americano había sido su obsesión, ciertamente emigrar había sido su mejor decisión para formar una familia a los ojos de Elías, sin importar lo difícil que había sido su esposa en el pasado. Pero días después de que naciera Tobey, recibió un mensaje de texto del teléfono del Dr. Connor Schwartz solicitando una videollamada. Atendió la llamada cuando salía de su despacho, pero no esperaba que Connor apareciera en la pantalla junto a su mujer. Quien le explicó febrilmente que Florence había estado enviando mensajes de texto a su marido de forma intermitente durante años y que estaba haciendo esta llamada ahora al ser descubierta. Connor había estado mirando los mensajes todo este tiempo sin responder a ninguna de sus insinuaciones, con la mera excepción de las fotos desnudas, a las que había respondido con un pulgar hacia arriba en todas las ocasiones. Su mujer también había encontrado un teléfono inteligente extra que desconocía y le confirmó que ella estaba entre sus contactos más recientes de mensajes de texto, en el que chateaban abiertamente. La cara del médico era la demostración más genuina de
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mortificación que había visto en algún hombre, y a Elías le entraban ganas de vomitar solo de percibirlo. Si había habido encuentros sexuales, ni la mujer de Connor ni Elías podían saberlo, él no estaba siendo cooperativo, así que ambos asumieron el peor de los escenarios sin haber podido mirar toda su conversación.
Nada podía eliminar de su mente la forma en que su médico de cabecera había tocado el vientre que contenía a sus hijos. Y empezó a dudar si realmente sus hijos eran suyos. Se quedó en la oficina un poco más de tiempo y luego se puso a pensar en la forma de afrontar esto mientras conducía a casa. Esto duraría unos cuantos días en soledad mientras revisaba las capturas de pantalla de los mensajes de texto y los desnudos, Florence podía ver que algo le preocupaba. Destine seguía siendo un proyecto que había que monitorear y actualizar de cualquier manera, y ella no suponía que hubiera nada más que el estrés general. Finalmente, su marido se decidió a llamar a Tatiana. Planeaba llevar a la madre de Florence a Las Vegas mientras él se llevaba a los niños para que ella no estuviera sola durante el divorcio, renunciando a la casa en el proceso. Para ser justos, había empezado a madurar la idea de mudarse fuera de la ciudad para olvidarse de todo. Elías habló con el fundador de Ophiuchus, Boone Armstrong, para que lo transfirieran a una nueva rama de la empresa, aun cuando no quería dejar Destine. El veterano le llamaría una semana después. Sus opciones eran Washington D.C. o Colorado, eligió D.C. y llamó a un agente inmobiliario, eligió un apartamento que necesitaba reparaciones mayores. Pero ya arreglaría las cosas con el propietario una vez que estuviera listo con su reservación de hotel. En algún momento, su mujer empezó a ver un patrón, pero él fingía estar inmerso en su trabajo, Stevee se dio cuenta de las constantes discusiones al respecto durante la cena. Su padre tampoco comía mucho, su cara tenía esas asperezas que empezaban a darle un aspecto enfermizo y cansado.
Finalmente, una mañana, se despertó con el corazón en la garganta, le latía tan rápido con la ansiedad pisando fuerte al darse cuenta de la hora que era. Su mujer pensaba que esa mañana se iría a trabajar, pero él salió de la cama a las 4:00 A.M., como de costumbre, a despertar a Stevee en su lugar. Le prometió un viaje por carretera, y le dijo que cogiera su ropa y juguetes favoritos, y los metiera en esta bolsa tan chula, una maleta nueva y vacía que había guardado en su coche. Mientras tanto, ordenó las cosas de Tobey. Tatiana llegaría a casa a las 6:30 A.M. y pensando ahora, hubiera esperado que su mujer
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hubiera accedido a su decisión, y no hubiera intentado joderle con la idea de llevarse a los niños, aquello había sido su mayor temor. Contra eso no podría haber hecho nada.
Una vez empacado todo, fue a su Amarok y se quedó vigilando junto a la puerta mientras Stevee desayunaba y Tobey dormía en sus brazos. Stevee quería despertar a mamá, pero Elías le dijo que la dejara descansar. Miró el reloj y eran las 6:45 A.M. y sintió que lo perdía todo lentamente. Otros cinco minutos, y escuchó a Florence tirar de la cadena por el inodoro, sabía lo que se avecinaba.
Entró a la cocina, sintiendo que algo estaba mal. “¿Stevee, cariño? ¿Dónde está papá?” Fue la imagen de su hijo, desayunando cuando el colegio empezaba a las 8:00 A.M. lo que la desconcertó. Miró hacia la puerta principal, allí estaba su marido con Tobey en brazos, con cara de que necesitaba un trago.
“Elias, ¿pero qué está pasando?” Ella extendió la mano hacia el bebé que tenía entre los brazos, pero él se apartó de ella de un tirón. Sin poder controlar cómo la miraba en ese instante. “¿Elías?”
“Su esposa me llamó hace unas semanas.” Él soltó de repente. Sus ojos se agrandaron y la vio pensar durante un nanosegundo antes de que sus ojos cayeran por el suelo. Su boca se abrió de repente y muy grande.
“Matt es solo un productor que conocí hace poco . . . ” Exhaló con lágrimas en los ojos, sin atreverse a levantar la vista.
“Pará un poquito . . . ” Ya no sabía qué hacer consigo mismo, pero sintió que Tobey se movía en sus brazos y recordó que debía ser gentil. “¿Hay otro pibe aparte de Connor . . . ?”
Su mente daba vueltas, su marido lo notaba mientras intentaba buscar apoyo en el respaldo de su sofá. Algo en ella se rompía, se desquebrajaba como una rama pesada que no podía resistir más el viento.
“¡¿CONCHA DE TU MADRE! QUÉ HA HECHO?!” Tobey empezó a llorar ante el repentino arrebato de su padre.
“¡POR FAVOR DAME A MI HIJO!” Ella gritó. Stevee corrió hacia su madre y le rodeó la cintura con los brazos. El niño hablaba entre llantos, pero sus padres se gritaban tan fuerte que Tatiana llamó frenéticamente a la puerta viendo lo que pasaba a través del cristal ornamentado, el taxista salió de allí rápidamente. Elías quito el seguro de la entrada mientras su mujer le gritaba histérica al ver lo que había hecho. Le habría abierto la puerta a su madre, pero Florencia seguía encarándolo.
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“¡Florence, pará ya! Cariño!” Se oyó a su madre entre sus insultos. Elías consiguió darle la espalda un segundo para poner a Tobey en los brazos de Tati, tomó a Stevee por el hombro y le dijo a su hijo mayor que siguiera a su abuela hasta su habitación en el segundo piso. Estaban al pie de la escalera cuando Florence se subió en su espalda y ambos se estrellaron contra unos muebles de madera que se abrieron por debajo de su peso. Ella intentaba golpearle en la cara, con las palmas de las manos abiertas, pero Elías se puso en pie y la empujó con tal fuerza que se golpeó contra el suelo por segunda vez y empezó a llorar una vez más. Entre trozos de madera en el suelo y habiéndose dado cuenta de que habían roto uno de sus cajones, vio un viejo teléfono plegable tirado en el suelo que sin duda no reconoció, y que probablemente había estado en ese mueble, escondido en alguna parte. Lo recogió de inmediato, la pantalla estaba algo rota mientras su mujer se giraba para arañarle, intentando hacerse con la principal prueba de su infidelidad. Elías la empujaba del camino, se apartaba mientras miraba los mensajes, perseguido por ella, quién tomó un cojín para golpearle con fuerza en la cara a base de bofetadas. Un vecino se asomó y, vacilante, dijo que había llamado a la policía, esperando no convertirse en un objetivo, y luego regresó a su casa.
Florence empezaba a querer forcejear con él. Elías sabía que lo único que podía hacer era sacarla de su camino con suficiente fuerza, y esperar a la policía por mucho que su instinto le dijera que le devolviera el golpe, que un solo golpe la haría sentarse. Pero lo siguiente que supo fue que él caía de rodillas, para luego golpear fuertemente su cabeza contra el suelo, temblando como una batidora, un fugaz knockout. Vio que su mujer se tambaleaba por encima de él como si estuviera borracha, también cayendo sobre su trasero en total confusión. Antes de que pudiera recuperar el movimiento, vio a Stevee bajar corriendo las escaleras y salir de la casa por la puerta principal, abierta de par en par. Florence se levantó como pudo y fue tras él, su chico de pista se le escapó de las manos, pero ella no se detuvo.
Elías se puso en pie a tropezones, dándose cuenta de que uno de los lóbulos de su ojo chorreaba sangre y que había manchado un poco el suelo. Corrió también tras ellos, vislumbrando a Tatiana sentada en lo alto de la escalera gritando el nombre de su hija mientras sostenía a Tobey y su nariz sangraba abundantemente. Nunca se le había pasado por la cabeza lo bonito que era su barrio, lo entrañable y próspero que parecía, pero eso fue exactamente lo que se le pasó por la cabeza mientras el sol de la mañana brillaba en el horizonte. Descubriría luego que ese pensamiento no era suyo, pero lo
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único en lo que podía concentrarse entonces era en alcanzar a Stevee, que ya había cruzado la calle y corría hacia las afueras con su madre tras él. Se precipitó, gritando su nombre a todo pulmón, pero la segunda oleada vino. Vio a la patrulla de policía que se dirigía a su hogar precipitarse hacia ellos, justo por delante de su hijo, mientras el coche se salía de la carretera y se dirigía hacia la acera, Florence empujó a su hijo fuera del camino antes de ser atropellada. El vehículo se estrelló contra la casa de alguien tras entrar en su calzada e impactar en el cercado. El policía que iba al interior del coche se convulsionaba y golpeaba la cabeza repetidamente contra el volante hasta que los constantes traumatismos craneales terminaron con su desgracia. Elías se puso pálido como un fantasma cuando la imagen de su hijo tirando de la camisa de su madre—que se estremecía en el suelo con los ojos abiertos—se grabó para siempre en su memoria. Oyó lamentos, era Tatiana, que venía a tropezones desde el otro lado de la calle con Tobey. Se arrodilló junto a su mujer con lágrimas mientras se palpaba los bolsillos en busca de su teléfono. Y mientras sus nervios le dificultaban marcar el 911 se sobresaltó cuando Florence le tomó firmemente del brazo y abrió la boca.
“C—contesta. Contesta. Contesta el teléfono.” Le instó, rodeando con sus dedos los suyos. Un segundo después, su teléfono estaba sonando. Y era Boone Armstrong en la línea. Intentó apartar la llamada, pero el botón de colgar no funcionaba. Florence insistió mientras Tatiana probaba su teléfono horrorizada, pero no tenía cobertura. “Contesta. Contesta. Elias. Elías. Elías. Contesta. Contesta. Contesta. . . ”
Al final se le saltaron las lágrimas al ver que estaba atrapada en un espiral mental. Fue entonces cuando la madre de su mujer miró a su alrededor para ver que todo el barrio se había venido abajo. La gente actuaba de forma extraña. Algunos hablaban solos al pasar, con la mirada perdida hacia adelante. Había un hombre haciendo flexiones en un árbol cercano, otro usando un extintor en un coche que no estaba en llamas. Una anciana se desnudaba, doblaba su ropa y la ponía en el suelo. Una mujer joven que sacaba la lengua al cielo para saborear lluvia que no estaba allí. ¿Cuándo había salido esta gente de sus casas?
Llorando, la madre de Florence le arrebató el teléfono y atendió la llamada de Boone, activando el altavoz. La miró atónita mientras se sentaba en el suelo junto a su hija y rodeaba a Stevee con un brazo.
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Su madre se sumió lentamente en un sueño del que no volvería. Elías se sentó también junto a ellos, frotando la espalda de Stevee. Miró a Tobey y lo vio ileso también.
“¿Elias? ¿Estás ahí? ¿Hola? ¿Hola?”
“B-boone, hola. Soy yo. Estoy aquí.” Sollozó “Mi . . . mi esposa . . . ”
“Hijo, lo sé . . . está en todas las noticias. Las bajas no se pueden calcular ahora mismo, así de grave es. Yo mismo no sé cómo estoy vivo si he de ser sincero.” El anciano suspiró. “¿Cómo están los niños?”
“Están bien, los tengo aquí conmigo.”
“Escucha, hijo, odio molestarte en este momento aterrador de nuestras vidas. Llevo desde las 5:00 A.M. intentando localizar a alguien del equipo de Destine, pero no he tenido suerte.”
“Boone, el mundo se está acabando. Preferiría no . . . ”
“Elias, el mundo no se ha acabado para todos nosotros todavía, hay miles de personas atrapadas. Destine se ha quedado varado para muchos en el aire.” Se quedó callado durante un minuto. “No puedo hacer que funcione, tengo un par de personas aquí investigando. Pero ninguno de ellos es del equipo original. Por lo que sabemos, está ocurriendo en todo el país. Estamos intentando refrescar los datos de los servidores europeos, sudamericanos y del resto, pero los equipos no muestran nada por el momento. Por favor, necesito tu ayuda.”
Al oír esas últimas palabras, Elías buscó respuestas en los ojos de su suegra, rojos y llorosos, quien se frotó la muñeca contra la nariz y bajó la mirada. La vio besar a su hija en la frente y pasarle los dedos por el pelo. Le dijo a Boone que le llamaría en unos minutos y colgó, rodeando con un brazo la espalda de su difunta esposa y con el otro bajo sus rodillas. Llevarla a casa con Tatiana y su bebé, y con Stevee tras de él en todo el camino fue el paseo más largo de su vida. Se dio cuenta de que la última vez que la había cargado así había sido hace mucho tiempo, cuando vivían en Los Ángeles. Cuando todo estaba bien entre ellos.
Colocó su cuerpo en la mesa del comedor y encendió el televisor de pantalla plana para buscar las noticias, luego le dijo a Tati que la ayudaría a colocar su equipaje en su Amarok porque el barrio ya no parecía seguro. Ella le dijo que iría a cualquier sitio donde fuera su hija, pero él le recordó que no era sano para los niños. Tras discutir durante casi diez minutos, finalmente desistió. Mientras tanto, las noticias hablaban de un objeto no identificado que entraba en la atmósfera de la Tierra y que interfería
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con señales cuidadosamente seleccionadas cómo las de algunas compañías de Ethernet, la televisión y los teléfonos inteligentes. Las centrales eléctricas y las frecuencias de radio, sin embargo, funcionaban sin ser afectadas por lo que fuera que se había hundido en el océano Atlántico.
Elías llamó a Boone como le había prometido, le preguntó si todavía necesitaba ayuda porque estaba de camino. Su jefe le dio las gracias, pero el argentino le dijo que tendría que ayudarle a salir rápidamente de Estados Unidos después de arreglar Destine. El anciano le preguntó qué necesitaba exactamente. Dijo que un avión. Un avión que le llevara a Argentina. Armstrong se rio, pero su empleado permaneció callado al otro lado de la línea. Rápidamente, pescó su humor y accedió, con la única condición de que Destine trabajara de nuevo como reloj suizo para cuando terminara. El ingeniero no tardó en aceptar estas condiciones.
El sonido del pomo de la puerta girando a metro y medio de él le hizo encogerse, dispuesto a golpear a cualquiera con la culata de su rifle, por un instante, imaginando la cara de un enemigo lo suficientemente cerca como para golpearle en la mandíbula. Un hombre con los ojos ensangrentados y una sonrisa temblorosa. Su mente había sido engañada, como de costumbre, mientras estaba sentado en el suelo junto a Tobey y Stevee, este último no se había despertado aún, y quien se volteó dándole la espalda su hermano menor. Marshall estaba jugando con sus víctimas colectivamente mucho antes de lo habitual esta mañana, pensó. Pero junto a la puerta estaba Tatiana, con la bandeja del desayuno entre las manos. Una bandeja que ella abarrotaba todas las mañanas con pomelos, avena, café, zumo de zanahoria y huevos escalfados.
Tobey aplaudió y tarareó. “Hola, mi amor bello . . . ” Sonrió y dijo en voz baja, poniéndose de puntillas para dirigirse a Elías y dejar la bandeja ante él. Luego cogió al bebé y se sentó en el suelo con las piernas cruzadas junto a su padre.
“Entonces . . . ¿Qué tan serio puede llegar a ser esto?” Tatiana fingió una sonrisa a su nieto, que se rio con el puño en la boca.
“Las trampas para osos y los alambres de púas no los mantendrán alejados por mucho tiempo, según el comité del vecindario.” Elías se frotó el ojo y tomó un poco de jugo. “Lo hemos intentado todo con ellos. Siguen diciendo que escondemos algo que ellos quieren, a pesar del recorrido que les hemos dado. Dispararon a nuestras casas toda la noche por pura diversión y les devolvimos el ataque. Estaban
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borrachos como una cuba y se burlaban mientras vigilábamos los patios, en algún momento terminamos en una pelea a puñetazos.”
“Vamos a darles toda nuestra comida. Diles que nos dejen salir del barrio para que puedan seguir buscando.”
“Tati, esto ya lleva un puñado de cuadras aquí en Mar del Plata, y nadie puede salir hasta encontrar lo que busca Marshall. Mariano ha escuchado lo suficiente, se viene una revuelta si alguien muere, pero esta gente no dudará en usar las ametralladoras contra nosotros. Están desquiciados. Se desviven por Marshall, lo que sea que esté buscando, harán el trabajo sucio.”
“Entonces, ¿cuáles son nuestras opciones?” Tatiana susurró, “Hice lo que me dijiste, llevé a Stevee a casa de Mariano para que le enseñaran a utilizar un arma correctamente. No hay nada que le hayan enseñado que tú no hayas hecho ya.”
“No quiero que se lo piense dos veces cuando se caguen en nosotros, el mundo que perdimos está muy lejos. Si no, no tendrías un revólver colgando del cinturón.” Se metió un huevo entero en la boca, apuntando a la cintura de su suegra.
“¿De verdad estás pensando en unirte a las fuerzas de Mariano esta vez?” Ella le miró como si fuera despreciable. “Llamarte su 'Huevo de Oro' no es un cumplido, ¿no lo entiendes?”
“¿Qué harán Stevee y Tobey si no estamos ni tú ni yo?” Incrustó los dientes en un trozo de pomelo. “Al menos no soy el 'Ganzo de Oro'.”
“¿Qué significa eso?” Tatiana siseó.
Se levantó para mirar por la ventana, con el rifle de nuevo entre los dedos. “Significa que solo soy un matón, uno bueno para lo que necesite que haga. Si Marshall se enfada, será su cabeza en bandeja de plata y no la mía.”
“No estás pensando bien, eres tú . . . ” Elías salió de la habitación corriendo y casi tropieza al bajar las escaleras. “¡¿Elías?!” Tatiana se asomó a la ventana para ver primero la orilla de la costa de Argentina y luego a 'Los Adoradores' a una cuadra de ella yendo de puerta en puerta con sus armas. Cateando persona por persona y aparentemente matándolas a golpes después. No tuvo más remedio que despertar a Stevee entre empujones y gritos. Instintivamente, cogió su rifle automático de una trampilla bajo la alfombra blanca, algo que su padre le hacía practicar casi todos los días.
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Elías salió corriendo al patio trasero dispuesto a subirse a la valla con la esperanza de proteger la casa, pero en cuanto se impulsó un hombre le golpeó en la cara con un madero. Cayó sobre la hierba con la nariz rota. El tipo le miró desde arriba y sonrió endiabladamente.
Stevee corrió a su lado y vio de primera mano la mirada estupefacta de su padre. La larga barba negra como el carbón y los ojos de este hombre no eran otros que los rasgos del hombre que había aparecido ante él mientras la abuela de sus hijos entraba con el desayuno hacía un momento, con su sonrisa temblorosa y sus venas saltando ahora ante él. Su hijo miró a su alrededor para darse cuenta de que Los Adoradores ya los estaban observando desde los tejados de los alrededores. Tatiana salió corriendo con Tobey en brazos, pero el hombre del garrote también llevaba un revólver. Elías sintió que Marshall husmeaba en su mente, y volvió la mirada a su suegra y a su hijo menor, ya que por deseo del superordenador la vio caer de espaldas sin vida junto a su pequeño en el tiempo que tardó ese demonio en dispararles cuatro veces. Se puso en pie y corrió a su lado en un santiamén, pero se derrumbó sobre ellos, ya no estaban con vida. Fue Stevee quien soltó una larga ráfaga de balas por todos los tejados, el grupo de fieles saltó, muchos de ellos heridos y otros murieron tras ser alcanzados por los proyectiles. Las fuerzas de Mariano entraron justo después y sacaron a padre e hijo de la espantosa sombra de aquella casa en medio del comienzo de un despiadado tiroteo.
FIN DEL PRÓLOGO