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23 de abril de 1925. Diez años antes. El calendario marcaba otro día en los hangares del aeropuerto de Nooktown, la fecha se leía en una enorme pizarra con letra elegante entre curvas y abolladuras. Bajo este estaban escritos también los vuelos registrados a todas partes del país, las llegadas y salidas—A.M. o P.M. Un reloj colosal que colgaba por encima mostraba la hora con sus ingeniosos brazos de acero. Sus inmensos y rizados números habían sido elaborados en madera y pintados con pigmento negro esmaltado. De vez en cuando sonaban las campanas, anunciando la llegada de un nuevo avión. Esto ayudaba a los supervisores a completar el papeleo sobre sus portapapeles: la hora y el lugar de llegada, ¿qué hangar de la A a la K? De esa letra seleccionada, ¿era la pista 1, 2 o 3? ¿Qué tipo de aeronave era? ¿Modelo? Nombre del piloto, licencia e identificación. ¿Qué hay adentro? ¿Combustible? ¿Verduras? ¿Animales? Cheque aquí, cheque allá. Esa información luego caería en manos de un asistente, su trabajo consistía en dominar los datos del uso de cada material antes de estampar el papeleo con un sello de tinta verde con la palabra RECIBIDO, en letras grandes. Una vez hecho esto, los trámites se llevarían al técnico encargado de dicha área. Los técnicos requerían equipos de gente para descargar o cargar el envío de la aeronave, así como para brindar soporte técnico y revisiones del motor.
Si el asunto consistía en un pájaro de guerra pesado que salía del aeropuerto, se aplicaba el mismo procedimiento para dejarlos ir. Si por alguna circunstancia existía información dudosa con la carga, el avión o la identificación del piloto, el aeropuerto se veía obligado a estampar la
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documentación con sellos de tinta roja con la palabra DENEGADA, activando un mecanismo de alerta y dejando en segundo plano todas las métricas y eficiencia. Seguido de un reinicio de procedimiento sistemático de antaño para estos casos, prohibido omitir o cuestionar por aquellos encargados de las instalaciones. Por lo tanto, todos los días sin apagones en los aparatos eran un día bendecido y alegre para todos los supervisores y miembros del personal, ya que sus cheques de pago no sufrirían las consecuencias. Justo en la esquina de la imponente pizarra había una más pequeña que decía: 6 días y 5 horas sin alerta. Generalmente, se llenaban los espacios en blanco donde el número era mandatario para medidas estadísticas.
El monte Mowaki era el hogar de aquellos desafortunados—uno de los muchos terrenos santificados de los nativos Renou conocidos como la gente de los renos en el país y también como los hijos perdidos de los vikingos Saami del norte—tan malvados y despiadados como el hielo crudo mismo o eso decían los tontos del pueblo. El hogar de muchos que habían huido lejos al norte de todas las provincias para salvar sus vidas del derramamiento de sangre. Pero el pueblo aún estaba seducida por una desgracia inminente, las llanuras de las pistas de los hangares del aeropuerto cobraban vidas constantemente debido a la falta de recursos. Aquellos viejos, o incluso jóvenes.
“¡Buen día, Allegra! ¿Qué tienes listo para esta chica hoy?” Una mujer coqueta de unos veintitantos años que llevaba un par de tacones rojos brillantes, una chaqueta parka y exceso de polvos cosméticos en la cara, gorjeó cuando entró en el vestíbulo del hangar J. Detrás de un escritorio de alabastro exquisitamente pulido se sentaba una anciana de aspecto dulce con rizos opalinos alborotados y pesados anteojos con aumento. Allegra levantó la vista de entre sus lentes de fondo de botella y sonrió.
“Buenos días, Srta. Watts, aquí están las primeras hojas de tonelaje del día.” La anciana tomó un bloque de papeles y los enderezó contra su escritorio antes de entregárselos con los nudillos temblorosos. “Además”, comentó, “hay un nuevo grupo de paleadores listos para entrenar. Los patrones insistieron en que usted les presentara el trabajo diario, el sistema y nuestras instalaciones como la primavera pasada.”
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La compañera de trabajo de Allegra sujetó los formularios en su portapapeles y refunfuño. Sacó un chicle del bolsillo de su vestido y se lo metió en la boca. Había descubierto que la ayudaba cada vez que se sentía agobiada en su pragmático lugar de trabajo. “¿Nuevos chicos, dices? ¿Conoces a alguno de ellos?”
“La mayoría de ellos provienen de la escuela local o trabajan a tiempo parcial en el mercado del pueblo, de dieciséis años o más. La mayoría de ellos, excepto. . . ”
“Excepto . . . ?”
“Excepto uno de ellos. Él es . . . muy joven. Estoy bastante segura que este no es el tipo de trabajo para él . . . o de cualquiera.” Allegra sacó un grueso grupo de carpetas de su cajón y buscó en el archivo. Contenía una foto en tono sepia de cada chico, un resumen de sus habilidades, sí poseían, su edad y residencia, además de sus formularios de solicitud de empleo. Todos los datos se habían escrito con un asistente en máquina de escribir por el departamento de recursos humanos.
La anciana encontró la pila que quería, dos carpetas en la parte inferior de la pila, y las empujó hacia el borde de su escritorio. “Estos son los hermanos Elsner. El mayor es Wyatt, tiene dieciséis años.”
La Srta. Watts abrió el primer archivo y hojeó pensativamente el informe. En el retrato se encontró con un adolescente con piel de color avena; ojos marrones y cabello rubio castaño—según los datos en sus manos. “¿Y el más joven? ¿Cuántos años tiene él?”
“Su nombre es Calvin”, Allegra se subió las gafas por el puente de la nariz. “Él tiene cinco años.”
“¡Espera! ¿Cinco años de edad? Cómo . . . ” La mujer escaneó las páginas con verdadera consternación. El niño tenía un rostro regordete, nariz pequeña, ojos y cabello claro. Gris y rubio respectivamente. Inmediatamente, buscó la residencia del niño: La Casa Posada. Él alguna vez famoso hotel de lujo—ahora abandonado. Y solo para asegurarse de que no hubiera errores, buscó en la carpeta anterior. Otra vez. La Casa Posada. “Estos chicos . . . estos chicos acaban de
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llegar al pueblo. Nunca había escuchado sus nombres antes. Y si se quedan en La Casa Posada significa. . . ”
“Significa que no tienen dónde ir.” Allegra asintió.
“Esto es . . . ” La Srta. Watts apretó los labios. “Toda una historia.” Se pasó los dedos por el cabello. “¿Ya están aquí los chicos?”
“¿Todos ellos? Están en la sala de espera, la que está cerca de los baños. Sala B.”
“Bueno. Allegra, ¿podrías traerme una taza de café? Necesito desesperadamente una ahora.”
“Seguro.” La recepcionista estrecho los labios en una sonrisa y se puso a trabajar, mientras su joven compañera de trabajo giraba los hombros y suspiraba.
“Bueno. Tranquila, Edna. Esto es fácil.” Se dijo a sí misma.
“Ehhh. Srta. Watts? Quiero decir . . . ¿Edna?” Allegra la miró con ojos alegres.
“¿Sí?”
“Por favor, sé amable con estos chicos.”
Ella imitó la sonrisa afable de la recepcionista, pero gruñó en voz baja mientras le daba la espalda y se quitaba el abrigo. “Humillante . . . ” Ella procedió a arremangar su blusa, se recogió el cabello en un moño y sacó su bolígrafo falso de platino que usaba solo para presumirle a los mocosos. Una mujer necesitaba placeres sencillos.
Edna pasó junto a la fuente de agua potable del vasto vestíbulo, giró hacia un pequeño pasillo en forma de ‘L’ y atravesó el pasillo de las oficinas. Terminó frente a una puerta azul con una letra B chapada en oro. Dentro de la habitación B encontró a doce jóvenes sentados al otro lado de la habitación, altos y fornidos, más de algunos parecían mucho mayores de lo que realmente eran. Los requisitos de un físico bien formado eran comunes para el empleo, pero no eran necesarios si el candidato mejoraba su resistencia. Trabajarían con palas pesadas y picadores de hielo. Barriles llenos de sal y botas de invierno con clavos hechos a medida. El uso de abrigos gruesos y prendas
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de invierno era obvio, pero el aeropuerto no proporcionaba lo suficiente para todos los empleados.
Los adolescentes la miraron con ojos fisgones. El mayor de todos, espantoso y pecoso, se puso de pie cuando logró reconocerla como miembro del personal del aeropuerto. Se quitó el sombrero de algodón e instó a uno de sus amigos a que también se pusiera de pie. “¡Es ella!” Dijo, dándole un puñetazo en el hombro. Los otros chicos se miraron y se pusieron a hablar en un santiamén, balbuceando y suplicando todo al mismo tiempo. Demasiado fuerte para sus oídos.
“¡Cállense!” Todos detuvieron la lengua. “O me demuestran que tienen lo que necesito para explotarlos o no. Sin lloriqueos o discusiones sin sentido en mi presencia. ¡No soy su tía y no conozco ninguna simpatía por monitos histéricos como ustedes!” Los chicos se alejaron con evidente vergüenza. Siguió un momento de quietud. Edna se meció sobre su coqueto par de tacones rojos y cerró los ojos con fuerza.
Por fin, se reubicó un mechón de cabello en la parte posterior de la oreja.
“Vayamos al grano”, comenzó. “Cada uno de ustedes tomará una pala o un picador de hielo del depósito. Una vez que tengan una herramienta, nos reuniremos en el hangar J, pista 2. Si se pregunta dónde está el depósito, es la última puerta a la izquierda. ¡Ahora, movámonos! Si alguno de ustedes llega tarde a nuestra reunión, puede decir adiós, sin consideraciones de mi parte. Tienes cinco minutos. ¿Han entendido todos?”
Todos los adolescentes habían caído bajo un hechizo inmovilizador antes de que pudieran responder brevemente. “Sí, señora.”
La pandilla se disipó y dos figuras más pequeñas llegaron al alcance de su vista desde el pasillo, provenientes del baño. Un par de chicos con ropas demasiado grandes para sus siluetas escuálidas. Pantalones remendados, chaquetas manchadas, gorros de invierno y guantes rotos. El más alto vestía calzado rústico de cuero marrón sin cordones y calcetines verde oscuro hasta las rodillas. La miraba con ojos inquietos. Mientras que el bebé a su lado había envuelto su minúsculo puño alrededor del pulgar izquierdo de su cuidador. Las lágrimas corrían por su rostro ligeramente rojizo.
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El chico de los calcetines verdes lo hizo callar cuando sintió la mirada de desagrado de Edna ardiendo en sus mejillas. Pero eso no detuvo al niño. Ella frunció los labios y arqueó una de sus cejas perfectamente afeitadas. Entonces, sé arrodillo ante él.
“¿Cuál es tu nombre?” Preguntó con voz suave, pero todavía visiblemente irritada.
El niño miró a su hermano mayor, quien tragó saliva y movió la cabeza de arriba abajo. “Calvin.” El bebé tarareó. Ella lo miró durante dos largos segundos.
“Debes ser Wyatt, ¿correcto?” Preguntó, mirando al adolescente de los calcetines verdes.
“S—sí. Seño. . . eh, señorita. . . ”
Ella volvió los ojos. “Edna Watts servirá, chicos. Solo Edna.” Siguió masticando su chicle y le dio unas palmaditas a Calvin en la cabeza con bastante brusquedad. Luego se puso de pie y garabateó algo en su portapapeles. “¿Tu edad?”
“Tengo dieciséis años y Calvin cinco”, respondió Wyatt, sacando un modelo anticuado de una pala con un mango costroso de debajo de la silla en la que había estado sentado antes de que ella entrara. Añadió: “Un chico . . . alguien . . . eh. . . dijo que esto sería útil.”
“Déjame ver . . . ” Ella tomó la herramienta de sus manos y la inspeccionó de cerca. “Si usas esto, es mejor que te pongas guantes todos los días o te lastimarás mucho las manos. Sucede con frecuencia. Especialmente con la sal y el óxido. Cuida bien tus manos.”
Él sonrió y mostró una mano enguantada. Intentó sonreír con labios finos, “Bien.” Garabateó de nuevo. “Wyatt, seguramente puedes trabajar aquí, no hay problema. Pero me temo que Calvin es demasiado joven para esto. Si no, completamente incompetente con su . . . ya sabes . . . edad.”
“Y—yo sé, señorita Wa—”
“Edna.” Ella lo corrigió de inmediato.
“Ah, sí. Edna” Wyatt arrastró los pies. “Verás, mi hermano y yo acabamos de llegar a este pueblo. No puedo pagar por una niñera y no conozco a nadie que pueda cuidar a Calvin mientras trabajo.”
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Ella lo miró un poco incrédula. “No está sugiriendo lo que creo que está sugiriendo . . . ¿Cierto?”
“Eso . . . depende.” Wyatt trago con ojos inocentes. “No se interpondrá en el camino de nadie, Edna, es un buen chico. El tipo silencioso, todo lo que hace es leer. Dale cualquier cosa, un libro para niños. . . O las historietas del periódico. ¡Cualquier cosa!”
“¿No dijiste que tenía cinco años? Dudo que pueda leer algo en absoluto.”
“Oh, no, no lo conoces. Él es inteligente.” El adolescente le dio un codazo en el hombro a su hermano pequeño. El niño la miró con sus ojos grises e inhalo. Abrió su chaqueta descomunal y sacó una libreta. Alzó la mano y se la entregó. Con encuadernado amarillo en piel con cordones rojos. Un folleto con imágenes de deportes de invierno con frases de deportistas de skí.
“Bueno . . . Claro, eso es suficiente, por ahora, pequeño cerebrito. Se quedará con Allegra, la recepcionista, ella es buena con los niños. Ella se ocupará de él por ahora. ¡Pero no te atrevas a pensar que esto es una guardería! Esto es solo temporal, cuando tenga la edad suficiente para sostener una pala, tendrá que trabajar. Mientras tanto, buscaré a alguien que pueda cuidarlo en el pueblo.”
“¡Gracias, Edna! Prometo que se portará bien, es bueno en eso. Ojalá hubiera una forma de pagarte por esto.”
“¡Claro que sí puedes! Sudor y lágrimas, eso es lo que te pediré en este trabajo. El trabajo duro y la lealtad son vitales para mí. Te sentirás adolorido todo el tiempo, pero eso no te detendrá. ¿Ha quedado claro?”
Wyatt forzó una sonrisa, pero parecía bastante asustado.
“¡Magnífico! Síganme, esperaremos a los demás en el hangar designado.” Edna encabezó el camino de regreso al vestíbulo. Wyatt arrastró a Calvin de la mano mientras admiraban su entorno desordenado. Exorbitante y concurrido. Las aeronaves les parecían ajena a sus ojos, los grandes páramos en los que las pistas se extendían a lo lejos junto con las mantas de nieve y los pinos lejanos que componían bosques silvestres alrededor del aeródromo. La mujer tomó su taza de café
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del escritorio de Allegra con agradecimiento, para luego exponer las medidas temporales de cuidado del niño a su amiga y compañera. La vieja recepcionista con mucho gusto llevó a Calvin a la cafetería en busca de galletas de mantequilla de maní y leche de cabra con sabor a limoncillo para un bocadillo.
Edna tomó dos sorbos rápidos de su taza plateada e hizo un gesto a Wyatt para que la acompañara, llegando apresuradamente a la bóveda de calzado y utilería, donde cambió sus impresionantes tacones rojos por un par de resistentes botas de suela plateada, antes de poner un pie al aire libre.
“Camina sobre la nieve a los lados, no sobre el pavimento congelado por ahora.” Ella le ordenó. Los otros adolescentes ya estaban derrapando en el lugar. Incluso como residentes de un pueblo invernal, las condiciones en el bosque y en la montaña no eran un juego de niños. Empezando por la densidad de las capas de escarcha que se formaron sobre el suelo. Wyatt hizo todo lo posible por alcanzarla.
Saltando las formalidades, rugió: “¡Ahora escúchenme, pequeñas plagas! Así es como se hace: antes del comienzo de una tormenta de nieve, cubrimos las pistas con sal de roca para descongelar el pavimento. También podemos hacer esto simplemente arando y raspando la nieve del pavimento si el clima lo permite. Deben hacer ambas tareas. Cuando se hace correctamente puede ayudarnos a quitar la nieve fácilmente y a reducir la cantidad de sal a utilizar. Verán, aquí requerimos eficiencia a toda costa. Necesitamos el cien por ciento de su atención, es eso o no queremos nada.” Edna procedió a caminar hacia uno de los chicos y le arrebató la pala con una mirada lastimera en su rostro. Se aclaró la garganta: “Entonces, la sal nos llega en barriles. Usamos carros para llevar los barriles desde el hangar a las pistas y viceversa. Cada carro puede llevar tres barriles. Este es el trabajo de un equipo, por lo que cada carro equivale a seis hombres. Dos para mover el carro y cuatro para arar y levantar. ¿Lo has entendido?”
“¡Sí, señora!”
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“Bueno.” Ella resopló. “Acérquense”, agitó una mano, cambiando su agarre en la pala y recogiendo un trozo de nieve. “Arado y arrojado a un lado. Arado y arrojado a un lado.” Señaló, tirando la nieve fuera del pavimento. “Fácil, ¿verdad? Ahora les toca a ustedes amigos, veamos qué tienen.”
Los chicos arrastraron los pies en un intento de avanzar, pero cayeron mientras algunos aún luchaban por dirección. Fue una escena estimulante para aquellos familiarizados con la lucha. Paleadores, ingenieros, técnicos. Todos los veteranos en el campo. Wyatt fue uno de los últimos que se quedó quieto y se concentró. No poseía gracia o técnica innatas, pero tenía dos pies y una pala. Sus puños se cerraron alrededor de la pala en un agarre rígido. La punta de su herramienta mordió el hielo debajo de él como un rompehielos. Edna apenas pudo contener la risa. Se estaba moviendo suavemente, no perfectamente. Aró manteniendo un firme equilibrio. Recogió una, dos y luego una tercera vez hasta que sus piernas cedieron y golpeó el suelo. La escena lúdica trajo más carcajadas. El rostro de Wyatt se puso rojo como un tomate.
La Srta. Watts se acercó a él y le tendió una mano. Ella se rio disimuladamente, “Ahora que la broma introductoria está hecha. Intentémoslo de nuevo. ¿Ya?”
FIN DEL CAPÍTULO #2