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Los búhos boreales se elevaban a las cercanías, pájaros de mal agüero, observó. Escuchó sus graznidos, sus alas, sintió sus ojos alimonados, hormigueando en su nuca con sus miradas calibradas. Los altos pinos silvestres ocultaban la vista debajo y delante de ella, excepto el planetoide amante de la noche que brillaba entre las nubes teñidas de grafito. Un modesto cuarto de luna. El monte Mowaki era conocido por ser un lugar traicionero para las expediciones desde principios de la década de 1890, y más de uno había estirado la pata explorando sus bosques salvajes y sus campos más altos. Mickey Mulhouse, una mujer de mediana edad, lo consideraba simplemente caótico. Un verdadero reto para una usurpadora a largo plazo y una líder rebelde, los miembros Rootstocks tenían demasiados nombres. Aquellos nombres elegidos por sus aliados y los elegidos por sus enemigos. Ninguna cantidad de armas la protegía de haber sido alguna vez una persona de la ciudad, una vida en la ciudad—tan turbia y despreocupada como era—podía oscurecer la mayor de las mentes. Los privilegios no concedían más que imbecilidad, defectos y debilidad. Sus profesores habían exprimido la última gota de ingenuidad en ella hacía años y también entonces como médico titulado. Seguía sabiendo que no tenía ninguna posibilidad en estas tierras, ni siquiera con su máximo potencial.
Mickey se subió a la rama de un árbol antes de saltar tranquilamente a otra, y a otra. Desenganchó su lámpara de queroseno del cinturón y encendió la mecha con un encendedor de
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cartucho de rifle que solía pertenecer a otra persona. No recordaba a quién había robado el objeto. La líder rebelde volvió a rebotar, guiando el camino con pasos fijos y cuidadosos. Se movió durante media hora, trepando y saltando, buscando a sus compañeros. Al inspeccionar en la oscuridad, la mujer había cosido piel de lobo gris al interior de sus botas de montaña con cordones, llevaba unos pantalones de vuelo verde olivo metidos dentro del calzado, un suéter blanco de cuello alto, una chaqueta de tono combustible y guantes. Un mosquete cargado colgaba de su hombro, mientras llevaba su pelo rubio en una coleta. Su aroma a grasa y pólvora. Sus ojos, con incrustaciones de tono caramelo.
Una chispa bailó a lo lejos desde el otro lado de las alturas del bosque, y ella respondió agitando su lámpara bajo capas de distancia y oscuridad. Un centenar de llamas surgieron de todas las direcciones, brillando sobre el bosque repleto de hielo como si fueran adornos navideños. Un Rootstock nunca fue un solitario, solo un desertor para los que observaban la tierra desde arriba en sus clásicas y lujosas sillas de terciopelo azul. Rodeado de suelos de marfil y tierras de oro. De todas las personas, ella conocía la sensación de estar protegida por montones de dinero y las personas más poderosas. Pero una vez que empiezas a revalorizar tus privilegios, ciertos aspectos ya no pueden pasar desapercibidos. Y entonces surge la culpa.
Sonrió, trepando por los pinos más cercanos y bajando al nivel del suelo. La tierra fresca y empapada la esperaba bajo la nieve. La líder de los Rootstocks se apoyó en un peñasco de bordes afilados, de roca caliza y cubierta de escamas de hielo, y se impulsó sobre ella para obtener una mejor vista. Allí, tiro de su mosquete y lo coloco en la superficie de la roca. Vio antorchas que cortaban la distancia. Y con ellas, su gente. Escoltados por un cuantioso grupo de aldeanos Renou que daban permiso a sus visitantes bajo la mirada de sus deidades. Los nómadas de los venados, dispersados, pero igualmente conocidos como caballeros de la naturaleza y chamanes del alma libre. Los de la clase que están atados a la tierra sin pulir como sus padres vikingos. Sin embargo, los Renou se habían convertido en cosechadores del Cosmos a su manera, después de haber sido separados de sus padres al nacer.
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Un hombre despampanante se dirigió hacia ella. Ella lo conocía por el nombre de Cobra Killgore. Colaborador de los Rootstocks, enviado por el gobierno británico para establecer una relación justa con el pueblo Renou. Calvo, sin afeitar, de figura musculosa y moreno empolvado. A su lado caminaba otro hombre, mucho más compacto y envejecido. Una barba blanca lechosa y mechones que aún faltaban en la mayoría de su coronilla. Aquel era uno de los representantes de la alianza de los Renou, y enroscaba sus labios agrietados, sonriendo con una dentadura semivacía una vez al alcance de la mano. Mickey saltó del peñasco y estrechó con familiaridad la mano del anciano entre las suyas, un viejo conocido de su padre.
“¡Randall Haagensen!” Soltó con inequívoco alivio. “Había pensado en lo peor cuando la noticia llegó a nuestro campamento. Persecuciones como esta son . . . una condena.” El convoy de los Renou—un grupo compuesto por siete guías, obispos que deambulaban con largas vestimentas de rojo febril, azul real, verde musgo y amarillo voltaico—se congregó a su alrededor, mientras los soldados Rootstock se mantenían alejados para vigilar el perímetro.
“Lo sé, lo sé mi querida amiga.” Palohueso graznó, “Fue toda una fuga de Nooktown, dulce chica. Lo hemos conseguido con mi trabajo de campo en mano.” Miró su mochila. “Me temo que no muchos tuvieron mi estrella de la suerte. Sin Cobra no sé dónde estaría este tonto con pata de madera.”
Cobra lo tomó con educación, asintiendo antes de hablar. “La caballería de Mcallister se ha dispersado mientras rastreábamos al señor Haagensen, estaremos a salvo si volvemos a montar los pinos y nos dirigimos al Oeste. No hay bajas por ahora, pero debemos darnos prisa. La Matriarca Renou nos espera en el campamento.” Comunicó, sabiendo que su posición actual podría verse comprometida en cualquier momento.
“El chico, ¿qué ha pasado con él?” preguntó Mickey, recordando el asalto que había llevado a cabo con sus hombres aquella tarde desde lo alto de los árboles. La inquebrantable motivación de la líder rebelde para terminar la cacería que habían iniciado sus perseguidores—incluso antes de que se produjera la emisión nacional de reclutamiento—hizo que decenas de soldados fueran
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masacrados diariamente en aquellos bosques. Sin señales de que estuviera dispuesta a bajar el tono. Calvin había sido localizado rápidamente debido a su miserable y desgarrador estado de salud aquel afortunado día.
“¿El niño que iba con el grupo de caza? Estará bien, lo arrastré por el río de Instauración y lo llevé a los aldeanos, dijeron que Ráfi lo atendería con antídotos nativos, doctora.” Dijo Cobra.
“No estarás hablando de Calvin Elsner, ¿verdad, muchacho?” Palohueso vaciló, “¿Un chico y un zorro rojo?”
“Oh, sí, su zorro, mordió la pierna de uno de nuestros hombres. Ella no lo perdió de vista. ¿Se llama así? ¿Calvin Elsner, dice usted?” Inquirió el emisario con un movimiento de su mandíbula. “Pero . . . ¿qué hacía este chico en la zona de guerra, Sr. Haagensen?”
Palohueso tosió, disimulando toda sensación de iniquidad de su interlocutor. Sin embargo, el astuto soldado se percató del intercambio silencioso entre la Dra. Mulhouse y el anciano con miradas de costado, y justo entonces sintió la presión de responder, “Creo que la Dra. Mulhouse aquí presente tendrá que ocuparse del muchacho. Sus asuntos son con ella. Pero pronto habrá tiempo para eso.” La conversación terminó allí y los obispos locales sugirieron moverse rápidamente. La seguridad, no se daba por descontada en sus circunstancias habituales. Admitieron que los espíritus de la montaña les habían alertado de un grave peligro, pero lo que estos espíritus habían instruido al anciano nunca se discutió con los rebeldes.
Los luchadores por la libertad y los obispos ascendieron una vez más, clavando sus palmas rasposas en las pieles descascaradas de los árboles circundantes y tirando hacia arriba con la ayuda de cordajes de fibra trenzada y ganchos de aleación, todo ello hecho a mano por los Renou. La guerra centralizada les había obligado a prohibir cualquier contacto importante con el gobierno de Roanoke y a sintetizar sus materiales, ya que habían decidido mantenerse alejados del centro de comercio y de las casas de almacenaje de Nooktown, nombrando a Palohueso su embajador temporal en el pueblo. Pero lo temporal se convirtió en eterno, el hombre había conocido sus maneras de tratar con los lugareños, su policía y también los militares antes de ser perseguido.
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Esto solo significaba que el gobierno estaba ahora dispuesto a transgredir sus tierras y llegar a la Comunidad Renou cualquier día o en cualquier momento. La apuesta era mayor, sabían que toda la aldea estaba ahora en la línea de fuego.
Más allá, al interior de las tierras en estado silvestre, había una caverna nevada. Aproximadamente a tres millas de distancia del primer lugar. Allí descansaban los dueños de la tierra, resguardados por arbustos, árboles pequeños y un acantilado que los protegía de las tempestades y del ojo humano. Los matorrales crecían alrededor de la nieve como una pequeña pradera y, durante el día, el lugar se bañaba con la luz del sol. El campamento indígena albergaba a niños, hombres y mujeres Renou de todas las edades. Blancos, o suavemente bronceados, de ojos azules u oscuros, sus rasgos más fuertes residían en su ancestral estructura ósea facial. Todos se vestían para el tiempo, en medio de un duro trabajo para resistir hasta el día siguiente. Recogiendo y desempaquetando pieles de ganado y de oveja para reconstruir sus tiendas, mientras los aldeanos pastores reunían a sus venados bajo la silueta de la escarpada roca. Salvajes del tamaño de un caballo y con un apetito equivalente por todo tipo de pastos.
Una residencia fija siempre había sido completamente imposible en la montaña y mantenida en secreto, los terrenos originales de la aldea habían sido ciertamente como un hogar para un par de generaciones. Pero no había nada en esos terrenos que no pudieran haber dejado atrás. Lo que era para la tierra, iba a la tierra. Pero de la tierra también se proveía a los hombres, mientras manos cubiertas de lana pelaban patatas con cuchillos de esquirlas de obsidiana, cebollas y setas silvestres recogidas en sus granjas nómadas. Pechugas de conejo sazonadas y asado de venado servirían esta noche para la cena. Las ollas de aleación de síntesis alquímica humeaban sobre las brasas mientras incorporaban polvos de color rojizo, condimentos de hierbas, semillas de pimienta y sal de roca tratada.
Una anciana Renou llamada Ráfi se levantó de su lugar cerca de aquellos allí congregados listos para cortar la carne de los animales. Iba vestida con una túnica de ébano de hilo largo, ceñida y forrada de colores vivos, además de una capa a juego del mismo tono oscuro. Tenía el pelo plateado que le llegaba hasta el pecho y la parte baja de la espalda en un único y sedoso drapeado
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a pesar de su espalda encorvada. La anciana tenía la cara redonda y la piel aceitunada y con muy pocas cejas. Era la jefa de la comunidad, la matriarca y hechicera veterana Ráfi. Una poderosa chamán y árbitro entre los humanos y los espíritus en reposo.
A pesar de lo sombrío de sus rasgos estoicos, la mujer había forjado sólidas alianzas con criaturas del bien durante los últimos cuarenta y siete años, descubriendo su esencia dotada cuando era niña. Un don que había sido concedido a sus antepasados primero y transferido a través de su sangre y linaje durante siglos hasta la actualidad. Ráfi había entregado su vida al chamanismo, un faro para aquellos espíritus de luz que custodiaban a los Renou en su interminable viaje nómada. Un imán.
La anciana se paseaba de un lado a otro y murmuraba en voz baja, cerrando y apretando los ojos con una fuerza feroz. Su voz sonaba cada vez más fuerte en una lengua desconocida. Abrió las palmas de las manos y levantó los brazos hacia el cielo nocturno, quitándose las botas de invierno de piel suave y enterrando los pies en la nieve. Cantando. Jadeando con euforia mientras las complejas energías se concentraban en las formas de vida circundantes dentro del campamento. Su gente observaba. Y cuando la conexión se rompió, Ráfi cayó sobre su trasero.
Los que la rodeaban la ayudaron rápidamente a ponerse en pie y anunció con voz solemne, “El niño debe despertar ahora.” La anciana recogió sus botas del césped nevado y se adelantó, descalza. Se dirigió a una tienda de campaña, iluminada en su interior por una hoguera. Calvin yacía junto a ella, enredado en edredones y rodeado de mujeres con las mismas ropas de ébano—las discípulas de Ráfi—que habían trabajado sus remedios dentro de él poco después de que Cobra lo hubiera dejado en el campamento.
Carol gimió a su lado, compartiendo aún parte de su calor. Sus heridas ahora estaban limpias y curadas. El zorro se recuperó una vez que la anciana Renou se agachó ante él y le dio un fuerte golpe en la cara.
“¡Owww!” Calvin se cubrió la cara completamente aturdido. Su mejilla caliente y roja como el rubí después de la bofetada de la mujer. “¿Qué ha sido eso?” Reprochó, aun sin estar
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completamente en sus cinco sentidos. El chico se sentó erguido, con la mente confusa y muy drogado por el brebaje anti-hipotermia de las discípulas. Una mezcla revolucionaria que no existía en ninguna farmacia. Otro secreto bien guardado era su habilidad para curar.
La chamán estaba sentada con las piernas cruzadas, masticando unas crujientes hojas de color magenta salpicadas de manchas azules reflectantes que sacó de una bolsa y escupió en un cuenco de aleación. Su lengua se empapó y manchó de esos pigmentos. Añadió una especie de jarabe ámbar a la mezcla, le pasó el cuenco a Calvin y le dijo, “Ponte esto en la lengua.”
“¿Dónde estoy?” Vaciló, sus ojos se desviaron en busca de Carol. “¿Dónde está mi zorro?”
“Soy Ráfi, jefe de los Renou en los dominios de esta montaña. Tu chica y tú están en buenas manos. Los hemos curado. ¿Ves?” En su arrugado rostro se dibujó una sonrisa mientras Carol rozaba sus bigotes contra su regazo.
“Yo . . . ¿pongo esto dónde?” Preguntó. Y eso le valió otra bofetada. “¡Bien, ya lo tengo!” Con una cuchara, se llevó la mezcla con un dedo y se detuvo, mirándola fijamente. La chamán asintió. De mala gana, tocó su lengua con el nuevo brebaje, y su mente volvió a estar en su sitio enseguida. Sus sentidos se elevaron, sus pupilas se dilataron y todos los síntomas de la enfermedad desaparecieron. Se sintió fortalecido y sano. La sensación de estar en otra frecuencia mental lo dejó boquiabierto.
Calvin levantó la vista y se agitó ante la visión de las cuencas oculares amarillas y brillantes que le miraban desde todas las direcciones. Tardó unos segundos en darse cuenta de que estaba rodeado. Y otro medio segundo, para recordar las apariciones en las aguas termales, los mismos seres, ahora ante él una vez más, convirtiendo el pasado en un recuerdo vívido. “¡Santas pepitas de caramelo!”
“Tranquilo. No te harán daño.” La chamán se levantó con la ayuda de uno de ellos. “Estos son los mayores aliados de los Renou y los mensajeros caídos del Cosmos. Los que renunciaron a la divinidad en los planos existenciales superiores para guiar a todos los seres vivos en nombre de los universos.”
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Uno de los seres con cuernos dio un paso adelante y le ofreció a Calvin un apretón de manos, “Calvin Elsner, mi nombre es Krishanu, La Llama, mis compañeros y yo formamos parte de un gremio llamado Defensores del Resplandor. Como dijo la matriarca Ráfi, estamos aquí para guiar el camino, tu zorro debe haber percibido un largo camino desde que saliste del pueblo. Debo decir que menudo viaje has hecho desde la última vez que te vimos en las piscinas termales . . . Me disculpo por nuestra repentina aparición aquella noche, pero era un reencuentro necesario, tu zorro lo sabe muy bien. . . ”
Los primeros minutos de la conversación tuvieron al muchacho asombrado, sus marcos fantasmales hechos de fibras de luz, entidades de alto intelecto. Le llevó algún tiempo comprender lo que estos seres querían de él y de su hermano. Krishanu habló de una revelación que le entregó el Cosmos mientras meditaba un día. Definió el Cosmos como un todo, sensible, pero la fuerza invisible que producía un orden y una armonía perfecta entre los hombres y los espíritus. Una lucha muy estéril entre estos bandos llevó al Cosmos a fundar una tercera parte, una unión entre espíritus y humanos, los Defensores del Resplandor, y los Renou. El Cosmos les asignó la misión de mantener el equilibrio entre los que creían que la unión era posible, fueran de donde fueran. Pero en esta misión, a través de ‘universos infinitos’—un término inexistente para los humanos de los años 30—los Defensores y los Renou fueron traicionados de repente tras transferir sus conocimientos a los humanos equivocados, un grupo de colonos depredadores. Entonces el Cosmos se quedó para siempre en silencio y agotado. Había comenzado ‘La Garra de los Hombres Modernos’ cuando los secretos de la alianza se derramaron y corrompieron. Todo esto le recordó al muchacho el manuscrito y las notas que llevaba consigo sobre estos seres, que había seguido estudiando de vez en cuando en secreto en el campamento de los cazadores, sabiendo ahora que el autor había sido seguramente un erudito Renou haciendo una crónica para un futuro lector. Pero también el comportamiento errático de Carol tenía ahora un significado. Un propósito espiritual que la llamaba a reunirse con los espectros.
Esta nueva revelación—una epístola, la llamó Krishanu—le había mostrado cien, si no miles, de resultados de lo que insistía en que eran una variedad de conclusiones para él y su hermano en
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este universo actual. Todas reales, pero diferentes en detalles que luego se hicieron sólidos, derivados de cada acción. Krishanu había investigado todos los aspectos de este universo actual y de otros a través de la meditación antes de encontrar finalmente a ambos. ¿Qué vio exactamente? No lo dijo. Pero Ráfi concluyó diciendo que Calvin y Wyatt podrían restaurar parte del orden perdido enderezando el camino de Roanoke. El fantasma había compartido su visión con la chamán y solo con ella, ya que la noticia de la nueva epístola había dividido el clan de los Defensores del Resplandor en partes iguales poco a poco. Pero lejos de que todas las sorpresas terminaran, el fantasma añadió que su hermana gemela Marut estaba vigilando a Wyatt, que había sido capturado por Jesse Mcallister y llevado a un fuerte cercano al llegar a Nooktown. El Comandante en Jefe actuaba bajo la manipulación de los Visitantes. El verdadero enemigo.
La reacción del chico fue inesperada, sus ojos llorosos no hacían juego con su sonrisa de bobo, “Creí que se había olvidado de mí . . . ” Respiró aliviado, enjugando las lágrimas. Tomó la mano esquelética de Krishanu entre las suyas y dijo, “Confío en ti y en los Renou, debo hacerlo, no hay otra manera. No puedo perder a mi hermano, no ahora que está aquí. Tienes que hacer algo. ”
La alta figura del fantasma bajó y se arrodilló, agarrándolo por los hombros, “Calvin . . . Traeré a tu hermano de vuelta y estará a salvo. Pero habrá cambios en él . . . ¿Entiendes? Como espíritus, no podemos hacer mucho si no tenemos un cuerpo físico.”
“¿Cambios? ¿Qué tipo de cambios?”
“¡Buenos cambios! Será un hombre nuevo.” La multitud de fantasmas se desvaneció cuando la doctora Mickey Mulhouse se unió a la conversación. Krishanu y Ráfi saludaron a la mujer con una cortante inclinación de cabeza, mientras la manada de soldados de Rootstock y el convoy Renou se reintegraron con el resto del campamento. Con ella llegaron Palohueso y un hombre moreno que se presentó como Cobra Killgore. Calvin intercambió una sonrisa con Randall, quien se la devolvió y se encogió de hombros. El chico lo había supuesto sabiendo lo importante que era Palohueso dentro de la aldea.
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“Chico, esta mujer de aquí es la persona que estás buscando. Todos la llamamos Mickey. Creo que tienes algo para ella, ¿no?” El hombre de la pierna de madera sonrió, poniendo una mano pesada en la cabeza del niño. “Venga, vamos. Es hora de chismear.”
FIN DEL CAPÍTULO #15