En teoría, este poema es demasiado breve como para dedicarle un artículo. Pero es poderoso y vale la pena para aprendérselo y pasar la vida recitándolo. Es que hasta la palabra virginidad es bonita.
Bonita dependiendo de cómo se diga. Así como nos la plantea José Saramago, sí lo es. De este autor hemos leído un montón de cosas como casi toda la gente que se dedica a esto de las letras, pero nos gustan son sus poemas.
Sus ensayos están bien; sus poemas, mejores. Su teatro tiene personalidad y chispa. Pero sus poemas… Ay, sus poemas. Sus poemas son fuertes, directos, breves, casi siempre asombrosos y nunca fantásticos. Tienen los pies en la tierra y eso a veces es un atributo poético.
No es esa que el pudor un día deja,
No es esa que fue espejismo y es engaño.
La última puerta es la que importa:
Cazador que porfía, caza alcanza.
Hoy, no sé por qué, el viento ha tenido un
hermoso gesto de renuncia, y los árboles han
aceptado su quietud.
Sin embargo (y es bueno que así sea) una guitarra
organiza obstinadamente el espacio de la soledad.
Acabamos sabiendo que las flores se alimentan en
la fértil humedad.
Ésa es la verdad de la saliva.